Sunday, November 26, 2006

¿Flexibles o genuflexos?

Si se pone suficiente atención a las señales emitidas por los centros dominantes o por sus voceros explícitos o implícitos a nivel local, es posible predecir lo que ocurrirá en un país como el nuestro, tan sensible a las exigencias objetivas que plantea el capitalismo mundial y a las formas de mirar esas exigencias para hacerlas más digeribles internamente. Hace un tiempo atrás identifiqué en estas crónicas varias señales explícitas que sugerían la voluntad de acortar las carreras universitarias. Por supuesto, no se trata de entregar la misma formación en menos tiempo; se trata de otra cosa. Déjeme intentar separar lo factual (lo que se intenta) de la ideología (la forma de mirar necesaria para aceptarlo).

 

En una entrevista publicada a comienzos de 2005, el actual ministro de Hacienda planteó que uno de los males que hay que abordar en la educación en Chile es que “las carreras muy largas y rígidas no preparan muy bien para un mundo cada día más cambiante… El ideal son carreras de tres o cuatro años y muchos postgrados”. En paralelo, funcionarios responsables del Ministerio de Educación planteaban explícitamente la necesidad de seguir los lineamientos del acuerdo de Bologna en Europa: carreras habilitantes en tres años, con posibilidad de un Master de dos años posteriormente. Se produciría así una homogeneización con los “bachellor” norteamericanos que, después de cuatro años de estudio (y a veces uno de práctica, como en Ingeniería) entregan profesionales al mercado laboral.

 

Recientemente se destacó en la prensa capitalina la aparición de “carreras no profesionales de corta duración”, las que estarían basadas precisamente en lo que entregan los colleges norteamericanos. La descripción que de ellas hacen sus ideólogos y administradores locales es ambigua. Por una  parte se sostiene que esto “permitiría superar el modelo rígido y de temprana profesionalización” y solucionaría la alta deserción relacionada “con las universidades excesivamente profesionalizantes”. Por otra se dice que “las Licenciaturas son carreras garantizadamente más cortas” y que “generarán un  capital humano valioso” siempre que esto “vaya a la par con un ajuste en el mercado laboral”, el que debe “responder adecuadamente” para lo cual hay que “convencer a los empleadores”. Se sugiere así que el nuevo modelo sería más flexible (opuesto a la rigidez) pero que entregaría profesionales (carreras cortas) que deberían reemplazar a los actuales (respuesta de los empleadores). La denuncia a la profesionalización y a la rigidez se usa para defender una profesionalización más temprana ¿Cómo dijo?

 

La clave de este galimatías la entrega uno de los ideólogos al decir que se debe “aprovechar esta coyuntura para modificar en profundidad las mallas curriculares”. Por supuesto; si se trata de entregar profesionales que reemplacen a los actuales pero con una formación breve, hay que enseñarles a hacer cosas con menos formación básica, con menos matemáticas, física, biología o química, las que habría que suprimir parcialmente en las mallas actuales. Lo notable es que esa estructura educativa ya existe en Chile: son los que en las áreas tecnológicas se llaman ingenieros de ejecución o técnicos. Y las licenciaturas también existen; se obtienen en varias carreras profesionales luego de cuatro años de estudio, pero son años fuertes en ciencias básicas. Entonces ¿De qué se trata? ¿Cuál es la novedad? Me temo que se trata de un doble proceso de copiar sin pensar y de entregar al sistema productivo personas con preparación para resolver los problemas de hoy, pero con menos capacidad de resolver los de mañana, los que serán de cargo de las generaciones inmediatamente siguientes. Hago notar que una persona con fuerte formación básica puede optar por muchos caminos afines a tal formación; sin embargo, una con una especialización temprana, con habilidades profesionales adquiridas en un plazo necesariamente breve, debe volver al comienzo para cambiarse de línea. No se trata de inducir flexibilidad. Se trata de generar mano de obra más barata y menos incisiva. Aprender por imitación toma menos tiempo pero realiza menos en el trabajo que aprender por comprensión. A fin de cuentas, entender es parte de la búsqueda del Bello Sino. Y eso es muy, pero muy peligroso.  

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Sunday, November 19, 2006

¿Cuánto dura un momento en las montañas azules?

