Sunday, June 24, 2007

Titulares

Un querido amigo, académico en una de las más prestigiosas universidades norteamericanas, me hacía partícipe de sus dificultades con un periodista que lo había entrevistado. La incomodidad surgió cuando el periodista preguntó por los efectos que tendría en Boston – ciudad de la entrevista – un terremoto como los experimentados en la zona de San Francisco, donde está la famosa falla de San Andrés. Mi amigo le hizo notar que nunca iba a ocurrir tal cosa en Boston. El reportero insistió pidiéndole que imaginara que fuese posible y él reiteró su respuesta, más bien su renuencia a contestar: nunca ocurrirá. La tercera insistencia fue recibida con una enérgica negativa. Es que mi amigo es investigador en el área del diseño sísmico de Estructuras (mal llamado antisísmico), que consiste en concebir y construir las casas, edificios y puentes de manera que, además de resistir su peso propio, las cargas de mobiliario o vehículos, de personas, del viento, las lluvias y la nieve, también sean capaces de resistir movimientos intensos del suelo sin colapsar o al menos permitiendo la evacuación antes del colapso. Por esta razón él sabe perfectamente que el diseño y la construcción de cada tipo de estructura responde a las características locales del suelo y del clima, lo que provoca que las columnas, losas y vigas de casas y edificios sean más anchas y con más enfierradura en Santiago que en Tel Aviv, o en San Francisco que en Boston. Por eso la pregunta no tenía respuesta, ya que si Boston estuviese en el cinturón de fuego del Pacífico (donde también está Chile) sus edificios serían estructuralmente distintos. Pero no está.

 

Mi amigo fue capaz de prever el titular: “Experto del MIT predice colapso de edificios en Boston” o, peor aún, “Edificios locales no están preparados para resistir posibles movimientos sísmicos”. Es que los titulares insinúan e incluso, no pocas veces, reemplazan la lectura completa del artículo. La prensa crea imágenes por acción y omisión. Déjeme darle una muestra de lo segundo: la polémica sobre el subsidio a Transantiago. Semanas en los titulares. Más aún: su monto va asociado a las provincias desprotegidas y postergadas. ¿Recuerda Usted titulares por los subsidios a las autopistas para los automóviles de Santiago, altamente concentrados en la zona Oriente, el barrio alto? ¿O por los subsidios a la infraestructura del Metro? Pues bien: ciudadanos curiosos han documentado los subsidios a la Costanera Norte, y la inversión estatal en Metro es pública. ¿Los conoce el ciudadano común? Muy pocos sabemos de los 300 millones de dólares a la primera y nadie habla de los 1700 millones al segundo, pero todos manejamos la cifra de 290 millones al Transantiago ¡Y es la menor!*

 

Es probable que el título de esta crónica haya inducido a muchos de Ustedes a pensar que se trataba de la formación de la selección chilena en el Panamericano de fútbol. Lamento haberlos desilusionado. Finalizo contándoles que he guardado sólo un titular en mis varios años de lector de periódicos: el del Boston Globe del 9 de Diciembre de 1980 que dice “Ex­-Beatle John Lennon shot dead”; me hace tener presente que esto de buscar el Bello Sino tiene riesgos pero hace muy buenos aliados.

 

* Y qué decir con los comentarios acerca de las ventajas que tendría la disminución de buses sobre el medio ambiente, cuando en realidad la emisión de gases menos visibles emanados por los automóviles ha aumentado, provocando mas situaciones de emergencia que nunca.

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Wednesday, June 20, 2007

Retruco

Los juegos con baraja española, al menos los que conozco, me producen gran placer. Y eso sin considerar la estética de la baraja, también particularmente atractiva: oros, bastos, espadas y copas me resultan bohemias y amigables. Además, es notable que no haya reina, como en la así llamada baraja inglesa; sólo rey, caballo y sota. Debe ser por eso que nos ha unido de manera entre conspirativa y cómplice a mis amigos y a mi durante tanto tiempo.

Aprendí el primer juego con esa baraja hace unos veinticinco años. Dos de mis compañeros se sentaban delante mío, en la primera fila, mientras el profesor desarrollaba ecuaciones en la pizarra. Tenían un mazo de cartas pequeñas y usaban la silla entre ellos para ir descartándose luego de unos diálogos compuestos de palabras breves e incomprensibles para mi: “envido”, “no quiero”, “truco entonces”, “quiero retruco”, “vale cuatro, mierda”. Y las caras reflejaban goce real, lo que estimulaba aún más mi curiosidad. Ya terminando la carrera hice una práctica de vacaciones en alguna repartición fiscal con uno de estos jugadores, muy buen alumno, y un profesor joven que luego sería mi profesor guía. Ambos fuimos instruidos en el juego que, sin sorpresa, resultó llamarse Truco. Se nos unió un chico uruguayo y comenzamos a jugar de a parejas, con la novedad que traían las señas.

