Buenas compañías
Acabo de terminar el último libro de Juan José Millás, El Mundo. Como es una autobiografía a retazos y ya he aprendido que, sin importar país ni edad, los hombres nos parecemos mucho en nuestras relaciones con las mujeres, me vi reflejado cuando el autor relata el comentario de la niña a la que acompaña desde hace días en su adolescencia: “Tú no eres interesante para mi”, dice ella. La asociación con la crónica Penas de Amor, donde termino revelando el episodio en que la chica de mis sueños se va al cine con un ex pololo, fue inmediata. Pero lo que quiero relatar son las circunstancias en torno a la recepción y lectura del libro de marras.
Razones profesionales me llevaron a Panamá, donde debí interactuar con un grupo de investigadores incluyendo a un biólogo mexicano, un agrónomo argentino, un ingeniero panameño y un bibliotecólogo español. Si bien todos eran lectores y melómanos, la coincidencia de vuelos con este último nos hizo departir por media hora en el trayecto al hotel; el aprecio revelado hacia ciertos escritores españoles y chilenos (y la distancia con otros) creó un interesante lazo de confianza que se fue asentando posteriormente, al calor del trabajo y las conversaciones durante los recesos. Como llevaba un par de ejemplares de mi segundo libro de crónicas para los anfitriones, decidí regalarle uno a mi nuevo amigo. Obvios reflejos profesionales lo llevaron a leer “De Bibliotecas y Librerías” y enganchar de inmediato con el estilo y el fondo de mis escritos. Un día antes de volver me obsequió el libro de Millás y, al indagar acerca de su origen, me comentó que en un pequeño y escondido centro comercial adyacente al hotel (lejos del centro urbano) había encontrado una estupenda librería que además tenía en liquidación textos de una buena editorial. Así fue como adquirí “Vita Brevis”, de Jostein Gaardner, donde el noruego del “Mundo de Sofía” narra los comentarios que la mujer de San Agustín hace sobre sus famosas “Confesiones”, las que incluyen una referencia a las ventajas de desposar una mujer acomodada para poder dedicarse a las reflexiones con más tranquilidad, cita que he manipulado algo durante varios años para reforzar mis elecciones amorosas y profesionales.
En el vuelo de vuelta, nocturno, me regocijé leyendo la acertada descripción que otro Agustín (Squella) hacía en su columna de un periódico nacional acerca de los personajes de los aviones; era como leer el guión de un documental. En eso estaba cuando noté que mi vecino de asiento sacaba un frasquito, un aerosol, que resultó ser algún medicamento para disminuir los ronquidos. “Es que así molesto menos”, me dijo, lo que me pareció una buenísima señal en un vuelo largo, considerando que nunca faltan los pasajeros estentóreos en su conversación nocturna, o los empujadores de respaldos mientras circulan por el pasillo. En la conversación durante la cena me enteré de la actividad de mi vecino: nada menos que profesor de literatura. Eso me llevó a narrarle en algún momento el episodio panameño antes descrito, lo que motivó su interés pues también resultó ser liviano de pluma además de lector incansable. El viaje se hizo breve debido a la conversación durante la cena, alguna película liviana, el sueño y el desayuno conversado nuevamente, hasta llegar muy animosos a suelo nacional. Pude cumplir mi parte de la promesa de intercambio de escritos pues me dejó sus direcciones física y electrónica, lo que también permitió la positiva retroalimentación.
Me maravilla la manera en que funciona el mecanismo del contacto casual, las más de las veces efímero, que revela coincidencias a veces no menores con quienes eran, hasta poco antes, desconocidos. Un vecino de asiento en un viaje o un colega temporal de trabajo no conocen nuestra historia, nuestras obsesiones, mañas ni reflejos condicionados, ni nosotros los de ellos ¿Será justamente por eso? Y la comunicación puede ser genuina pues no veo razón evidente para utilizar nuestras capacidades en ilustrar visiones compartidas. Claro que hay vecinos temporales que ponen barreras a la comunicación ¿Será que intuimos las afinidades? Guardo para otra ocasión la muy agradable interacción con esa chica que volvía de su luna de miel a su Atenas natal y que me dio tantos buenos datos durante el vuelo, lo que me permitió llegar a barrios y comidas relativamente ocultas al ojo del visitante ocasional. O la conversación que establecí con dos españolas justamente en uno de esos lugares ocultos, a partir de una pregunta muy simple de una de ellas: ¿Y cómo está Chile? Imagínese el entusiasmo con que pude ilustrar nuestro acontecer nacional con las muchas similitudes con la historia contemporánea de la madre patria. Y, claro, Vázquez Montalbán, Marías, Mendoza, Muñoz Molina, Rivas, Silva y Millás actuaron, una vez más, simbióticamente, de aliados. Así es la búsqueda del Bello Sino.