Saturday, October 29, 2005

Preferencias Reveladas

Si un amigo le dice que le encanta la Bilz pero cada vez que almuerzan juntos él pide Pap, es mejor creer que su bebida favorita es la Pap, aunque él sostenga lo contrario. Cuando la distancia entre lo que se dice y lo que se hace es grande, pudiendo elegir, lo sano es guiarse por lo hecho y no por lo dicho.

 

Lo anterior vale para diferentes ámbitos de acción. En las relaciones personales, incluso en las más íntimas, estas cosas son muy importantes pues permiten dimensionar adecuadamente las expectativas. Muchas veces los ambientes represivos, en el colegio, la casa o el trabajo, imprimen códigos de conducta que, si bien estimulan declaraciones normativas de comportamiento (“esto es correcto”, o “aquello no se hace”), pueden tener poco que ver con las reales inclinaciones o preferencias, provocando aparentes inconsecuencias, contradicciones y, finalmente, dificultades en las relaciones diarias. Puede ser perfectamente normal que una chica declaradamente recatada se las arregle para bailar muy pegadita al chico de sus preferencias (pasajeras o permanentes), mirando al techo y luciendo distraída. O que un cura sea pedófilo.

 

Estas contradicciones entre las preferencias declaradas y reveladas también ocurren en el ámbito público. Hace unos años, el Presidente presentó la modernización del transporte público en Santiago como un proyecto prioritario destinado a detener la sostenida declinación de su uso, Transantiago. El entonces subsecretario de Obras Públicas presentó en la prensa escrita el plan de inversiones en autopistas urbanas por un total de aproximadamente US$ 2.000 millones como un “complemento” del proyecto de modernización del transporte público. Luego de las dificultades al interior del equipo conductor de Transantiago, que trascendieran durante el año pasado, el Presidente sintetizó lo que realmente era el plan: “47 kilómetros de Metro,… 260 kilómetros de autopistas de primer nivel y… buses como corresponde para una ciudad moderna”. Hoy se sabe que habrá servicios (recorridos) troncales y locales, que el número de viajes con trasbordos subirá del 10 al 70%,  que el número de buses en circulación disminuirá en un 25% y que la tarifa media por un viaje completo será al menos igual que la actual. Y buses nuevos, claro (“como corresponde”). Cabe preguntarse si el aumento del tiempo de trasbordo, el posible aumento de la tarifa, la disminución de las frecuencias y la mayor ocupación de los buses, podrán ser contrarrestados en la percepción de los usuarios sólo con el esperado aumento de calidad de los buses. Y todo esto en un contexto en que Santiago se llena de autopistas. ¿Habrá señal más clara que este panorama para que sigamos subiéndonos al automóvil?

 

Fíjese que no hay presidente, ministro, diputado ni senador en Chile que no sostenga que desea disminuir la brecha entre ricos y pobres. Sin embargo, la brecha sigue agrandándose. Es decir, las preferencias declaradas de quienes proponen las leyes y el presupuesto de la nación y de quienes legislan al respecto, no se compadecen con las preferencias reveladas por sus acciones, o por la falta de ellas. O bien nos mienten o bien son unos inútiles. Sugiero afinar nuestras preferencias y buscar el Bello Sino de manera más efectiva.

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Saturday, October 22, 2005

Comportamiento Íntimo

El comportamiento en público y el comportamiento doméstico no siempre coinciden. Lo que hacemos y decimos entre las cuatro paredes de nuestro hogar, en nuestras relaciones diarias con padres, hijos, pareja o hermanos, tiene dimensiones que escapan a las normas sociales vigentes en la calle, el trabajo o en los eventos sociales de todo tipo. La falta de visibilidad desde el mundo exterior y la confianza que da una rutina creada colectivamente, que incluye señales y hábitos íntimos, generan un ambiente en el que hacemos y decimos cosas que, miradas con los ojos de la vida pública, pueden parecer extremas o extrañas. Por alguna razón, nos cuesta mirar estos actos normativamente o juzgarlos en términos comparativos.

