El tiempo no lo cura
Que me perdonen las auditoras, pero una de las formas que me resulta más sencilla para ubicar las distintas canciones en el tiempo es asociándolas con alguna mujer, normalmente una polola. Por eso, y sin más indagación, creo que Recuerdos de Verano es de 1963, Debería Habérmelo Imaginado del 64, Crimson and Clover del 69, Lay Lady Lay del 71 y Morning has Broken del 72. Pero esta asociación puede extrapolarse hacia otro tipo de hitos en la vida de cada cual.
Desde 1991 la música de La Pera Madura me ha acompañado como característica de mis programas de radio: Con los Ojos del Sesenta, hasta el 2000, y Bello Sino hasta hoy. Si bien la versión original es italiana, la canción fue popularizada en Chile a comienzo de los sesenta por Sergio Inostroza, quien acaba de fallecer en Suecia. Aunque no lo conocí personalmente, sus grabaciones han estado presentes en muchas etapas de mi vida, como probablemente ha ocurrido a muchas otras personas con estas u otras músicas. Su versión de El Pullover Mágico para mi tiene color (blanco), textura (angora) y forma juvenil (sin comentarios). Fue la misma Pera Madura la que me ayudó en los primeros devaneos con la guitarra, aunque la tocaba con tres posturas, forzando la parte central de la canción a ceñirse no muy adecuadamente al La, Re y Mi que utilizaba – entusiasta y decidido – en prácticamente todas las interpretaciones de la música de la época. Siguiendo la misma receta, recibí con entusiasmo El Twist del Tren, cuyo primer acorde se usa en prácticamente todo el primer verso, sin cambiar; recuerdo nítidamente la interpretación de ella que hicimos con mis hermanas en el salón de actos de la parroquia Santa Marta, en Ñuñoa.
¿Se habrá enterado Sergio Inostroza de la conversión del estribillo de su madura pera en un alegre grito de guerra durante la dictadura? Imagínese lo inocente de la letra que comienza con un llamado a superar un traspiés amoroso pues “El tiempo es el que todo cura, borrando penas y amarguras…”, lo que se supone ocurriría con “la pera madura que pronto, pronto ha de caer” y que nos haría “olvidar mi sed con su tersura y el aroma que da su piel”. Pero la sensual asociación entre fruta y mujer fue transformada para rematar con un coro que cantábamos con toda intención sesentista: “Y caerá, caerá, caerá al pensar tal vez, ay, ay, en el amor”. Las circunstancias se dieron para que la alegre canción de renovada conquista juvenil se convirtiera en esperanza de la generación de los ochenta.
Y así es que un intérprete que no conocí, puro pop de nuestros años sesenta, pasó a formar parte de la vida de varias generaciones. Más allá de aquella década en que pensamos que todo era posible, de las décadas en que nos defendimos como pudimos, y de esta década en que se han asentado las bases de la úlcera colectiva, estamos buscando las señales positivas pues sabemos que el tiempo no lo cura todo y que el futuro depende de nuestra efectividad para reencontrarnos con la esperanza de un Bello Sino.