Monday, January 28, 2008

Palabras

El programa que uso para transcribir estas crónicas tiene una herramienta que me permite saber cuantas palabras he ocupado. Por eso sé que una página con cierta tipo de letra de cierto tamaño son aproximadamente 550 palabras, o que una línea contiene unas catorce palabras. Cuando la longitud de un artículo está limitada por razones de espacio,  estamos obligados a medir lo que decimos (en longitud, claro, no en contenido). No ocurre lo mismo con la palabra hablada, donde las intervenciones se miden en tiempo; no tengo ni la mas remota idea de cuántas palabras uso en una emisión de Bello Sino – demasiadas, me dicen algunos – y menos sé cuántas uso en un día. Pero leí un artículo de prensa que sintetizaba las mediciones que se hicieron a dos muestras de estudiantes norteamericanos y mexicanos de ambos sexos. El promedio resultó de 16.000 palabras por día, con las mujeres unas 500 palabras promedio sobre los hombres, aunque éstos incluían al más parlanchín (47.500 palabras diarias) y al más parco (500). Hago notar que se han reportado diferencias mayores entre hombres y mujeres. Puesto de otra manera, en la muestra indicada el promedio habla el equivalente a unas 30 crónicas. Me pareció poco ¿Cómo será si se incluye las comunicaciones por Internet?

Me acordé de estas estadísticas cuando tuve que esperar a una amiga en un centro comercial mientras ella miraba las ofertas de fin de verano. Como contrapunto, se me ocurrió que conversar, leer y escuchar música popular son actividades que tienen a la palabra como centro, que comunican y abren horizontes; son actividades que, bien cultivadas, significan entretenimiento para siempre, barato y humano. Así como la conversación es normalmente impredecible, tomando giros inesperados o recomenzando con nuevos bríos desde nuevos ángulos, la lectura trae más lectura y la música más música. Si un autor nos gusta leemos más de sus libros; si un grupo o solista nos entusiasma por sus letras o estilo buscamos a quienes lo inspiraron y sobre quienes influyó. Y terminamos dedicados a largas tertulias, leyendo todos los libros de Camilleri y escuchando la música de aquellos que cultivaron o cultivan el sonido Beatle, sólo por dar unos pocos ejemplos.

Pero – claro – las actividades que descansan en el uso de las palabras requieren de asignación de tiempo y, por lo tanto, compiten con otras actividades, como la de pasearse en el centro comercial, por ejemplo. O ver TV. Creo que la conversación, la música y la literatura nos ayudan a des-alienarnos, y nos hace encontrar aliados a veces inesperados. La vecina de casa, de oficina o de viaje en bus que conversa con nosotros compartiendo sus opiniones, podría ser perfectamente calificada de anti-sistémica al fomentar una actividad no productiva e ineficiente. También hay aliados conocidos, como Albert Camus quien escribió hace más de sesenta años que “nuestro cometido de hombres estriba en hallar aquellas fórmulas capaces de apaciguar la angustia infinita de las almas libres.”…“Tenemos que hacer que vuelva a adquirir significación la felicidad para los pueblos envenenados por la infelicidad del siglo. Por cierto que se trata de un cometido sobrehumano. Pero el caso es que se llaman sobrehumanas aquellas tareas que los hombres cumplen en muy largo tiempo.”

Debemos volver a reconocer que es más importante la libertad de hablar y leer, de discutir y discrepar, que la de comprar. Eso es esencial en el camino al Bello Sino.

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Monday, January 21, 2008

¿Cómo nos cambia la vida?

“Ese tipo que va al club de golf, si lo hubieras visto ayer,
dando gritos de Yankee go home, coreando slogans de Fidel.
Hoy tiene un adoquín, en su despacho, del muro de Berlín.”
Joaquín Sabina.

 

Si el entorno social va moldeando nuestras actitudes y opiniones, si la existencia es la madre de la conciencia, es probable que pasar de empleado a empresario, de San Miguel a Las Condes o de activista a emprendedor* - cosas tan inocentes como pasar de peatón a conductor - influya a muchos mediante variados mecanismos: la necesidad de aumentar la distancia entre ingresos (los propios) y costos (incluyendo el salario de los demás), el deseo de mimetizarse con los nuevos vecinos imitando su patrón de consumo, o las ganas de reemplazar los valores ambientales por los de la bolsa de comercio. Tales cambios, usualmente paulatinos, suelen ser justificados por quienes los experimentan mediante comparaciones con aquellos que no los exhiben, quienes serían estáticos, anticuados, poco ambiciosos o – en los casos más agresivos de auto justificación – retrógrados.

