El Ambiente de los Otros
La vieja discusión acerca de si somos libres en nuestro comportamiento o nacemos predeterminados contiene elementos que deberían hacernos más concientes de nuestras acciones. Recapitulemos. Las unicelulares amebas contienen sólo núcleo y citoplasma, se alimentan por fagocitosis envolviendo a su alimento, y se reproducen por partenogénesis dividiendo su núcleo en dos. Nunca han hecho otra cosa. No forman sindicatos ni leen periódicos ni sufren penas de amor. Son pura genética. En el otro extremo estamos los seres humanos, influidos por el barrio, el colegio, los amigos y, en general, por todo lo que nos rodea desde que nacemos. Por supuesto que la evolución del comportamiento de cada individuo se realiza dentro de las condiciones impuestas por aquellos factores genéticos establecidos cuando el espermatozoide de nuestro padre fecundó al óvulo de nuestra madre[1]. En un sentido macro, vamos creando y modificando conceptos éticos, estableciendo y destruyendo cuerpos legales y cambiando las estructuras sociales, lo que a su vez influye sobre los comportamientos individuales. Pero también está el mundo micro, aquel del día a día, el de las relaciones personales. En esta dimensión no sólo somos receptores del impacto del entorno, pues somos parte activa del medio ambiente de los demás y en esa medida nuestras actitudes también tienen influencia sobre aquellos que nos rodean.
Salvo que creamos que el comportamiento humano es pura genética – una visión racista – deberíamos considerar que somos parte del entorno social de todos los amigos con los que nos vemos o visitamos con alguna frecuencia. Más aún, que al ser parte de su historia estamos teniendo algún tipo de influencia, baja, media o alta, en sus percepciones y su propia forma de relacionarse ¿Dependerá en algún grado el amor que se tiene esa pareja amiga de lo que ocurre cuando están con nosotros? Probablemente nuestra contribución a establecer un ambiente interesante o relajado hará que más minutos de sus vidas sean placenteros, contribuyendo a una buena relación. Les haremos las cosas más difíciles si introducimos tensión en el ambiente. Como no somos los únicos elementos del entorno de esa pareja, cuánto importe este efecto dependerá del grado de exposición mutua y de un cúmulo de otros factores, muchos de los cuales ni siquiera percibimos.
Tal vez la forma más gráfica de ilustrar nuestro papel como parte de la historia de los demás se logre mirando lo que ocurre en el círculo familiar, en particular cuando estamos en un papel de mayor responsabilidad jerárquica debido a nuestra mayor edad o a la existencia de lazos emocionales fuertes. Así, es probable que las actitudes de nosotros los padres tengan una influencia no menor en la relación que nuestros hijos van construyendo con sus parejas. El comportamiento en las reuniones familiares, el trato con el yerno o la nuera, el pololo o la novia, no es neutro en términos de las relaciones que se van estableciendo en la joven pareja, o en las no tan jóvenes. Conocí hace poco a un individuo de mi edad que debe recibir a la madre de su mujer durante seis meses al año. Y se llevan mal, lo que evidentemente repercute en su relación de pareja. Es amigo de un amigo, quien lo recibe en su casa cada vez que puede. No hablan del tema; comen, cantan y beben. La búsqueda del Bello Sino está llena de detalles incontrolables.
[1] Ver “El Juego de lo Posible” de Francois Jacob (Grijalbo, 1982).