Monday, March 31, 2008

Obras y Obreros

En el colegio aprendí que un tal Goya era el autor de La Maja Desnuda, cuadro que a esa edad me debe haber llamado la atención por razones obvias, aunque luego me pareciese que algo andaba mal con las proporciones físicas de la señora allí representada. Creo que fue en el Fine Arts de Boston donde vi por primera vez –muchos años después – un dibujo de Goya llamado El Sueño de la Razón Produce Monstruos, con el que me sentí muy interpretado. Junto a él estaba la colección de grabados donde Goya representa a ricos y poderosos como asnos que no entienden de música pero lo pretenden, que posan de profesores o médicos sin saber, y que viven a costa de los demás. Todo esto me llevó a indagar sobre la vida del pintor para entender mejor qué lo había llevado a representar de forma tan jocosa como incisiva tales facetas humanas. Las obras me decían algo sobre la vida de su creador, quien de alguna forma llamaba a no ceder, a tratar de entender las cosas como condición necesaria para buscar el Bello Sino.

Las obras creativas – novelas, cuadros, poemas, películas, esculturas, canciones – pueden causar una serie de efectos que se esconden tras el placer inicialmente estético: estimular, provocar, ordenar las ideas o desordenarlas al mostrar ángulos distintos de las cosas. Ocurre con las canciones de Silvio, Dylan y Sabina; con las novelas de Vázquez Montalbán y de Ben Elton; con las pinturas de El Bosco y de Klimt; o con los ejercicios musicales de Debussy. Mi curiosidad por visitar Guernica en al País Vasco español nació después de ver el cuadro de Picasso. Incluso un comentario de cine – un acto creativo también – puede producir consonancias que me ayudan a verbalizar lo que sentí frente a la película misma. Cuando leo hace poco que un crítico alaba la dirección de Paul Haggis en dos películas (Crash y En el Valle de Elah, mostrada aquí como La Conspiración) debido a que logra mostrar una cierta luminosidad, una esperanza, bajo una textura pesimista, no solo me pliego a tal descripción sino también siento sintonía con su autor, reforzada por muchos otros análisis cinematográficos anteriores.

Es que no puede ser de otra manera. Los actos de creación revelan creadores que a su vez responden a su historia: su familia, su colegio, su barrio, sus amigos, sus múltiples exposiciones e interacciones sociales. Y hago notar que lo mismo ocurre con mis artículos o con los videos caseros que generan nuestros conocidos. Nuestras obras no sólo aportan una visión, también nos revelan en nuestras percepciones, nos dan a conocer como individuos fruto de un ambiente. Al escribir, pintar, filmar, componer o esculpir, proponemos pero también nos exponemos, con todas sus consecuencias. Por eso no deja de asombrarme y alegrarme encontrar tantas creaciones cuyos autores me hacen sentir bien acompañado en esta búsqueda del Bello Sino; la hacen llevadera, necesaria y ganadora.

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Sunday, March 23, 2008

Gata sobre la cama caliente

Razones profesionales me llevaron por nueve meses a la ciudad de Boston el año 1988. Dilaté mi partida hasta el día inmediatamente después del plebiscito, así es que me enteré de los detalles del triunfo del NO por el Miami Herald cuando tuve que hacer trasbordo. Viajé sin la familia pues los niños y mi mujer llegarían cuando ellos terminaran el año escolar, a fines de Noviembre. Durante casi dos meses debía vivir solo en una ciudad de arriendos caros.

Al llegar, dos queridas amigas y sus familias me ayudaron, la una alojándome al llegar y la otra encontrándome luego un sitio en Cambridge, la zona donde están las universidades más conocidas y donde yo debía laborar. El lugar era la confortable buhardilla de una casa de tres pisos. Consistía en una enorme habitación que yo ocuparía, otra más pequeña que quedaría clausurada, una cocina y un baño. La dueña, académica del área de humanidades, se ausentaría de la ciudad por un período y había decidido arrendar el lugar. Nos juntamos a conversar y me ofreció un trato que me pareció insuperable: me cobraría algo más de 500 dólares por siete semanas de arriendo, incluyendo gas, luz y agua; una ganga considerando que luego encontraría un departamento igualmente modesto, de dos dormitorios, por 1100 dólares mensuales. Pero el contrato tenía una condición: debía hacerme cargo de un gato.

