Monday, April 21, 2008

Penas de Amor

Aunque fue hace cuarenta años, lo recuerdo como si hubiese ocurrido la semana pasada. Es que las primeras penas de amor no se olvidan. Y no es que la experiencia – porque el amor viene y se va varias veces – haga estas penas menos dolorosas. Es que uno ya ha aprendido que, precisamente, terminarán por desvanecerse con nuevos amores, a veces con la misma persona. Pero las primeras tienen sus dificultades, pues los amigos coetáneos andan en las mismas y saben o ignoran tanto como uno, y los mayores no se atreven – y con razón – a decirnos que un clavo saca a otro; es que en ese momento la causa de nuestros desvelos es subjetivamente irreemplazable. Y por eso no se olvidan esas primeras penas.

La primavera estaba en su apogeo, con su carga de faldas volátiles y cristalinas risas femeninas. Desde hacía un par de meses que mis salidas con ella habían superado la relación puramente amistosa de tantos años, dando paso a excitantes manifestaciones de cariño. Ya no era un asunto de compañía alternativa, de reemplazo; era compañía casi oficial, y ese cambio cualitativo me tenía por las nubes. Ambos nos habíamos titulado hacía poco y yo había comenzado a trabajar en la vieja Facultad. Ese día acababa de almorzar con un colega y decidimos pasar por las oficinas antes de ir a tomar un café. Al entrar a nuestro edificio la vi. No estaba sola. La acompañaba un tipo de cursos anteriores al nuestro, con quien había estado saliendo durante varios meses un par de años antes. Aparentando naturalidad la saludé cariñoso mientras se me nublaba la visión. Conversamos de cosas que no recuerdo pues mi mente se desconcentraba pensando desordenadamente que en realidad ella nunca había formalizado relación alguna con su acompañante; también pensé que tampoco lo había hecho conmigo. Malo. Muy malo.

Luego se hizo un silencio de esos largos. Ella no se movía del lado de él. “Bueno”, le dije, “paso en la tarde por tu casa”. Me miró fresca, rozagante, linda, deseable, volátil, carnosa, etérea, femenina. “Mejor que no”, me dijo, “voy al cine con…” Mientras el cielo se caía a pedazos murmuré una despedida y salí del edificio con mi amigo. Diablos, como dolía. Cuando cruzábamos la calle rumbo a la cafetería, con la mirada al frente, escuché a mi colega decir “A todos nos ha pasado”. Me volví para mirarlo mientras le preguntaba “¿Sí? Pero cómo, si te casaste con tu polola de varios años…”. “Pero esto me lo hizo varias veces, y de varias formas” me confesó. El dolor en el pecho siguió allí, pero me sentí algo más acompañado.

Nos casamos a mediados del año siguiente y desde entonces buscamos el Bello Sino acompañados, con muchos más altos que bajos. Nunca hemos hablado de lo que ocurrió esa tarde de primavera; y nunca supe qué película fue a ver ese día.

Posted by Argos Jeria in 04:23:30 | Permalink | No Comments »