Hay que pensar amigo, es peligroso.
No es primera vez que escribo acerca de Noam Chomsky, el lingüista y pensador norteamericano, profesor del Instituto Tecnológico de Massachussets y agudo analista de la política exterior de su país y del papel de los medios de comunicación norteamericanos, entre otras cosas. Su reciente visita me trajo buenos recuerdos de las muchas veces que he tenido oportunidad de escucharlo en diversos locales de Boston, ocasiones que siempre terminaban con preguntas u opiniones de la audiencia. Más de alguna vez metí la cuchara, por supuesto, y tuve oportunidad de conversar más relajadamente con Chomsky en una recepción luego de un panel ante un salón repleto de jóvenes. Así, además de conocer su pensamiento fui testigo de la sencillez de su trato y de la cercanía con los estudiantes.
Debo decir que sus charlas y sus entrevistas me han parecido más amenas que sus libros, aunque estos son una inacabable fuente de datos sobre aspectos tan importantes como la formación de ideología para presentar como acciones altruistas lo que simplemente son actos de agresión imperial. Tal labor resulta muy efectiva cuando la descripción de una invasión, de una intervención para terminar con la democracia o del evidente apoyo a las dictaduras amigas, va acompañada de la forma en que cada uno de esos actos son presentados de manera amable por los gobernantes, la prensa o la televisión. Chomsky ha mostrado en mil formas el uso de eufemismos para adormilar las conciencias de los ciudadanos con respecto a actos bárbaros, aunque llamar “urbanización” de Vietnam a la matanza de campesinos por parte de las fuerzas de ocupación no suena más sutil que disminuir la gravedad del asesinato de opositores llamándolos “humanoides”.
El principal periódico de nuestro país cubrió de manera muy peculiar la visita de Noam Chomsky. El domingo 22 de Octubre dedicó una página completa del suplemento Artes y Letras a intentar desacreditar tanto su capacidad analítica como su relación con los estudiantes. Lo notable es que tal intento probablemente causaría el deleite de Chomsky, ya que en esa página se reproduce un artículo del Wall Street Journal y se inserta una crónica anónima cubriendo un encuentro con estudiantes la tarde del día en que recibió el Doctorado Honoris Causa en la Universidad de Chile; es decir, nadie del equipo se compromete personalmente. Usted podrá constatar, si lo desea, que las dos citas que le traigo son buena muestra de la intención de ambas piezas periodísticas. El articulista inglés afirma que es sin duda innegable “que ha invertido más en su postura de acusación que lo que ha invertido en la verdad”; es decir, lo acusa de mentiroso. ¿Y por qué haría tal cosa? Porque la denuncia sería “un provechoso modo de ganarse la vida”; es decir, lo acusa de fresco y oportunista. Doblemente interesante, puesto que Chomsky no recibe un cinco por sus charlas en los Estados Unidos. Por su parte, el anónimo cronista escribió que el encuentro con los estudiantes “no resultó ni conversación, ni distendida” pues “en la práctica fue algo así como una conferencia de una hora”. “…si era su deseo (conocer a jóvenes chilenos), tampoco hizo mucho para concretarlo”. Sin comentarios.
No me resulta extraño que se trate de manera unilateralmente odiosa a quien aceptó un Doctorado con un discurso acerca de Latino América y Estados Unidos, ilustrando de varias formas como la colaboración entre países en nuestro continente generaba condiciones más equitativas con el Hemisferio Norte (vaya, Chile no aparecía en los ejemplos). Después de todo, como dice el mismo Noam Chomsky, “los medios de comunicación militan en el bando de los poderosos” razón por la cual “los análisis críticos pueden ser simplemente ignorados”…“Es el tipo de cosas que son muy fáciles de realizar en el periodismo u otras disciplinas de tipo ideológico” (Mantener la Chusma a Raya, pp. 102). Peligroso este tipo.
Debo contarle que, al final del acto en el Salón de Honor de la U, los organizadores se llevaron al homenajeado muy rápidamente hacia la Rectoría. Siguiendo al grupo central extraje mi librito traído ad-hoc (La Responsabilidad de los Intelectuales) e intenté pasarlo a mi amigo Ennio Vivaldi, hoy autoridad de la facultad de Medicina, quien me hizo señas para entrar a las oficinas. Ante mi duda, sentí que alguien me tomaba gentil pero firmemente del brazo y me abría paso para terminar en Rectoría: nada menos que el mismísimo Rector subrogante. No quiero cansarlo con detalles. Sólo le diré que Ennio fue quien primero me invitó a una charla de Chomsky hace unos veintisiete años, y se lo dijimos, y conversamos de educación con él. Y nos tomamos una foto los cuatro: Ennio, Chomsky, Jeria y… Andrés Bello. No podía yo pedir mejor compañía para seguir buscando el Bello Sino.