Sunday, July 27, 2008

La Gota en la Frente

Alguna vez me describieron una tortura cuya maldad me costó asimilar pues el efecto inmediato no parecía tan terrible. Se trataba de inmovilizar al torturado en una tina de baño con la cabeza bajo el grifo, boca arriba, haciendo que cada cierto intervalo de tiempo le cayera una gota de agua sobre la frente. Bueno, una gota no es nada ¿Verdad? Más aún, el que nos caiga alguna es algo que ocurre con frecuencia, casual o voluntariamente, como en los comienzos tímidos de una lluvia o cuando usted se ducha y hace que le caigan miles de gotas de agua, causando más placer que daño ¿No es así? Pronto me di cuenta de que la fuente del sufrimiento radicaba en la persistencia del golpeteo de tan pequeña cantidad de tan necesario líquido sobre el mismo lugar, impidiendo el descanso, concentrando en un punto el molesto y constante golpeteo que, pronto magnificado subjetivamente, termina siendo lo único relevante, conduciendo a quien lo sufre al desquiciamiento total. Lo más horrendo de todo esto es que el torturador, una vez cumplida su misión, puede dejar su vaso de whisky a un lado y reclamar por tanto loco suelto que anda por ahí.

Lo que llamamos tensión – laboral, doméstica o urbana - también puede tener su origen en la persistencia de pequeñas molestias que surgen sutiles pero constantes, como la necesidad de cubrir una deuda, la de realizar trabajos desagradables, el temor a ser despedidos o a tener una vejez desvalida; o la diaria sensación de no poder hacer nada para acceder a buenos servicios de salud, a una buena educación para los hijos o a una jubilación digna. O la frustración de ver que nuestros reclamos, imposibles de canalizar en un parlamento sin representación proporcional, finalmente desemboquen en la sistemática formación de comisiones que terminan por dejar todo más o menos igual. Así como una gota no es nada, pero recibirla continuamente es demoledor, la continua frustración de tantos compatriotas ante lo que parece un estado de cosas irreversible no puede sino crear comportamientos que parecerán extraños, distintos o impropios a quienes no perciben las dimensiones exasperantes que ha alcanzado la política nacional. Así, la vida diaria en esta democracia mentirosa – en que lo declarado tiene poco que ver con lo hecho – y casi representativa, termina por inducir comportamientos colectivos e individuales que se traducen en tomas de fundos y de colegios, en frustración y depresión, o en el agua arrojada al rostro de quienes la representan.

Hace ya varios años oí a Noam Chomsky denunciar la mirada crítica de la intelligentsia norteamericana hacia la forma en que se reorganizaban países como Vietnam, luego de que sus tropas dejaran convertidos en cráteres lunares los suelos agrícolas del país oriental ¿Estará ocurriendo algo así en nuestro país, donde los promotores de la contaminación son los adalides del aire limpio? ¿Donde los que prefieren en los hechos legislar con censura se llaman a si mismos demócratas? ¿Donde se podría terminar acusando de intolerantes a los que buscamos el Bello Sino?

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Saturday, July 19, 2008

Amistosos abusos

Después de quienes viven con uno, los amigos y amigas son las personas que más nos conocen y a quienes más conocemos. La empatía, la historia común y el contacto frecuente hacen que sus percepciones y reacciones nos vayan siendo cada vez más familiares. Todos tenemos algún amigo que siempre llega tarde, y siempre con una excusa razonable que genuinamente cree. U otro que usualmente se ofrece para pasar a buscar a alguien o que aporta su casa para la reunión. También está el que nos hace reír con sus desatinos pero que puede resultar imprudente a veces, dependiendo de la compañía de terceros. Y, claro, el que encuentra todo malo, o el que se siente incómodo con las discusiones y dice estar siempre de acuerdo con todos, buscando los puntos de encuentro.

El conocimiento cercano de nuestros amigos provoca que, en algunas circunstancias, podamos predecir lo que harán, o lo que no harán. Y esto crea costumbres en nuestras relaciones con ellos. Al impuntual terminamos citándolo en el destino final – si vamos a algún espectáculo - o le pasamos su entrada para que no nos retrasemos todos. Y ante algún apuro logístico o financiero confiamos en que, al final, el generoso nos sacará de apuros. Al desatinado lo invitamos a casa con gente de buen humor o que lo conozcan y lo estimen por sus otras cualidades. Al crítico lo usamos como conejillo de indias; si encuentra algo bueno, nadie lo hallará malo. Y del componedor esperamos que arregle los desatinos del otro, y así.

