Saturday, December 3, 2005

Relaciones Sexuales

Durante el cumpleaños de un amigo conversaba con tres conocidos, una mujer y dos hombres, acerca de la infidelidad. Nos preguntábamos si se es infiel al mirar a otro con algún grado de deseo, o si, además de atracción, tiene que haber contacto físico para clasificarlo así. ¿Un baile intenso? ¿Un beso apasionado? ¿Caricias íntimas? Hice la pregunta de fondo y recibí dos respuestas. La mujer opinaba que si no hay penetración, no hay engaño. Uno de los hombres pensaba que puede haber engaño sin penetración.

 

Me acordé de este interesante intercambio al leer un artículo de prensa sobre un tema relacionado. Se describía allí una investigación sobre los efectos de largo plazo que, en la vida de una persona, tiene la forma en que se experimenta la primera relación sexual. Pensé que allí encontraría una definición de ella. ¿Cuenta un orgasmo manipulado por la pareja? ¿O el sexo oral? Nada se decía allí sobre esto. En épocas pretéritas estos sucedáneos no eran infrecuentes debido al sistema valórico que condenaba “tener relaciones” (tal vez aún ocurre en algunos círculos sociales actuales). Pero aquí se estaba hablando de relación sexual como sinónimo de penetración.

 

La autora siguió el comportamiento sexual de más de 60 individuos de ambos sexos durante un año y medio. Finalmente los agrupó, según el artículo, en tres clases según la primera experiencia: quienes lo habían hecho como parte de una secuencia natural de maduración, quienes habían esperado a entregar su virginidad como una donación amorosa, y quienes habían sucumbido a las presiones ambientales para iniciarse. En el primer caso, la pareja fue la que correspondió a la etapa, usualmente con mutuo interés; estos serían los de mejor desarrollo en sus relaciones con el sexo opuesto (¿o debería decir sexo complementario?). En el segundo caso había dos subgrupos: los correspondidos y los abandonados; estos últimos mostraban, posteriormente, un desarrollo afectivo difícil, buscando gratificación emocional en nuevas relaciones, usualmente con pésimos resultados. Y los del tercer grupo, los presionados, serían, según la investigadora, los que peor lo pasaban después.

 

Después de haber sido testigo de decenas de encuentros y desencuentros entre todo tipo de parejas, si tuviera que clasificar según lo recién descrito diría que la inmensa mayoría de los jóvenes que conozco están en el grupo de la madurez natural. Diría también que en mi generación el segundo caso, la virginidad como un obsequio, no era infrecuente, particularmente en las mujeres provenientes de hogares o colegios represivos en el aspecto sexual. En el grupo de los presionados creo conocer pocos, si es que hay alguno. Salvo lo que he visto en películas – como Julio Comienza en Julio - o leído en aquella literatura donde los jóvenes eran llevados por sus mayores a iniciarse en algún prostíbulo.

 

Lo interesante de todo esto es que los aspectos normativos de la sexualidad (lo que se debe hacer, lo aceptado) van cambiando con el tiempo. Desde la difícil aproximación entre los jóvenes de hace dos siglos, debido a las chaperonas o acompañantes de las niñas, hasta la necesidad de golpear la puerta del cuarto de los hijos cuando están con su pareja hoy. En este sentido, las mejores relaciones parecen ayudar a la búsqueda del Bello Sino. Sigamos en ello.

Posted by Argos Jeria in 14:19:04 | Permalink | No Comments »