Saturday, September 30, 2006

Humanidades

Llegué a París el sábado por la tarde y nos fuimos a comer a un boliche vasco-francés cercano a la casa de mi hijo mayor, en el cual siempre hemos debido esperar al menos media hora para sentarnos. Muy buen signo si se considera que en la zona hay por lo menos unos veinte restaurantes que nunca he visto llenos. Mi plato favorito en ese lugar es la ensalada de hígado de ave, la que riego con vino de Burdeos y cierro con arroz con leche.

 

El domingo comenzó con nuestra ya tradicional visita a la feria de la Marché Auguste-Blanqui donde, además de adquirir fruta y verdura, siempre nos hacemos de un quesito de cabra y algún tipo de paté de campo, esta vez con injertos de roquefort; simplemente delicioso. Al mediodía partimos a la Fiesta de L’Humanité, el periódico del PC francés. Habíamos leído en internet que se trataba de un evento que duraba tres días en un lugar abierto en las afueras de París, al que se llegaba en tren combinado con buses gratuitos, operados por la RATP, una de las empresas que opera transporte público en la capital francesa, a cargo, entre otros, del metro y los buses urbanos. Por 15 Euros se obtenía un brazalete que permitía el acceso al recinto durante los tres días, y cada día contemplaba la actuación de al menos un intérprete renombrado de la música popular. Pensamos que valía la pena incluso por un día.

 

El viaje en tren y en los servicios de acercamiento fue muy rápido. Adquirimos nuestros brazaletes y, una vez dentro, un programa del evento que incluía un plano. Si tuviese que asociar la distribución de los stands en el recinto con algo en Santiago, diría que la vieja FISA sería lo más cercano. Partimos por las avenidas donde se ubicaban los lugares de comida. Cada uno de ellos era administrado por los militantes de la zona correspondiente: Perigord, Burdeos, Borgoña, Alsacia, País Vasco, Bretaña, Normandía, y así. La comida y el ambiente eran complementarios, con frecuentes apariciones de grupos musicales que mostraban el folclor de la zona. Luego recorrimos los locales en que diversas instituciones mostraban su quehacer, incluyendo la municipalidad de París, la prensa y las editoriales. En este último los escritores, ordenados de la A a la Z, estaban sentados exhibiendo, vendiendo y firmando sus obras. Llegamos a la zona donde estaban los locales de países; pobretón el de Chile que vimos (luego supimos que había dos). Luego de escuchar (sin entender, en mi caso) muchos foros sobre diversos temas, nos dirigimos a la explanada donde estaba el escenario central. Allí estaba terminando un panel sobre derechos de la mujer. Luego de una intervención del director de L’Humanité y de una diputada del PC, anunciaron a Bénabar, un joven cantante popular.

 

Si Usted escucha a Bénabar sin entender las letras de sus canciones, como yo, se queda con la impresión de un pop de calidad con reminiscencias de Chanson Francaise, con buenos arreglos para nueve músicos muy afiatados. Si además hablase francés, Usted quedaría simplemente cautivado por lo agudo de las letras y las novedosas temáticas escogidas. “Me da lástima porque hacían buena pareja, seis años de vida en común, … con todo lo que han vivido parece lamentable que hayan terminado. Muriel, te ruego, te suplico, dile que si; después que lo dejaste se vino a mi casa, vive conmigo. No puedo soportarlo más. Muriel ayúdame” (de la letra de Dis-lui oui). Luego de unas veinte canciones incluyendo tres en el bis, nos fuimos felices. Lo que nos pareció una multitud, arribó a los buses sin mayor dificultad. Una  vez en el tren rumbo al 13eme arrondisement, algo nos decía que los asistentes y Bénabar buscaban con ahínco el Bello Sino.

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Monday, September 25, 2006

Silbando en buena compañía

Hay trabajos que, casi por definición, se perciben como placenteros. En esta categoría he mencionado la labor de artistas, deportistas y creadores de toda índole. Pero también existen condiciones ambientales – sociales - que facilitan o dificultan la potencial relación de placer. Entre otras, están las presiones para buscar el reconocimiento (premios, medallas) y, por supuesto, el dinero.

