El gusto de los otros
La aguda pluma de Jorge González nos caracterizó en los ochenta como “occidentales de segunda mano”. Sin duda alguna, hemos perdido autonomía intelectual al mediatizar nuestros juicios estéticos usando de manera casi indiscriminada, a nivel social, los patrones establecidos en el hemisferio norte, en particular los del centro del imperio. En el cine, por ejemplo, es el Óscar más que el Goya español, el César francés o el Altazor nacional. En la música, es el Billboard o MTV. Hago notar que esta no es sino una constatación. No se trata de una queja ni menos de un llamado a no considerar tales manifestaciones colectivas de preferencias del mundo desarrollado. Sin embargo, cuando lo anterior está inserto en un apabullante sistema de valores en que la prueba de bondad es la medalla en el exterior o la copia a-crítica de costumbres o procedimientos, el fenómeno descrito adquiere ribetes indignos. Pero no siempre ha sido así y, aún hoy, hay esperanza de algún grado de autonomía intelectual.
Sin esforzarme demasiado he logrado rescatar tres muestras musicales de preferencias autónomas en la década de los sesenta, en que las medallas las pusimos nosotros. La primera es la canción “Un amor veraniego” (Summer Romance, 1960) de Dean Reed. Este gringo, joven y de buena pinta, grabó un par de discos que pasaron sin pena ni gloria en su patria norteamericana. Mientras se preparaba como actor en la escuela de talentos de la Warner, se enteró de que en Chile su canción estaba en los primeros lugares de nuestras preferencias. Se pagó el pasaje y llegó para darse cuenta de que era un ídolo en el sentido más estricto de la palabra. Decidió quedarse en Argentina y terminó convirtiéndose en el gringo revolucionario en los países socialistas; pero esa es otra historia, aunque haya comenzado en Santiago.
El segundo ejemplo es una canción de Freddy Fender, el chicano nacido Baldemar Huerta que, desde Texas, conmovió al país del norte con sus interpretaciones de canciones en inglés y español, como Before the Next Tear Drop Falls. Pues bien, en 1960 se escuchó permanentemente en las radios chilenas “No puedo recordar” (I can’t remember), tema que no aparece en colección alguna de sus grandes éxitos. Y mucho más evidente son aquellas canciones de Los Beatles que no sólo no estuvieron en los rankings de los países más arriba del Ecuador sino que ni siquiera fueron editadas como discos sencillos: “Debería habérmelo imaginado” (I should have known better) y “Si yo cayera” (If I fell). Ellas son mi tercer ejemplo de popularidad exclusivamente local.
Los chicos de hoy saben que Los Tres, Los Prisioneros o Mecánica Popular son grupos estupendos independientemente de las medallas que les ponga MTV. Y si se las pusieran, hablaría bien de MTV más que al revés. ¿O será necesario un Óscar para apreciar “El Chacotero Sentimental”? Creo que la lectura poco discriminatoria durante mi etapa pre-adulta me ayudó a establecer criterios más rigurosos que la moda simplemente, contribuyendo a formar mis preferencias literarias. Tal vez eso explique mi afán por compartir algunas canciones e intérpretes poco conocidos con mis auditores. La creación de una capacidad de juicio estético, que puede generar o no coincidencias con los centros dominantes, es una importante tarea liberadora, parte de la búsqueda de un Bello Sino. No puedo evitar decirle que la estupenda cinta francesa que presta su título a esta crónica me gustó antes de saber que tenía importantes premios y nominaciones, Óscar incluido.