Monday, July 30, 2007

Artículos deportivos

Un querido amigo, amante del fútbol, vivió la década de los 70 en España. Conversando acerca de las estupendas transmisiones deportivas en ese país, me decía que los camarógrafos españoles eran lejos los mejores debido a Franco, ya que la represión en el ambiente cinematográfico habría hecho que el mundo del arte sobreviviese en el mundo del deporte. No sé cuanto sustento tenga tal teoría, pero tengo la impresión de que algo de ese tipo está ocurriendo por estos lados, no en los aspectos plásticos sino en los intelectuales.

En el lanzamiento de un libro hace cosa de un año atrás, el director de la radio Universidad de Chile planteó que la política y su análisis habían llegado a tal nivel de ramplonería que le habían hecho postergar la lectura de los suplementos de reportajes políticos en beneficio de los de arte y literatura. Me pareció una notable coincidencia con mis propias preferencias reveladas en la lectura de la prensa nacional e internacional. Pareciera como si hasta los analistas más inteligentes estuvieran imposibilitados de salirse del marco de la democracia mentirosa en que vivimos, inserta en (provocada y mantenida por) una representación casi-proporcional que, concebida hace treinta años, parece ser ya parte del ADN nacional.

Sé que al leer el primer párrafo de esta crónica Usted pensó en las marcadamente chauvinistas transmisiones de los partidos de nuestras selecciones de fútbol, las que difícilmente podrían ofrecerse como muestra de capacidad intelectual; obviamente, no intento usarlas como ejemplo. Lo que sucede es que a comienzos de la semana pasada me encontré con dos artículos en un suplemento deportivo que deben estar entre lo mejor que he leído en los últimos tiempos en la prensa escrita (e impresa; que no se ofendan mis colegas del diario en internet) . Uno trataba con gran altura y en forma amena los avatares de la selección juvenil chilena en Canadá, a partir de lo cual denunciaba con precisión y valentía precisamente la actitud chauvinista de los locutores y la parcialidad del análisis de los eventos policiales ocurridos en tal evento. El segundo usaba muy inteligentemente la pasión por el fútbol para rendir un homenaje a Fontanarrosa, el recientemente fallecido dibujante argentino, rescatando además el buen cine político de los sesenta. El nexo usado fue una crónica del gran dibujante en la que se refería a la película húngara Match en el Infierno, antecedente inmediato de Fuga a la Victoria, remake de la primera que hizo las delicias de mis hijos y yo en su momento. En ambas el equipo de los prisioneros de guerra vence al equipo alemán durante la segunda guerra mundial, pero en la primera son fusilados al terminar el partido en tanto que en la segunda escapan protegidos por la multitud.

Si duda: dos golondrinas deportivas no hacen verano. Pero es tal la orfandad en  nuestras letras políticas que, a veces, hay que buscar señales por otros lados. La búsqueda del Bello Sino no puede quedar fuera de juego.

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Monday, July 23, 2007

Pimienta Fresca

A finales de Noviembre de 1966 Los Beatles entraron al estudio 2 de Abbey Road en Londres para grabar Strawberry Fields Forever. Si bien fue pensada como la primera canción de su siguiente disco, se convirtió en el lado B de Penny Lane; de esa manera Lennon y McCartney rindieron homenaje a sus orígenes describiendo musicalmente lugares importante en sus respectivas infancias en Liverpool. Por eso Strawberry Fields no fue incorporada al legendario Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band; notable decisión pues la canción del lado B se convirtió en referencia obligada de la música popular y el álbum en que no fue incluida es considerado el más innovador de todos los tiempos.

Sgt. Pepper’s fue grabado y editado entre el 6 de Diciembre de 1966 (primeras tomas de When I’m Sixty Four) y el 20 de Abril de 1967 (mezcla de la repetición del tema central), para ser lanzado el primero de Junio. La apertura a todo tipo de instrumentos y la amplia gama de estilos musicales que escapan al rock hicieron de Pepper un hito de los así llamados álbumes “conceptuales”. En rigor, el salto cualitativo en la trayectoria musical de Los Beatles se había producido en el álbum anterior – Revólver – donde, por ejemplo, habían aparecido temas orquestados (Eleanor Rigby), otro en un solo tono (Tomorrow Never Knows), uno con voces de fondo y ruidos ambientales (Yellow Submarine) y uno con fuerte influencia india (Love you Too). Pero en Pepper se logró una unidad más intensa mediante dos recursos estéticos: los aspectos visuales comunes a la portada y al material incluido en el disco, y la señal musical que se entrega al comenzar con una canción que invita al show y cerrar con la misma melodía donde la banda se despide de los auditores.

