La Gota en la Frente
Alguna vez me describieron una tortura cuya maldad me costó asimilar pues el efecto inmediato no parecía tan terrible. Se trataba de inmovilizar al torturado en una tina de baño con la cabeza bajo el grifo, boca arriba, haciendo que cada cierto intervalo de tiempo le cayera una gota de agua sobre la frente. Bueno, una gota no es nada ¿Verdad? Más aún, el que nos caiga alguna es algo que ocurre con frecuencia, casual o voluntariamente, como en los comienzos tímidos de una lluvia o cuando usted se ducha y hace que le caigan miles de gotas de agua, causando más placer que daño ¿No es así? Pronto me di cuenta de que la fuente del sufrimiento radicaba en la persistencia del golpeteo de tan pequeña cantidad de tan necesario líquido sobre el mismo lugar, impidiendo el descanso, concentrando en un punto el molesto y constante golpeteo que, pronto magnificado subjetivamente, termina siendo lo único relevante, conduciendo a quien lo sufre al desquiciamiento total. Lo más horrendo de todo esto es que el torturador, una vez cumplida su misión, puede dejar su vaso de whisky a un lado y reclamar por tanto loco suelto que anda por ahí.
Lo que llamamos tensión – laboral, doméstica o urbana - también puede tener su origen en la persistencia de pequeñas molestias que surgen sutiles pero constantes, como la necesidad de cubrir una deuda, la de realizar trabajos desagradables, el temor a ser despedidos o a tener una vejez desvalida; o la diaria sensación de no poder hacer nada para acceder a buenos servicios de salud, a una buena educación para los hijos o a una jubilación digna. O la frustración de ver que nuestros reclamos, imposibles de canalizar en un parlamento sin representación proporcional, finalmente desemboquen en la sistemática formación de comisiones que terminan por dejar todo más o menos igual. Así como una gota no es nada, pero recibirla continuamente es demoledor, la continua frustración de tantos compatriotas ante lo que parece un estado de cosas irreversible no puede sino crear comportamientos que parecerán extraños, distintos o impropios a quienes no perciben las dimensiones exasperantes que ha alcanzado la política nacional. Así, la vida diaria en esta democracia mentirosa – en que lo declarado tiene poco que ver con lo hecho – y casi representativa, termina por inducir comportamientos colectivos e individuales que se traducen en tomas de fundos y de colegios, en frustración y depresión, o en el agua arrojada al rostro de quienes la representan.
Hace ya varios años oí a Noam Chomsky denunciar la mirada crítica de la intelligentsia norteamericana hacia la forma en que se reorganizaban países como Vietnam, luego de que sus tropas dejaran convertidos en cráteres lunares los suelos agrícolas del país oriental ¿Estará ocurriendo algo así en nuestro país, donde los promotores de la contaminación son los adalides del aire limpio? ¿Donde los que prefieren en los hechos legislar con censura se llaman a si mismos demócratas? ¿Donde se podría terminar acusando de intolerantes a los que buscamos el Bello Sino?