Thursday, September 29, 2005

Las reglas del juego

El sistema de reglas que nos rige, que determina lo que es aceptable o no por la sociedad, es el conjunto de leyes que se aprueban en el parlamento. Ellas son administradas por el poder judicial que dirime controversias acerca del cumplimiento de las mismas y asigna responsabilidades en caso de suponer trasgresiones. Pero todo este aparato esta inscrito en un marco que sintetiza los valores sociales, que representa la forma socialmente acordada de mirar las cosas: la constitución. Existe incluso un tribunal que dirime si una ley (o una acción) está dentro de tal marco. La constitución  es la Ley Fundamental.

Tal vez por eso en 1978, en un país totalmente controlado por el brazo armado de nuestra derecha política, se decidió realizar un plebiscito que transformara en mandato popular la necesidad de cambiar el marco constitucional entonces vigente, de hecho vulnerado diariamente desde el golpe de estado de 1973. Luego, tras el trabajo de constitucionalistas como Enrique Ortúzar, Jorge Alessandri, Mónica Madariaga, Jaime Guzmán y Alicia Romo, entre otros representantes de lo más granado del pasado y presente de la derecha, se votó en 1980 una nueva Ley Fundamental que legitimara las acciones políticas y económicas de ese sector bajo el amparo de su ejército. Los encargados de preparar y justificar tal fechoría antidemocrática estaban en roles contralores (como el actual senador Fernández) o ejecutivos (como el entonces subsecretario de gobierno, Jovino Novoa). El ejecutivo emanó un instructivo perentorio para que hubiese control férreo de la votación por parte de gente de confianza, desde las mesas hasta los jefes de plaza. Esa constitución, concebida e impuesta por la derecha en 1980, incluyó un astuto test para verificar apoyo tras ocho años de aplicación: el plebiscito del 88.

El “gallito” del 5 de Octubre de 1988 significó la constatación del agotamiento de la estrategia dura de dominación derechista. No obstante, al realizarse, permitió la legitimación de hecho de la constitución viciosamente aprobada ocho años antes. Como Pinochet recibió un 43% de apoyo, las reformas que se aprobaron a continuación fueron mínimas, manteniendo los dos pilares fundamentales para que entrara en vigencia el Plan B de la derecha, es decir, gobernar desde el Senado mediante seudo-representantes designados por ellos, e imponer el apartheid político a los sectores más identificados con las políticas de la unidad Popular de Salvador Allende mediante el sistema de elección binominal con re-diseño ad hoc de los distritos electorales.

No deja de ser notable que hoy se defienda el apartheid binominalista de manera oficial, puesto que se sostiene que la recientemente promulgada no es la constitución de la derecha remozada por un Senado obsecuente, sino la constitución de la coalición gobernante, firmada por el Presidente Lagos. A lo mejor intuyen que la sociedad chilena no está por realizar una revuelta de grandes proporciones que re-instaure la democracia representativa. ¡Ja! No saben la cantidad de personas que está comenzando a buscar el Bello Sino.

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Saturday, September 24, 2005

Hablando de corrido.

Me preguntaron si lo que hablo en el programa lo llevo escrito. Lo que hago es una pauta nunca más larga que una página, que incluye las canciones y frases muy breves acerca de los temas que espero cubrir. Pero muchas veces la exposición de un tema engancha con algo distinto de lo planeado y, tratando de mantener la coherencia, sigo por otros rumbos marcados por la memoria y alimentados por ella.

 

Es que, por obvio que sea decirlo, el lenguaje hablado es mucho más dinámico que el escrito. Es decir, Usted no tiene la menor idea acerca de los caminos que tomará una conversación, pero lo que dice la página ciento uno de un libro irremediablemente sigue a lo que dice la página cien. Salvo, claro, que se trate de un libro como Rayuela, que no es mi favorito de entre los de Cortázar. No lo digo en el sentido literario sino más bien en el emocional. Las Historias de Cronopios y de Famas, por ejemplo, me recuerdan a dos buenos amigos con los que las leíamos en voz alta. Y La Autopista del Sur es un cuento que antecede temáticamente a una de las grandes novelas portorriqueñas, La Guaracha del Macho Camacho, que transcurre también en una carretera congestionada (tapón le llaman ellos a los tacos), y que llegó a mis manos como obsequio de otro amigo gracias al cual conocí también la música de Rubén Blades. Mire lo que son las casualidades: este amigo y uno de mis compañeros lectores fueron mis invitados en una ocasión en que celebramos el cumpleaños de mi mujer en Mayagüez, Puerto Rico, donde estábamos de visita con mis dos hijos.