Resulta que el Truco en parejas permite comunicar, mediante señas faciales preestablecidas, las cartas al compañero. El as de espadas o “pinchudo”, la carta más poderosa, el as de bastos o “garrote”, la segunda en poder, los sietes de espadas y oros, los tres y dos, son comunicables con guiños, levantadas de ceja, muecas y movimientos de lengua o labios. Por supuesto que al usar tales medios de comunicación los contrincantes también pueden enterarse. Después del golpe no vimos más al amigo uruguayo, pero integramos en forma natural al compañero de juegos en clases de nuestro maestro de Truco.

Confesaré que el Truco no era el único juego que nos concitaba; también estaba el diccionario, las carreras de vectores y múltiples juegos de tablero, incluyendo una ingeniosa carrera de caballos. Pero el Truco era el rey. Luego aprendí en España dos juegos que también usan señas: el Mus, complejo y fascinante, y el Envite, popular en canarias donde aparentemente se originó. Lamentablemente, las señas son las mismas en los tres juegos pero su significado no, lo que me creó grandes confusiones y dificultades, provocando la risa (y a veces la impaciencia) de mis amigos peninsulares y canarios.

A pesar de que el Truco es el juego asociado a la Patagonia Argentina, se juega en el sur de Chile y en Uruguay. Se lo comenté a una amiga Valenciana y resultó que, con el nombre de Truc y con exactamente las mismas reglas se juega en su tierra, de donde parece ser originario. Hace poco volvimos a las andadas con mi pandilla entonces juvenil, y nos dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres, y seguimos amigotes, tomando ron, bebiendo vino, jugando Truco y buscando el Bello Sino. Quiero retruco.

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Monday, June 11, 2007

¿Oportunistas, domesticados o derrotados?

A comienzos de este año un popular rockero norteamericano vendió los derechos de una de sus canciones – parte de su nuevo disco – a una firma automotriz para la promoción de uno de sus modelos. Encontré una entrevista que el cantautor diera hace veinte años atrás; en ella le preguntaban por qué no aceptaba auspiciadores en sus tours ni vendía sus canciones para comerciales, a lo cual contestó que no escribía sus canciones para vender cerveza, cigarrillos o salsa de tomates. “La gente dice que me vendí”, dice hoy John Mellencamp, añadiendo “No; me vendieron”. Señala no desear para sí lo ocurrido con el último disco de otro rockero, Tom Petty, quien llegó poco a las radios a pesar de contener buenas canciones en su opinión. Y explica: “Soy un compositor y quiero que la gente escuche mis canciones”… “Lo hice para reinventarme y permanecer en el negocio. A veces me entristezco por ello realmente”.

 

En una entrevista concedida hace más de treinta años, un diputado italiano decía a la periodista Oriana Fallaci, quien le hacía ver su inconsistencia en algún avatar político: “Hay quien se esfuerza en demostrar a todo trance una coherencia retrospectiva. Pero los hombres no somos coherentes, y los partidos, tampoco.” En el Chile de hoy este asunto no es menor.

 

El cambio de actitudes individuales - o de posiciones políticas – hacia aquellas que resultan funcionales al sistema dominante, puede recibir gran cantidad de explicaciones e interpretaciones. Hay quienes parecen resentir sinceramente el tipo de actitudes que se ven obligados a asumir para poder mantenerse en sus trabajos, incluyendo compatriotas que por formación profesional llegan a estar en posiciones de mando; en este caso hay conflicto permanente entre lo que se piensa y se hace. Otros parecen ir adoptando formas de mirar opuestas a las que antes sostenían, como una forma de evitar vivir en una permanente contradicción entre sus actitudes en los ambientes laboral e íntimo; el conflicto deviene en domesticación y, cuando eso ocurre, hay un cambio total. Por último, están quienes adaptan con facilidad sus visiones y actitudes, acomodándolas a la dirección del viento que sopla para poder mantener o lograr fama, riquezas o poder; en este caso nunca hubo conflicto, ya que el aparente cambio de posición reflejado en nuevas opiniones y actitudes es simplemente una forma de flotar, contento y ganador.

