Monday, November 28, 2005

Mojitos en La Habana

Probablemente en la mayoría de los casos es mejor saber que no saber, entender que no entender. Pero esto no siempre es practicado. Por ejemplo, hay personas que prefieren no enterarse de la pobreza porque les causa angustia. Otras que prefieren seguir silbando y mirando hacia el techo cuando aparecen señales de infidelidad de su pareja. Podríamos hablar de un nivel social en el primer caso y familiar en el segundo. En ambos ejemplos pareciera que la opción “correcta” debería ser la de saber, enterarse y entender; más de alguno agregará que es necesario también actuar. Pero ¿Será posible extrapolar esto a todos los niveles? No parece factible ir por ahí tratando de entenderlo todo. Lo que me trae a la memoria un caso menor.

 

Los barrios más conocidos de La Habana, tanto por las visitas obligadas como por lo que muestran las películas, son El Vedado y Habana Vieja; la zona que los une es llamada Centro Habana y es la más pobre. El Vedado tiene como hitos los hoteles Nacional - majestuoso y antiguo - y Habana Libre - un edificio de los sesenta -, y la heladería Coppelia en la plaza al frente de este último (la de Fresa y Chocolate, si vio la película). Pero no encontrará en este barrio los mejores mojitos, ese trago tan sencillo y sabroso: ron blanco, jugo de limón, hierbabuena, jarabe de goma (azúcar) y soda. Para esos hay que ir a la Habana Vieja.

 

Los mojitos más famosos de la Habana Vieja son los de la Bodeguita del Medio, un boliche de comidas cubanas que se llena de turistas, especialmente por las noches. Sin embargo, el primer Mojito que probé fue en el bar del hotel Inglaterra, a pasos del Capitolio, donde alojaba una pareja amiga. Jugando truco una noche, me fui al bar a buscar refuerzos. El barman puso todos los ingredientes antes descritos, más un chorrito de amargo. Le quedó es-tu-pen-do. Pues bien. En mi última noche en La Habana salí con un amigo y nos fuimos a la Bodeguita. El bar, que da a la calle, estaba repleto de turistas buena onda, algunas muy interesantes. El barman, un mulato grandote y sonriente, preparaba mojitos “en serie”. Unos veinte vasos largos tras el mesón, hielo por turno, dosis de ron, dosis de jugo de limón, azúcar, chorro de soda y la hierbabuena. Nos puso el brebaje al frente y, con un pequeño palo redondeado, aplastó el tallo de la hierbabuena y nos deseó buena salud. Lo probamos y me pareció inferior al del Inglaterra. Cuando terminó de servir, el barman se quedó cerca de nosotros y le metimos conversa.

 

No pude resistir comentárselo. “El del Inglaterra lo hacen distinto ¿Sabe?” le dije, “allá le ponen un chorrito de amargo”. Acomodó los codos sobre el mesón y se encogió de hombros. “Claro, se puede”. Y agregó “pero dime ¿Le machacó la colita a la hierbabuena?”. Hice memoria, me parecía que no. Así se lo dije. “¿Ves? O le machacas la colita o le pones amargo…Pero no las dos cosas”. ¿Me estaba tomando el pelo? Años después volví al bar del Inglaterra, esta vez con mi mujer. El mismo barman, la misma técnica. “¿Por qué no le machaca el tallo?” pregunté. “Se puede, pero a mi me gusta así”, nos contestó.

 

Decidí no indagar más. ¿Para qué? Lo saboreé con gusto y seguimos Habana Vieja adentro. Por la noche nos fuimos a bailar boleros al Dos Gardenias y parece que mi mujer me quiso como por un año y medio. Luego tuve que empezar a hacer mérito nuevamente. Pero así se hace más entretenida la búsqueda del Bello Sino.

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Monday, November 21, 2005

Dylan es mi aliado (otro mas)

Hace un tiempo sugerí no apresurarse a comparar las novedades literarias, sino esperar la edición de bolsillo y luego la liquidación correspondiente. No siempre resulta, así es que suele ser mejor invertir el orden, es decir, elegir favoritos de entre aquellos libros que ya están en rústica y en liquidación. Pero esta vez me resultó. La autobiografía de Bob Dylan, Chronicles, en su título original, apareció el 2004. Durante el 2005 salió la edición de bolsillo y cuando estuve en las librerías londinenses hace poco, ya estaba en el lote de “tres por dos”. Como igual salía saladillo y estaba obligado a llevar dos libros más, me contuve. Tuve mi premio, pues una tienda de discos la tenía a mitad de precio, lo que se sumó a la señal que me envió Nick Hornby (el de Alta Fidelidad) desde la contraportada del libro, donde escribía que su contenido era una agradable sorpresa. La suma de la oferta y mi aprecio por Hornby dió por resultado Chronicles en mi maleta.

