Sunday, November 25, 2007

Autoayuda

Revisé las cifras del número de buses para Transantiago. Cinco años atrás se habló de 6500, durante el 2006 quienes diseñaron el sistema plantearon que eran necesarios 5500, en Febrero – cuando partió – apuntaron a algo más de 4000 y hoy se plantea nuevamente 6500. Después de pensármelo mucho, decidí acudir al Profesor Sergio Jara, investigador de la U, Ingeniero, Doctor del MIT. Me dice que – en términos sencillos – diseñar en estos caso significa encontrar una estructura de recorridos de las líneas, las frecuencias de servicio en cada una de ellas, y los tamaños de bus. Y estas cosas tan importantes dependen de la manera en que son considerados los recursos que aportan los operadores y los que aportamos nosotros los usuarios: nuestro tiempo. Lleva varios años haciendo notar que es un error mayúsculo considerar sólo los primeros en desmedro de los segundos, ya que se ha demostrado rigurosamente que la correcta consideración de ambos tipo de recursos conduce a diseños muy distintos del que actualmente observamos, que presenta muchos trasbordos, bajas frecuencias de servicio y buses de gran tamaño, redundando en esperas y tasas de ocupación simplemente insoportables.
 
En lo substancial el diseño actual se realizó bajo una condición impuesta exógenamente desde la administración de las arcas fiscales: la tarifa que resultase debería ser pagada por los usuarios y cubrir los costos de los operadores, la vialidad necesaria y parte de la inversión en Metro. Tal restricción equivale –según Jara - a reducir prácticamente a cero la importancia del tiempo de los usuarios en el diseño del sistema de transporte público de superficie, generando una flota de buses mucho más pequeña que la óptima. Ahí estaría, según él, la causa primera del desastre. Me da un ejemplo: 1000 pasajeros por hora pueden ser llevados en 5 buses de 200 pasajeros, 10 buses de 100 o 20 buses por hora de 50 pasajeros. Si bien el primero es más barato y él último más caro, el servicio a los usuarios será mejor con el último pues los tiempos de espera serán menores. Lo que se ahorra en buses se paga en tiempo. Y algo similar ocurre con los recorridos basados en mucho trasbordo. Agrega que, por sus características técnicas, el diseño adecuado requiere de subsidios por pasajero perfectamente calculables. Si no se contemplan, resulta lo que resultó. Si bien hay responsables directos, los principales son los que impusieron la restricción presupuestaria, pues eso incide directa y perversamente sobre la malla de recorridos, frecuencias, tamaños de bus.
 
De esta forma, el requisito de autofinanciamiento – el poder de los votos monetarios – ha generado los dos grandes errores en la concepción de un sistema de transporte para Santiago: la fastuosa inversión en autopistas para los automóviles y el diseño inadecuado del transporte público de superficie. Jara me sugirió leer La carretera delante de los bueyes en el Anuario de Chile 2005  (http://www.ingcivil.uchile.cl/images/ingtranporte/anuariou2004.pdf), uno de los varios artículos en que advierte por escrito de la contradicción entre los objetivos y el diseño del sistema. Dijo también que, durante el reciente Congreso Chileno de Ingeniería de Transporte, participó en un foro panel - vedado a la prensa por los organizadores - donde el ex ministro y ex coordinador del plan, Germán Correa, planteó de manera tajante que, si las restricciones institucionales o financieras inducían un diseño inadecuado, era deber de los técnicos señalarlo insistentemente y renunciar si no son oídos. Cree Jara que hay una segunda oportunidad para aplicar tan sano consejo: buscando el diseño que considere a usuarios y operadores SIN restricción financiera, calculando los subsidios necesarios, y usando ese diseño – que resultará con menos trasbordos y mayores frecuencias - como nuevo punto de partida. La transparencia del conflicto entre fondos fiscales y calidad de vida será entonces evidente, induciendo un acuerdo inteligente o pagando las consecuencias si no se alcanza.
 
