Monday, April 30, 2007

Y van doscientos

Cada una de las crónicas publicadas semanalmente en la página de la Radio Universidad de Chile expande algún tema tratado en el programa Bello Sino emitido durante la semana de su publicación. Si bien el programa se transmite desde Marzo de 2003, las primeras crónicas aparecieron sólo en Octubre de 2004. Como bien saben los auditores, en una hora de programa se entrega música de los más variados géneros y comentarios que intentan describir o ilustrar nuestro comportamiento. Son historias, ideas, interpretaciones u observaciones que nos describen como individuos cuya genética se inserta en un ambiente que nos influye, potenciando o inhibiendo nuestras reacciones y percepciones amorosas, políticas o domésticas. Simultáneamente, al actuar, también formamos parte de tal ambiente y de su influencia sobre otros. Sobre esta base, con ojos y oídos muy abiertos y una gran colección de música popular, me siento cada semana en el estudio principal con el afán de contribuir a la búsqueda de un mejor destino colectivo.

Por razones que algún observador externo podrá explicar mejor que yo, me resulta muy natural hablar frente a un micrófono. Tenga o no un interlocutor directo, la presencia invisible de los auditores juega para mi un papel fundamental en la elaboración de comentarios, ya que el respeto a mis semejantes y el cariño por el idioma me obligan a intentar combinar coherencia, contenido y amenidad. Pero también está presente una característica de la conversación que no por evidente es menos cierta: es dinámica, pues nunca sé con certeza qué vendrá después de una frase mediante la cual he tratado de representar una idea o de presentar una canción o a su intérprete, aunque normalmente llevo una pauta. Por esta razón, nunca he escrito un artículo antes de hacer el programa correspondiente. Si bien el afán de coherencia frente al micrófono facilita la posterior tarea literaria, transformar esos comentarios hablados en crónicas escritas no es un trabajo trivial, aunque también sea placentero.

Agradezco a aquellos auditores que me hacen llegar comentarios tanto escritos como telefónicos; aunque sólo estimulo los primeros también llegan los segundos. Sus mensajes me muestran que Bello Sino no es un púlpito sino un estimulante. Entregar una forma de mirar distinta a la dominante sólo tiene sentido si promueve la reacción y la retroalimentación inteligente. Esto es lo que motiva el programa y estas crónicas. Y como cumplimos doscientas emisiones el próximo miércoles 2 de Mayo, espero que se haga un tiempo para enviarnos un saludo antes de ese día a la dirección de correo electrónico argosjeria@hotmail.com y así tener excusa para regalarle uno de los tres libros disponibles para celebrarlo.

 

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Monday, April 23, 2007

¿Quién es Chile?

Cuando leí el título de la columna de un conocido periodista nacional en la que explicaba por qué se iba del país - aunque luego quedase claro que era temporalmente por razones de estudio - me volvió a golpear la noción de pertenencia a una nación. Los Prisioneros lo preguntaban de manera provocativa: “Si aquí no tienes los medios que reclamas, si aquí tu genio y talento no dan fama, si tu apellido no es González ni Tapia ¿Por qué no te vas del país?”

 

Nunca nos hicimos tal pregunta con mi mujer, ni antes, ni durante, ni después de nuestros estudios en el extranjero, cuando en algo más de dos años y medio hicimos tres tesis y un segundo niño. Nos parecía natural volver sin hacer mayor cuestión del asunto. Hoy, que la ideología dominante convierte en signo de calidad el laborar fuera - siguiendo el ejemplo de los futbolistas* - me he preguntado qué habrá hecho que nunca hayamos considerado las ofertas de desarrollo profesional fuera. La pregunta es relevante.

Revisando lo que sentíamos a comienzos de los ochenta, recuerdo que esto de tener un trabajo esperándonos en el país nos parecía un privilegio, sobre todo con tanto compatriota que no lo tenía o, peor aún, que ni siquiera podía regresar. Pero subsiste la pregunta  ¿Por qué las ganas de volver? Había una dictadura y más de algún problema habíamos tenido. Se me ocurre que parte del asunto es haberlo pasado bien con nuestra gente cercana, pero también está la sensación de haber sido tratados con cariño por “el país”: estudiamos secundaria en un colegio perteneciente a una Universidad pública, en la que cursamos luego nuestros estudios superiores. Una vez casados, nuestra salud estuvo bien cuidada con Sermena, el Servicio Médico Nacional, hoy Fonasa. Nunca olvidaré la dedicación de mis profesores (con sueldo fijo) ni la del pediatra de mi hijo, que alguna vez tuvo que ir a verlo a nuestro domicilio y, al preguntarle por sus honorarios, me contestó que le llevara el bono Sermena a su consulta cuando pudiera.