 

 

Ágil, interesante y convincentemente sincero. Buenas pinceladas también. Por ejemplo, cuenta Dylan que muy joven tocó piano para Bobby Vee (el de Take Good Care of my Baby). Cuenta también que Johnny Rivers tiene un cover de Positively 4th Street que Bob considera el mejor de entre los que conoce de sus canciones. Reconoce detalladamente la influencia de Brecht y Kurt Weill (si, los alemanes de La Opera de Tres Centavos) y del blusero Robert Johnson en su música. Pero lo mejor fue descubrirlo como aliado: le molestaba ser conocido. Dice Dylan: “Yo fantaseaba con una existencia de 9 a 5, una casa en una calle con árboles, con una reja blanca de madera, rosas rosadas en el patio. Eso hubiera estado bien. Después de un tiempo tu aprendes que la privacidad es algo que puedes vender pero que no puedes comprar de vuelta”.

 

 

Lo interesante es por qué le molestaba perder la privacidad; según Dylan, ser reconocido afectaba un componente importante de su creatividad: la capacidad de observar. “La creatividad tiene mucho que ver con la experiencia, la observación y la imaginación, y si cualquiera de esos elementos claves está ausente, no funciona. Ahora era imposible para mi observar nada sin ser observado”.

 

 

Estando de gira, Bob cuenta de una noche ensayando con The Grateful Dead. Se sentía incómodo, lejano. Dando una excusa, se fue a pasear por el pueblo (San Rafael). Al escuchar música de jazz, entró al lugar: un bar estrecho y largo con pocos parroquianos, “la última parada de un tren a ninguna parte”. Al fondo, acompañado de bajo, piano y batería, un hombre ya mayor cantaba sin esfuerzo. “Era relajado pero cantaba con un poder natural. De repente y sin aviso fue como si el tipo hubiese abierto una ventana a mi alma. Era como si estuviera diciéndome debes hacerlo de esta manera.” Volvió al ensayo con ánimo renovado. “Tendría que agradecer a ese viejo cantante de jazz”, pensó.

 

 

Así entendí que Bob Dylan no sólo quería sentir la música, también quería mantener una vida normal para poder observar, aprender e interpretar libremente el mundo que lo rodea.  Es decir, por las mismas razones que tuve para rechazar hacer un programa piloto para la TV.[1] Dylan es un aliado en la búsqueda del Bello Sino. Como Usted.


[1] Ver mi artículo Mis Amigos sin Rostro, 2-4-2005.
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Saturday, November 12, 2005

Happiness is a warm gun (con ayuda de Marcuse)

Los intelectuales funcionales locales se acaban de dar cuenta de la importancia de la felicidad en el desarrollo del planeta. Y han mantenido una bochornosa discusión en su prensa acerca de los grados que ella tendría en distintos países del Norte: que si Europa es mejor, que si USA. No han faltado las vacilantes referencias a la seguridad laboral, a la jornada de trabajo o al costo que su reducción tendría en términos productivos, y así. ¿Sabrán que este asunto ha sido lo central en los estudios de los socio-sicólogos de la Escuela de Frankfurt para entender los mecanismos que vinculan al capitalismo corporativo con la falta de libertad, la alienación, el tiempo libre y el consumo ansioso?

 

Lo que Marcuse, Fromm, Horkheimer, Adorno y otros plantearon hace 50 años es que el mundo de las necesidades humanas hoy está moldeado por las formas capitalistas de producción, que empujan al individuo al consumo, la fama, la riqueza y el poder, controlando hasta sus reflejos condicionados. “Lo que está ahora en discusión son las necesidades mismas. En esta etapa la pregunta ya no es cómo puede el individuo satisfacer sus propias necesidades sin herir a los demás, sino más bien cómo puede hacerlo sin herirse a si mismo, sin reproducir, a través de sus aspiraciones y satisfacciones, su dependencia de un aparato explotador que, al satisfacer sus necesidades, perpetúa su esclavitud” (Marcuse, Un Ensayo sobre Liberación, 1969).

 

En un artículo anterior[1] sugerimos que esta forma de organización social no puede resolver el problema. Y esto sería “porque el mundo de la libertad humana no puede ser construido por las sociedades establecidas hoy, no importa cuánto ellas puedan canalizar y racionalizar su dominio. Su estructura de clases y los controles perfeccionados que se requieren para sostenerla, genera necesidades, satisfacciones y valores que reproducen la esclavitud de la existencia humana. Esta esclavitud voluntaria (en el sentido de ser internalizada por el individuo), que justifica el despotismo benevolente, puede ser rota sólo a través de una práctica política que alcance las raíces mismas de la autorepresión y el contento en la infraestructura del hombre” (id.). Esto requiere de una enorme voluntad individual y colectiva, requiere de hombres y mujeres que “hayan desarrollado un barrera instintiva contra la crueldad, la brutalidad y la fealdad. Tal transformación de los instintos es concebible como un factor social de cambio sólo si penetra la división social del trabajo, las relaciones de producción mismas. Ellas estarían moldeadas por hombres y mujeres que tengan la buena conciencia de ser humanos, tiernos, sensuales, que ya no estén avergonzados de si mismos….”.