 

La  principal dificultad para poner el comportamiento íntimo en un contexto normativo parece radicar en la falta de información acerca de lo que ocurre en otros ambientes domésticos o en otras intimidades. Probablemente sean algunas manifestaciones creativas como la literatura o el cine las que más contribuyen a establecer patrones de comparación. Eso explicaría por qué uno ve las “Escenas de la vida conyugal” de Bergman sólo como espectador cuando joven y de manera más introspectiva cuando mayor. O por qué siento que me están poniendo en evidencia cuando Nick Hornby relata las percepciones masculinas en “Alta Fidelidad” o los diálogos familiares en “Cómo ser bueno”.

 

Por otra parte, los pequeños y momentáneos atisbos a la vida íntima de otros, a través de relatos, infidencias o experiencias compartidas (comidas, viajes), van mostrando que lo que puede parecer excepcional y personal en un comienzo corresponde a actitudes y formas de relaciones bastante normales: las parejas que discuten leseras, los enojos sin aparente fundamento, la manipulación uni o bi lateral, la división del trabajo doméstico, y así. Hace unos veinte años una chilena ganó un festival de cine canadiense con un documental que mostraba su propia vida doméstica filmada con cámaras instaladas al interior de su vivienda. ¿Se ha preguntado cómo sería su comportamiento en el hogar si supiese que lo están filmando en todo momento? Piense que, de manera conciente, hay cosas mínimas que algunos decidimos no hacer en público, como comerse las uñas, por ejemplo. Pero ¿Estaríamos dispuestos a usar trucos como delegar en otro una decisión doméstica para luego culparlo por tomarla, o recordarle los aspectos más difíciles de nuestras relaciones con el sólo fin de herirlo, o controlarlo, si estos trucos fuesen accesibles a ojos ajenos?

 

Desde este punto de vista, la persona con quien Usted vive desde hace años lleva ventajas y desventajas en la relación doméstica. Por una parte está la acogedora sensación de lo conocido que ella o él proporciona. Por otra, la terrible comparación con quienes no conviven con Usted; así, sin mediar conocimiento íntimo, diario, prolongado, la encantadora mujer con la que bailó en esa fiesta, o el entretenido individuo que interpretó toda la noche las canciones que le gustan, se instalan en la imaginación como los potenciales compañeros ideales de largas conversaciones, fogosos encuentros eróticos o cómplices de nuestros siempre frustrados planes de vida.  Pero la vida diaria nos haría tomar turnos en el baño, observar la forma en que comen, o percibir sus maneras de lograr lo que desean. Es que esto de Con Quién buscar el Bello Sino es un arte.

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Sunday, October 16, 2005

Lecturas y Finanzas

Comparto la opinión de muchos respecto a lo caro que son los libros en Chile. No me parece, sin embargo, razón de peso suficiente (de pesos) para deprimir el hábito de la lectura. Vamos viendo. Por esas cosas de la vida, recientemente he tenido acceso a libros en varios países del mundo: Francia, España, México, Inglaterra, Estados Unidos. El último libro de Vázquez Montalbán, Milenio, póstumo, cuesta 20 euros cada tomo en España, en tapa dura y buen papel. Pero el último de Pérez-Reverte, Cabo Trafalgar, que originalmente costaba 18 euros, ya está en versión de bolsillo y vale sólo 6 (unos 4000 pesos). La reciente autobiografía de Bob Dylan, Chronicles, en la versión de bolsillo salió a 8 libras en Inglaterra, pero está en oferta a 5 (unos 4700 pesos). Y una biografía de Los Beatles, Shout, elogiada por alguna prensa relevante, se vendía por 3 libras aunque originalmente costara 9 en edición rústica.

 

Es cierto que los montos que acabo de darle son mucho más bajos que en Chile si se consideran relativos al ingreso promedio en cada uno de los países que he mencionado. Pero no es mi intención establecer comparaciones por paridad cambiaria, sino apuntar a un fenómeno aparentemente universal: un buen libro recién publicado parte en un precio alto y, luego de bajar un poco (las “ofertas”), es editado en versión de bolsillo llegando a un precio substancialmente menor, para finalmente alcanzar la cota mínima con su respectiva “oferta”, claro que varios meses, o incluso años, después de la primera edición.