 

Esto que trato de transmitirle de manera sintética e imperfecta debe haber contribuido a sentir un ambiente de preocupación colectiva real por nosotros los jóvenes ciudadanos de entonces, generando lo que podríamos llamar pertenencia a nuestro país. Pero si así fuese, estamos ante un problema no menor, pues hoy la salud, la educación y las actividades en general están vistas y tratadas en otra perspectiva: o Usted paga fuerte por ellas o recibe un tratamiento de mala calidad. Es el reino de los votos monetarios, del mandato del poder de pago, lo que incluso ha erosionado las actitudes de muchas personas que están en el servicio público ¿Qué grado de pertenencia estamos sembrando en nuestra juventud? La bandera, el escudo y el himno patrio se empiezan a desdibujar en este sálvese-quien-pueda competitivo y asocial.

 

Se podrá decir que las reglas del juego ya no dependen de los países ya que es muy poco lo que pueden hacer las naciones en términos del diseño de sus políticas internas, las que deben ajustarse a los requisitos de las grandes corporaciones e instituciones financieras internacionales. Como  leí hace poco en un libro que describe la evolución del carácter de los ingleses: “Allí está la corrosiva conciencia de que ni Gran Bretaña ni nación alguna puede controlar unilateralmente las oleadas de capital que determinan qué ciudadanos comerán y cuáles pasarán hambre. De manera creciente la principal tarea de los gobiernos es la cultura de sus ciudadanos.” Aún así, hay opciones tal como lo muestran las distintas formas que toman las reglas internas en distintos países y continentes. Más aún, no solo es un asunto de países; también contribuimos a crear un ambiente cariñoso y a desarrollar pertenencia al preocuparnos de nuestros alumnos, nuestros vecinos y nuestros colegas. Entonces tiene sentido la pregunta que da título a esta crónica, tal vez reformulada: ¿Qué es Chile? ¿Qué es ser chileno hoy? La respuesta es parte de la búsqueda de un Bello Sino, aquí, en el planeta y en la quebrada del ají.



* “Colo Colo me quedó chico, el fútbol chileno me quedó chico” (Humberto Suazo, goleador chileno en la prensa; 23/4/2007).

 

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Monday, April 16, 2007

Hasta que la muerte nos silencie

En esta competitiva jungla chilena hacerse viejo no es sencillo. La salud es un dolor de cabeza. Si usted está en el sistema público y no tiene pitutos, las estadísticas dicen que su probabilidad de cura es muy inferior a la de quien cotiza en el sistema privado. Y si está en este último, le irán subiendo el costo de su plan a medida que se haga viejo. Por otra parte, su jubilación le significará un sueldo muy inferior al de su vida laboral activa. Puesto de otra manera, el sistema privado le disminuye su poder adquisitivo y le sube simultáneamente el costo de mantenerse en razonables condiciones de salud. Hace un tiempo consulté al organismo correspondiente qué podía hacer para solucionar esto. Argumenté que mi aporte del siete por ciento obligatorio para mi salud disminuiría cuando fuese viejo, pero mi salud sería probablemente peor. Por lo tanto, quería ver forma de traspasar parte de mi cotización obligatoria actual hacia el futuro. No se puede.

En el centro del imperio han aparecido seguros que prometen a quien los adquiere su manutención en una casa de reposo cuando llegue la edad en que no puedan valerse por si mismos. Hace poco la prensa norteamericana expuso varios casos en que las empresas aseguradoras negaron o dilataron tal derecho basadas en causales tan variadas y absurdas como peticiones tardías, formularios inadecuados, salud no suficientemente deteriorada, y así. Luego de detectar un número significativo de demoras y trámites burocráticos innecesarios en el tratamiento de las peticiones por parte de personas mayores tratando de hacer efectiva sus pólizas, el periodista logró documentar hechos como que el año 2005 uno de cada cuatro casos de peticiones de cuidados en casas de reposo había sido denegado en California. Como dijese una alta ex ejecutiva de la National Association of Insurance Commissioners, “el punto central es que las compañías de seguro hacen dinero cuando no los pagan”. “Ellas harán cualquier cosa para evitar pagar, porque si esperan lo suficiente saben que los asegurados morirán”. Así de simple.