Luego que me entregara algunos detalles acerca de la censura de la que ha sido objeto durante estos años en diarios y radios (entrevistas suspendidas por órdenes superiores, por ejemplo), me permití hacer una pregunta íntima a mi entrevistado. “Me han dicho que tiene un programa de radio”, le dije. “Efectivamente; soy el creador, productor y conductor del programa Bello Sino en la Radio de la Universidad de Chile, todos los miércoles de 20 a 21 horas”. Perplejo le hice notar que ese era mi programa. “Argos Jeria, Sergio Jara, qué más da”, me contestó con un guiño. La búsqueda del Bello Sino está llena de sorpresivos reflejos y espejismos.
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Monday, November 19, 2007

Música Terapia

Cuántas amigas jóvenes se sintieron representadas por Bridget Jones, el personaje de Helen Fielding que, en su versión literaria y cinematográfica, lucha por no subir de peso, se siente siempre insegura en su relación con los hombres, mira televisión y se sirve una copa de vino para no sentirse sola. Como todo se presenta en tono de comedia las imágenes lucen menos dramáticas que las que veríamos si pudiésemos observar a las verdaderas Bridgets por el ojo de la cerradura. Pero Bridget y mis amigas tienen una forma adicional de alivianar la angustia que, en ocasiones, parece menos embarazosa que tomar helados desde la caja misma: cantar desaforadamente aquellas canciones que representan justo lo que sus anónimas intérpretes están sintiendo. O escuchar las letras atentamente muchas, muchas veces, como hicieron las hoy no tan jóvenes con las canciones de Silvio. Pero esto no es privativo de las chicas. Nosotros también lo hacemos de diversas formas.

La guitarra me acompañó desde los doce años; antes de eso fueron las melodías más que las letras las que me protegían, surgiendo del tocadiscos de mis padres o de mi pequeña radio de velador. La melodía de Cuando tú me quieras en versión de Raúl Show Moreno se daba de la mano del Cascanueces de Tchaikowsky y de Cheek to Cheek cantada por Eddie Fisher. Pero la guitarra me permitió apropiarme de las letras temporalmente hasta que empecé a construir mis propias canciones. Ese proceso me acercó a las niñas de los cursos inferiores en el colegio, me ayudó más adelante a ordenar mis ideas y mis sentimientos cuando razones familiares se llevaron a mi novia juvenil al hemisferio norte, y también fue fundamental en la conquista de mi mujer. Mis canciones son mi biografía.

Sé lo que piensa: que lo que le cuento no tiene nada que ver con el uso de la música para calmarse o sentirse acompañado. Pues bien, he descubierto que, cuando las cosas andan flojas, cuando no hay buenas señales, cuando la guardia emocional está baja, enchufar la Fender Stratocaster y acompañar o liderar a los Kinks, los Eagles, los Rolling Stones o los Beatles me reconcilia conmigo y me aclara las cosas. Dependiendo de la pena, la guitarra acústica también permite echar fuera algún sentimiento que parece más colectivo cuando la canción es conocida; además se puede cantar en público y nadie se entera, creo.

Vaya ¿Será por las razones malamente esbozadas en esta crónica que la estructura del programa me resulta tan cómoda? Porque, al igual que algunas oyentes, normalmente canto toda la música que pongo al aire, incluso haciendo segundas voces. Tarareando, cantando, silbando o tocando la guitarra, el Bello Sino se percibe más cerca.

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Monday, November 12, 2007

Animales Asociales

El historiador inglés Eric Hobsbawm identifica tres aspectos que distinguen cualitativamente el mundo de finales del siglo XX de aquel de sus comienzos: el fin del eurocentrismo, el planeta como unidad operativa económica, y la desintegración de las pautas de relaciones sociales, lo que Hobsbawm sintetiza como el reinado “de un individualismo asocial absoluto”. Hago notar que sólo esto último está planteado directamente en el terreno del comportamiento humano, y lo conduce a caracterizar la sociedad contemporánea como “constituida por un conjunto de individuos egocéntricos completamente desconectados entre si y que persiguen tan sólo su propia gratificación”. Si bien el término no es preciso, pues la propia gratificación bien podría incorporar el bienestar del prójimo, es evidente que el autor se refiere a la no consideración de nuestros semejantes al decidir nuestras acciones.

Un reciente artículo en un prestigioso periódico norteamericano me recordó el tercer punto de la trilogía. Se hablaba allí del molesto efecto que provocan aquellos usuarios de teléfonos celulares que lo utilizan de manera estentórea en momentos o lugares inapropiados, ante lo cual ha aparecido la reacción de otros individuos que operan unos aparatos – “jammers” o bloqueadores - que impiden la conversación de los primeros en un espacio cercano a ellos. Se planteaba en el artículo que tanto los molestosos como quienes los interferían compartían una característica común: la absoluta falta de consideración por los derechos de los demás. Los primeros por intervenir el espacio ciudadano con ruidos molestos y los segundos por decidir unilateralmente qué es molesto y qué no lo es, actuando como juez, parte y ejecutor. No deseo aquí discutir si hay responsabilidades principales y secundarias o acción y reacción. Sólo quiero mostrar que participamos en este tipo decisiones que afectan el bienestar de los demás mucho más frecuentemente de lo que creemos.

