Saturday, December 31, 2005

Es que somos muchos

La semana pasada formulé un problema de sencillo planteamiento pero complejo de desmenuzar. Se trataba de un chico que deja a su chica por otra para luego volver con la primera, enterándose del enorme sufrimiento que la separación había provocado en ella. ¿Hubiese sido mejor llevar relaciones paralelas hasta llegar a una decisión, evitando el daño emocional? Al dejar a su chica ¿Lo hizo por honestidad o por egoísmo, por sentirse bien? Recibí gran cantidad de opiniones con distintos matices.

 

Hubo quienes privilegiaron la verdad como un valor absoluto: “¿Se imaginan a los políticos, a los gobernadores, etc. hablando con honestidad? Hartos asuntos cambiarían en este país y en las personas que en él habitamos.” Varios apuntaron a las probabilidades: “…si a futuro se descubre esa segunda relación mantenida en secreto, el daño causado sería peor.” Otros, al pragmatismo evolutivo “… (a esa edad) le contaría a mi polola que la dejaba por una nueva pareja, cosa que en la actualidad sería más difícil debido a que podría significar la ruptura definitiva con mi señora.” O la siembra de confianza: “…esa polola sabrá siempre que él es leal y a futuro podrá tener certeza de sus promesas.”

 

También hubo quienes se formularon más preguntas: ¿Practicamos la verdad por miedo a que descubran la mentira? ¿Buscamos la honestidad por puro egoísmo…? Y otros, sin saberlo, ofrecieron respuestas novedosas: “A mi juicio, en este caso, la honestidad es por egoísmo, (pero) la persona que da, que entrega, “que no es egoísta”, ¿acaso no lo hace para quedar tranquilo consigo mismo y ser feliz?” Esta visión es muy notable, aunque su autor se excuse por desarrollar lo que él autocalifica de “filosofía barata”. De hecho, su análisis coincide con lo expresado por otro auditor quien, sintetizando a Fernando Savater (“Ética como amor propio”) afirma que “si el joven es honesto por honestidad o por egoísmo es lo mismo; la honestidad nace del egoísmo.” Nos hace notar que Savater a su vez cita a Montaigne (1533-1592, considerado el creador del ensayo como forma literaria): “Digan lo que digan, en la misma virtud la última meta de nuestra intención es el placer.”

 

Así, pues, mi sencilla provocación (como la calificó cariñosamente un auditor) ha dado origen a tan valiosos aportes y visiones que no puedo imaginar mejor forma de terminar el año. Más aún cuando recuerdo que, a mediados de los 80, visité el castillo de Montaigne, cerca de Burdeos, quedando embobado con la magnífica biblioteca y la escalera móvil de madera labrada que permitía el acceso a todos los volúmenes. He hablado de ésta tan majaderamente que mi familia me regaló hace poco una hermosa escalerita de madera, con la que puedo acceder a todos los niveles de mi colección de CD, aquellos con los que preparo la música del programa, guardados en un enorme estante con puertas de vidrio que cubre completamente una pared de nuestra sala de estar. ¿Sabe lo que pasa? Es que con auditores como Ustedes la búsqueda del Bello Sino se hace grata y, lo que es aún mejor, se visualiza factible. Deberíamos confiar más en nosotros; es que somos muchos y muy resistentes. Que tengan un hermoso año 2006.

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Sunday, December 25, 2005

High Fidelity

A raíz de nuestro intento de indagar acerca de los límites para hablar de infidelidad en la pareja - ¿Un beso? ¿Una caricia íntima? ¿Una relación sexual? – un auditor nos escribió para argumentar sólidamente que no era necesario llegar a la última etapa para que la hubiese. Así como la broma acerca de una presunta bomba en un avión había generado pánico real, la pareja se sentiría traicionada independientemente de lo verdaderamente ocurrido, dependiendo más bien de la intención declarada por el otro. Esto me llevó a plantear el problema desde otra perspectiva: la de si se debe comunicar a la pareja la atracción que se pueda sentir por otra persona o el grado de acercamiento íntimo al que se ha llegado.

