Sunday, March 26, 2006

El gusto de los otros

La aguda pluma de Jorge González nos caracterizó en los ochenta como “occidentales de segunda mano”. Sin duda alguna, hemos perdido autonomía intelectual al mediatizar nuestros juicios estéticos usando de manera casi indiscriminada, a nivel social, los patrones establecidos en el hemisferio norte, en particular los del centro del imperio. En el cine, por ejemplo, es el Óscar más que el Goya español, el César francés o el Altazor nacional. En la música, es el Billboard o MTV. Hago notar que esta no es sino una constatación. No se trata de una queja ni menos de un llamado a no considerar tales manifestaciones colectivas de preferencias del mundo desarrollado.  Sin embargo, cuando lo anterior está inserto en un apabullante sistema de valores en que la prueba de bondad es la medalla en el exterior o la copia a-crítica de costumbres o procedimientos, el fenómeno descrito adquiere ribetes indignos. Pero no siempre ha sido así y, aún hoy, hay esperanza de algún grado de autonomía intelectual.

Sin esforzarme demasiado he logrado rescatar tres muestras musicales de preferencias autónomas en la década de los sesenta, en que las medallas las pusimos nosotros. La primera es la canción “Un amor veraniego” (Summer Romance, 1960) de Dean Reed. Este gringo, joven y de buena pinta, grabó un par de discos que pasaron sin pena ni gloria en su patria norteamericana. Mientras se preparaba como actor en la escuela de talentos de la Warner, se enteró de que en Chile su canción estaba en los primeros lugares de nuestras preferencias. Se pagó el pasaje y llegó para darse cuenta de que era un ídolo en el sentido más estricto de la palabra. Decidió quedarse en Argentina y terminó convirtiéndose en el gringo revolucionario en los países socialistas; pero esa es otra historia, aunque haya comenzado en Santiago.

El segundo ejemplo es una canción de Freddy Fender, el chicano nacido Baldemar Huerta que, desde Texas, conmovió al país del norte con sus interpretaciones de canciones en inglés y español, como Before the Next Tear Drop Falls. Pues bien, en 1960 se escuchó permanentemente en las radios chilenas “No puedo recordar” (I can’t remember), tema que no aparece en colección alguna de sus grandes éxitos. Y mucho más evidente son aquellas canciones de Los Beatles que no sólo no estuvieron en los rankings de los países más arriba del Ecuador sino que ni siquiera fueron editadas como discos sencillos: “Debería habérmelo imaginado” (I should have known better) y “Si yo cayera” (If I fell). Ellas son mi tercer ejemplo de popularidad exclusivamente local.

Los chicos de hoy saben que Los Tres, Los Prisioneros o Mecánica Popular son grupos estupendos independientemente de las medallas que les ponga MTV. Y si se las pusieran, hablaría bien de MTV más que al revés. ¿O será necesario un Óscar para apreciar “El Chacotero Sentimental”? Creo que la lectura poco discriminatoria durante mi etapa pre-adulta me ayudó a establecer criterios más rigurosos que la moda simplemente, contribuyendo a formar mis preferencias literarias. Tal vez eso explique mi afán por compartir algunas canciones e intérpretes poco conocidos con mis auditores. La creación de una capacidad de juicio estético, que puede generar o no coincidencias con los centros dominantes, es una importante tarea liberadora, parte de la búsqueda de un Bello Sino. No puedo evitar decirle que la estupenda cinta francesa que presta su título a esta crónica me gustó antes de saber que tenía importantes premios y nominaciones, Óscar incluido.

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Recreando los recuerdos (2): el efecto Google

Las memorias de Gabriel García Márquez pueden ser miradas como una larga explicación, no tanto de su vida como de su obra escrita. Después de muchas páginas, el límite entre la ficción de sus novelas y los hechos que constituyen su historia se hace difuso. Pero hay un aspecto de su recuento que me hizo sentirlo muy cercano: en muchas páginas, luego de plantear sus dudas acerca de lo realmente acaecido, termina insinuando que no importa cómo ocurrió algo sino cómo lo recuerda. Hoy es más difícil tan poética aproximación al repaso de nuestra vida. Déjeme ilustrarlo con una historia triste.