Reproducir un álbum como Sgt. Pepper’s en el escenario sin acudir a pistas pre-grabadas es extraordinariamente difícil. Concientes de tal cosa, quienes acudimos el sábado 21 de Julio a escuchar a los chilenísimos The Brits en el Aula Magna del Liceo Manuel de Salas aplaudimos de pie una presentación impecable que incluyó cello, clarinetes, sitar y tabla además de las guitarras, bajo, batería y teclados. Dentro de una presentación cuidada y emotiva, destacaron She’s Leaving Home, Being for the Benefit of Mr. Kite, A Day in the Life, Getting Better y la más aplaudida de todas: Within you without you. Para una persona de mi generación, esto último es un logro mayúsculo, pues esa melodía india de Harrison fue, en sus comienzos, la que todos decíamos apreciar pero que era normalmente omitida en las audiciones que hacíamos del disco. Así es que no sólo se trata de haber recreado magistralmente la más difícil de las canciones de Sgt. Pepper’s, con sitar, tabla, guitarra, cello y teclado, sino de haberlo hecho conquistando el oído y el corazón de los asistentes de todas las edades. Y quienes lo hicieron tienen entre 23 y 30 años. Así se busca el Bello Sino.

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Monday, July 16, 2007

Musicales II: en el teatro

En Londres hay unas sesenta salas de teatro listadas en el Official London Theater Guide, folleto que Usted puede conseguir en casi todos los lugares públicos. Buena parte de las que exhiben obras musicales muestran su espacio interior distribuido como nuestro Teatro Municipal de Santiago: una platea y tres o cuatro pisos superiores, aunque normalmente son de mayor altura. Como se esperaría, los precios de los asientos bajan con la altura y con la distancia a las primeras filas, salvo en aquellos cercanos al escenario en platea. Antes de que lo pregunte, le adelanto que sí he estado sentado en la última fila del último piso; el musical se llamaba 42nd Street.

 

El primer musical que vi fue Evita, de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice, el año 1982. Mi ubicación era en primera fila del piso más alto (upper circle); buena ubicación. Ignorante de la prohibición de hacerlo, durante el intermedio saqué fotos del telón representando al general Perón y unos cañones, ante el regocijo y orgullo de mis bonachones vecinos ingleses. “El teatro inglés es el mejor”, me dijeron, sin que yo me atreviera a preguntar qué teatros de otros países conocían. Pasaron trece años para que volviera a ver un musical de Lloyd Weber, Sunset Boulevard, al que asistí motivado por la presencia de Petula Clark en el papel principal (sí, la de Downtown y tantos otras estupendas canciones de los sesenta). Entre el 96 y el 98 me deleité con otras del mismo autor: By Jeeves, Cats, las nuevas versiones de Jesuschrist Superstar y Starlight Express – con trenes representados por actores en patines – y El Fantasma de la Ópera. Me sorprendió ver espectadores sentados tras el escenario – es decir, frente a mi – en Jesucristo Superestrella, casi como actores pasivos. Tiempo después usé ese tipo de asientos (muy baratos) sólo para descubrir lo ingrato que es ver a los actores de espalda.

 

Hay un tipo de musical que provoca grandes y entusiastas audiencias: aquellos que recrean con precisión un gran número de canciones populares en décadas pasadas. A pesar de la descripción de la obra como “shoddy” (que significa “vulgarmente pretenciosa”; aquí diríamos cebollenta) en Time Out, la principal revista de espectáculos y referencia obligada para ellos, llegamos con un amigo a ver Ferry ‘cross the Mersey. Allí se mostraba la música del Merseyside en Liverpool durante el surgimiento de Los Beatles, usando como excusa la vida de Gerry and the Pacemakers, engalanada con la presencia del vocalista Gerry Marsden como narrador en el escenario, cuya bendición a John Lennon abriendo los brazos y con los ojos blancos en dirección al techo resultó inolvidablemente “shoddy”. Sin embargo, nos cantamos todas las canciones conocidas, de pie y junto a un público delirante. Vi varios musicales como ese: Smokey Joe’s Café (las canciones de Lieber y Stoller), Only the Lonely (las de Roy Orbison) o Elvis, The Musical. Pero no todos eran sólo la música; buenos montajes resultaron Buddy (la vida de Buddy Holly, que vi y gocé en el Victoria Palace después de una carrera desenfrenada para no llegar tarde y comprar mi entrada barata en 1994) y Great Balls of Fire con la vida y canciones de Jerry Lee Lewis.