Un rockero que claudica para seguir siendo escuchado, pero que muestra estar conciente de ello, luce como quien ha perdido una batalla. Un político o un intelectual que cambia sus visones quedando siempre en posiciones de poder o cerca de él es más bien un oportunista. Y entre derrotados y oportunistas están los domesticados, fruto de los múltiples mecanismos que hemos tratado en otras crónicas. Para quienes nos sentimos incómodos en un sistema que privilegia actitudes inhumanas, las pequeñas batallas perdidas erosionan y debilitan. Sin embargo, no por ello hay que convertir las derrotas en triunfos con el simple mecanismo de cambiar de opinión. No se trata de ser porfiados, se trata de buscar el Bello Sino.

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Monday, June 4, 2007

Ramales

Las vías férreas han sido noticia reciente allá y acá. A sus ochenta años, Gabriel García Márquez regresó a su ciudad natal, Aracataca, en un tren cuyo recorrido y antiguas estaciones se pretende recuperar, contemplando un trazado que atraviesa pueblos indígenas en la sierra de Santa Marta, cercana a Barranquilla en dirección noreste. En tierras chilenas, acaban de nombrar monumento nacional al ramal ferroviario Talca-Constitución. Notable coincidencia, pues en Febrero del año pasado anduvimos con mi mujer por ambos lugares, o cerca.

En Barranquilla visitamos lugares como La Cueva, bar donde García Márquez se reunía con sus amigos, hoy remozado. Por esas cosas de la vida fuimos justo para el lanzamiento de un libro con buena música local y buen ron. Pero más nos acercó al imaginario de don Gabo nuestra experiencia ferroviaria, que consistió en montar el tren de vagones abiertos y asientos de madera que se interna algunos kilómetros entre el mar y la desembocadura del Magdalena por un terraplén especialmente acondicionado para la travesía; regresamos empapados por el oleaje que, desde ambos costados, azotaba nuestro vagón con aguas dulce y salada.

El paseo por el ramal talquino ocurrió aprovechando el matrimonio de un sobrino en la zona. Llegamos a la estación con mucha antelación y, bajo un sol intenso, me subí a uno de los dos vagones a guardar asientos mientras mi mujer, mi hijo menor y su novia aprovechaban de recorrer parte de la ciudad de Talca. Saqué mi libro mientras lentamente los dos carros se iban llenando de pasajeros. Luego el trayecto nos mostraría hermosas vistas de la zona rural y nos permitiría experimentar un viaje íntimo y colectivo, intenso y fragante a la vez, ya que en todas las estaciones subían viajeros sonrientes cargados de cajones y sacos con frutas y verduras.

El uso de los trenes parece ejercer una fascinación especial en todos nosotros desde pequeños. El viaje en tren a Valparaíso lo hicimos cuando nuestros niños aún lo eran; tomaba mucho más tiempo que el bus, lo cual era muy apreciado por ambos muchachos pues para ellos la diversión era el viaje mismo más que el destino. Entre mis fotos familiares favoritas está la de mi hijo mayor a los cuatro años sentado en el respaldo de un sofá, acodado en una ventana de nuestro departamento en el piso 24 de un edificio de estudiantes, mirando como los carros de la línea roja del metro de Boston emergían regularmente para cruzar el puente de Longfellow que une Cambridge con el centro de la ciudad. U otra en que, asomado a la ventanilla, sonríe gozoso mientras nos desplazábamos en el tren que une Zürich y Mürren, en los Alpes suizos.

Hoy que los muchachos ya están grandes, autónomos y emparejados, los trenes siguen siendo un nexo cariñoso. Hace poco mis alumnos y ex alumnos tuvieron la buena idea de regalarme un juego de tablero que consiste en construir vías férreas para cumplir con ciertos objetivos. Luego me enteré de que mi versión era la original de un juego muy premiado que ya tiene tres versiones, la segunda de las cuales apasionaba a mis hijos y a sus amigos. En un reciente viaje mi mujer recibió el encargo del menor para traer no sólo la tercera versión sino también el complemento que perfecciona el juego que yo tengo. Pero no sólo mi mujer ha sido involucrada en el asunto, también mi padre y el sobrino que se casó en Talca han engrosado las filas de los adictos al jueguito de marras, lo que muestra que las historias tienen nexos y giros insospechados.

Escribiendo estas líneas me llegaron de golpe cien visiones de trenes en mi vida: aquel vagón repleto que me acercó al amor, el moderno que acomodó mis lágrimas, el que le trajo al nacer el pequeño al mayor y esos trenes que, con Neruda, estaban soñando “en la estación, indefensos, sin locomotoras, dormidos”, esperando para llevarnos al Bello Sino.

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