Amigos íntimos
¿Qué es un amigo? Si intentásemos describir nuestro concepto de amistad, probablemente terminaríamos enunciando una serie de características que creemos que comparten todos nuestros amigos: nos caen bien, piensan como uno, compartimos intereses, lo pasamos bien con ellos, nos dan confianza, son leales, y así. Luego comenzaríamos a tachar algunas y a extender otras hasta terminar en la cocina preparándonos un té o un café habiendo dejado varias hojas arrugadas en el papelero. Difícil el asunto, y parecía tan sencillo. Cambiemos entonces la pregunta ¿Quiénes son nuestros amigos? Este listado fluiría mucho mejor; aunque hubiese dudas, terminaríamos con una lista frente a nosotros. Parece que definir la amistad es mucho más difícil que nombrar a quienes sentimos nuestros amigos. Extraño, pues a partir de lo segundo probablemente pueda resolverse lo primero ¿O no? Veamos.
Los amigos no se definen; van apareciendo: en el colegio, en el trabajo, en reuniones sociales. Es decir, todos han coincidido con nosotros en el tiempo y el espacio, y comparten con nosotros una historia común. Pero eso sólo determina el conjunto de los conocidos, aquel del cual salen los amigos. La interacción se establece con quienes nos caemos bien y con los que la voluntad o la casualidad nos va re-uniendo. Y dentro de este grupo están aquellos con quienes generamos una corriente mutua de empatía sobre la cual se desarrolla la confianza y su contrapartida, la lealtad. Pero la lista de amigos no suele ser la misma a los 10, los 25, los 40 o los 55 años. Es probable que cambie parcialmente, que salgan algunos y entren otros nombres. Y que algunos hayan salido debido a circunstancias externas y otros por voluntad propia, nuestra o de él o ella. El caso voluntario es muy interesante pues los espacios de interacción son múltiples y las influencias del entorno pueden ir cambiando la forma de relacionarse. Piense en la evolución de la lealtad, que adquiere dimensiones tan simples como la puntualidad y tan complejas como los aspectos erótico –emocionales.
Viejo tema el de las relaciones de amistad entre hombres y mujeres. Hay quienes creen que no es posible tal lazo afectivo pues la tensión erótica entregaría a tal relación una dimensión dominante, la sexual. Pero, si la empatía – condición necesaria pero no suficiente para la amistad – es una forma del gusto mutuo, es que todos nuestras amigas (y amigos) nos gustan de alguna manera. Y, efectivamente, esa componente contiene el germen de la atracción erótica, sentimental o amorosa con el sexo opuesto. Alguna vez dijimos que si su pareja ha de engañarlo o engañarla en algún momento, lo más probable es que sea con alguna amiga o amigo común, con quien no sólo hay gusto establecido sino también interacción frecuente y abierta.
Así es que la amistad – como el amor – nace, se cultiva, se debilita, se fortalece o se acaba. Y puede pasar de un extremo a otro, pues la lealtad tiene muchas dimensiones. Por eso la historia en común de individuos, parejas y grupos genera dinámicas tan complejas. Me pregunto si existe una suerte de “capacidad amistosa” que hace que el número de verdaderos amigos, esos con los que sufrimos sus penas y compartimos genuinamente sus alegrías, sea necesariamente limitado. Hago notar que, aunque lo fuese, no sería un obstáculo en la búsqueda del Bello Sino, sino al contrario. Necesitamos confianza y lealtad concreta, inmediata, para creer en la posibilidad de un mejor destino colectivo.