¿Cómo es posible que un colocolino como yo sepa mejor la alineación del equipo de la Universidad de Chile de los sesenta? Simple. Durante toda esa década, mi padre, hincha de la U, me llevó a  ver los dos partidos anuales en que nuestros equipos se enfrentaban. Y la U cambió menos de formación. Si hasta me dolió cuando cambiaron el clásico azul-azul por un azul oscuro que hacía lucir más elegantes a los jugadores. A pesar de que fue la década del ballet azul, fui fiel a mi club. Cómo llegué a ser albo, no lo sé. Pero si recuerdo el primer partido que vi.

Fue en 1958 en el Estadio Nacional, cuando aún tenía la pista de ciclismo que luego fuese destruida para el mundial del 62 para instalar las graderías mas bajas. Colo-Colo enfrentó a Green Cross. Fue la familia completa, incluyendo a mi madre y mis hermanas. Quedamos situados frente a la demarcación del área grande hacia el arco bajo el marcador. Primera fila sobre la pista de ciclismo; Escuti, nuestro legendario arquero, quedó muy cerca nuestro el primer tiempo. Partimos perdiendo y, poco antes del descanso, Enrique Hormazábal, el famoso Cuacuá, ya entradito en kilos, pateó un penal a la manos del arquero de Green Cross. Pero el segundo tiempo fue una maravilla. Con Bernardo Bello corriendo continuamente por la banda izquierda, frente a mi, quedé con la idea de que su peinada “hacia atrás” y las grandes entradas de su frente se debían a su velocidad. Cuatro a uno ganamos. Qué regalo para mi (gracias papá).

¿Y dónde está lo triste? Hace poco sentí curiosidad por entender las razones que explicarían por qué sólo recordaba a Escuti, Hormazábal y Bello de aquella tarde gloriosa. Y me metí a Google. Resultó que el 58 nunca el Colo le ganó al Green por cuatro a uno ni nada parecido. Fue el año 1959 que uno de los partidos entre ellos terminó cuatro a dos a favor de mi equipo. Es decir, he vivido más de cuarenta años con un recuerdo equivocado, que sobrevivió lo más bien las muchas veces que lo relaté. Y ahora sé que año y resultado eran distintos. Espero no encontrar la alineación de los equipos pues en una de esas no jugó Bello sino… ¿Bello sino? Chitas, todos los caminos conducen a Roma.

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Saturday, March 11, 2006

Con Guayabera

Nos habían advertido: caluroso y húmedo todo el año. Que los pantalones se adherían a los muslos como una segunda piel, nos dijeron. Y la descripción de la zona que entrega García Márquez en sus memorias lo confirmaba. Por eso, al salir del aeropuerto de Barranquilla, en la costa Atlántica de Colombia, mi mujer y yo tuvimos una agradable sorpresa: el viento del atardecer dejaba una sensación inesperadamente placentera. Nos explicaron que, con los alisios de febrero, los días usualmente pegajosos - de veinticinco a treinta y cinco grados ecuatoriales - se hacían muy llevaderos. Cenamos con Víctor en el hotel, comprobando que el pargo rojo efectivamente es un pescado delicioso, al igual que la mojarra y el róbalo que luego tendríamos ocasión de probar de varias formas. Dormimos relajados.

Los días siguientes fueron más bien de trabajo en el congreso de los estudiantes colombianos al que había sido invitado. A pesar de ello, pudimos recorrer algunas zonas de la ciudad durante un par de tardes, lo que nos permitió darnos cuenta de que Barranquilla es una ciudad de ambientes oscilantes. A un par de cuadras de distritos que lucían elegantes aparecían calles donde los vendedores de mango trozado sobre carritos de madera bordeaban las veredas de las zonas comerciales. Entre caminatas y viajes en los buses locales conocimos muchos rincones interesantes. El ambiente de pre-carnaval hacía todo más entretenido aún. Por la noche, las visitas a La Cueva - el bar literario - y al Narcobollo, el restaurante popular de comidas típicas, fueron grandes aciertos de nuestros anfitriones.

El último día decidimos hacer tres expediciones urbanas: al edificio de la aduana, hermosa construcción del siglo XIX, restaurada y convertida en centro de actividades culturales; a la desembocadura del Magdalena, en un trencito de dos plataformas que se interna muchos kilómetros entre el mar y el río por un terraplén muy angosto; y a la Plaza de la Paz  para gozar una “noche de tambó”, con grupos folclóricos y baile popular. Las tres resultaron un estupendo fin de la visita, y la primera incluyó un agregado inesperado.