Imagínese aquí, donde hay que revisar la boleta del supermercado para ver si no le cobraron de más o si le hicieron efectiva la rebaja prometida; donde usted adquiere planes especiales para telefonía e internet y le instalan algo inferior a lo solicitado; donde los que acudimos a las superintendencias de todo tipo en busca de aclaraciones y protección somos muy pocos. Que un libro esté dañado, que un alimento o un medicamento estén caducos, o que un zapato nuevo se rompa es algo sencillo de verificar, y no siempre nos damos cuenta, y a veces lo hacemos y no reclamamos. Traslade este panorama a la salud, donde los efectos de lo que hemos “comprado” se ven mucho más tarde ¿Está preparado para comenzar a reclamar a los 75 años, cuando sus fuerzas sean menores y lo traten mal? Es imprescindible organizarse para que nos hagan caso, porque no hay vuelta: todos llegaremos a viejos y hay quienes están dispuestos a lucrar con ello. Es que la búsqueda de ganancias parece no tener límite. Debemos tener más efectividad en la búsqueda del Bello Sino.

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Monday, April 9, 2007

Placeres paternos

Cuidar y educar a los niños son las tareas que definen a los padres más allá de la concepción. En la película “Adivina quien viene a cenar” (1967), Sidney Poitier es un médico negro que visita a los padres de su novia, Spencer Tracy y Katherine Hepburn, en su hermosa casa de San Francisco. Dos personajes y dos escenas me resultaron inolvidables: la cocinera negra que recibe de mala gana a quien desposará a su niña, y el padre del médico, cartero retirado, quien lo acusa de desagradecido y traidor a su gente y a él mismo, padre sacrificado. La respuesta del hijo es de antología: nada te debo, sólo cumpliste tu papel como yo lo haré con mis hijos.

Me asombra que entre los adjetivos con que se suele calificar a un buen padre están la entrega, el sacrificio o el deber, pero no el placer. Y no sólo el placer de ver los progresos de los niños o de visualizar recompensas futuras, como la que tuve al enseñarle a mis muchachos a tocar guitarra y tener más tarde muchas horas de canto con ellos. Hay otro tipo de placer, menos evidente pero sin duda presente: el de imaginar formas de enseñar. Quiero ilustrarlo con dos ejemplos personales.

Al comenzar nuestros estudios en el extranjero hace veintiocho años, vivimos por cuatro meses en un departamento donde sólo teníamos un colchón, cuatro sillas, una mesa y la cama-cuna de nuestro hijo mayor, entonces de un año y medio. Un fin de semana de Noviembre en que nevaba fuerte, debimos turnarnos mi mujer y yo para hacer nuestras tareas y cuidar al niño. Mientras ella se encerraba en la habitación con la mesa, una silla y sus cuadernos, me quedé en el living-comedor-cocina con mi hijo y el único juguete que entonces tenía. Este consistía en un cubo hueco de unos 15 cm de arista cuyas caras tenían agujeros con formas de diversas figuras geométricas, y un conjunto de volúmenes (prismas) cuyas bases reproducían cada una de esas figuras. Obviamente, el desafío era insertar los volúmenes en el cubo haciéndolos coincidir con las figuras. Digamos mejor que ese era el desafío para mi hijo, pues el mío consistía en pensar qué orden sería el apropiado para que lo hiciese solo y sin frustrarse. Afortunadamente, la respuesta fluyó de manera natural: debía comenzar con el cilindro, volumen cuya base no requería una posición particular para hacerla coincidir con el círculo horadado en el cubo. De ahí le fui pasando los volúmenes de base poligonal regular (lados iguales) en orden descendiente del número de lados: octógono, hexágono, cuadrado, triángulo equilátero. Una vez dominada la técnica, las bases con forma de elipse, rectángulo, triángulos irregulares y estrella fueron fagocitadas por el cubo una y otra vez. Creo que el placer de mi hijo al introducir cada volumen en el cubo era sólo superado por la suma de mis dos placeres: el de verlo reír y el de haber resuelto satisfactoriamente el orden más adecuado.

