Autopistas despistadas
He citado varias veces la inversión en autopistas para Santiago como ejemplo de nuestra democracia mentirosa, ya que se habló de la imperiosa necesidad de detener la caída del porcentaje de viajes en transporte público (objetivo planteado por el propio presidente Lagos), pero se construyeron 150 kilómetros de autopistas urbanas para el automóvil. Este plan (porque fue un plan) fue descrito y justificado años atrás como complemento de la modernización del transporte público por un subsecretario de Obras Públicas. Hace unos días, una editorial de El Mercurio se refirió al postergado Transantiago como un complemento de las autopistas. El realismo trágico de las mentiras verdaderas. En nombre del transporte público se construyen autopistas y en nombre del desarrollo urbano se destruye la ciudad. Veamos.
A finales de los años cuarenta, Simone de Beauvoir hizo su primera visita a los Estados Unidos de Norteamérica. Gran escritora, Simone llevó un diario de vida que luego sería publicado con el título América Día a Día. Allí cuenta su paseo peatonal por la calzada elevada que bordeaba el East River en New York. El drive, como la llaman los gringos, es sólo para automóviles, pero para una parisina acostumbrada a pasear por las orillas del Sena tal idea era simplemente impensable. Cuenta en el libro de su arriesgada maniobra para alcanzar una plazoleta junto al río, atravesando la autopista y saltando vallas. Al leer eso, la complicidad que yo había establecido con la compañera eterna de Sartre a través de tantos textos autobiográficos, filosóficos y novelescos, se transformó en hermandad por experiencias como las que ahora expondré.
En mi segunda visita a Caracas, mis anfitriones tuvieron la gentileza de alojarme en un hotel más bien lujoso en la cima de una pequeña colina, a cuyos pies corría una avenida – ancha como todas – por sobre la cual discurría… una autopista elevada. Sostenida por anchos pilares, la enorme vía aérea conformaba una suerte de techo para los peatones que nos desplazábamos a nivel de la calle. Como yo quería volver a visitar la zona de Sabana Grande, espacio peatonal que recordaba con cariño - gente jugando ajedrez durante el día, comercio ambulante por las tardes y restaurantes por la noche -, pregunté cuánto demoraría caminando. “Mucho”, me dijeron en el hotel y en la calle; “tome un bus”. Lo hice y tardé unos 25 minutos en llegar. El penúltimo día de la visita tuve una nueva oportunidad y, guiado esta vez por un mapa, caminé hasta el lugar cruzando la avenida bajo la autopista, rodeado por las columnas durante un tramo y bajo el sol el resto. Demoré 10 minutos. Concluí que la fealdad de la mole de cemento aéreo había distorsionado la percepción de las distancias a los habitantes de Caracas.
En otra ocasión, una amiga me dejó en una enorme tienda de juguetes a un costado de una autopista interurbana que llevaba a Nueva York. Me señaló el único edificio visible al otro lado de la vía, desde donde salía un bus hacia la ciudad, donde nos encontraríamos más tarde. Luego de adquirir algunas cosas en la tienda, pregunté cómo llegar al edificio. “Debe tomar la autopista y recorrer tres de las cuatro hojas del trébol”, me dijeron. Expliqué que no tenía coche. Me miraron cual marciano, meneando la cabeza negativamente. Bien. Fue la primera y única vez que caminé por una autopista propiamente tal; la vista desde el tramo central elevado hacia el tramo perpendicular más abajo era simplemente espectacular. Luego supe que estaba prohibido hacerlo (bueno, hay poco espacio para caminantes) y que había corrido serio peligro de muerte (¡Cómo me costó cruzar las vías del trébol para llegar al borde opuesto!).
Para no aburrirlo demasiado, termino con una historia más urbana. Mi familia y yo habíamos visitado una estupenda librería en un suburbio de Boston, a la cual llegamos en auto. Notamos que también llegaba allí una de las ramas de la línea del metro. “Qué bien”, pensé, “cuando me quede solo vendré en transporte público”. Así lo hice un mes más tarde. La estación daba al estacionamiento abierto de un pequeño centro comercial. Desde allí veía mi objetivo, la librería, situado exactamente al otro lado de… una ancha avenida cuyas eje central era una alta reja continua de alambre trenzado que se extendía hasta donde mi vista alcanzaba. No vi paso peatonal alguno para cruzar. Debe haber un paso subterráneo, pensé. Tampoco lo había. Pregunté (normalmente me resulta muy bien eso); fui informado de que debía caminar varios kilómetros para cruzar. No podía creerlo, aunque a nadie parecía preocuparle. De pronto se me ocurrió que no podía ser ni el primer chileno, ni latino (como le dicen a los hispanos allá) ni persona sin auto que llegaba en metro queriendo atravesar. Debía haber un hueco en la reja. Crucé para llegar a ella y, a menos de cincuenta metros de allí, en la primera dirección que tomé, llegué a un lugar donde el alambre aparecía cortado y suficientemente flexible para permitir el paso de un cuerpo humano. Los libros y discos me estaban esperando.
El ministro de Obras Públicas, que quiere ahorrar algunos millones, acaba de nombrar una comisión para decidir si la nueva autopista en Santiago (que correrá buena parte entre Ñuñoa y La Reina) será elevada o en túnel. El consultor privado que avaló las decisiones de invertir los dos mil millones de dólares en los 150 kilómetros de autopistas para los autos como parte del plan para detener el deterioro del transporte público, ha sido nombrado presidente de la comisión. Ha dicho recientemente a la prensa que “la primera opción es túnel”, pero que “habrá que ver cuánto sale el peaje”. Pero se refería sólo a las comunas más ricas, ya que el tramo de Tobalaba al sur iría en superficie o elevada. Lo entendí inmediatamente, pues así funciona la democracia mentirosa: como la autopista ya está decidida (un error que ya hemos discutido), se usará como excusa a la gente (los consumidores) para no hacer el túnel y se terminará por destruir nuevas áreas urbanas. Una de esas comunas, Ñuñoa, fue calificada hace poco por el propio gobierno como “la de mejor calidad de vida” para la gente (los ciudadanos). No es que estén despistados, es que sólo creen en los votos monetarios. Es que estos tipos no escuchan ni buscan el Bello Sino.