Los cuentos que nos contamos
Cuando decimos que cada uno tiene sus razones para hacer lo que hace u opinar lo que opina, en rigor estamos planteando una tautología. Como dice un amigo, “no puedo sino hacer lo que hago pues soy fruto de mi medio ambiente y mi biología”. Distintas son, sin embargo, las razones por las cuales creemos que hacemos las cosas, de lo que podríamos llamar los verdaderos motivos de nuestras acciones u opiniones. Así, por ejemplo, el tipo de pocas luces que nace en cuna de oro y logra puestos de trabajo bien remunerados por razones de parentesco puede pensar que la mujer morena que hace el trabajo doméstico en su casa está allí porque los morenos son inferiores, sobre todo si son extranjeros. Es decir, un racista xenófobo podría ocultar – o evidenciar - un idiota de familia adinerada educado en la idea del orden natural de las cosas. O de los designios divinos.
Por supuesto que hay creencias colectivas que sustentan sistemas económicos y relaciones sociales - lo que hemos llamado la ideología dominante - necesarias para la aceptación del estado de cosas. Que los ricos lo serían porque son trabajadores e inteligentes, por ejemplo, tiene como contrapartida el que los pobres lo serían por tontos o flojos (o ambas cosas). Por supuesto, no es raro que un adinerado piense así; lo fundamental es entender por qué una persona de bajos ingresos podría estar convencida de lo mismo. Bueno, como hemos planteado en otras crónicas, de eso se trata la lucha ideológica y el afán – más bien la necesidad - de quienes dominan por poseer o controlar medios de comunicación. Pero hay un terreno incluso más sutil: el de los cuentos que nos contamos para hacer cosas en la vida diaria.
Que una madura amiga nos cuente que le encanta bailar en las fiestas de la oficina resulta perfectamente natural, pues el cuento de la alegría danzarina parece lejos de cualquier intención libidinosa - que ella censura en los demás - aunque resulte en el más básico de los acercamientos de brazos, piernas, bustos y pubis, potencial motivo inconsciente de sus preferencias. Lo interesante es que ella cree honestamente que es el baile mismo - en tanto movimiento de su cuerpo - lo que la atrae, y no el contacto con el cuerpo de sus colegas. Fíjese que no hablo aquí de trucos concientes para lograr un objetivo oculto a los demás, como lo sería ofrecer una buena comida para ganar los favores de alguien o emplear al pariente de un tipo influyente para que el receptor quede en deuda con uno. No. Me refiero a las excusas que, genuinamente, entendemos como nuestros verdaderos motivos. Es, en una dimensión distinta, algo parecido al cuento del empresario que se ve a si mismo – y lo siente de verdad – como benefactor por dar empleo y no como quien sustenta su vida de lujos sobre el trabajo sub-pagado de los demás.
Un último ejemplo: todos los Miércoles digo que converso con ustedes para buscar nuevas señales que nos permitan creer que un mejor destino colectivo - un Bello Sino - es posible. Es decir, doy una excusa de buenas intenciones para sentarme frente al micrófono. Como no hay dinero involucrado, ni fama ni poder, tal vez usted me cree. Pero a lo mejor lo hago sólo para recibir mensajes, para que me llamen, para que me quieran. Vaya usted a saber.