El segundo ejemplo me remonta cincuenta años atrás a un sábado por la mañana en que mi madre me llevó al jardín y me entregó una palita y un pequeño azadón. Me dijo que requería de mi ayuda pues necesitaba plantar gran cantidad de semillas para lo cual se debía abrir un surco a lo largo de las murallas. Terminamos a la hora de almuerzo. Muy lavado de cara y manos me despaché con ganas el plato de porotos, guiso que nunca antes había querido comer. Es que hoy te quedaron muy ricos, le dije. Están iguales que siempre, me dijo ella, lo que pasa es que el hambre es la mejor salsa. Cómo debe haber gozado planeando mi labor de jardinero, y como he gozado yo gracias a eso las muchas formas de porotos que he comido en el mundo: fabada en Asturias, feijoada en Brasil. Es que ayudar a buscar el Bello Sino es un verdadero placer.

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Monday, April 2, 2007

Detalles

Una amiga, residente treinta años en el extranjero y a la que no veía hace muchos años, me escribió para contarme que vendría a Chile. En sus años de ausencia la visité en dos de los tres países donde ha vivido y conocí a sus dos maridos. Aunque siempre he tenido la sensación de que ella me conoce más que yo a ella, el aprecio es, como siempre, mutuo y ha hecho que nos mantengamos en contacto. En el último tiempo, sin embargo, habíamos perdido conexión hasta que los problemas de salud de una amiga común nos hizo recuperarla. A pesar de que estaría sólo de paso por Santiago camino al sur (todos van al sur, parece), quedamos de juntarnos una tarde.

Llegué con mi mujer al lugar donde acordamos en el barrio Bellavista. Mi amiga apareció con otras dos personas: la prima con quien alojaba y la colega con quien viajaba, que no hablaba castellano. Luego de las presentaciones empezamos a ponernos al día mientras ordenábamos comestibles y bebestibles. Así me enteré de que el segundo marido también había pasado a la historia y que ella se había independizado en la pega. También salió a colación algo de la vida de su prima. La vida y actividades presentes de nuestros hijos fue un tema importante y prolongado. Por supuesto hicimos buenos recuerdos, incluyendo las visitas que yo le hacía cubriendo larguísimas distancias en bicicleta, desde Ñuñoa hasta muy arriba en Las Condes. Le recordé que me había regalado el único ejemplar de Cien Años de Soledad que tengo en mi biblioteca, una edición cubana, y también los Artefactos de Nicanor Parra. Aproveché de entregarle un ejemplar de mi libro Buscando el Bello Sino. Después de tres horas de conversa intensa nos separamos.

Estando ya de regreso en Europa, mi amiga me escribió para decirme que no me había contado los detalles más fuertes de su vida reciente. Para no entrar en cuestiones íntimas sólo le cuento que la separación había sido más bien una expulsión del marido y que su independencia laboral había sido la respuesta factible a un período de cesantía. También me hacía saber lo mucho que le había gustado reencontrarnos; que la conversa y el libro que le regalara le mostraban que yo seguía siendo el mismo y que me notaba de muy buen ánimo. Me vi en la obligación de confesarle que tampoco yo había entrado en detalles, como los serios problemas de salud de uno de mis muchachos, afortunadamente superados.

Notable. Ni ella ni yo habíamos expuesto lo que probablemente había sido lo más relevante de nuestras vidas en los últimos años ¿Habrá sido la presencia de terceros lo que inhibió nuestra puesta al día? ¿Será que hay algún mecanismo que nos hace omitir la socialización de los momentos duros? No lo sé; tal vez sí, aunque otras cosas personales fuertes aparecieron en esa conversación. En todo caso me alegró haber continuado el intercambio, sincerándonos aunque fuese por correo electrónico. A fin de cuentas, esto de que “la verdad nos hará libres” puede tener muchas facetas. La búsqueda del Bello Sino está llena, repleta de detalles.

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