Saturday, May 27, 2006

No sólo la pobreza

En los comienzos de esta larguísima transición a la democracia representativa, nos juntamos en una sala de Ñuñoa los partidarios de una candidata a diputado que no pertenecía a ninguno de los conglomerados continuistas. Luego de varias expresiones de apego al barrio, un asistente manifestó su preocupación por ser Providencia y Ñuñoa comunas de ingresos promedio relativamente altos, lo que dificultaría la campaña de una candidata defensora de los pobres.

Decidí pedir la palabra para mostrar que había otras dimensiones negativas del sistema impuesto, las que sí afectaban directamente nuestra propia calidad de vida aunque tuviésemos comida y techo. En ese instante otro orador se me adelantó al plantear que, si bien era cierto que vivíamos en comunas pudientes en promedio, aquí también había problemas (perfecto, pensé, un aliado). “Porque”, continuó el orador, “se trata de un PROMEDIO ¡Aquí también hay pobres!” remató triunfante. Me hundí en el asiento, algo frustrado; me parecía que los menos pobres sufrían otro tipo de presiones que también había que denunciar, o al menos enunciar.

Cada cierto tiempo la prensa informa de manera casi anecdótica que la tasa de suicidios se duplicó en 15 años, o que los cuadros depresivos han crecido en forma alarmante. Creo que esto no es fruto del azar; es un problema con raíces sociales y políticas. En algún artículo anterior* me referí a las necesidades impuestas socialmente, en oposición a aquellas que podríamos llamar básicas, como dormir, abrigarse o comer. Y no hablo sólo del consumo superfluo alentado de mil formas y practicado como calmante de la angustia. Hablo de la fama, la riqueza y el poder como signos personales de éxito y realización en una sociedad en la que predomina el “individualismo asocial”, en palabras de E. Hobsbawm. Como no quiero repetirme demasiado, le hago notar que la fortaleza de tales signos radica precisamente en la forma casi imperceptible en que los incorporamos a nuestro sistema de valores. Felicitamos a quien sale en la TV (aunque más no sea para decir alguna obviedad en el mejor de los casos),  decimos que le va bien al que gana más, admiramos al campeón (aunque sea a costa de haberse convertido en un eunuco intelectual), y homenajeamos al que pinta, canta, actúa o chutea en algún país del hemisferio norte, lo que de pasadita nos deja a los que aquí vivimos como unos incapaces. Una vez cometí el error de decir a unas amigas que me daba pena el Chino Ríos, pues su habilidad con la pelotita había hecho que lo empujaran a dedicarse exclusivamente a eso. ¡Casi me pegan! “¡Pero si gana 100 veces lo que ganas tú!” (y sale con medias minas, podrían haber dicho también; pero no lo dijeron).

Usted dirá que dónde está el problema con la búsqueda de fama, riqueza y poder. Bueno, en que las tres cosas son relativas a lo que tienen los demás y en que no tienen límite superior estricto. Por lo tanto es una carrera que no tiene fin y que termina por agotarnos, enloquecernos o frustrarnos. ¿Somos tontos? No, sólo descuidados, pues este juego infinito y desgastante nos induce a percibir como problema personal algo que es social. Más aún, conduce a terminar viendo la pobreza como fruto de la incapacidad de quienes la sufren, aspecto central de la ideología dominante. Así, la búsqueda de un mejor destino colectivo plantea al menos dos grandes desafíos: la satisfacción de las necesidades básicas –la superación de la pobreza - y también la superación de las alienantes necesidades inducidas por esta forma de organización social para auto perpetuarse. Tenemos que darnos ánimo; el Bello Sino se busca en compañía.


* Ver “Acerca de la Libertad” en http://www.radio.uchile.cl/interno.asp?id=19336 o en “Buscando el Bello Sino”, Ediciones Radio Universidad de Chile, pág. 99.
Posted by Argos Jeria in 02:39:10 | Permalink | No Comments »