Profundo y colectivo: el lento camino al Bello Sino
Me han hecho llegar un artículo de prensa que cuenta de la urgencia que un exitoso y exigido periodista canadiense sentía por terminar rápido la lectura de cuentos a su pequeño hijo por las noches, y de su reacción cuando, al estar a punto de adquirir versiones grabadas y sintéticas de esos cuentos, vio el desastre en que se había convertido su vida. Se transformó en un gurú anti apuro y escribió un libro al respecto, el que ya cuenta con muchas ediciones y ha sido traducido a muchos idiomas. También se reporta en ese artículo la existencia de sociedades o hermandades en países del Hemisferio Norte dedicadas a predicar y practicar la recuperación del tiempo propio.
En los casos descritos observamos la reacción del converso y la agrupación de los desesperados al constatar que el apuro termina por destrozar su calidad de vida. Lo concreto es que este tipo de problemas, frecuentemente mencionados y discutidos en Bello Sino, son de vieja data y han sido fruto de análisis y denuncia por parte de ilustres personajes de la vida política e intelectual del planeta. Paul Lafargue, activo defensor de los derechos de los trabajadores hacia fines del siglo XIX y co-fundador de movimientos para hacer de esa defensa algo tangible y posible, publicó “Defensa de la Pereza” en 1880. En él hizo notar de manera documentada y rigurosa que las largas jornadas de trabajo eran estimuladas por el capitalismo. Cincuenta años después, Bertrand Russell publicó un pedagógico artículo con el sugerente nombre de “Elogio de la Ociosidad”, reproducido en un volumen compilado por Erich Fromm titulado Humanismo Socialista. Allí ataca directamente las formas de producción prevalecientes, que no permiten que los avances tecnológicos se transformen en más tiempo libre sino en cesantía para algunos y mayor carga de trabajo para otros. A comienzos de los setenta, Michael Ende maravilló a los lectores con su novela Momo, la niñita que derrota a los ladrones del tiempo.
Cuando el apuro es percibido como un problema personal, se suele caer en la tentación de seguir las recomendaciones de los así llamados libros de autoayuda (Cómo organizarse mejor, Saque partido de su tiempo, Controle su vida, y así) o de aquellos famosos, ricos o poderosos que, habiendo terminado por tener ataques cardíacos o hacerse adictos a todo tipo de substancias, se convierten en predicadores de lo que no practicaron. Creo que se trata de un problema colectivo, de actitudes inducidas por el orden económico para aumentar la extracción de ganancias a partir del trabajo y, como subproducto, para disminuir la capacidad de reflexión y reacción grupal que podría devenir en acción organizada, política. Si la rapidez es enemiga de la profundidad, el rigor requiere de un accionar más lento. Si el trabajo termina aturdiendo, el ocio será cualitativamente parecido, alimentado por programas alienantes en la TV, litros de cerveza y formas más potentes de estimulantes artificiales. Tal vez por eso nuestros muchachos han llegado a ser los campeones latinoamericanos del consumo de tabaco, alcohol y drogas.
La creciente desigualdad en el ingreso no es el único problema relevante en el Chile de hoy; también lo es la alienante organización del trabajo y del ocio. Es necesario reconocerlo en su dimensión estructural para que la acción colectiva sea fructífera, lo que requiere de algo más que sindicatos con conciencia salarial, requiere de la unión para buscar el Bello Sino.