Esta suerte de adaptación a las características del otro - o de la otra - plantea un problema de asimetría que me permitiré ilustrar con un ejemplo. Un joven amigo llegó tarde a nuestro encuentro. Ante mi amistosa queja, me contestó sonriente que yo sabía de su impuntualidad y que debería haberlo tenido en cuenta. Le hice ver que lo mismo ocurría en el caso inverso: el sabe que soy puntual. Como anécdota le contaré que al día siguiente llegó casi a la hora.

El quién se adapta a quién es un asunto espinudo que puede incluso erosionar amistades de larga data. Imagínese que algún amigo le pide dinero o, para introducir una variante, llega a algún arreglo laboral con usted y luego, cuando llega el momento de cumplir, él le plantea que usted, auditor fiel de Bello Sino, describe y denuncia frecuentemente las necesidades inducidas socialmente - fama, riqueza, poder – que terminan por domesticar y destruir a los individuos. Y de esto su amigo concluye que usted no debería pedir la devolución o el pago ¿Qué le parecería tal actitud? Bueno, las primeras reacciones esperables son las de enojo y denuncia de tal abuso de la amistad. Me permito, sin embargo, hacerle ver que, como dijese en una crónica anterior, nuestros amigos más vulnerables a las presiones ambientales son también – y en el sentido más riguroso - víctimas del sistema. Así es que, al mismo tiempo de exigir el cumplimiento del deber pecuniario, podemos intentar identificar los problemas en que nuestro amigo debe estar metido. De lo contrario la búsqueda del Bello Sino estará llena de decepciones.

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Sunday, July 13, 2008

Alienación

Como especie creamos bienes, servicios e instituciones para nuestro mejor funcionamiento social y bienestar. Sin embargo, las formas objetivas en que hemos establecido nuestras relaciones productivas a partir de los conflictos sociales y de los intereses grupales, determinan hoy que lo que producimos nos sea ajeno y que las instituciones que finalmente rigen nuestras vidas colectivas terminen separadas, distantes de sus creadores: nosotros. Este es, puesto en forma muy simple, el fenómeno de la alienación.

¿Cómo es posible que la obra del hombre le resulte ajena y, en último término, se vuelva contra él? En la esfera productiva esto pareciese fruto de la producción en serie, de la mecanización de la misma. Cuando somos un engranaje más en la organización del trabajo, el resultado – un automóvil, un computador, un traje – se ubica fuera de nuestra esfera afectiva, nos es ajeno. Y ese producto se relaciona con nosotros en la forma de mercancía, en aquello que compramos y vendemos hoy de manera casi compulsiva. El caso de la labor creativa del artesano, del artista, del científico o del maestro, pareciese generar una relación en principio distinta entre la obra y el autor. Sin embargo, como lo hemos mostrado en otras crónicas, la apreciación meramente cuantitativa y la venta de esas obras – la medición por cantidad de zapatos, de cuadros, de artículos científicos o de alumnos formados - contribuye a despojar tal producto de su relación personal con el creador, convirtiéndolo en una mercancía más, ajena y distante como las otras.

El caso de las organizaciones ha sido muy bien sintetizado por José Saramago cuando ha planteado que los pobres son mayoría en todas partes del mundo, pero no gobiernan en ninguna. Exhibe tal fenómeno como un serio problema de la democracia, invento humano por excelencia, como lo son la religión o el Estado. Hago notar que el carácter ajeno y conflictivo de las instituciones con los individuos está presente en varias formas de organización de la producción. Así, tenemos al Estado como inhibidor de las demandas sociales fruto de la enorme desigualdad debido a la apropiación privada de la riqueza colectiva, o al Estado como controlador omnipotente y burocrático de las vidas individuales para ordenar el acceso a los frutos de la producción cuando ella se organiza centralmente.

A pesar de estar lejos de ser un asunto resuelto, la existencia de otro fenómeno, la explotación, es percibida de manera implícita o explícita por la inmensa mayoría de los individuos, con ese u otro nombre. Y esto  ha significado la creación de organizaciones que defienden el ingreso y los derechos laborales de los trabajadores, basadas en una idea simple: la unión hace la fuerza. No fue tarea fácil la de los pioneros de estos movimientos en Chile y en el mundo, lo que ha resultado en mejores equilibrios en la distribución de la riqueza - que creamos todos - y en jornadas laborales que contemplan no sólo el mínimo descanso necesario sino la posibilidad de organizar otras actividades. Sin embargo, hay riesgo de retrocesos en estas esferas. Se han ido asentando argumentos que descansan en la necesaria libertad del hombre para decidir su jornada, la que podría no tener límites sino en las 24 horas del día. Sus ideólogos preguntan ¿Por qué no tener jornadas semanales de 65 horas, si el individuo lo quiere? Y es perfectamente posible que tales argumentos terminen siendo populares. Como planteara lúcidamente Sartre en 1960, “El hombre desea hacer la acción que realiza lo más rápidamente para obtener el máximo de paga. Quiere hacerla mejor y en consecuencia utiliza lo mejor de sus facultades. Es libre cuando hace eso y, cuando lo hace, está al mismo tiempo totalmente alienado”.

