Preferencias Reveladas
Si un amigo le dice que le encanta la Bilz pero cada vez que almuerzan juntos él pide Pap, es mejor creer que su bebida favorita es la Pap, aunque él sostenga lo contrario. Cuando la distancia entre lo que se dice y lo que se hace es grande, pudiendo elegir, lo sano es guiarse por lo hecho y no por lo dicho.
Lo anterior vale para diferentes ámbitos de acción. En las relaciones personales, incluso en las más íntimas, estas cosas son muy importantes pues permiten dimensionar adecuadamente las expectativas. Muchas veces los ambientes represivos, en el colegio, la casa o el trabajo, imprimen códigos de conducta que, si bien estimulan declaraciones normativas de comportamiento (“esto es correcto”, o “aquello no se hace”), pueden tener poco que ver con las reales inclinaciones o preferencias, provocando aparentes inconsecuencias, contradicciones y, finalmente, dificultades en las relaciones diarias. Puede ser perfectamente normal que una chica declaradamente recatada se las arregle para bailar muy pegadita al chico de sus preferencias (pasajeras o permanentes), mirando al techo y luciendo distraída. O que un cura sea pedófilo.
Estas contradicciones entre las preferencias declaradas y reveladas también ocurren en el ámbito público. Hace unos años, el Presidente presentó la modernización del transporte público en Santiago como un proyecto prioritario destinado a detener la sostenida declinación de su uso, Transantiago. El entonces subsecretario de Obras Públicas presentó en la prensa escrita el plan de inversiones en autopistas urbanas por un total de aproximadamente US$ 2.000 millones como un “complemento” del proyecto de modernización del transporte público. Luego de las dificultades al interior del equipo conductor de Transantiago, que trascendieran durante el año pasado, el Presidente sintetizó lo que realmente era el plan: “47 kilómetros de Metro,… 260 kilómetros de autopistas de primer nivel y… buses como corresponde para una ciudad moderna”. Hoy se sabe que habrá servicios (recorridos) troncales y locales, que el número de viajes con trasbordos subirá del 10 al 70%, que el número de buses en circulación disminuirá en un 25% y que la tarifa media por un viaje completo será al menos igual que la actual. Y buses nuevos, claro (“como corresponde”). Cabe preguntarse si el aumento del tiempo de trasbordo, el posible aumento de la tarifa, la disminución de las frecuencias y la mayor ocupación de los buses, podrán ser contrarrestados en la percepción de los usuarios sólo con el esperado aumento de calidad de los buses. Y todo esto en un contexto en que Santiago se llena de autopistas. ¿Habrá señal más clara que este panorama para que sigamos subiéndonos al automóvil?
Fíjese que no hay presidente, ministro, diputado ni senador en Chile que no sostenga que desea disminuir la brecha entre ricos y pobres. Sin embargo, la brecha sigue agrandándose. Es decir, las preferencias declaradas de quienes proponen las leyes y el presupuesto de la nación y de quienes legislan al respecto, no se compadecen con las preferencias reveladas por sus acciones, o por la falta de ellas. O bien nos mienten o bien son unos inútiles. Sugiero afinar nuestras preferencias y buscar el Bello Sino de manera más efectiva.