Franciscano
Hacia el sur están Google, Yahoo, la Universidad de Stanford y la falla de San Andrés. Hacia el norte el Napa Valley y Berkeley. Allí llegó el graduado Dustin Hoffman, huyendo de Mrs. Robinson y buscando el amor de su vida (¡Sí! ¡El Bello Sino!). Allí llegamos con Toño y la Jani a mirarla desde Twin Peaks y desde Sausalito, la hermana de Viña del Mar. Es que había que explorar bien sus alrededores para luego penetrarla y descubrirla intensamente. Es que San Francisco es para mirarla, olerla, palparla y gozarla.
La sensualidad de sus calles onduladas se prolonga en los platos sabrosos del barrio chino; en las vistas voluptuosas desde la Coit Tower en pleno barrio italiano; en las barras de los bares donde David Crosby (el de los Byrds) tomó cerveza y quien sabe qué mas con la deliciosa Grace Slick (la de los Jefferson Airplane); en los rinconcitos de reminiscencias musicales sesentistas en torno a Haight y Ashbury, la esquina que equidista de las casas de Janis Joplin y de los Grateful Dead; en el calor al sol en este lado y el viento helado a la sombra en la vereda del frente; en la tienda de discos Amoeba (qué placer inesperado); en los momentos en que mi mujer me tomó de la mano con cariño; en las taquerías de Valencia street; en el cine Castro del barrio homosexual con sus banderas multicolores; en el zinfandel californiano, en las trufas de Truffle y en los tranvías de madera.
He tenido la fortuna de conocer muchas ciudades en el mundo. Si me gusta Santiago es porque la conozco bien; sé qué hacer y dónde ir. Me gusta Boston porque tiene una intensa vida cultural que se respira al caminar y por la clam chowder (sopa cremosa de almejas). Me gusta Londres porque las reglas son claras, el teatro es magnífico, mis buenos amigos son de verdad, y porque puedo cruzar Abbey Road. Roma es majestuosa, caminable y está llena de italianas. Paris tiene esos parques ocultos que me sorprenden tan gratamente como los restoranes que descubren mi hijo y su mujer, y tiene la disquería Gibert Joseph. En Madrid voy a la Fnac (que es francesa) - con sus cinco pisos de libros, discos, películas y espectáculos gratuitos -, como callos y cocido, y está llena de españolas. Temuco tiene carretas en un contexto propiamente urbano. Valdivia tiene un río inserto armoniosamente en ella, el Guata Amarilla con sus enormes y sabrosos platos, y el Hausman, con los mejores crudos del país. Pero San Francisco fue amor en una semana.
Afortunadamente es una ciudad cara para residir en ella. Un departamento (nuevo y pequeño) en el barrio hispánico se vendía en 600.000 dólares (unos 310 millones de pesos) y uno en las afueras se arrendaba en 2.500 al mes (un millón y medio aproximadamente). Los choferes de los tranvías se ufanan contando lo caro de las casas a lo largo de las rutas servidas por ellos. Afortunadamente, digo, porque las ganas de quedarse un rato buscando el Bello Sino por allá…