 

En una reciente entrevista, el músico y humorista Daniel Rabinovich, miembro del estupendo grupo Les Luthiers, confirmó lo que percibí al leer uno de sus libros de cuentos: es un aliado. Allí declaró que sus cuentos son “pedazos de mi alma, sueños que incluso pude haber vivido.” “Cuando se escribe algo que a uno lo satisface, cuando se canta o actúa con elegancia, cuando se toca afinado y con sentimiento, es lógico que uno se ponga alegre. Es la satisfacción del deber cumplido, la belleza de sentirse en paz con uno mismo.” Cuando le consultan por la última obra de arte que le impresionó, menciona Brooklyn Follies, de Paul Auster, quien ya fuera motivo de un comentario anterior en estas crónicas. En síntesis, el Luthier goza con lo que hace, no con lo que dicen que hace, ni con la cuantificación de lo que hace.

 

Hay otros campos creativos que, a diferencia de la música, la escritura o la actuación, no son tan inmediatamente aprensibles por un observador externo. Por ejemplo, la investigación científica. Usted dirá que quien tiene cabeza para ello tiene una vida de placer intelectual por delante. Veamos. Hace poco el matemático ruso Grigori Perelman rechazó el premio más prestigioso en su campo, la medalla Fields, que se otorga a investigadores menores de 40 años. El gran aporte de Perelman fue la demostración de una conjetura, es decir, haber convertido una proposición matemática en un teorema. Declaró el investigador que el premio “es completamente irrelevante para mi. Cualquiera puede entender  que si la prueba es correcta no se necesita ningún otro reconocimiento.” Declaró que se ha retirado de la comunidad matemática, decepcionado por la falta de ética. “Mientras no era conocido tenía la posibilidad de decir cosas feas…”. Lea con atención la siguiente opinión del ruso: “Ya se que la autopromoción es algo corriente y si la gente quiere hacerla pues muy bien, pero no creo que sea positiva. Me di cuenta de ello hace mucho tiempo y nadie va a cambiar mi parecer.” Si además toma Usted en cuenta que Grigori es más bien pobre (vive con su madre, pensionada), es probable que concuerde conmigo en que estamos frente a un tipo que ha resistido de manera valiente las presiones alienantes de su entorno.

 

Bukowski (si, el escritor que usé como aliado la semana pasada) era un poeta y cronista de fuste aún antes de haber sido publicado. Él y sus lectores lo sabían. Y a mi me gustó sin saber siquiera si había recibido algún premio; y si así hubiese ocurrido, bien por el jurado y no al revés. Mire lo que son las cosas: al escribir esto me acabo de dar cuenta de que no se si Vázquez Montalbán o Javier Marías recibieron algún premio (si, se de uno). Ciertamente se que varios de mis más brillantes amigos no han sido premiados, ni condecorados. Pero cómo me gusta conversar con ellos. Y con algunos de los premiados también. Lo que pasa es que la búsqueda del Bello Sino va por otro lado.

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Saturday, September 16, 2006

Los suicidios no son una epidemia (con ayuda de Bukowski)

La duplicación de los suicidios en Chile cada 10 años desde 1970 al 2000 no parece preocupar a nadie, salvo a los auditores de Bello Sino y a su conductor, quien escribe. Tal vez usted piense que quitarse la vida es un asunto personal y que corresponde a un desequilibrio emocional temporal o a un estado de locura permanente que desemboca en esto. Pero este aumento desbocado parece corresponder a algo más genérico, más social (salvo que usted crea que es algo contagioso y que se trata de una  epidemia).

Como esta regularidad estadística la extraje de varias fuentes, hubo quien dudó de las cifras. Pero hace unos meses el asunto se documentó en un artículo de la prensa local y recientemente aparecieron datos mundiales. Leo que hoy tenemos casi un millón de suicidios por año en el mundo; dramatizando, en el sentido literario del término, se trata de un suicidio cada 40 segundos. En los últimos 45 años el número de muertes por suicidio ha crecido en un 60 por ciento y es la principal causa de fallecimiento entre jóvenes y adolescentes en el tercio más rico de los países del mundo. Nuestras cifras de crecimiento son mucho más altas; en una de esas somos campeones mundiales, así como lo hemos sido en el consumo de tranquilizantes. Y por cada suicidio hay casi veinte tentativas fallidas. La enorme venta de los así llamados libros de autoayuda es otra muestra de lo preocupante del asunto, mostrando, además, que muchos conciudadanos piensan que se trata básicamente de problemas manejables con trucos y actitudes unilateralmente individuales. Pero la evolución de las cifras sugiere causantes estructurales.

