¿Qué se siente?
Fue mi tercer encuentro con Bob Dylan. Hace diez años en el entonces Teatro Monumental, hoy nuevamente Caupolicán, lo escuché por primera vez en vivo en muy buena ubicación de precio razonable. Lo antiguo del recinto puso el marco adecuado para un recital donde el autor de “Like a rolling stone” recreó el ambiente de un bar al ponerse frente a su banda, con guitarra en mano y un sombrero tejano. Recién había salido a la venta su disco Time Out of Mind, incluyendo la hermosa “To make you feel my love”. Al año siguiente tuve la suerte de encontrarlo ofreciendo un concierto en Austin, Texas, con Paul Simon. Abrió Simon y cerró Dylan, pero cantaron juntos “The boxer” (con Dylan en armónica), “That’ll be the day/The wanderer” y “Knocking on heavens’ door”. En este segundo concierto mi asiento fue caro y malo, pues unos inmensos parlantes impedían la visión del escenario, lo que muestra que en todas partes se cuecen habas; tuve que pedir cambio. Para mi deleite, la estrella del grupo que acompañó a Dylan fue el guitarrista Charlie Sexton, héroe en Austin.
El recital en la Arena de Santiago tuvo un repertorio esencialmente distinto al de diez años atrás. De las diecisiete canciones, solo tres se repitieron: “Just like a woman” (hermosa), “Highway 61 revisited” y el himno “Blowin’ in the wind”. Del resto, siete fueron de sus dos últimos discos y eligió, además, dos de las más pesadas políticamente hablando en los sesenta: “Masters of war” y “Like a rolling stone”. Esta última me permitió cantar con él a todo pulmón (mío, por supuesto): “How does it feel, to be on your own, like a complete unknown, like a rolling stone…”. Esta vez el clásico estribillo me pareció un llamado a todos quienes, de repente, nos sentimos abrumados por estas reglas del juego que más parecen leyes de la jungla que normas para el bien común. ¿Qué se siente? Se siente MUY bien cantar con alguien que, eso ya lo sabíamos, ha buscado por tantos años el Bello Sino.