Friday, October 27, 2006

Hay que pensar amigo, es peligroso.

No es primera vez que escribo acerca de Noam Chomsky, el lingüista y pensador norteamericano, profesor del Instituto Tecnológico de Massachussets y agudo analista de la política exterior de su país y del papel de los medios de comunicación norteamericanos, entre otras cosas. Su reciente visita me trajo buenos recuerdos de las muchas veces que he tenido oportunidad de escucharlo en diversos locales de Boston, ocasiones que siempre terminaban con preguntas u opiniones de la audiencia. Más de alguna vez metí la cuchara, por supuesto, y tuve oportunidad de conversar más relajadamente con Chomsky en una recepción luego de un panel ante un salón repleto de jóvenes. Así, además de conocer su pensamiento fui testigo de la sencillez de su trato y de la cercanía con los estudiantes.

 

Debo decir que sus charlas y sus entrevistas me han parecido más amenas que sus libros, aunque estos son una inacabable fuente de datos sobre aspectos tan importantes como la formación de ideología para presentar como acciones altruistas lo que simplemente son actos de agresión imperial. Tal labor resulta muy efectiva cuando la descripción de una invasión, de una intervención para terminar con la democracia o del evidente apoyo a las dictaduras amigas, va acompañada de la forma en que cada uno de esos actos son presentados de manera amable por los gobernantes, la prensa o la televisión. Chomsky ha mostrado en mil formas el uso de eufemismos para adormilar las conciencias de los ciudadanos con respecto a actos bárbaros, aunque llamar “urbanización” de Vietnam a la matanza de campesinos por parte de las fuerzas de ocupación no suena más sutil que disminuir la gravedad del asesinato de opositores llamándolos “humanoides”.

 

El principal periódico de nuestro país cubrió de manera muy peculiar la visita de Noam Chomsky. El domingo 22 de Octubre dedicó una página completa del suplemento Artes y Letras a intentar desacreditar tanto su capacidad analítica como su relación con los estudiantes. Lo notable es que tal intento probablemente causaría el deleite de Chomsky, ya que en esa página se reproduce un artículo del Wall Street Journal y se inserta una crónica anónima cubriendo un encuentro con estudiantes la tarde del día en que recibió el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Chile; es decir, nadie del equipo se compromete personalmente. Usted podrá constatar, si lo desea, que las dos citas que le traigo son buena muestra de la intención de ambas piezas periodísticas. El articulista inglés afirma que es sin duda innegable “que ha invertido más en su postura de acusación que lo que ha invertido en la verdad”; es decir, lo acusa de mentiroso. ¿Y por qué haría tal cosa? Porque la denuncia sería “un provechoso modo de ganarse la vida”; es decir, lo acusa de fresco y oportunista. Doblemente interesante, puesto que Chomsky no recibe un cinco por sus charlas en los Estados Unidos. Por su parte, el anónimo cronista escribió que el encuentro con los estudiantes “no resultó ni conversación, ni distendida” pues “en la práctica fue algo así como una conferencia de una hora”. “…si era su deseo (conocer a jóvenes chilenos), tampoco hizo mucho para concretarlo”. Sin comentarios.

 

No me resulta extraño que se trate de manera unilateralmente odiosa a quien aceptó un Doctorado con un discurso acerca de Latino América y Estados Unidos, ilustrando de varias formas como la colaboración entre países en nuestro continente generaba condiciones más equitativas con el Hemisferio Norte (vaya, Chile no aparecía en los ejemplos). Después de todo, como dice el mismo Noam Chomsky, “los medios de comunicación militan en el bando de los poderosos” razón por la cual “los análisis críticos pueden ser simplemente ignorados”…“Es el tipo de cosas que son muy fáciles de realizar en el periodismo u otras disciplinas de tipo ideológico” (Mantener la Chusma a Raya, pp. 102). Peligroso este tipo.

 

Debo contarle que, al final del acto en el Salón de Honor de la U, los organizadores se llevaron al homenajeado muy rápidamente hacia la Rectoría. Siguiendo al grupo central extraje mi librito traído ad-hoc (La Responsabilidad de los Intelectuales) e intenté pasarlo a mi amigo Ennio Vivaldi, hoy autoridad de la facultad de Medicina, quien me hizo señas para entrar a las oficinas. Ante mi duda, sentí que alguien me tomaba gentil pero firmemente del brazo y me abría paso para terminar en Rectoría: nada menos que el mismísimo Rector subrogante. No quiero cansarlo con detalles. Sólo le diré que Ennio fue quien primero me invitó a una charla de Chomsky hace unos veintisiete años, y se lo dijimos, y conversamos de educación con él. Y nos tomamos una foto los cuatro: Ennio, Chomsky, Jeria y… Andrés Bello. No podía yo pedir mejor compañía para seguir buscando el Bello Sino.