Como los comportamientos dominantes son aquellos que reproducen las relaciones económicas entre los individuos y que mantienen el status quo, creo que deberíamos asociar el fenómeno descrito a las inquietudes declaradas por nuestros compatriotas, entre las que sobresale sistemáticamente la inestabilidad en el empleo, el temor a perderlo. Acudamos también a la percepción de los individuos más sensibles en el Hemisferio Norte. Esta vez elegiré a Charles Bukowski, quien describiera su relación con el trabajo diario, desgastador y alienado, en un par de novelas de gran factura: Cartero y Factótum. En esta última se pregunta: “¿Cómo diablos podría un hombre disfrutar ser despertado a las 6:30 AM por la alarma de su reloj, saltar de la cama, vestirse, tragar forzadamente, cepillarse los dientes y el pelo, y pelear con el tráfico para llegar a un lugar donde esencialmente uno hace un montón de dinero para otro y le piden que agradezca la oportunidad de poder hacerlo?”

Entre varias otras labores, Bukowski trabajó para el servicio postal norteamericano por muchos años. En uno de sus cuentos unos agentes lo interrogan en su trabajo por el contenido de su columna “Notas de un viejo indecente” en un periódico underground. Luego de presionarlo de varias maneras le preguntaron si escribiría más columnas sobre la administración de correos. Ante la negativa de Bukowski, los agentes dan por terminada la entrevista y se despiden pidiéndole “Y, por favor, no se tire de ningún puente.” “Extraño. Ni siquiera se me había ocurrido”, escribió el autor. Lo único que deseaba de verdad era escribir, y lo interrogaban por ello.

O un trabajo de mierda o cesantía parece ser la opción para la mayoría de la población. Y los que tienen trabajos potencialmente agradables son presionados a rendir mucho para no perderlo, de forma tal que ni siquiera se puedan dar el tiempo para leer, escribir, cantar, pensar, conversar y diseñar las mejores estrategias colectivas para buscar el Bello Sino.

 

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Saturday, September 9, 2006

Silbando al trabajar

Dormir, comer, viajar, conversar, escuchar Bello Sino, trabajar, visitar, hacer el amor; todas son actividades que, sumadas, usan las veinticuatro horas del día. ¿Qué distingue al trabajo de las demás? No es el pago, ya que hay actividades consideradas en tal categoría que no involucran remuneración, como el así llamado trabajo doméstico. Tampoco es lo que se hace sólo por dinero, pues hay actividades remuneradas que haríamos aún si no hubiese pago involucrado, como algunas deportivas o artísticas, por ejemplo.

 

Son muchas las encuestas de opinión y percepciones que han detectado que, en Chile y en Santiago particularmente, la principal fuente de preocupación de los trabajadores es, precisamente, la de perder su trabajo. La inestabilidad laboral es fuente de angustia. Es relevante, entonces, darle una mirada a lo que ocurre en aquellas sociedades que se supone representan a lo que queremos llegar o, mirado desde otro punto de vista, donde se han asentado los valores que nosotros estamos generando para hacer sobrevivir nuestro sistema competitivo y libremercadista, capitalista en fin.
 Leo en el New York Times que el 13 por ciento de los norteamericanos entre 30 y 55 años han abandonado el trabajo regular. O bien rechazan trabajos que consideran bajo sus capacidades o bien no consiguen aquellos que les gustaría realizar y para los cuales se sienten calificados. Esa proporción casi triplica la de finales de los 60 en los Estados Unidos (5 por ciento). En la Unión Europea tal cifra subió de un 7 a un 14 por ciento y en Japón del 4 al 8 en el mismo período. El artículo señala que hay gringos que prefieren disminuir sus ahorros, consumir menos y aumentar su ritmo de lectura, escuchar más música y gozar del ocio creativo. La valoración del ocio habría ocurrido después de experimentar aumentos desproporcionados de las exigencias horarias en el trabajo, incluyendo labores durante festivos.

