Otra cosa es con guitarra
Los instrumentos musicales parecen ejercer una fascinación especial sobre los niños en general. El cuero del tambor, las cuerdas de la guitarra o las teclas del piano son un imán poderoso para las manos infantiles comandadas por cerebros juguetones. Cosa distinta es aprender a usar el instrumento para obtener sonidos armoniosos, reproducir obras musicales, acompañar la voz o tocar al unísono con otros intérpretes. Nunca hubiese pensado que la relación que comencé hace más de cuarenta años con la guitarra sería tan sólida y duradera. Todo empezó con los tres dedos centrales de mi mano izquierda sobre la segunda, tercera y cuarta cuerdas haciendo el acorde de La.
A poco andar, los acordes de Re y Mi completaron el trío básico que me permitieron reproducir muchísimas canciones, aunque muchas de ellas de manera inapropiada, como algo más tarde entendería. Así fui dándome cuenta del tono triste de los acordes menores, de la equivalencia entre secuencias en diversos tonos o de la existencia de estructuras repetidas una y otra vez en canciones distintas. A pesar de que la guitarra me ayudaría a cimentar buenas amistades y a comenzar lindos amores, no fue sino hasta que mi padre llegó con ella al aeropuerto cuando salí a estudiar fuera del país que me di cuenta de su relevante papel en mi vida, cosa que él había notado pero yo no.
De a poco fui captando que la forma implícita de aprendizaje de los secretos de la guitarra era traspasables pedagógicamente a otras personas, lo que se convirtió en un nuevo placer. Cuando a sus trece años enseñé los primeros acordes a mi hijo mayor, tuve por testigo sutil a mi hijo menor, quien quiso aprender también en un intento frustrado al darse cuenta de que el asunto requería de mucha práctica, pues los deditos debían estar bien puestos sobre el encordado para sacar el sonido limpio y, lo más difícil, el cambio de un acorde a otro debía ser hecho con velocidad suficiente para no interrumpir la canción. Pero a sus trece años lo intentamos nuevamente, esta vez con éxito pues estuvo dispuesto a practicar diariamente. Me pareció notable la coincidencia de edades; luego vi que el fenómeno se repetía en varios otros casos. Acabo de incluir a tres compinches en ellos.
A pesar de haber leído varias biografías de Los Beatles como grupo y de sus integrantes, no había revisado la de Hunter Davies, originalmente publicada en 1968; mi ejemplar, recién adquirido, es la edición de 1996. Pues bien, allí aparece el testimonio directo de los parientes de George Harrison y de Paul McCartney contando, en distintos capítulos, que ambos comenzaron a aprender los secretos de la guitarra a los catorce años de edad. Aunque el libro no es explícito en el caso de John Lennon, se puede deducir que tal cosa ocurrió prácticamente a la misma edad.
Así es que el comienzo de la pubertad no sólo despierta en chicos y chicas la necesidad de afirmar su persona, rebelándose en las familias y cautivando al resto del mundo. Parece que también trae consigo el reconocimiento de la práctica como fuente de futuras satisfacciones, en este caso con la guitarra y la música ¿O será que es la forma intuitiva de hacerse de una amiga que nunca nos hará sufrir? No lo sé. Pero si se que cantando se van las penas, se abren los corazones y se busca el Bello Sino. Tiquitiquití.
En la pubertad, estimado Argos, se produce un segundo parto. El individuo será expulsado esta vez del útero familiar, no en forma literal sino como metáfora del fenómeno de diferenciación. El “adolefeto” se para en sus dos patitas y para facilitar la expulsión empuja con ellas el vientre familiar, con dolores de parto por ambas partes. Suceden cosas interesantes, como que descubre que su padre no es omnisciente, ni siquiera connaisseur, y lo expresa. Cosa que habitualmente es tomada muy mal por el padre (o la madre) que consideran que el engendro es un mal agradecido y un arrogante, olvidando que el hombre es algo que debe ser superado como decía el pobre Federico Nietzche que no tuvo la dicha de ser tratado de viejo ignorante por un hijo que a lo mejor hubiera jugado boliche con las estrellas. Tanbién el adoleneonato busca su propio lenguaje (después que le costó tanto aprender a hablar como sus viejos) y para eso se coloca un par de tapones en las orejas y deja de aprender por lo que oye, comienza a aprender por lo que vive. Por eso debe ser que que los viejos aniñados, como tu y yo seguimos con los tapones puestos para poder discriminar entre el ruido del ambiente y la música del corazón.
Saludos
Cuando los padres de los compañeros y compañeras de mi hijo mayor insistían en lo simpático que él era, a diferencia de los propios (a quienes yo encontraba encantadores), empecé a atisbar esto de la afirmación de la persona a los trece años, porfiando en casa y cautivando fuera de ella. Confesaré que si no es porque mi madre me recomendó una lectura apropiada, tal vez nunca hubiese resuelto la paradoja del comportamiento dual. Intuyo que muchos padres que no están en el secreto piensan que el niño “se puso malo”.
Gracias por tu comentario. La figura del adolefeto es un aporte estupendo.