 

Aquella fue la ocasión en que creo haber preparado la mayor cantidad de “batidas”, a base de leche, jugos de fruta y ron, en mi vida. Y dulce de guayaba. Lo que me devuelve a Rubén Blades por lo de “Buscando Guayaba”, una de mis canciones favoritas de todos los tiempos. A Rubén lo hemos escuchado en vivo al menos en tres ocasiones, una de ellas cuando retomó los instrumentos de viento después de haber coqueteado con los sintetizadores; eso fue en la ciudad de Boston por allá por 1989. En esa visita murió mi aversión por las palomitas de maíz (hoy pop-corn) en el cine, a raíz de nuestra costumbre de asistir a las funciones organizadas por los estudiantes de una prestigiosa universidad todos los fines de semana en una gran sala de clases acondicionada para ello. Barato y buen ambiente. Y, obviamente, terminamos haciendo lo que todos hacían con entusiasmo. Recuerdo haber comentado con un médico gringo casado con una amiga nuestra, que comer pop-corn era absolutamente ajeno a las costumbres chilenas; me contestó con genuina sorpresa que le era imposible imaginar una función de cine sin ese alimento en sus manos. Notable.

 

Vaya. Revisando este artículo me doy cuenta de que la conversación no es lo único que lleva por rumbos impredecibles. El monólogo también. Tal vez eso explica lo que me ocurre en el programa. Momento: pero esto lo acabo de escribir, con lo cual la dinámica del lenguaje hablado ha quedado atrapada en los códigos del lenguaje escrito. Diablos, es como la constitución, que ahora la firma Lagos y dice que es de él. Entonces significa que es él quien no quiere democracia representativa. Ya me enredé. Tendré que empezar de nuevo a buscar el Bello Sino.

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Sunday, September 18, 2005

¿O pobres o sutilmente locos?

Llegó a mis manos el resumen de una encuesta sobre percepciones de los chilenos con respecto a varios aspectos de sus vidas. Me pareció que los resultados, mostrados por estratos socioeconómicos, avalaban la imagen de un sistema social que no deja satisfecho a nadie.

 

Vamos por partes y empecemos por lo obvio. Según la encuesta, la proporción de personas que se consideran satisfechas aumenta con el nivel de ingreso cuando se trata del trabajo que realiza, su estado de salud, el nivel educacional alcanzado, su situación económica, y sus relaciones de amistad, familiares, de pareja y sexuales. Sin embargo, en estas tres últimas categorías ningún estrato presenta menos de la mitad de individuos satisfechos. No ocurre lo mismo con trabajo, salud y educación, donde menos de la mitad de los individuos de los dos estratos mas pobres declaran satisfacción, alcanzando proporciones particularmente bajas en la percepción de su salud y su educación.

 

Lo que resulta menos intuitivo, salvo para los auditores de Bello Sino, son las respuestas acerca de situación económica y  tiempo libre disponible. En el primer caso, si bien la satisfacción crece con el ingreso, mantiene proporciones bajas en todos los estratos, variando desde un 52% de individuos satisfechos con su condición en el estrato más rico (ABC1) hasta el 15% (sorprendente) en los más pobres. Exactamente lo inverso ocurre con el tiempo libre disponible, donde los únicos que alcanzan el 50% de individuos satisfechos son precisamente los más pobres.

 

Si repasamos esta síntesis de un resumen, pareciera que la satisfacción tiende a concentrarse “puertas adentro”: familia, pareja, sexo (prohibido reír), y que la insatisfacción tiene más bien ribetes sociales (relación entre pobreza y percepción del trabajo, salud y educación). La insatisfacción de la mitad de los ricos con su ingreso parece responder a mecanismos como los que hemos planteado en comentarios anteriores: una sociedad que induce socialmente la necesidad biológica de fama, riqueza y poder, no puede sino generar individuos insatisfechos con lo que tienen o lo que ganan ya que la riqueza no parece tener límite superior imaginable. Lo interesante es que, en los sectores profesionales acomodados, este mismo fenómeno social puede explicar la insatisfacción con el tiempo libre.

