¿Cuánto dura un momento en las montañas azules?
Hay ciudades que atraen principalmente por su historia plasmada en edificios, calles y forma urbana. Otras conquistan más bien por la actividad cultural que imponen sus teatros, librerías, cines y museos. Sydney nos cautivó por la actitud de la gente en las calles y lugares públicos. Claro que ayuda mucho la infraestructura de servicios y la geografía. En una ciudad donde buses, trenes y barcos permiten acceder cómodamente a los lugares de trabajo y estudio o recorrer los barrios, playas y montañas, el ánimo de las personas no puede andar demasiado mal. Con mi mujer y mi hijo menor nos mimetizamos rápidamente en nuestra visita de trabajo y placer a comienzos del 2001. Nunca nos sentimos extranjeros, debido a las pieles de todo color, los variados acentos, la gama de comidas y, por sobre todo, el trato genuinamente igualitario que domina en la interacción con los residentes. Los verdaderamente locales se distinguen porque hablan igual a Crocodile Dundee. Un dato: si le gusta el sushi, es imposible que pase hambre en este lugar donde abunda y es bueno, bonito y barato.
Particularmente hermosos son los trayectos desde el principal punto de partida de los barcos que surcan la bahía en todas direcciones, la Circular Quay. El recorrido desde allí hacia Manly Beach permite apreciar la belleza del skyline de Sydney, con su Opera House y el gigantesco puente en primer plano. Los barcos de recorrido permiten llegar también a varias playas tranquilas, limpias y gratuitas, o al zoológico. Otro centro de actividades, adyacente a la Circular Quay, es The Rocks, el sector peatonal junto a la bahía donde la artesanía sofisticada establecida y ambulante conviven con todo tipo de restaurantes y bares al alcance de todos los bolsillos. Hacia el otro lado, la caminata desde el terminal de barcos hacia el edificio de la ópera - que prácticamente se interna en el mar - es obligatorio en verano, sobre todo en el período del festival de música - también gratuito - que se realiza en el frontis. Desde ahí se puede acceder al Jardín Botánico, la forma más entretenida de pasar a la bahía de Woolloomooloo, mientras se goza de la flora Australiana concentrada en la pequeña colina que separa ambas entradas de mar. Esta zona es más tranquila y, a pesar de concentrar restaurantes más caros, tiene una de las atracciones culinarias más interesantes y baratas de Sydney: el carrito que expende las mejores tartaletas de carne (meat pies) y de todo tipo. Desde allí una corta caminata ascendente nos llevaba a nuestro lugar de alojamiento, Potts Point, elegante pero adyacente a King’s Cross, el barrio rojo.
Alejándose de Sydney, uno de los paseos más lindos es hacia las Montañas Azules, donde se llega en tren en un trayecto tan atractivo como el lugar mismo. Un mapa nos permitió visitar sin guías todos los senderos a través de los bosques y lugares silvestres recomendados. Nuestro ticket de tren incluía el acceso a un documental sobre el lugar en un cine espectacular de pantalla curva y tres proyectores, adyacente a la estación de trenes. Al final del paseo decidimos verlo como fin de fiesta y repaso de los lugares visitados. Luego de unos diez minutos de retraso con respecto a lo programado, una chica evidentemente local salió a avisarnos que la demora se debía a un problema técnico, pero que la función comenzaría “in a couple of moments” – literalmente, en un par de momentos. Todo el mundo quedó feliz mientras mi hijo menor y yo nos mirábamos perplejos por lo ambiguo del anuncio: ¿Cuánto dura un momento? Pero me pareció un título adecuado para esta crónica que sólo pretende alivianar temporalmente la búsqueda del Bello Sino.