Una de las puertas del edificio de la aduana daba acceso inmediato a un pequeño salón de actos muy bien acondicionado. Un señor algo mayor nos preguntó si veníamos por la charla sobre Rafael Hernández. ¿El puertorriqueño autor del jibarito y de Capullito de Alelí? pregunté. Efectivamente, me contestó, y de tantas otras. Le dije que vendríamos a escucharla, motivado entre otras cosas porque hacía unos años, en un gesto poco frecuente, mi mujer me había regalado un disco de Los Panchos con canciones de amor del autor. Resultamos ser los únicos reales asistentes a la charla, puesto que había tres personas más que venían con el expositor- el señor de la puerta-, otras dos que eran los anfitriones, y unos siete funcionarios convocados a última hora para hacer número. Esto va a ser un desastre, pensamos, pero la breve conversación previa con el charlista nos mantuvo en nuestros sitios. Éste resultó ser el hijo menor del famoso compositor, y su exposición fue de lo mejor que he visto, no sólo por la bien pensada secuencia de diapositivas sino por el importante condimento de las breves interpretaciones a cappella de trozos de canciones con las que ilustraba el texto. Expuso como si hubiésemos sido cien seguidores de la buena música popular. No sólo aprendimos de la vida musical y doméstica de Rafael Hernández desde adentro. También confirmamos que las cosas hechas con placer se hacen bien porque se quieren, porque son parte de la construcción de un Bello Sino.

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Wednesday, March 8, 2006

La creación de la cultura doméstica

Compartir diariamente el tiempo y el espacio domésticos con otra persona no es nada trivial. Es relevante preguntarse cómo se llega a establecer los hábitos domésticos de una pareja, tanto en los ciclos diarios como en los anuales.

Cada miembro de la pareja viene de una cultura doméstica con sus propios ritmos y acuerdos. Si ella usaba desayunar en la cocina, con galletas o pan, y él tomaba una taza de café mientras se levantaba, ¿Cómo lo hacen después de uno o más años de vivir juntos? Lo mismo cabe preguntarse con el lavado de la ropa, la estructura de las comidas, la organización del descanso en el hogar (¿tele en el dormitorio?), el aseo de la casa, la compra de alimento en el supermercado y la feria, la diversión fuera del hogar, las visitas a o de amigos y parientes, y así. Pareciera que, salvo la infrecuente dominación unilateral, la organización del detalle doméstico diario es una suerte de combinación creativa que rara vez representa la suma de costumbres heredadas. La convivencia estable resulta más bien de un acto de creación colectiva.

Pero luego están los hábitos de ciclo largo: el saludo de cumpleaños o la forma de celebrar festividades religiosas o nacionales, en particular cuando la familia ha crecido. En este caso mi observación anecdótica sugiere que domina la costumbre más arraigada, la que tiene componentes mas rituales. Mire a su alrededor y observe las muchas formas de saludar en el día de cumpleaños: saludos individuales por la mañana, irrupción grupal al cuarto del festejado, cantos o comidas rituales, entre las más comunes. Mi impresión es que la primera, el saludo “de a uno”, ha ido en retirada. Por otra parte, jóvenes y viejos sabemos que la decisión de con quien y cómo pasar el año nuevo, o de cómo organizar las finanzas, pueden llegar a ser importante fuente de tensión.

Dejo fuera de esta descripción las decisiones familiares más trascendentales, que contribuyen a marcar estilos pero que no tienen carácter cíclico: el colegio de los niños y la ubicación de la vivienda, por ejemplo. Pero la organización de la vida diaria, el establecimiento de los pequeños detalles domésticos, es lo que se construye de manera imperceptible, contribuyendo a que despertarse cada mañana sea un agrado o no lo sea. Cómo me escribía una auditora, “la verdad es que convivir con otra persona no es nada fácil. Cuesta entre hermanos criados en un mismo hogar, más aun con otro que viene de otra formación”. Y piense usted que no he entrado en el difícil terreno de las relaciones con las familias originales, su influencia o dependencia, o de la organización espacial dentro del territorio doméstico, incluyendo aspectos tan delicados como la elección de camas o cuartos separados, cuando se puede.

Tal vez por eso me estimula observar grupos familiares, grandes o pequeños, que alcanzan una organización relativamente estable en la que se detecta aportes colectivos a la generación de estructuras domésticas espaciales y temporales que combinan libertad individual con responsabilidad plural. Creo ver allí la posibilidad de un mejor destino colectivo para nuestro país, de un Bello Sino.

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