Salvo que considere las gallinas y conejos que tuvimos un tiempo en el patio de nuestra casa en Antofagasta, cuando era niño, nunca había convivido con animales domésticos. El trato, sin embargo, me pareció razonable; debía dejar circular al gato – que resultó gata – libremente por todo el tercer piso y dejarle su alimento enlatado en un plato por las mañanas y por las noches. La gata estaba entrenada y haría sus necesidades en una caja de arena instalada en el baño, la que sería limpiada cada dos días por una amiga de mi anfitriona (frecuencia que resultaría menor en la práctica). Salvo esto último, todo lo acordado funcionó muy bien. Pero no contaba con un pequeño detalle, imposible de prever para mi. La primera noche en mi nuevo apartamento de soltero me acosté feliz en mi camita de una plaza y me quedé dormido muy pronto. Desperté sobresaltado con la sensación de tener un sombrero de piel: la gata dormía sobre la almohada junto a mi. La hice salir indicando el piso con vehemencia, pero pronto me di cuenta de que mis poderes de comunicación y convencimiento eran débiles. Luego de más de una hora de conversación, amenazas, señales, mímica y gestos varios, estuve a punto de darme por vencido pues cada vez que apagaba la luz habiendo dejado a mi compañera de casa suficientemente lejos, esta terminaba sobre mi cama. Finalmente alcanzamos un acuerdo por cansancio (el mío), cuando noté que en dos apagadas de luz sucesivas la gata se quedaba a mis pies; sobre la cama, pero a mis pies. Parece que ambos consideramos que eso era suficientemente bueno. Nos dormimos al fin.

No fue la única historia con la gata, pero si la más compleja en nuestra relación. Más tarde descubriría que lengüeteaba el sartén cuando mi flojera me hacía postergar su limpieza luego de la comida nocturna para usarla sin más trámite al freír los huevos del desayuno matinal. La familia llegó a fines de Noviembre y los fui a buscar al aeropuerto en el pequeño Renault 5, llevando una nueva parka invernal – adquirida en el Filene’s Basement - prometida a mi mujer, con las entradas en el bolsillo para ver el Cascanueces navideño en el Wang Center, y habiendo arrendado un departamento en Brookline donde pasaríamos siete meses estupendos, trabajando, estudiando, paseando por los hermosos parques, llevando el estilo ñuñoíno a ese hermoso barrio bostoniano y avanzando familiarmente, firmemente, en la búsqueda del Bello Sino.

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Monday, March 17, 2008

¿Qué se siente?

En 1964 Bob Dylan pedía a senadores y congresistas, en melódica metáfora, que, por favor, escucharan el llamado; que no bloqueasen la entrada ni se quedasen en la sala, porque “aquellos que no avanzan podrían ser heridos” pues había una fiera batalla afuera, la que “pronto hará temblar sus ventanas y estremecerá sus paredes porque los tiempos están cambiando” (The times they are a-changin’). Más de cuarenta años después, cuando ese ánimo que alentaba un cambio por la paz y la solidaridad entre los hombres pareciera superado por el poder de compra en los ámbitos más básicos del desarrollo humano – la salud, la educación – Dylan nos visita para entregar su poesía que adquiere hoy nuevas connotaciones: “¿Qué se siente al estar sólo, como un completo desconocido, cómo una piedra rodante?”


Fue mi tercer encuentro con Bob Dylan. Hace diez años en el entonces Teatro Monumental, hoy nuevamente Caupolicán, lo escuché por primera vez en vivo en muy buena ubicación de precio razonable. Lo antiguo del recinto puso el marco adecuado para un recital donde el autor de “Like a rolling stone” recreó el ambiente de un bar al ponerse frente a su banda, con guitarra en mano y un sombrero tejano. Recién había salido a la venta su disco Time Out of Mind, incluyendo la hermosa “To make you feel my love”. Al año siguiente tuve la suerte de encontrarlo ofreciendo un concierto en Austin, Texas, con Paul Simon. Abrió Simon y cerró Dylan, pero cantaron juntos “The boxer” (con Dylan en armónica), “That’ll be the day/The wanderer” y “Knocking on heavens’ door”. En este segundo concierto mi asiento fue caro y malo, pues unos inmensos parlantes impedían la visión del escenario, lo que muestra que en todas partes se cuecen habas; tuve que pedir cambio. Para mi deleite, la estrella del grupo que acompañó a Dylan fue el guitarrista Charlie Sexton, héroe en Austin.


