Hace varios años Gloria Münchmayer recibió el premio a la mejor actriz en un importante festival de cine en Europa, por su actuación en La Luna en el Espejo. Dije entonces que eso no hacía mejor actriz a Gloria, cuya calidad interpretativa era evidente para todos nosotros; desde esta perspectiva, era el premio el que se prestigiaba al reconocer las dotes de la premiada. Creo que lo mismo ocurre en el caso de Juan Pablo Cárdenas, hoy Director de la Radio Universidad de Chile, quien ha recibido el Premio Nacional de Periodismo 2005. En Septiembre del 2004 tuve el privilegio de presentar, junto a Pamela Jiles, su libro de crónicas “Bajo el Agua”. Reproduzco a continuación el texto de esa presentación como un pequeño homenaje a quien ha contribuido como pocos a mantener viva la búsqueda de un Bello Sino.
Presentación del libro Bajo el Agua, de Juan Pablo Cárdenas.
Deseo comenzar esta presentación del libro de Juan Pablo Cárdenas con una historia acerca de los reflejos condicionados, esos que afloran independientemente de la voluntad consciente. No sólo los niños y los borrachos dicen siempre lo que piensan. También están las reacciones de quienes están presionados por el apuro, o de aquellos a los que hemos logrado hacer salir de sus casillas. Recordemos la reacción de una alcaldesa que, indignada ante una pregunta, manifestó su oculto racismo al decir que no permitiría abortar a su hija “ni aunque la violara un negro”.
Es lícito y pertinente que ilustre los reflejos condicionados de Juan Pablo mediante una historia real en la que esos reflejos afloraron nítidos. Hace unos tres años, siendo yo panelista del programa Primera Línea (luego Política en Vivo), el productor Rodrigo Cerda me recibió muy preocupado mostrándome una noticia del diario de la tarde: un cientista político radicado en USA acusaba a un académico local del mismo rubro de haber sido su torturador en el Estadio Nacional luego del golpe de estado. Y ese académico local era uno de los invitados al programa de ese día, que comenzaba en unos veinte minutos más. Parafraseando a Lenin ¿Qué hacer? Acudimos a Juan Pablo en su calidad de director de la radio, quien nos hizo ver lo siguiente:
1. Independientemente de la impresión de cada uno, se trata de una acusación, no de una sentencia;
2. en esta radio no se hacen encerronas;
3. no podemos ignorar la noticia;
4. no podemos construir todo el programa sobre este delicado asunto, sin más antecedentes.
He aquí lo que decidió hacer, y se hizo: al llegar el invitado se le informó que, si bien trataríamos el tema central para el que habíamos solicitado su colaboración, dedicaríamos los últimos quince minutos del programa a informar y conversar sobre la denuncia. Se dejó al invitado decidir qué hacer. Esta es la parte relevante de la historia, que ilustra el punto central. Para una persona con formación analítica, como la mía, la identificación inmediata de los aspectos relevantes del asunto y la acertada decisión sobre el curso de acción a seguir, equivale a la formulación y solución de un problema complejo, o a la demostración de un teorema. Y nuestro Director lo hizo en cinco minutos.
Decidí hacer uso de esta historia para hacer creíble esta presentación; a pesar de conocer a Juan Pablo Cárdenas personalmente sólo desde hace tres años, he podido tener muestras como esta de sus reflejos condicionados. Lo interesante es que, a pesar de ser la opinión escrita más bien el fruto de la reflexión, estas crónicas que miran Bajo el Agua muestran una característica fundamental de su autor: la consecuencia entre lo que se piensa, se dice y se hace, la coincidencia entre la reacción intuitiva y la pausa intelectual. Los niños, los borrachos y Juan Pablo dicen lo que piensan, sólo que él lo hace aquí en forma amena y articulada.
Pero esto no es nuevo. Desde los editoriales de la revista Análisis, el autor nos mantuvo a muchos con la permanente y necesaria sensación de no estar solos en la forma de mirar los acontecimientos del negro período de dictadura explícita. En las crónicas de Bajo el Agua, Cárdenas se hace cargo de la nefasta herencia ideológica, en el más estricto sentido de la palabra, que dejó ese período y que ha penetrado en la vida diaria de los chilenos de mil maneras. Nos dice que lo peor es la pérdida de asombro, la pasividad que experimenta el Chile de hoy frente a los grandes despropósitos actuales. “Ojalá volviéramos a sentir miedo. Pero esta vez del monstruo que estamos consolidando y que podría volver a enceguecernos” (pp. 80).
Me permito observar que la identificación con el contenido de un texto va más allá de las ideas. También tiene que ver con las imágenes que se usan, con las palabras escogidas, con los ejemplos usados, es decir, con la estética. Cuando Juan Pablo dice, refiriéndose al uso de teléfonos celulares, que “una bella melodía de Mozart se me ha hecho insoportable debido a la caricatura musical que le suena a tantas personas en el bolsillo, la cartera o la propia mano”, me recuerda al físico Patricio Cordero (compinche de tantas luchas universitarias) cuando me manifiestó su rechazo por la película Fantasía, que provocó que una de sus melodías favoritas del Cascanueces le resulte ahora repulsiva pues se superpone con la imagen de unos hipopótamos rosados bailando.
Son varios los personajes de la vida pública que aparecen mencionados en el libro. Conozco a algunos personalmente y he seguido la trayectoria de otros. Particularmente lograda me pareció la descripción de don Luis Corvalán tanto en su dimensión de “soviethincha”, como el mismo se calificara muchos años atrás, como en la del hombre bueno y sencillo que le obsequia subrepticiamente a Juan Pablo su valioso sombrero de piel de oso, cambiándolo por el de piel de conejo. El autor utiliza la descripción de otro personaje conocido y su involución valórica para identificar responsables en lo que toca al estado actual de la libertad de prensa: “sabido es que los medios que no pudo acallar la dictadura si lo logró la transición” (pp. 35).
Naturalmente, no todo puede ser acuerdos y coincidencias en las percepciones. Creo, por ejemplo, que carece de toda base el temor de Juan Pablo Cárdenas con respecto a “que en unos años más los famosísimos y tarareados Beatles sean estigmatizados y relegados al olvido”. Profundo error. Siempre habrá programas como Bello Sino y jóvenes intérpretes y compositores que, influídos por su música, mantendrán a Los Beatles en la memoria del planeta.
Para concluir, un diagnóstico y una esperanza. Vivimos en un país en el que el mecanismo de los votos monetarios (donde cada individuo pesa tanto como el dinero que maneja) ha ido reemplazando al de los votos democráticos (donde todos pesamos igual) en las decisiones colectivas. Y esto no ocurre sólo en el mercado de las salchichas; también ha entrado en el de los servicios básicos, en la educación a todo nivel nivel y en la salud. Más aún, es un país en el que se ha ido paulatinamente legitimando el derecho de los patrones a controlar las ideas de sus periodistas, el derecho del dinero a ser un factor decisivo en las elecciones, donde el mayor temor es a perder el empleo, donde crecen el producto, la angustia, el reflujo esofágico y el colon irritable. En este pais, en el Chile de hoy, personas como Juan Pablo Cárdenas son necesarias para estimularnos con sus reflejos condicionados, con su consecuencia y con este libro de crónicas que tan fielmente lo refleja.
Sergio Jara, 14 de Septiembre de 2004.