A gusto con Espina
A fines del año 1999 pisé la cancha del Sardinero, el hermoso estadio del Racing de Santander. Tengo una foto probatoria de tal evento, al lado de Marcelo Espina quien jugaba esa temporada por el club de la capital de Cantabria en el norte de España. Mientras viajaba hacia allá hace un par de semanas pensé que sería una buena historia para contar en Bello Sino a mi regreso. Al llegar a Santander me enteré de la muerte del jefe del brazo armado de la derecha en Chile. Me di cuenta de la trascendencia internacional del hecho cuando el mozo del bar del hotel, viejo conocido, me saludó con un pésame socarrón. La noticia acaparó las portadas de los diarios españoles durante varios días, enfatizando la impunidad en que se marchó el general. Aunque no me sorprendió tal énfasis, hice ver a mis anfitriones en la Universidad que la labor del difunto ya había sido hecha hace mucho tiempo y que su muerte no tenía importancia alguna. Entonces me di cuenta de lo difícil que sería evitar tocar el tema en el programa a mi regreso. Pero me atraía más compartir la historia del Sardinero.
Todo comenzó cuando seis años atrás la encantadora encargada administrativa del Departamento que me invitaba me escuchó preguntar a un colega si el Racing jugaba en casa ese fin de semana, ya que en él militaban dos ex colocolinos: el mediocampista Marcelo Espina y el entrenador Gustavo Benítez. Con entusiasmo ella me informó que no sólo su marido, Pablo, había sido jugador del equipo, sino también que su hijo estaba entrenando allí. Agregó que a Pablo le sería muy sencillo conseguirme acceso a estos personajes. Antes de que yo pudiese aclarar que sólo me interesaba ir al estadio, Rosa estaba haciendo los contactos pertinentes. Al día siguiente me dijo que pasarían a buscarme el sábado por la mañana. Sin mayores detalles le cuento que el día señalado a las 10 de la mañana estábamos Pablo y yo al borde de la cancha de entrenamiento del Racing. Al terminar, Benítez dejó a Espina practicando tiros libres frente a una barrera con siluetas de madera. Mientras tanto, Pablo me hacía fotos con Amavisca, el ex compañero de Zamorano en el Real Madrid. Luego me quedé conversando largo rato con Espina, un tipo sencillo y agradable que, al saber que iríamos al estadio al día siguiente, me prometió su camiseta. El regalo ideal para mi hijo mayor, pensé, aceptando encantado.
El domingo por la tarde, bajo una fina llovizna, estaba sentado en las graderías del Sardinero con dos de mis colegas cuando apareció Pablo para llevarme a un cuarto de la planta baja donde me pusieron un peto color naranja. Así mimetizado como reportero ingresé al campo de juego donde fui objeto de sendas fotos con Benítez, con Magallanes (el entonces seleccionado uruguayo) y con el propio Marcelo sobre el césped del estadio, ante el regocijo de mis amigos que aplaudían desde sus asientos. Al finalizar el pleito, recibí de manos de Espina una bolsa plástica conteniendo su camiseta empapada, mientras era asediado por micrófonos de varios medios; Marcelo era claramente el favorito de los periodistas. Debo agregar que mis dudas acerca del lavado de la camiseta me parecieron absurdas luego de consultar con mi hijo menor al volver a Santiago: la camiseta transpirada era mucho más valiosa sin duda alguna.
Vaya. Me acabo de dar cuenta de que no he explicado mi afirmación del primer párrafo, es decir, por qué creo que la muerte de quien permitió a los poderosos cambiar las reglas del juego a su antojo no tiene importancia alguna. ¿Cómo va a tenerla si hoy esas reglas no sólo son resguardadas por la derecha política y económica sino también por los poderes ejecutivo, legislativo y judicial? Hace tiempo que no se necesitan los servicios explícitos del brazo armado. Es que el camino al Bello Sino está lleno de espinas.