 

Las entradas a estos espectáculos son caras, entre 15 y 60 libras*, aunque comparables a los precios de espectáculos en nuestra capital. Hay trucos para hacerlas más soportables, como el de verificar horas y días en que las entradas son más baratas, incluyendo los previews (es decir, presentaciones antes del estreno, un riesgo que a veces vale la pena). Ojo, que las oficinas de ventas rebajadas normalmente tienen sólo las más caras (plateas o stalls). Mejor ir directamente a las ventanillas del teatro. Una querida amiga me invita siempre a buenos asientos; así vi The Producers o Tommy (la ópera rock de The Who). Pero a veces me relajo y subo de pelo, como en Mamma Mia, el muy logrado musical con las canciones de Abba.

 

Los musicales y el teatro londinense en general son no sólo un espectáculo; son también un ambiente y una cultura que trasciende el precio del asiento. Como aquella vez en que, al mostrar mi ticket camino a lo más alto del teatro, el muchacho que los revisaba me dijo que debía dejar mi cámara fotográfica en custodia. Al ver mi rostro con pocas ganas de hacerlo, me dijo: “veo que preferiría llevarla consigo”. Ante mi respuesta afirmativa me preguntó, impertérrito: “¿Promete Usted no tomar fotografías?” Acepté y, debo confesarlo, no tomé fotografía alguna. Es que el muchacho confió en mi, así es que me pareció un aliado en la búsqueda del Bello Sino.

* Una libra son mil pesos, aproximadamente.

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Sunday, July 8, 2007

Musicales I: el cine

Tengo debilidad por los musicales en el cine. Sin embargo, no son muchos los que me han causado una impresión duradera. Recuerdo vívidamente a Elvis en Viva Las Vegas. Si bien Presley era un pésimo actor, probablemente la nitidez de mi imagen se debe a las piernas de Ann Margret en la estupenda primera toma que muestra al cantante mirándolas al salir desde abajo de un auto que estaba reparando; bueno, concedo que yo tenía 13 años, pero esa piernas me siguen emocionando hasta hoy. En lo musical, la canción del título está muy bien lograda y la versión que Elvis hace de What’d I Say no palidece frente a la original de Ray Charles.

 

Como a muchos, la música de La Novicia Rebelde (The Sound of Music, su título original) me dejó simplemente maravillado y no me decepciona cada vez que vuelvo a verla y escucharla. Interesante fenómeno, pues ha sido una conquista eterna, comenzando por la instantánea atracción juvenil por temas como Do-Re-Mi y My Favourite Things, para seguir más adelante con María y Edelweiss; ya más mayorcito pude apreciar mejor Something Good, pues para entonces ya había aceptado que el capitán sedujera a mi amada Julie Andrews bajo una pérgola en medio de la lluvia. Es el único film musical que he visto más veces que A Hard Day’s Night, de Los Beatles.

 

Se han puesto de moda las películas musicales biográficas. Las vidas de los reyes del rockabilly Buddy Holly (Buddy) y Jerry Lee Lewis (Great Balls of Fire, título que no tiene relación con sus cinco matrimonios) mostraron lo que marcaría la tónica argumental de tales films: una sucesión de los eventos más importantes de sus vidas, tal como aparecen en las biografías de las enciclopedias. Desde este punto de vista, son más un recuento sintético de sus usualmente trágicas vidas que una inmersión seria en ellas. Igual cosa ocurre con la vida de Patsy Cline (Sweet Dreams), Ray Charles (Ray) o Johnny Cash (Walk the Line). Sin embargo, la recreación de momentos musicales sublimes supera cualquier limitación fílmica, lo que me hace terminar sentado en una butaca gozando la grabación de Crazy  por Cline, la improvisación creativa de Charles en What’d I Say o el piano aporreado por Lewis en Whole Lotta Shakin’ Going on.

