Saturday, July 29, 2006

Ni tiempo ni dinero (entre Auster y Fromm)

Buscando tiempo libre para escribir durante su juventud, el norteamericano Paul Auster no quiso acceder a trabajos estables con horario y sueldo fijo. Según cuenta en la breve autobiografía en que narra su vida ante de ser famoso (A Salto de Mata, 1997), osciló por varios oficios en una trayectoria sinuosa donde las traducciones y los escritos por encargo se intercalaban con trabajos en un barco petrolero, clases particulares o la labor de intérprete. Hasta que se dio cuenta de la necesidad de encontrar “un nuevo modo de abordar el dilema que me perseguía desde el principio: como conciliar las necesidades físicas y espirituales. Los términos de la ecuación seguían siendo los mismos: tiempo por un lado, dinero por el otro. Había apostado por mi capacidad de administrar ambas cosas, pero… me había empeñado demasiado en conseguir tiempo y no lo suficiente en ganar dinero, con el resultado de que ahora no tenía ni una cosa ni la otra.” No deja de ser notable que antes de llegar a esa conclusión, el autor de La Trilogía de Nueva York, El Libro de las Ilusiones y La noche del Oráculo, ya había lamentado haber tomado la decisión equivocada al aceptar asesorar a otra persona en la escritura de un libro pues “actué contra mi deseo, dejando que consideraciones secundarias influyesen en la claridad de mi intuición. En este caso, lo que inclinó la balanza fue el dinero.” Con cuanta razón Burruhs Skinner, el padre del conductismo, calificó al dinero como un “reforzador condicionado” (Reflexiones Sobre Conductismo y Sociedad, 1978).

 

Treinta años antes que Auster, Erich Fromm había escrito acerca de los aspectos sicológicos del sueldo asegurado. “Nadie tendría que aceptar condiciones de trabajo movido simplemente por el temor del hambre”. Uno de los obstáculos que Fromm visualiza para el paso de una sicología de la escasez a una de la abundancia es la transformación del hombre en homo consumens en la sociedad industrial contemporánea: el individuo voraz y pasivo que trata de compensar su vacío interior mediante un consumo permanente y creciente, que parece activo, pero en el fondo es ansioso, solitario, deprimido y hastiado. Como esta actitud es inducida por el sistema económico capitalista, el que a su vez se alimenta de ella, la sicología de la abundancia, premisa de la verdadera libertad creativa, no es posible pues el consumo no tiene límite. Fromm plantea como un avance hacia la libertad la sustitución de la producción de artículos de consumo individual por la de “artículos para uso público: escuelas, teatros, bibliotecas, parques, hospitales, transportes públicos, viviendas…”. Vaya, y aquí vamos destruyendo plazas, parques y barrios, favoreciendo al automóvil y pidiendo cheques en garantía.

 

Mientras recuerdo a escritores cuyo sueldo asegurado les permitió desarrollar sus habilidades creativas (Mario Benedetti y Jorge Edwards, entre ellos), escribo esta crónica sin recibir pago por ella, basado en los comentarios que hice en un programa donde tampoco hay dinero involucrado. Y siento un enorme placer al hacer ambas cosas, que puedo desarrollar libremente gracias a mi sueldo asegurado, buscando sin desmayo el Bello Sino.

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Sunday, July 23, 2006

Autopistas despistadas

He citado varias veces la inversión en autopistas para Santiago como ejemplo de nuestra democracia mentirosa, ya que se habló de la imperiosa necesidad de detener la caída del porcentaje de viajes en transporte público (objetivo planteado por el propio presidente Lagos), pero se construyeron 150 kilómetros de autopistas urbanas para el automóvil. Este plan (porque fue un plan) fue descrito y justificado años atrás como complemento de la modernización del transporte público por un subsecretario de Obras Públicas. Hace unos días, una editorial de El Mercurio se refirió al postergado Transantiago como un complemento de las autopistas. El realismo trágico de las mentiras verdaderas. En nombre del transporte público se construyen autopistas y en nombre del desarrollo urbano se destruye la ciudad. Veamos.

