Saturday, August 27, 2005

La historia sin fin

Hay una clase de placer cuyo origen no tengo muy claro. Comienza al compartir con otras personas verbalmente mi aprecio por las cosas que me han gustado particularmente: un libro, una canción, una película, un cuadro, una comida, o, en su versión expandida, un escritor, compositor, director, pintor o restaurante. Pero el placer se materializa cuando alguien se arriesga a actuar confiando en mi entusiasta descripción. Ocurre más precisamente cuando alguien me cuenta que el libro, la música o el plato de mis preferencias le ha gustado también.

 

Un auditor me escribió que, dada la enorme cantidad de posibles lecturas, y considerando tanto las restricciones monetarias como las de tiempo, había aprendido a no seguir todas las sugerencias de otros ni todas las intuiciones propias al decidir comprar un libro. Me confidenciaba que le había funcionado bien la acumulación de opiniones, de forma tal que si dos o tres individuos confiables coincidían entre sí en sus preferencias, entonces corría el riesgo. Me alegró saber que me consideraba entre los confiables.

 

El asunto tiene varias aristas. Para empezar, en este juego se puede estar a los dos lados. Así, por ejemplo, haciendo el papel de receptor llegué a leer a Bukowski, debido al entusiasmo del hijo mayor de una amiga, y a Paul Auster, muy apreciado por un colega. Algo parecido me ocurre con la música, campo en el cual, estimulado por personas que me han transmitido su gusto por compositores e intérpretes, he explorado en muchas direcciones. Pero debo reconocer que en lo musical, soy más permeable (o más fácil) que en otros donde la afinidad con quien entrega el juicio debe haberse manifestado con éxito en instancias anteriores. Lo cual plantea una segunda arista del juego: en quién confiar. Pareciera que se puede llegar a la categoría de “individuo confiable” por acumulación de experiencias exitosas (por ejemplo, me gustan las películas que Ascanio Cavallo aprecia), o a partir de la imagen general proyectada (“es un individuo sensato”, o “tiene buen gusto”, por ejemplo).

 

De esta manera, recibimos y entregamos continuamente juicios entusiastas o negativos acerca de diversas experiencias estéticas o intelectuales. Y le puedo confidenciar que me emociona y me sorprende la confianza que a veces despiertan mis comentarios literarios en los auditores, moviendo a algunos a experimentar con la lectura de mis autores favoritos. Y no pocos auditores han logrado motivar mi curiosidad literaria, fílmica o musical al transmitirme sus experiencias. Es que pareciera que en este tipo de afinidades somos algo así como unos intermediarios de una cadena multidimensional sin fin. ¿Será la cadena interminable de la búsqueda del Bello Sino?

Posted by Argos Jeria in 16:24:02
Comments

One Response

  1. Anonymous says:

    Concuerdo plenamente con los conceptos vertidos en este artículo, ya que uno también tiene su red de apoyo y sobre todo en la lectura, inicialmente me guío por el comentario en las contratapas y solapas del libro elegido por su portada, lectura rápida en su interior ( 3 a 4 páginas y se desecha o se compra). En la música, no tengo filtro, por lo tanto, pruebo de todo y generalmente le encuentro el lado positivo al intérprete, o a la orquestación (claro que después de escucharlos 2 ó 3 veces, como mínimo).

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