Humanidades
Llegué a París el sábado por la tarde y nos fuimos a comer a un boliche vasco-francés cercano a la casa de mi hijo mayor, en el cual siempre hemos debido esperar al menos media hora para sentarnos. Muy buen signo si se considera que en la zona hay por lo menos unos veinte restaurantes que nunca he visto llenos. Mi plato favorito en ese lugar es la ensalada de hígado de ave, la que riego con vino de Burdeos y cierro con arroz con leche.
El domingo comenzó con nuestra ya tradicional visita a la feria de la Marché Auguste-Blanqui donde, además de adquirir fruta y verdura, siempre nos hacemos de un quesito de cabra y algún tipo de paté de campo, esta vez con injertos de roquefort; simplemente delicioso. Al mediodía partimos a la Fiesta de L’Humanité, el periódico del PC francés. Habíamos leído en internet que se trataba de un evento que duraba tres días en un lugar abierto en las afueras de París, al que se llegaba en tren combinado con buses gratuitos, operados por la RATP, una de las empresas que opera transporte público en la capital francesa, a cargo, entre otros, del metro y los buses urbanos. Por 15 Euros se obtenía un brazalete que permitía el acceso al recinto durante los tres días, y cada día contemplaba la actuación de al menos un intérprete renombrado de la música popular. Pensamos que valía la pena incluso por un día.
El viaje en tren y en los servicios de acercamiento fue muy rápido. Adquirimos nuestros brazaletes y, una vez dentro, un programa del evento que incluía un plano. Si tuviese que asociar la distribución de los stands en el recinto con algo en Santiago, diría que la vieja FISA sería lo más cercano. Partimos por las avenidas donde se ubicaban los lugares de comida. Cada uno de ellos era administrado por los militantes de la zona correspondiente: Perigord, Burdeos, Borgoña, Alsacia, País Vasco, Bretaña, Normandía, y así. La comida y el ambiente eran complementarios, con frecuentes apariciones de grupos musicales que mostraban el folclor de la zona. Luego recorrimos los locales en que diversas instituciones mostraban su quehacer, incluyendo la municipalidad de París, la prensa y las editoriales. En este último los escritores, ordenados de la A a la Z, estaban sentados exhibiendo, vendiendo y firmando sus obras. Llegamos a la zona donde estaban los locales de países; pobretón el de Chile que vimos (luego supimos que había dos). Luego de escuchar (sin entender, en mi caso) muchos foros sobre diversos temas, nos dirigimos a la explanada donde estaba el escenario central. Allí estaba terminando un panel sobre derechos de la mujer. Luego de una intervención del director de L’Humanité y de una diputada del PC, anunciaron a Bénabar, un joven cantante popular.
Si Usted escucha a Bénabar sin entender las letras de sus canciones, como yo, se queda con la impresión de un pop de calidad con reminiscencias de Chanson Francaise, con buenos arreglos para nueve músicos muy afiatados. Si además hablase francés, Usted quedaría simplemente cautivado por lo agudo de las letras y las novedosas temáticas escogidas. “Me da lástima porque hacían buena pareja, seis años de vida en común, … con todo lo que han vivido parece lamentable que hayan terminado. Muriel, te ruego, te suplico, dile que si; después que lo dejaste se vino a mi casa, vive conmigo. No puedo soportarlo más. Muriel ayúdame” (de la letra de Dis-lui oui). Luego de unas veinte canciones incluyendo tres en el bis, nos fuimos felices. Lo que nos pareció una multitud, arribó a los buses sin mayor dificultad. Una vez en el tren rumbo al 13eme arrondisement, algo nos decía que los asistentes y Bénabar buscaban con ahínco el Bello Sino.