Déjeme enumerar algunas situaciones comunes. Un vecino anónimo deja comida a los perros vagos frente a una casa que no es la de él o ella, lo que crea reflejos condicionados en los animalitos, apareciendo en grupos cada vez mayores frente a esa casa con las consecuencias previsibles. El generoso conductor, con las ventanas del coche abiertas completamente y el volumen de su equipo a tope, hace escuchar a peatones y a otros conductores el reggaetón de moda o el ritmo tecno, les guste o no. El espectador en el cine presiona continuamente el respaldo del asiento de adelante al descansar los pies sobre el. La chica fuma en el espacio cerrado del restaurante. El peatón arroja el envoltorio de su helado al suelo. Alguien tira el pañal desechable usado sobre los arbustos a la vera del camino. Los ejemplos son miles. Lo notable es que en todos ellos es posible realizar la acción sin provocar mayores daños al prójimo: atendiendo a los animales en la propia casa; gozando de la música con quienes deseen hacerlo; cruzando las piernas en el cine considerando el espacio disponible; fumando en espacios abiertos; dejando la basura en los basureros, y así.

Las fuentes del carácter asocial del comportamiento dominante no son evidentes. Probablemente son las mismas que nos influyen sobre nuestra percepción de país: si nadie se preocupa de nosotros, por qué habríamos de preocuparnos de los demás. Parece un problema personal pero es social o, más bien, de la ausencia de lo social. Y esa actitud termina por invadir las decisiones que afectan lo colectivo: se aumentan los límites de velocidad, se destruye el espacio urbano, se hace inestable el trabajo, se permite la venta de grados académicos, se construyen autopistas y se dificulta la búsqueda del Bello Sino.

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Tuesday, November 6, 2007

Educación de Bolsillo (26 Marzo, 2007)

Hace más de diez años advertí acerca del peligro de la conversión de los estudiantes en clientes, previendo la reducción de las exigencias en las carreras universitarias, tanto en contenido como en duración y calificación*.  En un  reciente artículo en la prensa norteamericana se describe los problemas detectados en la universidad privada que más altas ganancias genera a sus inversionistas. Su principal “clientela” son trabajadores a medio camino en sus carreras, que desean obtener un grado universitario. Educadores, estudiantes y ex administradores sostienen que la búsqueda incesante de ganancias ha erosionado la calidad académica.

La enseñanza en este centro de estudios descansa mayoritariamente en profesores de jornada parcial, mucho más que la mayoría de las instituciones comparables, y los programas de estudio toman la mitad del tiempo que en las universidades tradicionales. Gran parte de los profesores tiene otros trabajos diurnos de jornada completa. Un curso contempla entre 20 y 24 horas de clases – muy inferior a las 40 que caracterizan a las universidades tradicionales – y se estimula el “trabajo grupal” como forma de suplir las horas faltantes. También se ha introducido el engaño con los grados declarados por los profesores; uno de ellos, de muy poca dedicación y campeón del “trabajo en equipo”, declaraba tener un Doctorado inexistente. El entusiasmo de los estudiantes al ingresar a un programa que les promete formarlos de manera rápida se va desvaneciendo con el tiempo, ya que perciben que, aunque obtienen buenas notas por sus ensayos escritos, no reciben retroalimentación alguna por su contenido ¿Dónde dijo que ocurría?

Uno de los problemas más complicados con los programas de educación post secundaria cuyo principal objetivo es la ganancia es justamente el encuentro entre la esperanza y entusiasmo de los estudiantes y la ignorancia acerca de los resultados que se verán mucho tiempo después, lo que posibilita la liviandad y el engaño. Más aún, la decepción que se produce en quienes detectan el truco no siempre se traduce en la denuncia del mismo, ya que ello conspira contra la imagen de la formación recibida a la que se ha dedicado tiempo y dinero. De ahí que la tradición juegue un papel no menor en la confianza de los alumnos y en los frutos obtenidos.

Hoy que se van conociendo los resultados de lo que llamamos “los exámenes de Marzo”** de nuestro país en materias educacionales, en la pequeña corrupción de los títulos inexistentes y en el transporte urbano, que se va dejando al descubierto la distancia entre lo dicho y lo hecho y que se sigue minando la esperanza en un futuro mejor, no baje la guardia. Sigamos buscando el Bello Sino, aunque nos censuren, aunque intenten aislarnos. 