 

Por eso los nuevos cuicos “progresistas” no quieren que la población tenga tiempo libre. Quieren que aprenda a hacer sin pensar, sin entender, trabajando intensamente para generar alegremente mayores ganancias para los que tienen la sartén (y los canales de TV, los bancos, los terrenos y las fábricas) por el mango, mientras sueña con alcanzar la fama en algún reality show. Los déspotas benevolentes podrán así seguir pensando por nosotros, cimentando esta democracia mentirosa que llora por los pobres pero protege a los ricos. ¡Seamos inteligentes! Busquemos el Bello Sino.


[1] ¿O pobres o sutilmente locos? (20-9-2005)
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Monday, November 7, 2005

Por un mejor destino colectivo

Madre en Trafalgar SquareLavado de pies en EstambulVitral en Invernadero, Toluca
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Saturday, November 5, 2005

Mujeres Maduras

Casi sin excepción mis amigas sufrieron algún tipo de depresión al llegar a los cuarenta. Ante lo que me pareció una sorprendente reacción, intenté hacerles notar (de una en una, claro) que su preocupación no tenía fundamento en términos de sus relaciones con los hombres, ya que estaban muy deseables y habían acumulado suficiente experiencia como para sacarle el jugo a sus maduros encantos. Además tales características las hacían doblemente atractivas, puesto que el juego de señales y mensajes subliminales que tan mal practicamos los chilenos (al menos la mayoría, donde me incluyo) era reemplazado por maniobras de acercamiento o alejamiento nítido; parece que pasado los cuarenta un si es SI y un no es NO.

 

Durante el fin de semana vi dos películas que tocaban el asunto breve pero claramente. En Jackie Brown – de Tarantino – ella es una madura morena que comienza una amistad con el individuo encargado de tramitar su fianza a nombre del traficante de armas para el cual Jackie hace algunos encargos. Cuando es evidente que la comunicación positiva se ha establecido, ella expresa su desaliento por haber superado el fatídico hito etario. Ante la genuina extrañeza de su amigo, ella explica que uno de sus preocupaciones es el físico. “Me ha crecido el culo” le dice. “¿Y cuál es el problema?” le comenta él.

 

En Amor Idiota – de Ventura Pons - el joven protagonista (treintón) se enamora obsesivamente de una chica casada a la cual acosa con buenos resultados. Cuando el asunto se pone intenso y definitivo, hay una pausa provocada por ella. Él busca consuelo temporal en otras mujeres. Una de las temporeras es una mujer mayor que pide poco más que una noche de buena compañía y de la cual nuestro personaje huye; al dejar el hotel, se dice “He abandonado a una mujer estupenda”.  

 

Y todo esto para contarle que, hace varios años, en un supermercado de México, encontré un libro que aborda el asunto de manera directa: En Brazos de la Mujer Madura, del húngaro Stephen Vizinczey. Allí el narrador, András, comienza exponiendo algunas experiencias personales y ajenas que ilustran el desamparo de los jóvenes cuando empiezan sus primeras incursiones con el sexo opuesto. Por ejemplo, la del chico cuya joven compañera le manifiesta públicamente que sería capaz de irse en cualquier momento con el famoso actor que acaban de conocer; me recordó el comentario de una buena amiga: “le haría el favor gratis”, me dijo, refiriéndose a un famoso cantante. András también describe la desazón que sintió en su juventud al sacar a bailar nuevamente a la chica con la cual había tenido una erección cómplice durante el baile anterior, y ser rechazado con risitas y comentarios. Muy distinto es el caso de la aristocrática señora húngara que sirve a los oficiales aliados en los estertores de la segunda guerra mundial haciendo él de celestino. Al quedarse a solas con ella en la habitación de un teniente, es casi iniciado por la madura mujer que lo satisface sexualmente con trucos hoy triviales. Más adelante tendrá su primera experiencia completa con una vecina del piso superior que lo prepara pacientemente para que sea él quien de el primer paso y quede anímicamente fortalecido para el futuro. Cito a Vizinczey: “¿Por qué sufrir? Cada vez que veo a un hombre acercarse a una mujer titubeando, apocado, con aire de disculpa, como si esperase que ella arrostrara su pasión en lugar de compartirla, me pregunto cuántos desaires habrá sufrido de las jovencitas”.

 

Estimada señora, estimado señor, jóvenes amigos y amigas: les deseo una excitante búsqueda del Bello Sino.

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