La conciencia de la alienación y las formas de enfrentarla están muy lejos de la preocupación colectiva justamente porque no se percibe como un problema colectivo. La alineación laboral, en el consumo o en la diversión es usualmente negada por cada uno de nosotros, sintiéndola casi como un insulto cuando intentamos discutir acerca de ella, como si fuera un problema personal. De ahí el éxito de venta de los libros de autoayuda y las terapias. Cuando nos demos cuenta de la necesidad de organizarnos para combatir no sólo la explotación sino también la alienación, habremos dado un paso importante en la búsqueda del Bello Sino
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Sunday, July 6, 2008

Hablemos de política

Por el tono y contenido de las discusiones políticas pareciese que todos los cursos de acción condujesen a reforzar lo que hoy tenemos. Las alternativas – si así pudiesen llamarse – giran en torno a regular un poco o no regular el mercado, o a agrandar o reducir el ámbito de influencia del estado. Más aún, la percepción de que muchas cosas deben hacerse como se hacen porque “el mundo es así” o porque no se visualizan alternativas coherentes empieza a crecer. El asunto se pone difícil entonces cuando se miran las decisiones en el corto plazo en nuestro país, donde el marco legal – la constitución de 1980 – pareciese no permitir moverse en direcciones distintas. Así, las discusiones acerca de las políticas educacionales de todo nivel, las de salud, las previsionales o laborales, están marcadas por una suerte de resignación implícita para quienes aspiran a un mundo mejor. Peor aún, las reivindicaciones puramente salariales terminan reforzando la ideología dominante. Si no hay alternativa coherente de sociedad, pues pareciese que algo es mejor que nada.

Creo que en estas circunstancias es imprescindible plantearse un norte por lejano y utópico que parezca. Le propongo uno: aspiremos a una sociedad sin explotación y sin alienación, donde cada individuo, al elegir libremente qué hacer, genera exactamente su mejor aporte al bienestar colectivo. Imposible, inalcanzable, dirá usted, y yo podría estar de acuerdo. Pero tal visión lejana es una referencia que, como las líneas que se cortan en el horizonte, señala un rumbo que tiene como elemento básico la libertad. Así, por ejemplo, hay condiciones objetivas que deben cumplirse cuales son las de alimentación y techo, muy asociadas a salarios mínimos dignos. Pero hay otras menos evidentes; una de ellas es el manejo del tiempo socialmente liberado cuando se avanza tecnológicamente, cuando las horas necesarias para producir lo mismo disminuyen. Entonces se puede pensar en caminos u opciones extremas: usar las horas liberadas para aumentar el producto (note que esto requiere inversiones) o usarlas para aumentar el descanso. Es en este punto en que el carácter del trabajo adquiere dimensiones importantes, pues hay trabajos agradables y desagradables. Para marchar hacia ese norte antes enunciado, los avances tecnológicos deberían considerar la sustitución de los desagradables y el aumento de los agradables, aquellos que finalmente son casi idénticos a los que haríamos sin mediar paga de por medio.

Es aquí donde el camino liberador se pone pedregoso, pues la organización social actual empuja a crear una dimensión obligatoria, exógena y alienante incluso a los trabajos creativos o lúdicos, asociados al arte o la creación en general, y al deporte. No es necesario ir muy lejos para encontrarse con ejemplos de grandes creadores, científicos o deportistas que, teniendo su subsistencia más que resuelta, son empujados doblemente: por sus contratos a crear por obligación, y por la sociedad - por su propio entorno humano - a dedicarse más y más sólo a aquello para lo cual han mostrado habilidades. De esta forma la locura imperante no alcanza sólo a los que desesperan por falta de ingreso para satisfacer necesidades mínimas, sino también a quienes no logran disponer del tiempo necesario para gastarlo, destrozando sus vidas en el intento de recuperar el equilibrio. En los últimos tiempos sólo los jóvenes han tenido la intuición libertaria necesaria para percibir el nexo entre su educación y un posible futuro social des-alienado.

