Friday, October 20, 2006

La insoportable liviandad (de quien mucho abarca)

La insoportable liviandad imperante en acciones y opiniones en nuestro país hoy parece tener muchas causas y, ciertamente, tiene muchos efectos. Me he encontrado con diversos autores que plantean este asunto desde sus particulares experiencias y perspectivas. Cito al escritor argentino Mempo Giardinelli. “Pensaba en los cimbronazos que se producen en la vida de muchos escritores: han escrito una primera, laboriosa, paciente y estupenda novela, macerada en esperas, tiempo y hasta austeridad. Dado el éxito, agentes y editores empiezan a exigirle a ese autor que produzca una novela por año, o aún más. Y el autor responde: vive para esto y empieza a descubrir que quizás viva de esto. Y responde y produce, como loco, porque en el manicomio que es la cabeza de un escritor siempre hay locos sueltos y situaciones insólitas capaces de hacerse novela. Pero la obra, cuando se escribe a destajo, inexorablemente se debilita. Y el buen lector se da cuenta. La literatura necesita un tiempo que sólo el escritor ha de saber medir.”

El caso literario resume de alguna manera uno de los mecanismos que operan hacia la liviandad, ilustrando bien la asociación entre velocidad y superficialidad, incluso en aquellas labores creativas que parecen fruto de elaboraciones relativamente íntimas, como la escritura, la pintura o la música. Usted dirá que, a fin de cuentas, es un asunto de plata, de vulgarizar la creación mediante la presión mercantil. Creo que hay un mecanismo más básico que desencadena de manera dramática la insoportable liviandad: la cuantificación de lo que hacemos. Medir por cantidad facilita el juicio rápido de la obra realizada pero induce la pérdida de visión de su contenido, pues se termina asociando cantidad con calidad: si tiene más dinero será más trabajador o más inteligente, si tienen más artículos será mejor investigador, si tiene más reuniones será más relevante su labor directiva, y así. Hago notar que el inverso de esto es “la falta de tiempo”, lo que ha transformado tal cliché en un signo de calidad, pues quien dice no tener tiempo sería muy ocupado y muy inteligente o importante.

 

Una de las dimensiones más terribles de la insoportable liviandad es la destrucción del respeto por los semejantes. Si su labor involucra el trato con personas, entonces comprometerse en la elaboración de muchos proyectos profesionales, en la administración de muchas tiendas o en la asesoría a muchos grupos o individuos, termina por disipar la conexión con las personas y establecer una suerte de relación impersonal con individuos sin rostro, donde lo que ocurra a uno tiene tanta o tan poca importancia como lo que suceda a otro. Y las relaciones personales terminarán pareciéndose a la que un general o estratega político tiene con los batallones o con los ciudadanos representados por figuritas de colores sobre una mesa de estrategia, donde lo que importe será el grado de afinidad de su color con ese general o estratega o, finalmente, en el mundo de los ejecutivos de toda índole, lo que resulte de la suma y resta global de caídos y supervivientes en términos de los intereses del ejecutivo. Y esta comedia social deviene en drama cuando, parafraseando a Giardinelli, el buen lector NO se da cuenta y aplaude al sonriente estratega deshumanizado.

 

Entonces la liviandad, el apuro y la medida no son sino algunas de las dimensiones afines a abarcar mucho y apretar poco, a hacer sin entender, a parecer más que ser. En ese terreno la profundidad, la sensibilidad y el amor por los semejantes llevan las de perder. Justamente por eso son necesarios en la búsqueda del Bello Sino.

Posted by Argos Jeria in 16:37:31 | Permalink | No Comments »