 

El tipo de cambio antes descrito probablemente es el más evidente ya que es aquel que, por decirlo de alguna manera, significa un viraje en ciento ochenta grados en las opiniones, preferencias o estilo de vida. Aquel que va de blanco a negro o de caliente a frío, el que induce a la quema de lo adorado (el pensamiento de tal o cual filósofo, la revolución socialista, la planificación) lo cual sugiere liviandad en los argumentos que sustentaban tal adoración ¿Significa esto que quienes siguen viviendo en el mismo barrio o laboran en la misma pega no cambian? Me refiero a quienes lo hacen como opción de vida, es decir, aquellos que podrían emigrar hacia otros vecindarios o trabajos y no lo hacen por gusto. Me parece detectar en esta elección otro tipo de cambio que se construye sobre el estadio previo, que profundiza. No deja de ser curioso que el personaje de Woody Allen en Crímenes y Pecados, el más inquieto intelectualmente y menos exitoso según los parámetros dominantes, viva en una departamento lleno de libros y discos puestos en estantes de madera muy sencillos, como muchas otras personas que conozco. Pareciera que la despreocupación por el consumo de los demás o por la búsqueda de riquezas permitiera asignar más tiempo a entender mejor las cosas. Así, por ejemplo, a la preocupación por la pobreza y sus causas se suma la necesidad de identificar también los mecanismos que hacen a los pobres aceptar su propio estado. En este caso el cambio personal no supone la transformación de la percepción de la pobreza en su justificación, sino la evolución hacia nuevas preocupaciones, más profundas, como las causas de la alienación.

 

Es importante no dejar de conversar con quienes sustentan su renovada visión del mundo en argumentos que antes miraban como erróneos. Aunque más no sea para mantenerse ágil intelectualmente, cuestión no menor en la búsqueda del Bello Sino. Recuerde que la explotación del hombre por el hombre se sustenta en la alienación de pobres y ricos.

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*Ver crónica Activistas y Emprendedores del 30 de junio del 2007 en www.bellosino.blog o en Con los Ojos del Sesenta (Crónicas del Bello Sino), Ediciones Radio Universidad de Chile, 2007.

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Saturday, January 12, 2008

Los cuentos que nos contamos

Cuando decimos que cada uno tiene sus razones para hacer lo que hace u opinar lo que opina, en rigor estamos planteando una tautología. Como dice un amigo, “no puedo sino hacer lo que hago pues soy fruto de mi medio ambiente y mi biología”. Distintas son, sin embargo, las razones por las cuales creemos que hacemos las cosas, de lo que podríamos llamar los verdaderos motivos de nuestras acciones u opiniones. Así, por ejemplo, el tipo de pocas luces que nace en cuna de oro y logra puestos de trabajo bien remunerados por razones de parentesco puede pensar que la mujer morena que hace el trabajo doméstico en su casa está allí porque los morenos son inferiores, sobre todo si son extranjeros. Es decir, un racista xenófobo podría ocultar – o evidenciar - un idiota de familia adinerada educado en la idea del orden natural de las cosas. O de los designios divinos.

 
Por supuesto que hay creencias colectivas que sustentan sistemas económicos y relaciones sociales - lo que hemos llamado la ideología dominante - necesarias para la aceptación del estado de cosas. Que los ricos lo serían porque son trabajadores e inteligentes, por ejemplo, tiene como contrapartida el que los pobres lo serían por tontos o flojos (o ambas cosas). Por supuesto, no es raro que un adinerado piense así; lo fundamental es entender por qué una persona de bajos ingresos podría estar convencida de lo mismo. Bueno, como hemos planteado en otras crónicas, de eso se trata la lucha ideológica y el afán – más bien la necesidad - de quienes dominan por poseer o controlar medios de comunicación. Pero hay un terreno incluso más sutil: el de los cuentos que nos contamos para hacer cosas en la vida diaria.
 
