Es que somos muchos
La semana pasada formulé un problema de sencillo planteamiento pero complejo de desmenuzar. Se trataba de un chico que deja a su chica por otra para luego volver con la primera, enterándose del enorme sufrimiento que la separación había provocado en ella. ¿Hubiese sido mejor llevar relaciones paralelas hasta llegar a una decisión, evitando el daño emocional? Al dejar a su chica ¿Lo hizo por honestidad o por egoísmo, por sentirse bien? Recibí gran cantidad de opiniones con distintos matices.
Hubo quienes privilegiaron la verdad como un valor absoluto: “¿Se imaginan a los políticos, a los gobernadores, etc. hablando con honestidad? Hartos asuntos cambiarían en este país y en las personas que en él habitamos.” Varios apuntaron a las probabilidades: “…si a futuro se descubre esa segunda relación mantenida en secreto, el daño causado sería peor.” Otros, al pragmatismo evolutivo “… (a esa edad) le contaría a mi polola que la dejaba por una nueva pareja, cosa que en la actualidad sería más difícil debido a que podría significar la ruptura definitiva con mi señora.” O la siembra de confianza: “…esa polola sabrá siempre que él es leal y a futuro podrá tener certeza de sus promesas.”
También hubo quienes se formularon más preguntas: “¿Practicamos la verdad por miedo a que descubran la mentira? ¿Buscamos la honestidad por puro egoísmo…? Y otros, sin saberlo, ofrecieron respuestas novedosas: “A mi juicio, en este caso, la honestidad es por egoísmo, (pero) la persona que da, que entrega, “que no es egoísta”, ¿acaso no lo hace para quedar tranquilo consigo mismo y ser feliz?” Esta visión es muy notable, aunque su autor se excuse por desarrollar lo que él autocalifica de “filosofía barata”. De hecho, su análisis coincide con lo expresado por otro auditor quien, sintetizando a Fernando Savater (“Ética como amor propio”) afirma que “si el joven es honesto por honestidad o por egoísmo es lo mismo; la honestidad nace del egoísmo.” Nos hace notar que Savater a su vez cita a Montaigne (1533-1592, considerado el creador del ensayo como forma literaria): “Digan lo que digan, en la misma virtud la última meta de nuestra intención es el placer.”
Así, pues, mi sencilla provocación (como la calificó cariñosamente un auditor) ha dado origen a tan valiosos aportes y visiones que no puedo imaginar mejor forma de terminar el año. Más aún cuando recuerdo que, a mediados de los 80, visité el castillo de Montaigne, cerca de Burdeos, quedando embobado con la magnífica biblioteca y la escalera móvil de madera labrada que permitía el acceso a todos los volúmenes. He hablado de ésta tan majaderamente que mi familia me regaló hace poco una hermosa escalerita de madera, con la que puedo acceder a todos los niveles de mi colección de CD, aquellos con los que preparo la música del programa, guardados en un enorme estante con puertas de vidrio que cubre completamente una pared de nuestra sala de estar. ¿Sabe lo que pasa? Es que con auditores como Ustedes la búsqueda del Bello Sino se hace grata y, lo que es aún mejor, se visualiza factible. Deberíamos confiar más en nosotros; es que somos muchos y muy resistentes. Que tengan un hermoso año 2006.