A finales de los años cuarenta, Simone de Beauvoir hizo su primera visita a los Estados Unidos de Norteamérica. Gran escritora, Simone llevó un diario de vida que luego sería publicado con el título América Día a Día. Allí cuenta su paseo peatonal por la calzada elevada que bordeaba el East River en New York. El drive, como la llaman los gringos, es sólo para automóviles, pero para una parisina acostumbrada a pasear por las orillas del Sena tal idea era simplemente impensable. Cuenta en el libro de su arriesgada maniobra para alcanzar una plazoleta junto al río, atravesando la autopista y saltando vallas. Al leer eso, la complicidad que yo había establecido con la compañera eterna de Sartre a través de tantos textos autobiográficos, filosóficos y novelescos, se transformó en hermandad por experiencias como las que ahora expondré.

En mi segunda visita a Caracas, mis anfitriones tuvieron la gentileza de alojarme en un hotel más bien lujoso en la cima de una pequeña colina, a cuyos pies corría una avenida – ancha como todas – por sobre la cual discurría… una autopista elevada. Sostenida por anchos pilares, la enorme vía aérea conformaba una suerte de techo para los peatones que nos desplazábamos a nivel de la calle. Como yo quería volver a visitar la zona de Sabana Grande, espacio peatonal que recordaba con cariño - gente jugando ajedrez durante el día, comercio ambulante por las tardes y restaurantes por la noche -, pregunté cuánto demoraría caminando. “Mucho”, me dijeron en el hotel y en la calle; “tome un bus”. Lo hice y tardé unos 25 minutos en llegar. El penúltimo día de la visita tuve una nueva oportunidad y, guiado esta vez por un mapa, caminé hasta el lugar cruzando la avenida bajo la autopista, rodeado por las columnas durante un tramo y bajo el sol el resto. Demoré 10 minutos. Concluí que la fealdad de la mole de cemento aéreo había distorsionado la percepción de las distancias a los habitantes de Caracas.

En otra ocasión, una amiga me dejó en una enorme tienda de juguetes a un costado de una autopista interurbana que llevaba a Nueva York. Me señaló el único edificio visible al otro lado de la vía, desde donde salía un bus hacia la ciudad, donde nos encontraríamos más tarde. Luego de adquirir algunas cosas en la tienda, pregunté cómo llegar al edificio. “Debe tomar la autopista y recorrer tres de las cuatro hojas del trébol”, me dijeron. Expliqué que no tenía coche. Me miraron cual marciano, meneando la cabeza negativamente. Bien. Fue la primera y única vez que caminé por una autopista propiamente tal; la vista desde el tramo central elevado hacia el tramo perpendicular más abajo era simplemente espectacular. Luego supe que estaba prohibido hacerlo (bueno, hay poco espacio para caminantes) y que había corrido serio peligro de muerte (¡Cómo me costó cruzar las vías del trébol para llegar al borde opuesto!).

Para no aburrirlo demasiado, termino con una historia más urbana. Mi familia y yo habíamos visitado una estupenda librería en un suburbio de Boston, a la cual llegamos en auto. Notamos que también llegaba allí una de las ramas de la línea del metro. “Qué bien”, pensé, “cuando me quede solo vendré en transporte público”. Así lo hice un mes más tarde. La estación daba al estacionamiento abierto de un pequeño centro comercial. Desde allí veía mi objetivo, la librería, situado exactamente al otro lado de… una ancha avenida cuyas eje central era una alta reja continua de alambre trenzado que se extendía hasta donde mi vista alcanzaba. No vi paso peatonal alguno para cruzar. Debe haber un paso subterráneo, pensé. Tampoco lo había. Pregunté (normalmente me resulta muy bien eso); fui informado de que debía caminar varios kilómetros para cruzar. No podía creerlo, aunque a nadie parecía preocuparle. De pronto se me ocurrió que no podía ser ni el primer chileno, ni latino (como le dicen a los hispanos allá) ni persona sin auto que llegaba en metro queriendo atravesar. Debía haber un hueco en la reja. Crucé para llegar a ella y, a menos de cincuenta metros de allí, en la primera dirección que tomé, llegué a un lugar donde el alambre aparecía cortado y suficientemente flexible para permitir el paso de un cuerpo humano. Los libros y discos me estaban esperando.