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Friday, October 20, 2006

La insoportable liviandad (de quien mucho abarca)

La insoportable liviandad imperante en acciones y opiniones en nuestro país hoy parece tener muchas causas y, ciertamente, tiene muchos efectos. Me he encontrado con diversos autores que plantean este asunto desde sus particulares experiencias y perspectivas. Cito al escritor argentino Mempo Giardinelli. “Pensaba en los cimbronazos que se producen en la vida de muchos escritores: han escrito una primera, laboriosa, paciente y estupenda novela, macerada en esperas, tiempo y hasta austeridad. Dado el éxito, agentes y editores empiezan a exigirle a ese autor que produzca una novela por año, o aún más. Y el autor responde: vive para esto y empieza a descubrir que quizás viva de esto. Y responde y produce, como loco, porque en el manicomio que es la cabeza de un escritor siempre hay locos sueltos y situaciones insólitas capaces de hacerse novela. Pero la obra, cuando se escribe a destajo, inexorablemente se debilita. Y el buen lector se da cuenta. La literatura necesita un tiempo que sólo el escritor ha de saber medir.”

El caso literario resume de alguna manera uno de los mecanismos que operan hacia la liviandad, ilustrando bien la asociación entre velocidad y superficialidad, incluso en aquellas labores creativas que parecen fruto de elaboraciones relativamente íntimas, como la escritura, la pintura o la música. Usted dirá que, a fin de cuentas, es un asunto de plata, de vulgarizar la creación mediante la presión mercantil. Creo que hay un mecanismo más básico que desencadena de manera dramática la insoportable liviandad: la cuantificación de lo que hacemos. Medir por cantidad facilita el juicio rápido de la obra realizada pero induce la pérdida de visión de su contenido, pues se termina asociando cantidad con calidad: si tiene más dinero será más trabajador o más inteligente, si tienen más artículos será mejor investigador, si tiene más reuniones será más relevante su labor directiva, y así. Hago notar que el inverso de esto es “la falta de tiempo”, lo que ha transformado tal cliché en un signo de calidad, pues quien dice no tener tiempo sería muy ocupado y muy inteligente o importante.

 

Una de las dimensiones más terribles de la insoportable liviandad es la destrucción del respeto por los semejantes. Si su labor involucra el trato con personas, entonces comprometerse en la elaboración de muchos proyectos profesionales, en la administración de muchas tiendas o en la asesoría a muchos grupos o individuos, termina por disipar la conexión con las personas y establecer una suerte de relación impersonal con individuos sin rostro, donde lo que ocurra a uno tiene tanta o tan poca importancia como lo que suceda a otro. Y las relaciones personales terminarán pareciéndose a la que un general o estratega político tiene con los batallones o con los ciudadanos representados por figuritas de colores sobre una mesa de estrategia, donde lo que importe será el grado de afinidad de su color con ese general o estratega o, finalmente, en el mundo de los ejecutivos de toda índole, lo que resulte de la suma y resta global de caídos y supervivientes en términos de los intereses del ejecutivo. Y esta comedia social deviene en drama cuando, parafraseando a Giardinelli, el buen lector NO se da cuenta y aplaude al sonriente estratega deshumanizado.

 

Entonces la liviandad, el apuro y la medida no son sino algunas de las dimensiones afines a abarcar mucho y apretar poco, a hacer sin entender, a parecer más que ser. En ese terreno la profundidad, la sensibilidad y el amor por los semejantes llevan las de perder. Justamente por eso son necesarios en la búsqueda del Bello Sino.

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Friday, October 13, 2006

Catando en Tenerife

Fueron casi tres meses en Tenerife. Me alojaron en un sencillo y funcional departamento en Santa Cruz, la capital, con hermosa vista al puerto. Viajaba todas las mañanas a la Universidad de La Laguna en un bus local o en auto con uno de mis anfitriones, quien vivía bastante cerca. Los fines de semana tenía una moderada actividad social complementada con las visitas a las librerías, cines y disquerías, tanto locales como de La Laguna, hermosa ciudad de estilo colonial en la montaña, algo así como la parte alta de la capital, unida a ella por una carretera que Usted ya adivina muy transitada.