Así, las condiciones objetivas y subjetivas de la existencia individual están marcadas socialmente. Iniciativas como las defendidas por los actuales gobernantes de Italia y Francia de aumentar las horas de trabajo se alejan de nuestro norte, al igual que el salario o el empleo inseguros o inestables. Sugiero juzgar cada política de corto plazo con la mirada puesta en la inalcanzable pero orientadora utopía. Sólo así caminaremos hacia un mejor destino colectivo para nuestro país y el planeta, hacia un Bello Sino.

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Tuesday, July 1, 2008

No sólo de pan

Si dejamos funcionar la memoria libre y descuidadamente con un tema predefinido, es asombroso lo que aparece. Por ejemplo: mujeres que me han gustado. La primera que apareció fue una chica de mi curso cuando yo tenía nueve años. La imagen es borrosa, pero el nombre, Begoña, se quedó para siempre. Otro ejemplo: libros. Y ahí están, nítidos, La Isla del Tesoro y Papelucho Historiador ¿Por qué esos dos aparecen casi sin competencia? ¿Será porque fue alguno de ellos el primero que adquirí con mis ahorros? ¿Será el contenido? Una historia hoy clásica en su estructura, bien contada, el primero, que me llevó a Bristol y me presentó la palabra Squire, nivel social inglés para mi desconocido entonces. Y el segundo contenía la inolvidable escena del desastre de Rancagua recreada en clases por los alumnos y su profesora, quien luego sería reprendida por ello. Fue la primera vez que supe de algún niño que hablara de “la mamá” y no de “mi mami”; pasó un buen tiempo para que aprendiera que el barrio alto maneja su propio lenguaje. Se me acaba de ocurrir que tal vez esos libros me llegaron tanto debido a que en ambos los narradores eran niños. Veamos qué otros van apareciendo.

Debo decir que mi entusiasmo por los libros tiene algo de la admiración por la cosa bien hecha: una historia entretenida, profunda o reflexiva desarrollada en, digamos, 150 a 500 páginas, que hace del lector una suerte de voyeur. La mirada retrospectiva liviana me permita detectar ciertos patrones en la evolución de mis gustos literarios, o más bien de los criterios de selección. Probablemente empecé por el entretenimiento. En esa dimensión titila con destellos dorados Herne el Cazador, aventura medieval que – sorprendentemente - mi madre adquirió para mi cuando yo aún estaba en su vientre. Lo rescató varios años después, haciendo orden en la casa. Más tarde ella y yo nos entusiasmaríamos con las novelas de Agatha Christie y otras de misterio. Eso me llevó a pedirlas en la biblioteca de Humanidades de mi colegio, donde la bibliotecaria dictaminó que no eran apropiadas para mi edad y me sugirió las novelas de Zane Grey, sobre aventuras en el viejo oeste norteamericano; gran sugerencia pues terminé leyendo toda la existencia. Debe haber sido al finalizar el colegio que leí el primer texto que me impresionó por el tratamiento del lenguaje, por lo bien que estaba escrito; era la presentación de Neruda en el programa de su Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta que acudí a ver con mis padres en el Antonio Varas.

Luego de leer de manera literalmente indiscriminada durante mis estudios universitarios, un joven alumno llegó un día con una historia que – según él – trataba del valor del tiempo. Era Momo, de Michael Ende, la historia de la niña que sabía escuchar y que derrotaba a los ladrones del tiempo, esos eficientistas des-humanizantes que pretendían cambiar los hábitos y costumbres de sus amigos.

Hoy la forma tiene importancia, tanto que he dejado de leer a algunos chilenos o chilenas por su descuido en el lenguaje, a diferencia de la fluidez y riqueza que encuentro en el castellano de Javier Marías, cuyo Todas las Almas fue un hallazgo, o en la escritura de Juan José Millás, que arma frases, historias y pensamientos con - lo intuyo – gran facilidad. El aprecio por la forma y el fondo simultáneamente me ha hecho preguntarme si Kundera o Saramago serán tan fluidos en sus idiomas originales ¿Cuánto hará el traductor? (es notable como este personaje es usualmente mirado con desconfianza, debido a la asociación traductor-traidor; se me ocurre que, sin embargo, tal vez a veces mejora la escritura).

Mire Usted lo que me va llegando cuando descuido la memoria. Es que no sólo de pan vive el hombre. Así como muchos autores me acompañan en la búsqueda del Bello Sino, otros deben haber dejado su huella en mi historia por razones casi puramente estéticas ¿Será?

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