 

Leí hace poco que las parejas jóvenes acomodadas en este Chile desquiciado presentaban un aumento de separaciones. Me sorprendió el dato, pues no es lo que percibo a mi alrededor. Lo que me pareció mas interesante en ese artículo fue la explicación del quiebre de las parejas, construida sobre la base de varias entrevistas a jóvenes, el que sería causado por el descuido de sus relaciones por la dedicación al trabajo en búsqueda del éxito profesional. Esto, que parece casi un lugar común en los análisis que hace la prensa escrita y hablada (poco en la TV), tiende a mirarse como un problema personal. Toda actitud es personal, por supuesto, pero su raíz social me parece evidente. O tal vez debería decir que nos parece, a Usted y a mi, evidente. Es que Usted y yo buscamos el Bello Sino, el que no se encuentra en el sillón del siquiatra ni en los ritos religiosos sino en una sociedad mejor.

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Saturday, September 10, 2005

Una cueca por Marcelo

Hace poco recibí un mensaje conteniendo un relato de una experiencia personal. A comienzos de 1974 nuestro auditor, entonces de once años, acompañó a su madre a la oficina salitrera de Chacabuco, habilitada como campo de concentración, para visitar a su padre allí recluido. Por ser menor de edad tuvo el privilegio de poder acercarse, custodiado, al sector alambrado donde albergaban a los presos que no recibían visita para poder repartir naranjas. Su recuerdo removió los míos.

 

Ese año estaba yo en plena faena de conquista de quien hoy día es la madre de mis dos hijos. Una amiga debió viajar para visitar a su hermano preso en Chacabuco; la mujer de mis desvelos la acompañó para suplir como visitante a la esposa de otro preso que, por su avanzado estado de embarazo, no estaba en condiciones de viajar tantos kilómetros. Algún tiempo después, ese marido volvió a Santiago y se convirtió en mi compinche de canto en las varias fiestas en que coincidimos, comenzando por la de su cumpleaños. Las melodías chilenas, italianas (la bella polenta), rusas y sudamericanas se fueron convirtiendo en himnos locales. Debo confesar que, para mi, eran parte del proceso de pavimentación del camino hacia mi mujer.

 

Fue en septiembre de ese año que nuestra alianza musical produjo los mejores resultados. Por una parte, armonías y segundas voces que ya surgían casi profesionales con mi amigo. Por otra, el sensual acercamiento irreversible en los viajes de vuelta a casa con mi amiga. El dúo musical fue interrumpido cuando a Marcelo lo secuestraron desde un paradero de micro cerca de su departamento. Este septiembre de 2005, testigo del más brutal de los desprecios por estas pequeñas historias personales, me bailaré con mi mujer una cueca por Marcelo. Será nuestra patriótica contribución a la búsqueda de un Bello Sino.

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Saturday, September 3, 2005

La ciudad de la mentira

Cuando niño y adolescente leí muchas revistas “de monitos”. Cronológicamente, el personaje que ocupa el primer lugar en mi memoria es El Caballero Blanco, que aparecía en El Peneca, principal motivación para aprender a leer. Los monos argentinos del Billiken y, sobre todo, Patoruzú, fueron el complemento preciso. A poco andar, Barrabases se convertiría en la única revista que adquirí sistemáticamente, atraído primero por las historias del modesto equipo de fútbol, fascinado luego por otros personajes como Máximo Chambónez (Themo Lobos) e Hipólito y Camilo (Vicar). De las revistas editadas en México, me gustaban La Pequeña Lulú, El Llanero Solitario y los superhéroes clásicos, Batman y Superman. En mi juventud las cándidas historias empezaron a ser reemplazadas por las tiras de Mafalda, los dibujos de Fontanarrosa, Asterix y Obelix (para mi gusto, versión francesa de Patoruzú y Upa) hasta llegar hoy día a Milo Manara, el italiano del dibujo erótico-social.

 

Mi conocimiento del rubro es limitado, aunque hay muchos dibujantes y personajes que me han gustado y que simplemente no recuerdo. Sin embargo, me han resultado particularmente atractivas las historietas que son fruto del cruce del dibujo con la novela negra. La primera que recuerdo es Dick Tracy, a la que entonces no presté mucha atención. La forma y el fondo de lo que podríamos llamar el comic-negro son cautivantes. Las viñetas suelen ser en blanco y negro y las historias se pasean por ambientes urbanos usualmente sórdidos, donde el personaje central puede ser un investigador privado o un policía marginal, pobre, sabio, amargado, con sex-appeal y habilidades en el plano de la defensa personal. La experiencia reciente de pasar una de estas series al cine, Sin City (La Ciudad del Pecado), me pareció muy bien lograda en sus dimensiones de forma y fondo.

