Guías Nativos
En las películas de aventuras, ocurran ellas en África, en el lejano oeste norteamericano o en nuestra América morena, los exploradores, conquistadores o como se les llame siempre buscan la ayuda de una guía nativo que conoce tanto el terreno como la geografía humana de la región. El guía les facilitará el recorrido, ayudándoles a elegir el camino adecuado, a evitar peligros y a encontrar alimento, basándose en su conocimiento de la zona. Si bien algo semejante hacen los guías turísticos en las ciudades que nos son desconocidas, nada es tan bueno, tan efectivo para conocer un lugar íntimamente como algún conocido cariñoso y afín a nuestros hábitos y costumbres, a nuestro estilo de vida. No se trata sólo de conocer lugares interesantes; la búsqueda de alojamiento y, en particular, de lugares de comida se facilita enormemente.
Si no hubiese sido por Pedro y Javiera, estudiantes en París, jamás habríamos dado con el restaurante Chez Gladine, situado en una calle del barrio 13, relativamente escondida a los turistas pero muy frecuentada por jóvenes estudiantes. El lugar es lo que llamaríamos aquí una picada, bueno y barato. Lo interesante es que se haya en un sitio donde hay muchos otros restaurantes, pero este es el único que muestra un grupo permanente de jóvenes que esperan en la vereda sirviéndose un vaso de vino que han adquirido al dar su nombre en el bar para ser considerados en la lista de espera. En el Chez Gladine se sirve comida vasco-francesa y, de los platos que hemos probado, sobresalen el magret de pato y las ensaladas de hígado de ave y de mollejas, servidas en unos recipientes hondos de metal y muy abundantes. Las mesas son compartidas y el ambiente es de todo mi agrado, sencillo y bullicioso, haciendo de cada visita una experiencia culinaria y sociológica interesante.
Tampoco hubiésemos llegado al restaurante chino cuyo nombre no recuerdo en el barrio ídem de San Francisco (California) si no nos hubiesen llevado allí Jani y Antonio, jóvenes chilenos residentes en la zona. Luego que el dueño nos pasara la carta y decidiésemos una combinación de platos para probar una mayor variedad, nos sorprendió que, al tomar nuestro pedido, el amable y oriental señor procediera a anotar las sugerencias que él mismo dictaba, sonriente pero firme, haciendo caso omiso de nuestras elecciones. Nuestros amigos nos revelaron que siempre ocurría lo mismo, pero que la elección del dueño era invariablemente adecuada. Gracias a ellos conocimos también el lugar de trufas en el barrio italiano de la ciudad.
Pero no siempre hay conocidos en los lugares a los que uno llega sin mayor orientación. Si bien es cierto que hay guías escritas bastante confiables (la de Frommer, en su época; Lonely Planet hoy), hay un truco que jamás me ha fallado: la consulta a los dependientes en librerías y disquerías. Así, por ejemplo, en Madrid encontrará muchos lugares que ofrecen menú del día a buen precio y con bastante elección, pero siempre hay unos mejores que otros. Pues bien, el que más me ha gustado me fue recomendado por una chica que atendía consultas en la Fnac (el paraíso de los libros, CDs y DVDs, como ya le contara alguna vez); el lugar queda a pocas cuadras de Callao, en una calle adyacente a la Gran Vía. Una vez más, la larga espera para lograr mesa confirmó lo acertado del dato. El mismo truco me ha resultado en varias ciudades argentinas, norteamericanas y españolas. Notable fue el resultado en Salamanca, donde un estudiante de leyes nos orientó para llegar a la mensa de la Universidad, de acceso abierto a todos en el centro de la ciudad, pero sin señal externa que indicara su naturaleza estudiantil.
Así como hay quienes nos transmiten sus experiencias citadinas contribuyendo a hacer más agradables las visitas a lugares que no forman parte de nuestro entorno cotidiano, podemos aportar nuestro conocimiento para ayudar a quienes nos visitan. Es parte de la construcción desinteresada a la construcción del Bello Sino.
Querido Ersigo, es una pena que no recordaras dónde aprendiste a tomar un buen fino de Jerez.
Saludos,
Opol
Querido Loop: el comienzo de mi verdadero aprecio por el jerez fue comentado en un programa hace un tiempo atrás. Fue un gitanillo llamado Lopo quien me describió la forma en que el brebaje aquel despertaba mis papilas gustativas dejándolas ávidas de calamares, lubinas y jamón serrano.
Y ha surtido efecto permanente.
Saludos,
Argos.
Hola!!! necesito mayor información sobre Chez Gladine…busco a mis familiares europeos especialmente de Belgica, Francia