Hay ciudades que atraen principalmente por su historia plasmada en edificios, calles y forma urbana. Otras conquistan más bien por la actividad cultural que imponen sus teatros, librerías, cines y museos. Sydney nos cautivó por la actitud de la gente en las calles y lugares públicos. Claro que ayuda mucho la infraestructura de servicios y la geografía. En una ciudad donde buses, trenes y barcos permiten acceder cómodamente a los lugares de trabajo y estudio o recorrer los barrios, playas y montañas, el ánimo de las personas no puede andar demasiado mal. Con mi mujer y mi hijo menor nos mimetizamos rápidamente en nuestra visita de trabajo y placer a comienzos del 2001. Nunca nos sentimos extranjeros, debido a las pieles de todo color, los variados acentos, la gama de comidas y, por sobre todo, el trato genuinamente igualitario que domina en la interacción con los residentes. Los verdaderamente locales se distinguen porque hablan igual a Crocodile Dundee. Un dato: si le gusta el sushi, es imposible que pase hambre en este lugar donde abunda y es bueno, bonito y barato.

 

Particularmente hermosos son los trayectos desde el principal punto de partida de los barcos que surcan la bahía en todas direcciones, la Circular  Quay. El recorrido desde allí hacia Manly Beach permite apreciar la belleza del skyline de Sydney, con su Opera House y el gigantesco puente en primer plano. Los barcos de recorrido permiten llegar también a varias playas tranquilas, limpias y gratuitas, o al zoológico. Otro centro de actividades, adyacente a la Circular Quay, es The Rocks, el sector peatonal junto a la bahía donde la artesanía sofisticada establecida y ambulante conviven con todo tipo de restaurantes y bares al alcance de todos los bolsillos. Hacia el otro lado, la caminata desde el terminal de barcos hacia el edificio de la ópera - que prácticamente se interna en el mar - es obligatorio en verano, sobre todo en el período del festival de música - también gratuito - que se realiza en el frontis. Desde ahí se puede acceder al Jardín Botánico, la forma más entretenida de pasar a la bahía de Woolloomooloo, mientras se goza de la flora Australiana concentrada en la pequeña colina que separa ambas entradas de mar. Esta zona es más tranquila y, a pesar de concentrar restaurantes más caros, tiene una de las atracciones culinarias más interesantes y baratas de Sydney: el carrito que expende las mejores tartaletas de carne (meat pies) y de todo tipo. Desde allí una corta caminata ascendente nos llevaba a nuestro lugar de alojamiento, Potts Point, elegante pero adyacente a King’s Cross, el barrio rojo.

 

Alejándose de Sydney, uno de los paseos más lindos es hacia las Montañas Azules, donde se llega en tren en un trayecto tan atractivo como el lugar mismo. Un mapa nos permitió visitar sin guías todos los senderos a través de los bosques y lugares silvestres recomendados. Nuestro ticket de tren incluía el acceso a un documental sobre el lugar en un cine espectacular de pantalla curva y tres proyectores, adyacente a la estación de trenes. Al final del paseo decidimos verlo como fin de fiesta y repaso de los lugares visitados. Luego de unos diez minutos de retraso con respecto a lo programado, una chica evidentemente local salió a avisarnos que la demora se debía a un problema técnico, pero que la función comenzaría “in a couple of moments” – literalmente, en un par de momentos. Todo el mundo quedó feliz mientras mi hijo menor y yo nos mirábamos perplejos por lo ambiguo del anuncio: ¿Cuánto dura un momento? Pero me pareció un título adecuado para esta crónica que sólo pretende alivianar temporalmente la búsqueda del Bello Sino.

 

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Sunday, November 12, 2006

Profundo y colectivo: el lento camino al Bello Sino

Me han hecho llegar un artículo de prensa que cuenta de la urgencia que un exitoso y exigido periodista canadiense sentía por terminar rápido la lectura de cuentos a su pequeño hijo por las noches, y de su reacción cuando, al estar a punto de adquirir versiones grabadas y sintéticas de esos cuentos, vio el desastre en que se había convertido su vida. Se transformó en un gurú anti apuro y escribió un libro al respecto, el que ya cuenta con muchas ediciones y ha sido traducido a muchos idiomas. También se reporta en ese artículo la existencia de sociedades o hermandades en países del Hemisferio Norte dedicadas a predicar y practicar la recuperación del tiempo propio.

 

En los casos descritos observamos la reacción del converso y la agrupación de los desesperados al constatar que el apuro termina por destrozar su calidad de vida. Lo concreto es que este tipo de problemas, frecuentemente mencionados y discutidos en Bello Sino, son de vieja data y han sido fruto de análisis y denuncia por parte de ilustres personajes de la vida política e intelectual del planeta. Paul Lafargue, activo defensor de los derechos de los trabajadores hacia fines del siglo XIX y co-fundador de movimientos para hacer de esa defensa algo tangible y posible, publicó “Defensa de la Pereza” en 1880. En él hizo notar de manera documentada y rigurosa que las largas jornadas de trabajo eran estimuladas por el capitalismo. Cincuenta años después, Bertrand Russell publicó un pedagógico artículo con el sugerente nombre de “Elogio de la Ociosidad”, reproducido en un volumen compilado por Erich Fromm titulado Humanismo Socialista. Allí ataca directamente las formas de producción prevalecientes, que no permiten que los avances tecnológicos se transformen en más tiempo libre sino en cesantía para algunos y mayor carga de trabajo para otros. A comienzos de los setenta, Michael Ende maravilló a los lectores con su novela Momo, la niñita que derrota a los ladrones del tiempo.

