Ni lo uno ni lo otro
Debo haber tenido unos seis años cuando mi hermana – un año menor – descubrió mi terror y asco a las cucarachas. Me perseguía con una de ellas colgando de su manita, tomada por las antenas. Luego inventaría el juego de hacerme elegir entre alternativas para mi asquerosas – comerme una barata o una araña – o desagradables – apretarme un dedo en una puerta o caerme de una escalera. En algún momento el juego fue superado por la razón y dejé de sopesar los pro y contra de cada posible evento pues, evidentemente, no tenía por qué elegir entre lo uno o lo otro.
Lo que alguna vez fue un juego de niños parece haberse convertido hoy en truco de adultos. No es infrecuente que, ante la denuncia de lo alienante e inequitativo de nuestro estilo de desarrollo, reciba como comentario que estamos mucho mejor que durante la dictadura. Como si las alternativas fuesen esto o aquello, como si debiese elegir entre la angustia represiva o la ocasionada por la inestabilidad laboral. Dado que hoy la persecución por las ideas es mucho más moderada, me insinúan que debería yo aceptar con resignación y hasta – tal vez – agradecimiento, las políticas actuales en servicios tan fundamentales como la salud, la educación y el transporte, basadas en el poder adquisitivo de la población, creando dos mundos sin intersecciones ¿Desde cuándo debo elegir entre una metralleta en la espalda o un lugar en el hospital siquiátrico?
Durante este año que termina hemos tenido otra muestra dramática de esta forma dominante de razonar: la “opción” entre un servicio con bajas frecuencias, grandes buses y mucho trasbordo, o las viejas y peligrosas micros amarillas. Como si no fuese posible un servicio moderno, bien diseñado, cómodo y eficiente, real alternativa al uso del automóvil. Pero claro, tal servicio requiere de subsidios bien calculados que van de la mano de un sistema de transporte público que poco tiene que ver con el de las micros amarillas o el desastroso Transantiago. Y eso no es posible en el reino de los votos monetarios.
Por eso los quiero a invitar a no aceptar esas falsa alternativas. No tenemos por qué elegir entre la dictadura de las armas y la dictadura del dinero. Deseo a todos ustedes un 2008 en que la búsqueda del Bello Sino se convierta en una nueva opción, libertaria y cariñosa, en todas las dimensiones de nuestra vida en sociedad.