 

Entonces el asunto se trata de ser paciente. O, si me permite el cambio de perspectiva, de mirar sólo aquellos libros que están en su cota inferior. Afortunadamente, hay librerías que se especializan en esta dimensión. En Santiago, por ejemplo, están las de la Plaza Almagro, que personalmente me gustan más que las de San Diego, pues parece que el truco en la plaza es comercializar libros que tienen alguna pequeña (normalmente despreciable) falla de impresión. Y se puede regatear un poco. Los dos locales de La Chilena no lo hacen nada de mal con libros editados hace algún tiempo, de precios entre 1000 y 5000 pesos; compré allí mi ejemplar de El Pianista (si, Vázquez Montalbán de nuevo) por 2000 pesos. Y, por último, tiene las ventas de bodega de Alfaguara o Random House-Mondadori, anunciadas normalmente en la prensa, algunas con locales estables.

 

Las que rara vez son fuente de lecturas financieramente accesibles son las varias ferias del libro. Pero tienen buen ambiente. La verdad, yo creo que se llenan de auditores que buscan el Bello Sino.

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Friday, October 14, 2005

Confesiones

Entre “La decadencia del imperio americano” y “Las invasiones bárbaras”, las más galardonadas películas del canadiense Denys Arcand, el mismo director hizo una que me pareció particularmente lúcida en su mensaje: “Jesús de Montreal”. Un grupo de buenos actores resiste el llamado de la farándula y el dinero para montar la pasión de Jesús en los jardines de una importante parroquia de Montreal.

 

Lo hacen tan bien en forma y fondo que la audiencia crece rápidamente en número y entusiasmo. Tal éxito disturba seriamente a la jerarquía eclesiástica, quien ordena al párroco terminar las funciones; es la pasión moderna. La amante del sacerdote se indigna cuando este decide cumplir la orden aduciendo la necesidad de mantener su trabajo para jubilar. Cuando ella lo trata de farsante y cínico por mantener una actitud como esa sólo por interés personal, el cura, enojado, le hace notar lo útil de su labor puesto que los feligreses escuchan con atención sus predicas, orientaciones y consejos, “o crees que todo el mundo tiene dinero para pagar un siquiatra”.

Recordé tal frase al leer la interpretación del sentido de la confesión que hace otro sacerdote, el personaje central de la novela “Yo pecador”  de Herman Schwember. Sostiene este cura que, para muchos, la confesión significa el alivio de declarar culpas de las cuales el individuo no se siente culpable. Como  no soy sacerdote (ni católico ni de otro culto), no tengo evidencias para evaluar tal tipo de intenciones, pero me parece que el comportamiento de muchos feligreses pudientes avala la aseveración del cura.

Tanto Arcand en su película como Schwember en su libro sugieren motivaciones humanas distintas de las declaradas tras los ritos de una religión. Nos hablan del comportamiento oculto o moldeado por ella. Para que se entretenga, una pregunta: ¿Cree Usted que una persona que profesa una religión (católico, judío, protestante, musulmán) es, en promedio, más buena que una que no lo hace? Le dejo la definición de bondad a su gusto.

Conocí al autor del libro en un programa de la radio. Terminamos hablando, al aire, del concepto de alienación en los escritos de juventud de Carlos Marx. Mientras lo hacíamos, llamó un amigo desde el Estadio Nacional al productor del programa, para dejar el número de su celular y avisarme  que él, su familia y la mía, ya estaban sentados esperando el comienzo del recital de re-encuentro de Los Prisioneros. Gentilmente, el productor me presto su celular para que pudiera ubicarlos más fácil y Schwember se ofreció a acercarme al estadio. En el trayecto extraje el celular y, con algo de vergüenza, le dije al conductor que le agradecería me indicara como usarlo. El viejo profesor, ex-vicerrector de una universidad católica luego de la reforma, exiliado y retornado, sin despegar la vista de la calle Campos de Deportes ni las manos del volante, me respondió que no le había preguntado al mas indicado, pues él nunca había usado uno. Lo que me recordó otra escena de la película de Arcand, pero eso es tema para otro día. Siga buscando el Bello Sino; somos mayoría.

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