El recital en la Arena de Santiago tuvo un repertorio esencialmente distinto al de diez años atrás. De las diecisiete canciones, solo tres se repitieron: “Just like a woman” (hermosa), “Highway 61 revisited” y el himno “Blowin’ in the wind”. Del resto, siete fueron de sus dos últimos discos y eligió, además, dos de las más pesadas políticamente hablando en los sesenta: “Masters of war” y “Like a rolling stone”.
Esta última me permitió cantar con él a todo pulmón (mío, por supuesto): “How does it feel, to be on your own, like a complete unknown, like a rolling stone…”. Esta vez el clásico estribillo me pareció un llamado a todos quienes, de repente, nos sentimos abrumados por estas reglas del juego que más parecen leyes de la jungla que normas para el bien común. ¿Qué se siente? Se siente MUY bien cantar con alguien que, eso ya lo sabíamos, ha buscado por tantos años el Bello Sino.

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Monday, March 10, 2008

Coincidencias Estimulantes

Para quienes gustamos de la literatura, la música y el cine, hay en el mundo lugares casi de peregrinaje que ofrecen gran variedad de libros, CD y DVD donde podemos solazarnos jugando a encontrar algo que ahí nos está esperando. Conozco varios de estos lugares, como Gibert Joseph en París – con tres locales en torno a la esquina de Saint Michelle con Saint Germain – o el conjunto formado por Waterloo Music Store (con los CD en orden alfabético sin importar el género) y Borders Bookstore en Austin, Texas, o las zonas de Harvard Square o Newbury Street en Boston. Pero nada como el templo de cinco pisos que Madrid tiene en la plaza Callao. Se llama la FNAC.

Las tiendas Fnac, Fédération Nationale d’Achats pour Cadres, nacieron en Francia. Ya en la década de los ochenta ofrecían música y literatura sofisticada; fue allí donde adquirí todos mis vinilos de Chico Buarque. Hoy están extendidas por toda Francia y varias ciudades de España. Pero la de Callao en Madrid es simplemente magnífica, pues concentra en un solo edificio todo lo que en París se encuentra en al menos diez locales. En la primera planta (nuestro segundo piso) tiene la más variada colección de DVD clasificados astutamente, incluyendo lo que allí llaman “cine de autor” (nuestro “cine arte”). La segunda planta contiene todo tipo de música popular, en tanto que la tercera tiene la música clásica y literatura de referencia. La cuarta planta exhibe comics, libros en versión tapa dura y libros de bolsillo, todo amigablemente clasificado y en orden alfabético. Un paraíso. Como si eso fuese poco, la planta baja tiene una salita en la que músicos, cineastas, fotógrafos y artistas en general presentan sus obras más recientes. 
 
No toma más de cuarenta minutos llegar al centro de Madrid en el Metro desde el aeropuerto de Barajas. Como la conexión aérea a Santiago es a medianoche, no importa de donde venga: trato siempre de llegar al mediodía para dejar mis bultos en una consigna y dirigirme al templo donde usualmente paso entre tres y cinco horas revisando estante por estante, piso por piso. Este último Febrero no fue la excepción, esta vez acompañado de mi mujer. Por un atraso del vuelo desde Santander, sin embargo, sólo pudimos llegar pasadas las cinco de la tarde. Llevaba algo más de una hora en el lugar cuando escuché que en el salón de la planta baja el cantautor Pedro Guerra presentaría su último disco a las siete. Imagínese mi asombro, puesto que una canción de Pedro - nacido en Tenerife - fue la que cerró el ciclo anterior de Bello Sino a fines de Enero de este año. Más aún, el primer programa de Marzo estaba ya diseñado para comenzar con un grupo también de Canarias, Los Sabandeños. Me pareció que tal coincidencia era una señal, que debía estar allí, así es que hice rápidamente mi elección de libros y discos y bajé a ponerme en la fila ya larga que permitía el acceso al auditorio. Fue simplemente estupendo: Pedro, su guitarra y un pianista hicieron un dúo muy afiatado que, en cuarenta y cinco  minutos, entregó ocho canciones hermosas, incluyendo dos dedicadas a sus hijos.
 
