De bibliotecas y librerías
Pedí ir al colegio para aprender a leer solito El Caballero Blanco en la revista El Peneca. Tal vez allí comenzó todo. ¿O habrá sido cuando leí mi primer libro propiamente tal, Papelucho Historiador? Bueno, quizás fue cuando adquirí La Isla del Tesoro, de R. L. Stevenson, editado por la Colección Amarilla de Zig-Zag; el primero con mis ahorros. Sólo sé que durante este proceso, vivido entre los tres y los ocho años, se abrió una compuerta que aún no cierro ni me interesa cerrar. Y por ahí empezaron a entrar muchos, muchos libros.
Todo lector sabe que las bibliotecas son entes vivos que comienzan con un modesto estante, continúan cubriendo una pared y terminan por adueñarse de cuartos completos ¿Terminan, dije? No, el proceso de expansión continúa como el de las raíces de un gomero, provocando en los que creemos ser sus dueños – cuando en realidad somos sólo los brazos armados de las bibliotecas - la necesidad de diseñar agudas estrategias de conquista de espacios ajenos dentro de la casa. Y crecen porque los libros llaman libros, porque si el primero de un autor nos gusta y el segundo también, pues termina uno con todos los de Vázquez Montalbán, de Kundera, de Eco, de Pérez Reverte, de Auster, de Marías, de Amado, de Hornby y de tantos otros. Sin prisa, pero sin pausa, la intuición, la curiosidad y las recomendaciones de amigos lectores confiables, continúan estimulando el interminable proceso de crecimiento del espacio dedicado a libros, agotando los anaqueles primero, las paredes después, y al resto de los habitantes de la casa por último. Pero hay pocas cosas tan lindas como una biblioteca linda. Hermosa la de Montaigne, que pude visitar en su castillo cerca de Burdeos; es un cuarto espacioso y alto, con hermosas puertas de vidrio en las estanterías que tapizan completamente las paredes y una hermosa escalera de mano con ruedas para acceder a todos los rincones. Majestuosas las de las Universidades de Salamanca (España) o de Coimbra (Portugal), simplemente indescriptibles.
La primera biblioteca que recuerdo fue la de educación básica (entonces llamada Preparatorias) en el Liceo Manuel de Salas. A poco de llegar al Liceo, me llevaron allí mientras debía hacer tiempo para rendir algún test. Era una sala más bien pequeña, con mesas y sillas pequeñas y muchísimos libros de cuentos, de geografía, de letras y números. La Bibliotecaria, doña Jovita Maldonado, me explicó que podía ir cuando quisiera y leer, en silencio, cuanto quisiera. No podía terminar de creer tal maravilla. Por supuesto que fue lo primero que le conté a mi madre al volver por la tarde a la casa: ¡había un lugar lleno de libros de libre acceso! Más tarde conocería la biblioteca de Humanidades, administrada por la señora Seisdedos, donde al egresar del colegio había acumulado un fajo muy gordo de tarjetas de lectura.
Pero así como recuerdo la primera visita a una biblioteca, también recuerdo la última a una librería. A pocos días del golpe de Estado de 1973, fui a dar una vuelta al centro de Santiago, donde siempre me ha gustado pasear. En el pasaje frente al Banco Central en la calle Agustinas estaba la librería Austral, de propiedad del Partido Comunista (hasta donde recuerdo). Para mi enorme sorpresa, dada la virtual toma de Santiago por las fuerzas armadas y en medio de una represión intensa cuyos alcances aún no eran conocidos en todas sus dimensiones, la librería estaba abierta. En su interior, dos señoras atendían a un público inexistente. Dudé: ¿sería una trampa? Con un grado no menor de ingenuidad, ayudado por el rostro de una de ellas que me parecía haber visto antes, entré al local. Mientras miraba las estanterías, se me ocurrió que podría completar mi colección de libros de Luis Enrique Délano, padre del escritor Poli Délano, de quien había leído un par de novelas que me habían gustado. Pregunté. “Allá, en la parte de arriba de ese estante”, me dijo una de las señoras. Y, subido a una escalerita, me hice de todos los que encontré, incluyendo El Rumor de la Batalla y El Viento del Rencor. Al pagar, pregunté si mantendrían abierta la librería. Imposible olvidar esa respuesta: “claro, hasta que nos vengan a detener”. Hoy no me siento capaz de juzgar esa decisión ¿Valor? ¿Ingenuidad? ¿Irresponsabilidad? ¿Impotencia? Sólo se que la siguiente visita a la librería no fue posible pues nunca más la vi abierta, ni volví a ver a las señoras.
Y mientras escribo estas líneas y recuerdo con emoción y cariño a las bibliotecarias y a las libreras, mi propia Biblioteca me rodea y me protege matriarcal, haciéndome guiños cómplices, apoyándome y confortándome, ofreciendo generosa sus rincones. Y sigue creciendo, sigue ayudándome a buscar un Bello Sino.