 

La comida en esta isla del archipiélago de Canarias es muy interesante, pues a las sencillas y sabrosas especialidades locales se une todo el universo de sabores peninsulares, reflejo del cuidado que España pone en sus posesiones lejanas. Entre las primeras, el gofio (algo así como nuestra harina tostada, de maíz y trigo), el escaldón (gofio con caldo de cerdo o pescado), el mojo rojo o verde (salsas de pimiento, cilantro o perejil), las papas arrugadas, el potaje de berros y muchos otros. En cuanto a licores, el ron lo aporta “la isla del frente”, Gran Canaria, y el buen blanco lo pone La Palma con su famosísimo Malvasía. Las cepas tinerfeñas son Listán Negro y Listán Blanco, que originan vinos sabrosos aunque algo irregulares. No puedo evitar contarle que el trayecto desde La Laguna hacia Puerto de La Cruz y La Orotava tiene uno de los paisajes más hermosos que he visto en este planeta; al doblar una curva y comenzar la bajada hacia el otro lado de la isla, uno queda con el mar a su derecha y el majestuoso volcán Teide (3.700 metros) al frente. Adictivo. Pero yo le quiero hablar de cómo llegué a hacerme la fama de experto en vinos en Tenerife.

 

Mis anfitriones, Paco y Eduardo, decidieron darme una despedida en una agradable tasca de Santa Cruz. Sentados al exterior del local y con muy buen ánimo, procedieron a ordenar el buen jamón y el queso manchego. Tales manjares requerían de un riego cuidadoso, lo que fue solucionado por mis amigos tras un pequeño y sospechoso cuchicheo. Cuando llegó la botella de vino tinto, fui desafiado a adivinar la cepa. “Como chileno deberías tener un paladar desarrollado para los vinos”, me dijeron mientras llenaban mi copa. Afortunadamente no me estaban pidiendo reconocer la zona (Rioja, Rivera del Duero, Valdepeñas) sino la cepa. Siguiendo el juego, en ese mismo instante decidí que, independientemente de lo que mis papilas percibiesen, daría el nombre de la cepa más popular y apreciada en España: tempranillo. Así, al menos las probabilidades estarían conmigo. Comencé mi actuación. Observé la superficie del líquido inclinando un poco la copa, luego me la llevé a la nariz, a continuación la miré al trasluz, agité su contenido y vi caer los bordes sobre la superficie interna de la copa. Luego de hacer todo eso muy seriamente, me la llevé a los labios. Ingerí, degusté y … sentí que mi plan fracasaba, pues me supo a vino chileno.

 

Levanté la vista y exigí que me confirmaran que era un vino español. “Lo es” me contestaron sin dudar. Volví al plan original. “Se trata”, dije ceremonioso, “de un tempranillo muy bien tratado, aunque debo confesar que tiene un saborcillo al vino de mi tierra, donde la cepa más tradicional es el cabernet sauvignon”. Dejé la copa sobre la mesa y me serví un trozo de manchego mientras observaba que Paco y Eduardo me miraban con los ojos muy abiertos y asombrados. “Vaya”, articuló Eduardo,”pues se trata de un ensamblaje de tempranillo con cabernet sauvignon” ¿Se da cuenta? Las probabilidades y la memoria se conjugaron para que yo dejara en mis amigos la impresión imborrable de gran catador. Por supuesto que nunca más he permitido desafíos semejantes, lo que ha contribuido a mantener la inmerecida aureola que ellos mismos construyeron. En todo caso, Usted y yo estaremos de acuerdo en que sea tempranillo, garnacha, merlot, carmenere, syrah o cabernet sauvignon, el buen vino y el Bello Sino se dan la mano.