Salimos de allí satisfechos y motivados rumbo al aeropuerto. Aproveché de contarle a mi mujer que fue en una de esas visitas que encontré un aviso en la Fnac anunciando la realización de la Feria del Libro de Madrid en el parque del Retiro, donde pude saludar a Eduardo Mendoza, Almudena Grandes y al ya fallecido Manuel Vázquez Montalbán. Es que la búsqueda del Bello Sino está repleta de agradables coincidencias.
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Saturday, March 1, 2008

Parentescos Complicados

Las relaciones de parentesco sanguíneo están muy definidas. La madre de su padre es su abuela y el hijo de mi hermana es mi sobrino, por ejemplo. Hemos extendido este tipo de relaciones a otras de diferente índole, como es el caso del padrino o madrina de bautismo – en el caso de los católicos – quienes se convierten en compadre o comadre de los padres del niño. Más aún, el vecino es quien habita la vivienda al lado de la nuestra y la colega se refiera a una compañera de trabajo o profesión. También están bien definidos los amantes, los compañeros y los camaradas. Pero creo que aún faltan palabras en el idioma castellano para definir relaciones importantes entre los seres humanos.

 

Hay relaciones de carácter relativamente íntimo, como la de dos personas que han sido amamantados con la leche de una misma mujer, quienes pasan a ser hermanos de leche. O la nueva esposa de un hombre, quien se convierte en madrastra de los hijos que éste tenía; a su vez, éstos son hermanastros de los hijos de ella. Pero no existe un término para referirse a dos mujeres que han tenido relaciones sexuales con un mismo hombre o para dos hombres que las hayan tenido con la misma mujer. Como me pareció que podía llenar un vacío importante y constituirse en un real aporte al idioma castellano, propuse a mis auditores el desafío de crear tal término. Debo confesar que lo hice con muchas dudas, puesto que lo había propuesto en ambientes amistosos en ocasiones en que todos los contertulios ya nos habíamos convencido de la necesidad de la existencia de tal palabra; nunca logramos algo convincente, simple y claro a la vez. Pero los auditores no me decepcionaron.

 

Las proposiciones resultaron ser de tres tipos. Hubo quienes intentaron frases comprehensivas como “hermanas de amor” o de sexo. Otros simplemente crearon palabras nuevas sin consonancias particulares, muchas de ellas muy hermosas. De las varias proposiciones con contenidos sugerentes hubo dos – muy distintas como verá – que me resultaron convincentes. Una de ellas es “tocayero” o “tocayera”, palabra que descansa evidentemente en la idea de tocayo, que en buen castellano se refiere a dos personas que comparten el nombre pero que se ha extendido coloquialmente a tener algún gusto en común; note usted que también tiene reminiscencias de compañero y de tocar. La segunda construcción interesante fue la de “conhembra” y “conhombre”, que utiliza un prefijo que denota compartir (como en contertulio) seguido del sexo de quien es compartido. Debo señalar que la auditora que propuso estos términos me escribió luego para sugerir que el prefijo “co” podría ser más adecuado que “con”, como en cohabitante o copartícipe.

 

Dejo estas palabras propuestas para reflejar la relación entre dos personas que han compartido sexualmente a una tercera como sinónimos. Use la que quiera, lo que desde ya hará más fácil referirse a tan nítida aunque compleja conexión humana, pero le advierto que tiene sus dificultades. Una de ellas es la definición de una relación sexual, ya discutida en una crónica anterior, y otra es el carácter íntimo que tal acto tiene ante terceros. Es decir, no es sencillo andar por ahí diciendo que fulanito y usted son tocayeros por zutanita. Más aún si zutanita es la señora de fulanito o – imagínese – su propia  señora. Pero la verdad nos hará libres y aspirantes a un Bello Sino.

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