 

En otro artículo se muestra que el trabajo con salario por hora ha conducido a la reducción “voluntaria” del tiempo de vacaciones, probablemente asociado a que el 25 por ciento de los trabajadores del sector privado no mantienen su paga durante las vacaciones. Algunas compañías han detectado el fenómeno con alarma, generando cortos períodos obligados de vacaciones, intentando que sus empleados no piensen en reuniones ni en los correos electrónicos que se están acumulando.

 

En síntesis, las otras caras del trabajo inestable son la supresión del ocio o el rechazo instintivo de las condiciones de explotación a las que cada individuo está siendo sometido de manera casi inadvertida. Aún así, las reacciones parecen ser más bien individuales que colectivas. Lejanos los días en que se veía necesario luchar por la disminución de la jornada laboral, de los niños primero, de los mayores luego. Visionarios fueron los mártires de Chicago, en cuyo recuerdo celebramos el primero de Mayo aunque hoy sea un día en que nos vamos a los centros comerciales en vez de buscar el Bello Sino. Ayayayay.

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Saturday, September 2, 2006

Preferencias sociales

Hace muchos años atrás, el economista Paul Samuelson planteó lo que serían las tres preguntas básicas que todo sistema económico debe enfrentar: qué, cómo y para quien producir. En pocas palabras, si una sociedad dispone del trabajo de sus miembros, de las materias primas de su territorio y de las máquinas que hasta allí ha acumulado, el asunto es decidir que se producirá con esos recursos, cómo se hará aquello y a quien llegará lo producido. Lo interesante es que las formas de construir las respuestas corresponden a tipos de organización social ¿Cómo se construyen las preferencias sociales?

 

Si la sociedad fuese conformada por sólo un individuo, algo así como un náufrago en una isla desierta, las decisiones individuales y sociales serían indistinguibles. Este Robinson debería decidir cuánto trabajar, cuánta madera cortar, el tamaño de su choza, la cantidad de peces a extraer diariamente, los vegetales a consumir, crear una chacrita, construir o no un sistema de refrigeración, etcétera. Lo que considera bueno para él es bueno para la “sociedad”.

 

Distinto es el caso de un feudo, donde el señor feudal vive en su castillo en medio de terrenos en los cuales los campesinos cultivan vegetales y crían animales. Como el señor administra un ejército disuasivo para “defender” a su pueblo, los campesinos le entregan toda su producción manteniendo un porcentaje decidido por su amo para la supervivencia y reproducción de tan útil mano de obra. Si bien las decisiones sociales son unipersonales, el mandamás necesita una buena excusa para legitimarse (ser un enviado divino o el defensor de la gente, por ejemplo) o bien transformar su potencial disuasivo en represivo según las circunstancias. Las preferencias sociales son las preferencias del amo, y es probable que en ellas pese mucho más el bienestar de él, de su familia y de sus amigos por sobre el de los súbditos.

 

Podría pensarse que las decisiones sociales en un sistema feudal siguen el mismo patrón que una dictadura. Se parecen, pero no es igual. El señor feudal no responde a nadie, en tanto que en una dictadura como la nuestra, por ejemplo, el dictador fue el instrumento de un grupo, la derecha económica, que decidió unilateralmente las respuestas a las tres preguntas fundamentales. Una clase dominante por la fuerza “representó” la sociedad, favoreciéndose a sí misma al ir tomando las decisiones sociales.

 

En el sistema de democracia representativa se supone que las preferencias sociales son el producto de la voluntad de todos a través de los representantes, elegidos por todos. Bueno, en parte es así. El poder legislativo es elegido - con las distorsiones aquí conocidas – para representar nuestras preferencias sobre qué, cómo y para quién producir con parte de los recursos disponibles (el presupuesto nacional). La mayor parte, sin embargo, es decidida en el terreno de la libre compra y venta, donde las preferencias sociales resultan de nuestra influencia en el mercado, es decir, del poder adquisitivo de cada uno. Por eso, aunque a usted le extrañe, producimos carreteras y buenos colegios para los ricos, aunque intentamos elegir representantes que decidan mejorar la educación y locomoción públicas. ¿Qué le parecería organizar el MOBS (Movimiento por el Bello Sino)?

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