Ni tiempo ni dinero (entre Auster y Fromm)
Buscando tiempo libre para escribir durante su juventud, el norteamericano Paul Auster no quiso acceder a trabajos estables con horario y sueldo fijo. Según cuenta en la breve autobiografía en que narra su vida ante de ser famoso (A Salto de Mata, 1997), osciló por varios oficios en una trayectoria sinuosa donde las traducciones y los escritos por encargo se intercalaban con trabajos en un barco petrolero, clases particulares o la labor de intérprete. Hasta que se dio cuenta de la necesidad de encontrar “un nuevo modo de abordar el dilema que me perseguía desde el principio: como conciliar las necesidades físicas y espirituales. Los términos de la ecuación seguían siendo los mismos: tiempo por un lado, dinero por el otro. Había apostado por mi capacidad de administrar ambas cosas, pero… me había empeñado demasiado en conseguir tiempo y no lo suficiente en ganar dinero, con el resultado de que ahora no tenía ni una cosa ni la otra.” No deja de ser notable que antes de llegar a esa conclusión, el autor de La Trilogía de Nueva York, El Libro de las Ilusiones y La noche del Oráculo, ya había lamentado haber tomado la decisión equivocada al aceptar asesorar a otra persona en la escritura de un libro pues “actué contra mi deseo, dejando que consideraciones secundarias influyesen en la claridad de mi intuición. En este caso, lo que inclinó la balanza fue el dinero.” Con cuanta razón Burruhs Skinner, el padre del conductismo, calificó al dinero como un “reforzador condicionado” (Reflexiones Sobre Conductismo y Sociedad, 1978).
Treinta años antes que Auster, Erich Fromm había escrito acerca de los aspectos sicológicos del sueldo asegurado. “Nadie tendría que aceptar condiciones de trabajo movido simplemente por el temor del hambre”. Uno de los obstáculos que Fromm visualiza para el paso de una sicología de la escasez a una de la abundancia es la transformación del hombre en homo consumens en la sociedad industrial contemporánea: el individuo voraz y pasivo que trata de compensar su vacío interior mediante un consumo permanente y creciente, que parece activo, pero en el fondo es ansioso, solitario, deprimido y hastiado. Como esta actitud es inducida por el sistema económico capitalista, el que a su vez se alimenta de ella, la sicología de la abundancia, premisa de la verdadera libertad creativa, no es posible pues el consumo no tiene límite. Fromm plantea como un avance hacia la libertad la sustitución de la producción de artículos de consumo individual por la de “artículos para uso público: escuelas, teatros, bibliotecas, parques, hospitales, transportes públicos, viviendas…”. Vaya, y aquí vamos destruyendo plazas, parques y barrios, favoreciendo al automóvil y pidiendo cheques en garantía.
Mientras recuerdo a escritores cuyo sueldo asegurado les permitió desarrollar sus habilidades creativas (Mario Benedetti y Jorge Edwards, entre ellos), escribo esta crónica sin recibir pago por ella, basado en los comentarios que hice en un programa donde tampoco hay dinero involucrado. Y siento un enorme placer al hacer ambas cosas, que puedo desarrollar libremente gracias a mi sueldo asegurado, buscando sin desmayo el Bello Sino.