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Saturday, October 7, 2006

En La Caverna

Tuve oportunidad de asistir a la Beatleweek, el encuentro anual que conmemora al legendario grupo de Liverpool en su tierra natal, congregando a una gran cantidad de seguidores de su música y de su historia. Durante la última semana de Agosto de este año, unas cuarenta bandas provenientes de todo el mundo circularon por diversos escenarios locales, incluyendo tres que ya son leyenda: el Cavern Front, el Cavern Back y el Cavern Pub. Y los tres recibieron a The Brits, los seis muchachos chilenos que, con sus guitarras, tambores y teclados, llegaron allá como una de las tres bandas latinoamericanas seleccionadas para representar al continente en el magno acontecimiento. Les quiero describir las dos actuaciones que presencié en el Cavern Pub.

 

El local está situado frente al Cavern Club en Mathew Street, una hermosa callecita de pura esencia Beatle en el centro de Liverpool. Un John Lennon de metal en tamaño natural se apoya sobre la pared donde está la entrada a la escalera que conduce directamente al sótano. Entrando a la derecha hay un pequeño espacio que recibe a los intérpretes y a sus instrumentos. A continuación se ubica la mesa de sonido y luego la tarima-escenario, frente al cual hay un amplio espacio para los parroquianos, con varias mesas y cómodos sillones adosados a la pared. Al fondo con respecto a la entrada, un enorme bar donde nos surtimos de todo tipo de cervezas. Todo esto en unos ciento cincuenta metros cuadrados. Gran ambiente.

 

El domingo 27 de Agosto los Brits subieron al escenario a las 7 PM, después de un grupo ruso especializado en el rock de los inicios de los Beatles. En el local no cabía más gente; los chicos hicieron una bien pensada transición desde las canciones con dos guitarras, bajo y batería hasta las sofisticadas versiones con teclados y acordeón, incluyendo algunas difíciles de hacer en vivo como Being for the Benefit of Mr. Kite, del álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. La presencia de un aliado catalán en el saxo les permitió hacer una Lady Madonna simplemente excepcional. Luego del bis obligado por los gritos de “we won’t go” coreados por la delirante audiencia, cerraron a las 8 de la noche. Más tarde, con mi mujer y nuestra amiga Andy escucharíamos a Tony Sheridan - quien grabara My Bonnie con Los Beatles en 1961 – y a varios otros grupos en el Hotel Adelphi, centro de actividades del encuentro.

 

El lunes 28 (feriado en Gran Bretaña) los Brits cerraron el show del Cavern Pub con una presentación de dos horas que partió a la medianoche. Esta vez los muchachos siguieron a un grupo holandés con el que habían hecho amistad y que se quedó en pleno a escucharlos. A pesar de ser el siguiente un día laboral, el local estaba lleno aunque menos apretado que el día anterior; esto permitió y provocó un fenómeno natural: el baile comunal. No es sencillo describir un ambiente como el que allí se vivió. Tal vez baste con señalar que en un momento, muy avanzada la noche, el primer guitarrista bajó del escenario a hacer un solo, momento que aprovechó una de las estupendas niñas que estaba en primera fila para ponerse tras él e iniciar un sensual baile siguiendo el contorno del músico con su cuerpo. Cuando sus manos llegaron a las partes más sensibles, con gran elegancia el Harrison chileno, sonriente y ágil, retomó su lugar en el escenario con una finta digna de Maradona mientras su novia tomaba fotos. De fondo, una bandera chilena.

 

Si bien hicieron un breve intermedio, no es nada sencillo cantar durante dos horas en un ambiente caluroso y amablemente exigente como aquel. En un momento la guitarra rítmica cortó una cuerda; terminaron la canción y, mientras hacían el cambio, el tecladista partió sin dudar con Sexy Sadie, donde piano y voz juegan el papel principal. Al terminar el tema, la nueva cuerda estaba en su lugar. Hasta ahora me pregunto si alguien más que yo notó el truco que permitió seguir el show sin interrupciones. No puedo evitar contarle que, en medio de la euforia, un alegre y acervezado asistente me pidió un autógrafo sobre su camisa, que otra chica me sacó a bailar, y que en un momento quedé bailando con tres mujeres ciertamente interesantes. Al finalizar la presentación, una de ellas ¡me agradeció el baile! Armamos conversa y me enteré de que las tres mujeres eran de Liverpool mismo. Cuando la más agradecida se inclinó hacia mi y deslizó un beso en mi cuello quedé, chilensis al fin y al cabo, algo desconcertado, sobre todo al constatar que el señor que estaba junto a ella era su marido. Mi conclusión es que los que allí estaban habían gozado tanto como yo el show de los Brits y que al día siguiente seguirían buscando el Bello Sino.

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