 

He aquí una historia real. Un chico de veinte años ha pololeado con una niña de diecisiete por más de un año cuando empieza a sentir atracción por otra chica, de diecinueve, a quien la primera no conoce. Cuando se hace evidente que tal atracción es mutua, el muchacho decide contárselo a su polola y terminar la relación; lo hace porque no le parece honesto andar con ambas a la vez. Al cabo de un par de meses él se da cuenta de que en realidad ha sido un entusiasmo pasajero y vuelve con la más joven. Si bien la pareja retoma su curso, el joven termina por enterarse de que ella lo había pasado mal en esos dos meses; más aún, que había estado a punto de perder su año de estudios como fruto de la separación. Fin de la historia, pero comienzo de las preguntas. Veamos.

 

Si el muchacho no le hubiese contado a la polola, le habría evitado el sufrimiento a ella pero se hubiese sentido culpable durante dos meses. Es decir, cabe la posibilidad de haber hecho lo que hizo – contárselo – sólo para estar en paz consigo mismo, una razón no carente de egoísmo. Así planteado, lo que parece el único curso de acción noble y deseable, la honestidad, podría no haber sido más que el camino de la tranquilidad personal a costa del sufrimiento de su pareja original. ¿Hizo bien? ¿Hizo mal? ¿Lo hizo por honestidad o por egoísmo?

 

He comentado esta historia con mucha gente y no ha habido reacciones ni juicios unánimes. Me gustaría conocer su opinión durante esta semana. Escríbame a argosjeria@hotmail.com antes del miercoles y comuníqueme su visión fundada. Es probable que pueda Usted proporcionar una perspectiva distinta a las dos que yo he propuesto. No se ofenda, pero quiero ofrecer un estímulo navideño al uso del correo electrónico para participar en esta creación colectiva, entregando un libro de Manuel Vázquez Montalbán a uno de quienes nos entregue su visión. Es decir, hay dos razones para opinar, y las dos coinciden en la búsqueda de un Bello Sino.

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Friday, December 9, 2005

El Bello Círculo (de Buenos Aires)

La forma de ver el mundo es fruto de nuestras experiencias desde que nacemos. Las afinidades intelectuales de más alto nivel son, finalmente, producto de una construcción social relativamente sofisticada que nos hace coincidir en nuestras apreciaciones con personas a las que no conocemos directamente, pero que nos aportan o nos interpretan en sus libros, canciones u otro tipo de manifestación estética. Obviamente dejo fuera de este tipo de afinidades las hermandades de carácter mafioso, en las que más que concordancia intelectual predomina el apoyo mutuo para conseguir riqueza, poder o fama, alianzas magistralmente descritas por Leonardo Sciascia y Andrea Camilleri, entre otros.

 

Pero así como la conciencia es fruto de la experiencia, lo inverso también ocurre, hasta que ambas dimensiones llegan a hacerse indistinguibles. Es decir, llegamos a ver las cosas como producto de nuestra familia, nuestro barrio, nuestro país, nuestros amigos y nuestro colegio, pero también adquirimos hábitos debido a la forma de ver el mundo. Será por eso que tantos gozamos con la conversación, la lectura y la música, y nos encontramos en las ferias del libro, en restaurantes caseros, o en el cine. Me acaba de ocurrir algo de esto.

 

Estuve hace poco brevemente en Buenos Aires, donde me moví por Corrientes entre la 9 de Julio y Callao y donde pude ver en directo el enorme condón que cubrió el obelisco durante el Día Mundial de la Lucha Contra el Sida. Encontré el segundo tomo de Milenio (“En las Antípodas”), la novela póstuma de Manuel Vázquez Montalbán, donde Carvalho da la vuelta al mundo y revisita varios de los lugares y personajes de la serie, como si su autor hubiese sabido que sería el último. También, por recomendación de un querido auditor, fui a ver y escuchar a Alejandro Dolina haciendo su programa de radio a medianoche, en directo desde el Hotel Bauen, en Corrientes con Callao; grata experiencia. De vuelta en Chile, me divertí encontrando los múltiples guiños que Vázquez Montalbán (me) enviaba desde su libro. El placer de la lectura aumentó cuando, luego de visitar Valparaíso junto a su ayudante Biscuter, Pepe Carvalho llega al escenario de la primera novela que leí del detective: “El Quinteto de Buenos Aires”, regalo de mi mujer. Imagínese, allí había recién comprado el último libro, en ese ambiente había comenzado mi larga relación con el autor, y, para cerrar el círculo, leo casi sin sorpresa que ambos personajes alojan precisamente en… el Hotel Bauen.