 

Aún no se estrena en Chile La Môme, biografía francesa de Edith Piaf. De su banda sonora les he mostrado en Bello Sino la versión que Piaf hiciera de Que Nadie Sepa mi Sufrir, del argentino Angel Cabral (más conocida como Amor de mis Amores). Piaf es figura de culto masivo en París, ciudad en la que he asistido a dos exposiciones dedicadas a su vida y obra (no deja de ser curioso que lo que más recuerdo de ellas sea la imagen de una pequeña cafetera italiana en la recreación de su camerino en la muestra que se hizo en el Forum de Les Halles hace unos veinticinco años). Según la crítica extranjera, la película no escaparía al esquema antes descrito pero, una vez más, allí estaré, dispuesto a seguir los 140 minutos de imágenes para emocionarme con las interpretaciones remasterizadas, llegar a mi casa y volver a escuchar el CD.

 

Es que la música me emociona y me asombra. Y entre tantas, pero tantas canciones, siempre habrá esas cuyas letras o melodías me llegarán más y que me harán sentir que un Bello Sino es posible.

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Monday, July 2, 2007

La política revelada de las decisiones tecnológicas

En su Tropicalia 2 junto a Gilberto Gil, Caetano Veloso canta “Las cosas tienen peso, masa, volumen, tamaño, tiempo, forma, color, posición, textura, duración, densidad, valor, consistencia, profundidad, contorno, temperatura, función, apariencia, precio, destino, edad, sentido; las cosas no tienen paz.” Y debo agregar que también tienen política.

 

Hace muchos años, digamos veintisiete, llegó a mis manos un artículo titulado “¿Tienen política los artefactos?”* En él su autor mostraba la relación entre las opciones tecnológicas y las políticas, lo que ilustraba presentando las características de diseño de ciertas obras de infraestructura – puentes en su ejemplo – cuya altura no permitía el acceso de vehículos usados por gente pobre a zonas más afluentes. Creo que en el Chile de hoy estamos siendo testigos de una brutal relación entre los artefactos y las opciones políticas.

 

Cuando se optó por hacer de las autopistas un bien que pudiesen comprar quienes pudiesen pagarlas, se optó simultáneamente por ponerlas al servicio de aquellas zonas donde coexiste la mayor tasa de motorización y el mayor ingreso: el sector oriente. Así, quienes allí viven hoy tienen acceso expedito al aeropuerto mediante la costanera norte (que ya lleva más de 300 millones de dólares de subsidio). Cuando se optó por la misma política con el transporte público de superficie, usado masivamente por los sectores de menor ingreso, el sistema se diseñó para que el número de buses fuese financiado con la tarifa entonces existente; por eso resultó tan bajo. Tras las modernas carreteras y los atochados buses, tras esas cosas, esos artefactos, está la ideología de un sistema que discrimina por dinero. Es cierto que eso también ha ocurrido en la educación y la salud, pero en estos artefactos es más visible físicamente, aunque los usuarios de autopistas y los de buses atochados no se vean entre si. Le hago notar todo esto aún sin considerar ni el pecado urbano que tales diseños comportan, como lo que se pretende hacer al partir las comunas de Ñuñoa y La Reina mediante una autopista elevada, ni el pecado de movilidad, ya que tales autopistas no solucionan la congestión, creciendo eternamente a expensas del espacio urbano como se ha visto en Ciudad de México y en tantas otras partes.

 

Hay quienes critican el uso de las matemáticas para enfrentar el problema de diseño de un sistema de transporte público. Como he mostrado aquí, el problema no son los modelos matemáticos sino el objetivo que se buscaba alcanzar con ellos. Y ese objetivo es político. Nuestro objetivo, por supuesto, es encontrar un bello sino.

 

* “Do Artifacts Have Politics?”, por Langdon Winner. Daedalus, Vol. 109, No. 1, Winter 1980. También en The Social Shaping of Technology, compilado por Donald A. MacKenzie y Judy Wajcman (London: Open University Press, 1985; segunda edición 1999). Winner es un prestigioso cientista social; fue colaborador de la revista Rolling Stone en los 60s y 70s.

 

 

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