Que una madura amiga nos cuente que le encanta bailar en las fiestas de la oficina resulta perfectamente natural, pues el cuento de la alegría danzarina parece lejos de cualquier intención libidinosa - que ella censura en los demás - aunque resulte en el más básico de los acercamientos de brazos, piernas, bustos y pubis, potencial motivo inconsciente de sus preferencias. Lo interesante es que ella cree honestamente que es el baile mismo - en tanto movimiento de su cuerpo - lo que la atrae, y no el contacto con el cuerpo de sus colegas. Fíjese que no hablo aquí de trucos concientes para lograr un objetivo oculto a los demás, como lo sería ofrecer una buena comida para ganar los favores de alguien o emplear al pariente de un tipo influyente para que el receptor quede en deuda con uno. No. Me refiero a las excusas que, genuinamente, entendemos como nuestros verdaderos motivos. Es, en una dimensión distinta, algo parecido al cuento del empresario que se ve  a si mismo – y lo siente de verdad – como benefactor por dar empleo y no como quien sustenta su vida de lujos sobre el trabajo sub-pagado de los demás.
 
Un último ejemplo: todos los Miércoles digo que converso con ustedes para buscar nuevas señales que nos permitan creer que un mejor destino colectivo - un Bello Sino - es posible. Es decir, doy una excusa de buenas intenciones para sentarme frente al micrófono. Como no hay dinero involucrado, ni fama ni poder, tal vez usted me cree. Pero a lo mejor lo hago sólo para recibir mensajes, para que me llamen, para que me quieran. Vaya usted a saber.

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Monday, January 7, 2008

Amistades Unilaterales

Las personas que nos rodean son parte de nuestro ambiente y algún grado de influencia tienen en nuestro comportamiento. La interacción con algunas de ellas es voluntaria, como es el caso de los amigos con quienes elegimos juntarnos para conversar, escuchar música, comer o ir al cine. Con otros la interacción está más determinada por factores sociales, como en el caso de los compañeros de trabajo. Sin embargo, son los factores sociales los que determinan las fuentes de nuestras amistades, es decir, los lugares de dónde escogemos los amigos: el barrio, el colegio, el trabajo. En estos casos cada uno de nosotros es también parte del medio ambiente de los demás. Pero podría no ser así.
 
Por eso me pareció particularmente interesante la dimensión menos política de la estupenda película alemana La Vida de los Otros, ya que en ella un individuo es obligado a observar y oír lo que hacen y dicen un grupo de individuos con los cuales el personaje no tiene interacción directa. Por si no ha visto el filme, se trata de un eficiente interrogador de la Stasi - el organismo de seguridad de la república Democrática Alemana – quien es obligado a vigilar a un exitoso dramaturgo sólo porque la famosa actriz compañera de este era pretendida por un poderoso personaje del gobierno. Premunido de binoculares y ayudado por micrófonos instalados en el departamento del dramaturgo, nuestro personaje anota e informa lo que diariamente hacen el vigilado, su mujer y sus amigos.
 
El interrogador es un hombre solitario, sin amistades directas, que reside en un sencillo departamento donde no recibe más que la ocasional visita de alguna prostituta que le proporciona algún grado de compañía. La vigilancia de los intelectuales le consume gran parte de su tiempo laboral en una dimensión muy distinta a la de interrogación, tarea esta en la cual debe esforzarse por descubrir las contradicciones de quienes le eran entregados. En la nueva tarea, sin embargo, sólo debía tomar detallada nota de lo dicho y hecho por los personajes. Y justamente por eso, a medida que avanza el tiempo, los pensamientos, discusiones y actitudes – domésticas, sociales, sexuales - del vigilado van convirtiendo a éste y a sus conocidos en las personas acerca de las cuales el vigilante sabe más, no sólo en términos de sus hábitos y rutinas sino también de sus gustos, opiniones, dudas y reacciones. Y como se trata de tipos interesantes en general, empieza a entretenerse e interesarse en los temas, opiniones y preferencias en los diversos aspectos que la vigilancia le permite detectar.
 
Tal vez la escena que mejor refleja la influencia de los vigilados sobre el vigilante es aquella en la cual ellos hablan con entusiasmo de un libro que uno ha traído de regalo al dramaturgo. A la mañana siguiente éste no logra encontrar el libro, que resulta estar en manos del interrogador que logra satisfacer su curiosidad robándolo y leyéndolo en su departamento con evidente deleite. Es ése el punto donde notamos que los vigilados se han convertido, sin ellos saberlo, en una influencia unilateral en el comportamiento, percepciones y preferencias del vigilante. Como habrá adivinado, tal relación unilateral termina por inducir un sentido unidireccional de la amistad que influye de manera decisiva en el protagonista.
 
Opine y discuta con entusiasmo; recomiende libros y música. A lo mejor nos escuchan y nos miran y, si no están muy maleados, nos ayudan a buscar el Bello Sino.
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