 

Mi amistad cómplice con Carvalho y Manuel tiene entonces dos vertientes que confluyen: los lugares y las ideas. Probablemente muchos de sus lugares me resulten caros (onerosos), pero las ideas siguen siendo caras (queridas). Como muestra, un botón del último tomo del último libro: “el capitalismo empezó ganando la batalla cultural posterior a la guerra fría practicando una constante designificación del lenguaje. La misma palabra “globalización” es, aparentemente, sólo descriptiva de unas relaciones de producción e intercambio realmente globalizadas. Pero no dice todo. Porque en esa supuesta obviedad enunciativa, unos son los globalizadores y otros los globalizados” (pp. 266). Es que el lenguaje tiene ideología.[1] Pepe, Manuel, Usted y yo buscamos el Bello Sino, qué duda cabe.

[1] Vea mi artículo ¿Las cosas por su nombre o mentiras verdaderas? publicado el 18-06-2005.

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Saturday, December 3, 2005

Relaciones Sexuales

Durante el cumpleaños de un amigo conversaba con tres conocidos, una mujer y dos hombres, acerca de la infidelidad. Nos preguntábamos si se es infiel al mirar a otro con algún grado de deseo, o si, además de atracción, tiene que haber contacto físico para clasificarlo así. ¿Un baile intenso? ¿Un beso apasionado? ¿Caricias íntimas? Hice la pregunta de fondo y recibí dos respuestas. La mujer opinaba que si no hay penetración, no hay engaño. Uno de los hombres pensaba que puede haber engaño sin penetración.

 

Me acordé de este interesante intercambio al leer un artículo de prensa sobre un tema relacionado. Se describía allí una investigación sobre los efectos de largo plazo que, en la vida de una persona, tiene la forma en que se experimenta la primera relación sexual. Pensé que allí encontraría una definición de ella. ¿Cuenta un orgasmo manipulado por la pareja? ¿O el sexo oral? Nada se decía allí sobre esto. En épocas pretéritas estos sucedáneos no eran infrecuentes debido al sistema valórico que condenaba “tener relaciones” (tal vez aún ocurre en algunos círculos sociales actuales). Pero aquí se estaba hablando de relación sexual como sinónimo de penetración.

 

La autora siguió el comportamiento sexual de más de 60 individuos de ambos sexos durante un año y medio. Finalmente los agrupó, según el artículo, en tres clases según la primera experiencia: quienes lo habían hecho como parte de una secuencia natural de maduración, quienes habían esperado a entregar su virginidad como una donación amorosa, y quienes habían sucumbido a las presiones ambientales para iniciarse. En el primer caso, la pareja fue la que correspondió a la etapa, usualmente con mutuo interés; estos serían los de mejor desarrollo en sus relaciones con el sexo opuesto (¿o debería decir sexo complementario?). En el segundo caso había dos subgrupos: los correspondidos y los abandonados; estos últimos mostraban, posteriormente, un desarrollo afectivo difícil, buscando gratificación emocional en nuevas relaciones, usualmente con pésimos resultados. Y los del tercer grupo, los presionados, serían, según la investigadora, los que peor lo pasaban después.

 

Después de haber sido testigo de decenas de encuentros y desencuentros entre todo tipo de parejas, si tuviera que clasificar según lo recién descrito diría que la inmensa mayoría de los jóvenes que conozco están en el grupo de la madurez natural. Diría también que en mi generación el segundo caso, la virginidad como un obsequio, no era infrecuente, particularmente en las mujeres provenientes de hogares o colegios represivos en el aspecto sexual. En el grupo de los presionados creo conocer pocos, si es que hay alguno. Salvo lo que he visto en películas – como Julio Comienza en Julio - o leído en aquella literatura donde los jóvenes eran llevados por sus mayores a iniciarse en algún prostíbulo.

 

Lo interesante de todo esto es que los aspectos normativos de la sexualidad (lo que se debe hacer, lo aceptado) van cambiando con el tiempo. Desde la difícil aproximación entre los jóvenes de hace dos siglos, debido a las chaperonas o acompañantes de las niñas, hasta la necesidad de golpear la puerta del cuarto de los hijos cuando están con su pareja hoy. En este sentido, las mejores relaciones parecen ayudar a la búsqueda del Bello Sino. Sigamos en ello.

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