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*Ver “Buenos días, Señores clientes”, reproducido en Buscando el Bello Sino, Ediciones Radio Universidad de Chile, 2006.
**Ver “Exámenes de Marzo” (28 de Enero de 2007) en www.bellosino.blog.com

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Monday, November 5, 2007

Guías Nativos

En las películas de aventuras, ocurran ellas en África, en el lejano oeste norteamericano o en nuestra América morena, los exploradores, conquistadores o como se les llame siempre buscan la ayuda de una guía nativo que conoce tanto el terreno como la geografía humana de la región. El guía les facilitará el recorrido, ayudándoles a elegir el camino adecuado, a evitar peligros y a encontrar alimento, basándose en su conocimiento de la zona. Si bien algo semejante hacen los guías turísticos en las ciudades que nos son desconocidas, nada es tan bueno, tan efectivo para conocer un lugar íntimamente como algún conocido cariñoso y afín a nuestros hábitos y costumbres, a nuestro estilo de vida. No se trata sólo de conocer lugares interesantes; la búsqueda de alojamiento y, en particular, de lugares de comida se facilita enormemente.

Si no hubiese sido por Pedro y Javiera, estudiantes en París, jamás habríamos dado con el restaurante Chez Gladine, situado en una calle del barrio 13, relativamente escondida a los turistas pero muy frecuentada por jóvenes estudiantes. El lugar es lo que llamaríamos aquí una picada, bueno y barato. Lo interesante es que se haya en un sitio donde hay muchos otros restaurantes, pero este es el único que muestra un grupo permanente de jóvenes que esperan en la vereda sirviéndose un vaso de vino que han adquirido al dar su nombre en el bar para ser considerados en la lista de espera. En el Chez Gladine se sirve comida vasco-francesa y, de los platos que hemos probado, sobresalen el magret de pato y las ensaladas de hígado de ave y de mollejas, servidas en unos recipientes hondos de metal y muy abundantes. Las mesas son compartidas y el ambiente es de todo mi agrado, sencillo y bullicioso, haciendo de cada visita una experiencia culinaria y sociológica interesante.

Tampoco hubiésemos llegado al restaurante chino cuyo nombre no recuerdo en el barrio ídem de San Francisco (California) si no nos hubiesen llevado allí Jani y Antonio, jóvenes chilenos residentes en la zona. Luego que el dueño nos pasara la carta y decidiésemos una combinación de platos para probar una mayor variedad, nos sorprendió que, al tomar nuestro pedido, el amable y oriental señor procediera a anotar las sugerencias que él mismo dictaba, sonriente pero firme, haciendo caso omiso de nuestras elecciones. Nuestros amigos nos revelaron que siempre ocurría lo mismo, pero que la elección del dueño era invariablemente adecuada. Gracias a ellos conocimos también el lugar de trufas en el barrio italiano de la ciudad.

Pero no siempre hay conocidos en los lugares a los que uno llega sin mayor orientación. Si bien es cierto que hay guías escritas bastante confiables (la de Frommer, en su época; Lonely Planet hoy), hay un truco que jamás me ha fallado: la consulta a los dependientes en librerías y disquerías. Así, por ejemplo, en Madrid encontrará muchos lugares que ofrecen menú del día a buen precio y con bastante elección, pero siempre hay unos mejores que otros. Pues bien, el que más me ha gustado me fue recomendado por una chica que atendía consultas en la Fnac (el paraíso de los libros, CDs y DVDs, como ya le contara alguna vez); el lugar queda a pocas cuadras de Callao, en una calle adyacente a la Gran Vía. Una vez más, la larga espera para lograr mesa confirmó lo acertado del dato. El mismo truco me ha resultado en varias ciudades argentinas, norteamericanas y españolas. Notable fue el resultado en Salamanca, donde un estudiante de leyes nos orientó para llegar a la mensa de la Universidad, de acceso abierto a todos en el centro de la ciudad, pero sin señal externa que indicara su naturaleza estudiantil.

Así como hay quienes nos transmiten sus experiencias citadinas contribuyendo a hacer más agradables las visitas a lugares que no forman parte de nuestro entorno cotidiano, podemos aportar nuestro conocimiento para ayudar a quienes nos visitan. Es parte de la construcción desinteresada a la construcción del Bello Sino.

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