Monday, March 19, 2007

El Ambiente de los Otros

La vieja discusión acerca de si somos libres en nuestro comportamiento o nacemos predeterminados contiene elementos que deberían hacernos más concientes de nuestras acciones. Recapitulemos. Las unicelulares amebas contienen sólo núcleo y citoplasma, se alimentan por fagocitosis envolviendo a su alimento, y se reproducen por partenogénesis dividiendo su núcleo en dos. Nunca han hecho otra cosa. No forman sindicatos ni leen periódicos ni sufren penas de amor. Son pura genética. En el otro extremo estamos los seres humanos, influidos por el barrio, el colegio, los amigos y, en general, por todo lo que nos rodea desde que nacemos. Por supuesto que la evolución del comportamiento de cada individuo se realiza dentro de las condiciones impuestas por aquellos factores genéticos establecidos cuando el espermatozoide de nuestro padre fecundó  al óvulo de nuestra madre[1]. En un sentido macro, vamos creando y modificando conceptos éticos, estableciendo y destruyendo cuerpos legales y cambiando las estructuras sociales, lo que a su vez influye sobre los comportamientos individuales. Pero también está el mundo micro, aquel del día a día, el de las relaciones personales. En esta dimensión no sólo somos receptores del impacto del entorno, pues somos parte activa del medio ambiente de los demás y en esa medida nuestras actitudes también tienen influencia sobre aquellos que nos rodean.

Salvo que creamos que el comportamiento humano es pura genética – una visión racista – deberíamos considerar que somos parte del entorno social de todos los amigos con los que nos vemos o visitamos con alguna frecuencia. Más aún, que al ser parte de su historia estamos teniendo algún tipo de influencia, baja, media o alta, en sus percepciones y su propia forma de relacionarse ¿Dependerá en algún grado el amor que se tiene esa pareja amiga de lo que ocurre cuando están con nosotros? Probablemente nuestra contribución a establecer un ambiente interesante o relajado hará que más minutos de sus vidas sean placenteros, contribuyendo a una buena relación. Les haremos las cosas más difíciles si introducimos tensión en el ambiente. Como no somos los únicos elementos del entorno de esa pareja, cuánto importe este efecto dependerá del grado de exposición mutua y de un cúmulo de otros factores, muchos de los cuales ni siquiera percibimos. 

Tal vez la forma más gráfica de ilustrar nuestro papel como parte de la historia de los demás se logre mirando lo que ocurre en el círculo familiar, en particular cuando estamos en un papel de mayor responsabilidad jerárquica debido a nuestra mayor edad o a la existencia de lazos emocionales fuertes. Así, es probable que las actitudes de nosotros los padres tengan una influencia no menor en la relación que nuestros hijos van construyendo con sus parejas. El comportamiento en las reuniones familiares, el trato con el yerno o la nuera, el pololo o la novia, no es neutro en términos de las relaciones que se van estableciendo en la joven pareja, o en las no tan jóvenes. Conocí hace poco a un individuo de mi edad que debe recibir a la madre de su mujer durante seis meses al año. Y se llevan mal, lo que evidentemente repercute en su relación de pareja. Es amigo de un amigo, quien lo recibe en su casa cada vez que puede. No hablan del tema; comen, cantan y beben. La búsqueda del Bello Sino está llena de detalles incontrolables.


[1] Ver “El Juego de lo Posible” de Francois Jacob (Grijalbo, 1982).

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Monday, March 12, 2007

La Felicidad (ja, ja, ja, ja)

Comienzo por decirle que no me gusta el título de esta crónica. La felicidad es un asunto mayor, importante, no trivial ni trivializable. Tan importante que a muy temprana edad me pareció que tenía que tener una referencia más firme que la simple asociación con alegría. Por ejemplo, la relación entre risas y lágrimas o entre alegrías y penas no me parecía similar a la que habría entre la felicidad y… su ausencia. Y ahí encontré un hilito que me llevó a mi concepto de felicidad: era mejor definirla por la idea de contrario, por su ausencia ¿Qué es
la NO felicidad? Le di varias vueltas y resultó que, para mi, era la ausencia de ganas de vivir. De ahí que tanto risas como penas me resultaran compatibles con el concepto de felicidad. Como me dijo una amiga: “el amor existe, pero se sufre”.

 

Quedé contento con esa idea: la felicidad son las ganas de vivir. Por eso acudí con cierta esperanza a la exhibición de la película “En busca de la felicidad”, precedida de buena crítica, además. Pensé que el cine norteamericano podría estarse redimiendo; después de todo, allí estaban “Entre Copas” y “Little Miss Sunshine” (hay otras más antiguas, como “Ordinary People” y “The Milagro Beanfield War”, ambas dirigidas por Robert Redford; Rubén Blades magistral en la segunda). Bueno, fui. Y me encontré con Will Smith vendiendo una suerte de scanners portátiles para sobrevivir con su mujer y su hijo, un pequeñín de unos nueve años. Es abandonado por su mujer pero decide postular a ser corredor de bolsa, lo que requiere de un período de entrenamiento sin pago donde sólo uno de los candidatos será contratado. Todo es difícil. Logra enrolarse después de resolver el cubo Rubick frente a uno de los mandamases en un  taxi; logra buenas ventas después de interactuar con unos ricachones en un palco del hipódromo gracias a un subterfugio; y mientras tanto vive (sin separarse de su hijo) en un local de la beneficencia compartiendo cuarto con mendigos. Y, por supuesto, este hombre bueno, inteligente y trabajador, gana.

 

Qué bien: la bondad, la inteligencia y el esfuerzo recompensados. Sin embargo, la estupenda actuación de Will Smith no fue suficiente para quitarnos a mi mujer y a mí un cierto sabor amargo, provocado intuitivamente por el sentido de la negación. ¿Es que los ricos lo son por ser buenos, inteligentes y trabajadores? ¿O los pobres lo son por malos, tontos y flojos? Peor aún: ¿Todos los buenos, inteligentes y trabajadores serán ricos? ¿O llegarán a serlo aunque no lo deseen? Era el sueño americano redivivo a comienzos del siglo XXI. Los buenos cowboys y los malos indios ya no suelen aparecer, aunque los buenos agentes y los malos árabes han resucitado en la pantalla gringa. Pero aquí resucita el emprendedor. Los tontos, los sufrientes, los del medio, los que se creen el cuento sólo aparecen en las películas europeas o en Little Miss Sunshine, la película que parece el negativo de la que aquí hemos comentado. Es inevitable hacer el contraste con ese padre que  no tiene cómo sostener a su familia pero escribe y predica “Los Nueve Pasos al Éxito”. Y le va pésimo, pero aprende a reírse de la frivolidad y la superficialidad por el cariño a su hija que, gordita y con lentes, baila al son de la música disco una coreografía enseñada por su difunto abuelo rezongón para quedar, obviamente, muy lejos de la posibilidad de ganar el concurso de Little Miss Sunshine.

 

Notable. La gordita, su iluso padre, el abuelo cascarrabias, el hijo inadaptado, la mujer histérica, su hermano homosexual y suicida fallido, todos ellos, me parecieron aliados genuinos en la búsqueda del Bello Sino. Lo que buscaba el bueno de Will Smith era otra cosa.

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