El ministro de Obras Públicas, que quiere ahorrar algunos millones, acaba de nombrar una comisión para decidir si la nueva autopista en Santiago (que correrá buena parte entre Ñuñoa y La Reina) será elevada o en túnel. El consultor privado que avaló las decisiones de invertir los dos mil millones de dólares en los 150 kilómetros de autopistas para los autos como parte del plan para detener el deterioro del transporte público, ha sido nombrado presidente de la comisión. Ha dicho recientemente a la prensa que “la primera opción es túnel”, pero que “habrá que ver cuánto sale el peaje”. Pero se refería sólo a las comunas más ricas, ya que el tramo de Tobalaba al sur iría en superficie o elevada. Lo entendí inmediatamente, pues así funciona la democracia mentirosa: como la autopista ya está decidida (un error que ya hemos discutido), se usará como excusa a la gente (los consumidores) para no hacer el túnel y se terminará por destruir nuevas áreas urbanas. Una de esas comunas, Ñuñoa, fue calificada hace poco por el propio gobierno como “la de mejor calidad de vida” para la gente (los ciudadanos). No es que estén despistados, es que sólo creen en los votos monetarios. Es que estos tipos no escuchan ni buscan el Bello Sino.

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Saturday, July 15, 2006

Siquiatras y sectas: la revolución sublimada.

La supervivencia de todo sistema social requiere de comportamientos que tiendan a reproducirlo, o al menos a no combatirlo. Si eso no ocurriese, habría revolución. Por ello, estos comportamientos funcionales al sistema son promovidos por quienes son favorecidos entre quienes no lo son. En el caso nuestro, el apuro, la ansiedad y la liviandad son el resultado de una presión permanente, del estímulo - mediante varios mecanismos - de la búsqueda de fama, riqueza, poder, o de lo que más se asemeje a ello aún en sus remedos más vulgares. Como nada de esto tiene límite, la insatisfacción permanente provoca las visitas al siquiatra en los adinerados y la integración a sectas u otros consuelos en los más pobres; la necesidad de una “psiquiatría de urgencia” en la atención médica primaria muestra un síntoma generalizado en nuestro país. Pero ¿no son personales los problemas psiquiátricos? 

 

Dado que los comportamientos “normales”, la ideología dominante o el carácter social, responden a la forma de organización económica, resulta útil mirar a las así llamadas sociedades avanzadas cuando estaban en etapas previas. Afortunadamente siempre ha habido testigos agudos de su tiempo, como el norteamericano Christopher Lasch que, en “The Culture of Narcissism” (1979), describió el comportamiento en Norte América durante la década de los 70. Dice Lasch que “Después de la confusión política de los 60, los norteamericanos se han refugiado en preocupaciones puramente personales. Sin esperanzas de mejorar sus vidas de manera relevante, la gente se ha convencido a si misma que lo que importa es el auto mejoramiento psíquico: comunicándose con sus sentimientos, comiendo alimentos sanos, tomando lecciones de baile, sumergiéndose en la sabiduría del Oriente, trotando, aprendiendo a relacionarse, superando el temor al placer”. “Sus anhelos no tienen límite, pero no acumula bienes y cosas para el futuro, a la manera del individualista adquisitivo de la economía política del siglo XIX, sino que demanda gratificación inmediata y vive en un estado de deseo impaciente, perpetuamente insatisfecho”. Notable, ¿no le parece? “Vivir el momento es la pasión que domina – vivir para si mismo, no para sus predecesores o la posteridad. Estamos perdiendo rápidamente el sentido de continuidad histórica”.