 

Al igual que en Crímenes y Pecados, de Woody Allen, en Sin City los buenos pierden. La gran diferencia es que aquí los “buenos”, los tipos con principios, son el matón marginal y el policía honesto. El primero busca vengar la muerte de su único amor, una puta, para terminar enfrentando a un obispo libidinoso. El segundo busca a quien pretende ultrajar a una pequeñita, para terminar enfrentando a un senador corrupto y a su hijo pedófilo. Es justamente una declaración de este senador lo que me hizo asociar brutalmente Sin City con Santiago City, la capital de la mentira.

 

En estas páginas hemos hablado del Chile mentiroso de hoy, donde no hay propaganda política autorizada, pero hay; donde un comando electoral acusa a otro para luego decir que jamás lo ha hecho; donde se habla de las ventajas de modernizar el transporte público pero se estimula la inversión de dos mil millones de dólares en autopistas urbanas para los ricos; donde se habla de redistribución del ingreso y se agranda la brecha entre ricos y pobres; donde se habla de la defensa del medio ambiente y no se generan las regulaciones necesarias. ¿Qué es lo que el senador corrupto dice al policía honesto (al que hará cargar con las culpas de su hijo)? “El poder viene de mentir, de mentir en grande y hacer que todo el mundo te siga la corriente. Cuando los tienes a todos de acuerdo aún sabiendo que nada es verdad, es que los tienes agarrados de las pelotas”. Cuando todo está diseñado para que la mayoría de la población siga apoyando las privatizaciones de todo (todo: la salud, la educación y los fondos de los mayores), contra sus propios intereses, es que estamos en Sin City. Liberemos las pelotas, busquemos el Bello Sino.

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Thursday, September 1, 2005

Pequeño homenaje

Hace varios años Gloria Münchmayer recibió el premio a la mejor actriz en un importante festival de cine en Europa, por su actuación en La Luna en el Espejo. Dije entonces que eso no hacía mejor actriz a Gloria, cuya calidad interpretativa era evidente para todos nosotros; desde esta perspectiva, era el premio el que se prestigiaba al reconocer las dotes de la premiada. Creo que lo mismo ocurre en el caso de Juan Pablo Cárdenas, hoy Director de la Radio Universidad de Chile, quien ha recibido el Premio Nacional de Periodismo 2005. En Septiembre del 2004 tuve el privilegio de presentar, junto a Pamela Jiles, su libro de crónicas “Bajo el Agua”. Reproduzco a continuación el texto de esa presentación como un pequeño homenaje a quien ha contribuido como pocos a mantener viva la búsqueda de un Bello Sino.

Presentación del libro Bajo el Agua, de Juan Pablo Cárdenas.

Deseo comenzar esta presentación del libro de Juan Pablo Cárdenas con una historia acerca de los reflejos condicionados, esos que afloran independientemente de la voluntad consciente. No sólo los niños y los borrachos dicen siempre lo que piensan. También están las reacciones de quienes están presionados por el apuro, o de aquellos a los que hemos logrado hacer salir de sus casillas. Recordemos la reacción de una alcaldesa que, indignada ante una pregunta, manifestó su oculto racismo al decir que no permitiría abortar a su hija “ni aunque la violara un negro”.

Es lícito y pertinente que ilustre los reflejos condicionados de Juan Pablo mediante una historia real en la que esos reflejos afloraron nítidos. Hace unos tres años, siendo yo panelista del programa Primera Línea (luego Política en Vivo), el productor Rodrigo Cerda me recibió muy preocupado mostrándome una noticia del diario de la tarde: un cientista político radicado en USA acusaba a un académico local del mismo rubro de haber sido su torturador en el Estadio Nacional luego del golpe de estado. Y ese académico local era uno de los invitados al programa de ese día, que comenzaba en unos veinte minutos más. Parafraseando a Lenin ¿Qué hacer? Acudimos a Juan Pablo en su calidad de director de la radio, quien nos hizo ver lo siguiente:

1.   Independientemente de la impresión de cada uno, se trata de una acusación, no de una sentencia;

2.   en esta radio no se hacen encerronas;

3.   no podemos ignorar la noticia;

4.   no podemos construir todo el programa sobre este delicado asunto, sin más antecedentes.

He aquí lo que decidió hacer, y se hizo: al llegar el invitado se le informó que, si bien trataríamos el tema central para el que habíamos solicitado su colaboración, dedicaríamos los últimos quince minutos del programa a informar y conversar sobre la denuncia. Se dejó al invitado decidir qué hacer. Esta es la parte relevante de la historia, que ilustra el punto central. Para una persona con formación analítica, como la mía, la identificación inmediata de los aspectos relevantes del asunto y la acertada decisión sobre el curso de acción a seguir, equivale a la formulación y solución de un problema complejo, o a la demostración de un teorema. Y nuestro Director lo hizo en cinco minutos.

