La tensión creativa de la búsqueda (de un Bello Sino).
Un Nietzsche ficticio, personaje de una estupenda novela que dramatiza el nacimiento del psicoanálisis*, sufre espantosos dolores de cabeza que nadie ha podido curar. Interactúa con un doctor que le aconseja reducir las fuentes de tensión. El filósofo responde que lo ha hecho: ha renunciado a la academia y a las posesiones, no tiene casa ni mujer, ni hijos ni deudas; vive con lo mínimo. El médico insiste: la hipersensibilidad, su afán de captar la esencia de las cosas, también le hace daño. Ante ello este seudo Nietzsche retruca que la investigación, la ciencia, el afán de saber y entender se originan en el descreimiento que, sin duda, es fuente de tensión, pero que no está dispuesto a renunciar a ello por una vida tranquila.
Así es: observar y entender también provocan tensión, sobre todo cuando el mecanismo desnuda y explica las enormes contradicciones entre lo dicho y lo hecho en el Chile de hoy. Pero renunciar a ello significa renunciar a la más humana de nuestras cualidades: pensar e inferir. Qué notable: en los amables saludos por los doscientos programas – y en sus mensajes durante el año en general - los auditores de Bello Sino me muestran que tampoco están dispuestos a dejar de pensar, a dejar de entender o de intentarlo. En los mensajes de aniversario llegaron muchas explicaciones acerca de por qué escuchaban el programa. No pocos enunciaron la compatibilidad entre disentir y nutrirse de los argumentos del interlocutor, “incorporando parte de ellos a la visión del mundo actual”, apreciando la “pequeña semilla de una exquisita duda” o el “interés por profundizar”. Auditores que discriminan son la mejor contrapartida a un programa que no pretende predicar sino estimular.
Por supuesto que no sabemos donde llegaremos, pero sin duda mirar, pensar, entender, intuir, confirmar, son requisitos para el cambio hacia algo mejor. Y es importante no sentirse aislado, hacerlo en buena compañía. La correspondencia electrónica** me ha permitido descubrir que tengo auditores de 15 a 91 años, auditoras que escuchan el programa mientras cocinan (¡incluido un chanchito al merkén!), otras que lo hacen a pesar del poco entusiasmo de sus parejas, conductores que - a pesar de un día duro - comparten el desafío de seguir buscando, oyentes entusiastas que piensan que el programa es corto, y así. Para cerrar este comentario usaré el mensaje de un auditor que me escribe para “exigir como un imperativo moral en estos tiempos continuar con la búsqueda del Bello Sino, hasta agotar stock.”
* “El día que Nietzsche lloró”, de Irvin Yalom.
** que llega a la dirección argosjeria@hotmail.com