 

Cuando el apuro es percibido como un problema personal, se suele caer en la tentación de seguir las recomendaciones de los así llamados libros de autoayuda (Cómo organizarse mejor, Saque partido de su tiempo, Controle su vida, y así) o de aquellos famosos, ricos o poderosos que, habiendo terminado por tener ataques cardíacos o hacerse adictos a todo tipo de substancias, se convierten en predicadores de lo que no practicaron. Creo que se trata de un problema colectivo, de actitudes inducidas por el orden económico para aumentar la extracción de ganancias a partir del trabajo y, como subproducto, para disminuir la capacidad de reflexión y reacción grupal que podría devenir en acción organizada, política. Si la rapidez es enemiga de la profundidad, el rigor requiere de un accionar más lento. Si el trabajo termina aturdiendo, el ocio será cualitativamente parecido, alimentado por programas alienantes en la TV, litros de cerveza y formas más potentes de estimulantes artificiales. Tal vez por eso nuestros muchachos han llegado a ser los campeones latinoamericanos del consumo de tabaco, alcohol y drogas.

 

La creciente desigualdad en el ingreso no es el único problema relevante en el Chile de hoy; también lo es la alienante organización del trabajo y del ocio. Es necesario reconocerlo en su dimensión estructural para que la acción colectiva sea fructífera,  lo que requiere de algo más que sindicatos con conciencia salarial, requiere de la unión para buscar el Bello Sino.

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Friday, November 3, 2006

Recomendaciones

Me escribe un joven auditor para contarme que ha leído un libro de un autor al que me he referido con entusiasmo en el programa. Agrega que le ha gustado mucho, que piensa adquirir otro y que le gustaría que le recomendara algún libro de otro autor. Si bien tal petición es una gratificante muestra de confianza, satisfacerla no es tarea sencilla pues no se trata solamente de transmitir unilateralmente mis preferencias. Si así fuese, bastaría con enunciar un listado de autores y obras que me han gustado. Pero en este proceso también hay un receptor, cuyas características deben ser tomadas en cuenta. Le contesté gustoso, pensando que ha habido ocasiones en las que también me hubiese gustado tener alguna información previa.

 

Hace poco mi hijo mayor me comentaba un libro relacionado con el fútbol. Quedó escandalizado con la pobreza en el uso del castellano por parte del autor, profesor de redacción de alguna escuela de periodismo. Además de pensar en los pobres alumnos (y en los padres que pagan la matrícula), reflexionábamos acerca de la cantidad de gente que podría entusiasmarse con el título del libro o con el contenido sugerido por él, o por la descripción en la contraportada (incluyendo los aparentes pergaminos del autor). Sin duda hubiese sido útil tener, de antemano, una opinión de un lector confiable. Por otra parte, libros que son poco pulidos en la forma pueden resultar atractivos por su contenido. Así, por ejemplo, la franqueza de Sara Montiel me hizo interesante la lectura de su autobiografía.

 

Los auditores me han escuchado hablar con entusiasmo de melodías, escritores, películas o comidas, emoción que debe entenderse fruto de mi historia, incluyendo barrios, colegios, amigos y la familia. Por eso evito calificar de bueno o malo sino más bien de describir qué fue lo que me gustó de cada obra. Así, espero que el entusiasmo con que entrego mi descripción sea morigerado (o exacerbado) por quien escucha, en función de los elementos que entregue: una melodía elemental rescatada por un buen arreglo, un pescado a la sal que mantiene la ternura, un texto en que las frases fluyen y se ensamblan tras una idea bien expuesta.

 

Retomando el caso con que inicié esta crónica, todo lo que sabía de mi auditor era su edad, su declaración de aficionado a la música y a la lectura, y que Bello Sino es el único programa que escucha completo, pues lo motiva a investigar en algunas cosas y a conversar con su papá. Ah, y que tiene buena redacción. ¿Qué hice? Bueno, le contesté argumentando en la línea de lo que Usted acaba de leer y sinteticé la obra de algunos autores que han despertado mi entusiasmo, sugiriendo que lo comentara con su padre. Me pareció que así respondía con seriedad a su petición y a su confianza, combinando mis preferencias con lo que intuyo cariñoso filtro de su progenitor, con quien, me parece, busca el Bello Sino.

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