Decidí hacer uso de esta historia para hacer creíble esta presentación; a pesar de conocer a Juan Pablo Cárdenas personalmente sólo desde hace tres años, he podido tener muestras como esta de sus reflejos condicionados. Lo interesante es que, a pesar de ser la opinión escrita más bien el fruto de la reflexión, estas crónicas que miran Bajo el Agua muestran una característica fundamental de su autor: la consecuencia entre lo que se piensa, se dice y se hace, la coincidencia entre la reacción intuitiva y la pausa intelectual. Los niños, los borrachos y Juan Pablo dicen lo que piensan, sólo que él lo hace aquí en forma amena y articulada.

Pero esto no es nuevo. Desde los editoriales de la revista Análisis, el autor nos mantuvo a muchos con la permanente y necesaria sensación de no estar solos en la forma de mirar los acontecimientos del negro período de dictadura explícita. En las crónicas de Bajo el Agua, Cárdenas se hace cargo de la nefasta herencia ideológica, en el más estricto sentido de la palabra, que dejó ese período y que ha penetrado en la vida diaria de los chilenos de mil maneras. Nos dice que lo peor es la pérdida de asombro, la pasividad que experimenta el Chile de hoy frente a los grandes despropósitos actuales. “Ojalá volviéramos a sentir miedo. Pero esta vez del monstruo que estamos consolidando y que podría volver a enceguecernos” (pp. 80).

Me permito observar que la identificación con el contenido de un texto va más allá de las ideas. También tiene que ver con las imágenes que se usan, con las palabras escogidas, con los ejemplos usados, es decir, con la estética. Cuando Juan Pablo dice, refiriéndose al uso de teléfonos celulares, que “una bella melodía de Mozart se me ha hecho insoportable debido a la caricatura musical que le suena a tantas personas en el bolsillo, la cartera o la propia mano”, me recuerda al físico Patricio Cordero (compinche de tantas luchas universitarias) cuando me manifiestó su rechazo por la película Fantasía, que provocó que una de sus melodías favoritas del Cascanueces le resulte ahora repulsiva pues se superpone con la imagen de unos hipopótamos rosados bailando.

Son varios los personajes de la vida pública que aparecen mencionados en el libro. Conozco a algunos personalmente y he seguido la trayectoria de otros. Particularmente lograda me pareció la descripción de don Luis Corvalán tanto en su dimensión de “soviethincha”, como el mismo se calificara muchos años atrás, como en la del hombre bueno y sencillo que le obsequia subrepticiamente a Juan Pablo su valioso sombrero de piel de oso, cambiándolo por el de piel de conejo. El autor utiliza la descripción de otro personaje conocido y su involución valórica para identificar responsables en lo que toca al estado actual de la libertad de prensa: “sabido es que los medios que no pudo acallar la dictadura si lo logró la transición” (pp. 35).

Naturalmente, no todo puede ser acuerdos y coincidencias en las percepciones. Creo, por ejemplo, que carece de toda base el temor de Juan Pablo Cárdenas con respecto a “que en unos años más los famosísimos y tarareados Beatles sean estigmatizados y relegados al olvido”. Profundo error. Siempre habrá programas como Bello Sino y jóvenes intérpretes y compositores que, influídos por su música, mantendrán a Los Beatles en la memoria del planeta.

Para concluir, un diagnóstico y una esperanza. Vivimos en un país en el que el mecanismo de los votos monetarios (donde cada individuo pesa tanto como el dinero que maneja) ha ido reemplazando al de los votos democráticos (donde todos pesamos igual) en las decisiones colectivas. Y esto no ocurre sólo en el mercado de las salchichas; también ha entrado en el de los servicios básicos, en la educación a todo nivel nivel y en la salud. Más aún, es un país en el que se ha ido paulatinamente legitimando el derecho de los patrones a controlar las ideas de sus periodistas, el derecho del dinero a ser un factor decisivo en las elecciones, donde el mayor temor es a perder el empleo, donde crecen el producto, la angustia, el reflujo esofágico y el colon irritable. En este pais, en el Chile de hoy, personas como Juan Pablo Cárdenas son necesarias para estimularnos con sus reflejos condicionados, con su consecuencia y con este libro de crónicas que tan fielmente lo refleja.

Sergio Jara, 14 de Septiembre de 2004.

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