 

Como si esto fuese poco, Simone de Beauvoir ya había descrito en su América Día a Día (1954) al norteamericano medio que observó en su visita del año 1947, en la post guerra conservadora. “La verdad es que la mayoría tienen problemas con ellos mismos, la bebida calma ese malestar interior cuya manifestación externa más común es el tedio…” “A pesar de todo, el alcohol no es ninguna panacea y algunos individuos se atreven a expresar en público ese malestar que cada uno sufre en silencio: es ahí cuando… el psicoanálisis entra en juego. Si el psicoanálisis está tan en boga en América… no se debe a que los americanos crean en semejantes disciplinas  porque les ayudan a encontrarse a si mismos… Al sentirse inadaptado uno puede caer en la tentación de cuestionar el mundo: esta actitud revolucionaria constituye una amenaza peligrosa para la sociedad y angustia al individuo, que afronta decisiones, riesgos y responsabilidades a los que hay que enfrentarse. Se admite de antemano que el inadaptado ha incurrido en falta; y él mismo está encantado de considerar su desasosiego como una especie de catarro cerebral que, como toda enfermedad, tiene curación segura”.

 

Releyendo los párrafos anteriores, pareciera que estoy sugieriendo que, si no fuera por el alcohol, los siquiatras, las sectas y la droga, el cambio a una sociedad mejor podría surgir de la canalización comunitaria de la energía liberada. Vaya, tal vez necesito un siquiatra, o un trago. O un Bello Sino.

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Friday, July 7, 2006

De bibliotecas y librerías

Pedí ir al colegio para aprender a leer solito El Caballero Blanco en la revista El Peneca. Tal vez allí comenzó todo. ¿O habrá sido cuando leí mi primer libro propiamente tal, Papelucho Historiador? Bueno, quizás fue cuando adquirí La Isla del Tesoro, de R. L. Stevenson, editado por la Colección Amarilla de Zig-Zag; el primero con mis ahorros. Sólo sé que durante este proceso, vivido entre los tres y los ocho años, se abrió una compuerta que aún no cierro ni me interesa cerrar. Y por ahí empezaron a entrar muchos, muchos libros.

Todo lector sabe que las bibliotecas son entes vivos que comienzan con un modesto estante, continúan cubriendo una pared y terminan por adueñarse de cuartos completos ¿Terminan, dije? No, el proceso de expansión continúa como el de las raíces de un gomero, provocando en los que creemos ser sus dueños – cuando en realidad somos sólo los brazos armados de las bibliotecas - la necesidad de diseñar agudas estrategias de conquista de espacios ajenos dentro de la casa. Y crecen porque los libros llaman libros, porque si el primero de un autor nos gusta y el segundo también, pues termina uno con todos los de Vázquez Montalbán, de Kundera, de Eco, de Pérez Reverte, de Auster, de Marías, de Amado, de Hornby y de tantos otros. Sin prisa, pero sin pausa, la intuición, la curiosidad y las recomendaciones de amigos lectores confiables, continúan estimulando el interminable proceso de crecimiento del espacio dedicado a libros, agotando los anaqueles primero, las paredes después, y al resto de los habitantes de la casa por último. Pero hay pocas cosas tan lindas como una biblioteca linda. Hermosa la de Montaigne, que pude visitar en su castillo cerca de Burdeos; es un cuarto espacioso y alto, con hermosas puertas de vidrio en las estanterías que tapizan completamente las paredes y una hermosa escalera de mano con ruedas para acceder a todos los rincones. Majestuosas las de las Universidades de Salamanca (España) o de Coimbra (Portugal), simplemente indescriptibles.

La primera biblioteca que recuerdo fue la de educación básica (entonces llamada Preparatorias) en el Liceo Manuel de Salas. A poco de llegar al Liceo, me llevaron allí mientras debía hacer tiempo para rendir algún test. Era una sala más bien pequeña, con mesas y sillas pequeñas y muchísimos libros de cuentos, de geografía, de letras y números. La Bibliotecaria, doña Jovita Maldonado, me explicó que podía ir cuando quisiera y leer, en silencio, cuanto quisiera. No podía terminar de creer tal maravilla. Por supuesto que fue lo primero que le conté a mi madre al volver por la tarde a la casa: ¡había un lugar lleno de libros de libre acceso! Más tarde conocería la biblioteca de Humanidades, administrada por la señora Seisdedos, donde al egresar del colegio había acumulado un fajo muy gordo de tarjetas de lectura.

Pero así como recuerdo la primera visita a una biblioteca, también recuerdo la última a una librería. A pocos días del golpe de Estado de 1973, fui a dar una vuelta al centro de Santiago, donde siempre me ha gustado pasear. En el pasaje frente al Banco Central en la calle Agustinas estaba la librería Austral, de propiedad del Partido Comunista (hasta donde recuerdo). Para mi enorme sorpresa, dada la virtual toma de Santiago por las fuerzas armadas y en medio de una represión intensa cuyos alcances aún no eran conocidos en todas sus dimensiones, la librería estaba abierta. En su interior, dos señoras atendían a un público inexistente. Dudé: ¿sería una trampa? Con un grado no menor de ingenuidad, ayudado por el rostro de una de ellas que me parecía haber visto antes, entré al local. Mientras miraba las estanterías, se me ocurrió que podría completar mi colección de libros de Luis Enrique Délano, padre del escritor Poli Délano, de quien había leído un par de novelas que me habían gustado. Pregunté. “Allá, en la parte de arriba de ese estante”, me dijo una de las señoras. Y, subido a una escalerita, me hice de todos los que encontré, incluyendo El Rumor de la Batalla y El Viento del Rencor. Al pagar, pregunté si mantendrían abierta la librería. Imposible olvidar esa respuesta: “claro, hasta que nos vengan a detener”. Hoy no me siento capaz de juzgar esa decisión ¿Valor? ¿Ingenuidad? ¿Irresponsabilidad? ¿Impotencia? Sólo se que la siguiente visita a la librería no fue posible pues nunca más la vi abierta, ni volví a ver a las señoras.

Y mientras escribo estas líneas y recuerdo con emoción y cariño a las bibliotecarias y a las libreras, mi propia Biblioteca me rodea y me protege matriarcal, haciéndome guiños cómplices, apoyándome y confortándome, ofreciendo generosa sus rincones. Y sigue creciendo, sigue ayudándome a buscar un Bello Sino.

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Monday, July 3, 2006

Bello Sino: un programa de radio con historia

Bello Sino es un programa semanal de música y comentarios, heredero de Con los Ojos del Sesenta (Radio Nuevo Mundo, 1991 – 2000, nominado a premio Apes en 1993). Producido y conducido por Argos Jeria, Bello Sino es un llamado optimista a encontrar un mejor destino para nuestro país y el planeta, descubriendo y entregando elementos para entender mejor nuestras propias actitudes al ritmo de lo mejor de la música popular sin límites de género, combinando tradición y novedad. También es la recuperación del Vellocino de Oro, como lo hicieran los Argonautas en la mitología griega.

En este blog encontrará los artículos publicados semanalmente desde Agosto de 2005, donde se elabora sobre los comentarios hechos en el programa correspondiente. 

Escuche Bello Sino en Radio Universidad de Chile, 102.5 FM, Miércoles de 20 a 21 horas. 

contacto: Argosjeria@hotmail.com

Argos Jeria es la prolongación radial de Sergio Jara Díaz, Profesor Titular de la U. de Chile en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, donde investiga y enseña en el área de Transporte. Es Doctorado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, donde ha enseñado en varios períodos.

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