Sunday, November 30, 2008

Dejarlo por cantado

Aunque gocé las novelas con el detective Carvalho como personaje central - de Manuel Vázquez Montalbán - porque son entretenidas, bien escritas e inteligentes, al leerlas me empapé simultáneamente de la historia de los últimos cuarenta años de España. No me parece que haya sido la intención del autor contarla, pero los personajes, circunstancias y ambientes contenían los elementos suficientes como para hacerse una buena idea de la evolución política y social de la Madre Patria a medida que Carvalho avanzaba en su vida, desde finales de los sesenta a comienzos del siglo XXI. No siempre la descripción del entorno inmediato del personaje permite tal cosa, como en los casos de las aventuras del inspector Maigret de Simenon o del comisario Montalbano de Camilleri, donde el énfasis está más bien en el carácter de ambos y en sus relaciones personales con colegas, amigos y parientes. Pero la escritura siempre deja algo del ambiente.

 

Una de las razones para aceptar el desafío que me planteó el director de la radio al solicitarme artículos para nuestro diario electrónico hacia fines del 2004, fue justamente que eso me obligaba a dejar las cosas por escrito, induciendo la necesidad de ordenar las ideas y expresarlas coherentemente. Luego de un tiempo me di cuenta de que el conjunto de crónicas se estaba constituyendo en un archivo que tenía elementos autobiográficos, descripción de lugares, algo de historia del país, y así. Como la conciencia es fruto de la experiencia, en estos escritos queda plasmada mi visión de las cosas pero no mi historia. Es decir, usted puede llegar a saber como pienso, pero no necesariamente como he vivido. Las crónicas no son un diario de vida.

 

Nunca llevé un diario pero si escribí canciones desde los catorce años, aunque no fue sino hasta los dieciocho que algunas letras comenzaron a tomar un tono directamente autobiográfico: la novia que emigró, los eventos en la universidad, los cambios en el país, mis amigos, el golpe, la serie de temas que cuentan la conquista de mi mujer, los hijos, los estudios fuera del país, las dificultades, y así. Claro que no es lo mismo dejarlo por escrito que dejarlo por cantado. Más aún, un amigo me dice que muchas de mis canciones son crípticas, lo que no tiene nada de raro si uno piensa que la letra de una canción combina historias, sensaciones y sentimientos en unos pocos versos que son sostenidos por una melodía que se prolonga entre dos y cuatro minutos. Piense también que un músico inmaduro puede optar por lo obvio (lo que las otras canciones dicen), por lo comercial (lo que todos quieren escuchar) o por lo panfletario (lo que promueve una idea o una venta). Tal vez lo que parece críptico sea una combinación de lo íntimo con lo metafórico, pero créame que es sincero. Ahora que lo pienso, las crónicas son para que ustedes las lean, pero mis canciones han sido siempre básicamente para mi y para mis amigos. Por eso incluir una de ellas en uno de mis programas es un acto excepcional pues me muestro demasiado. Tal vez pienso que ya nos tenemos confianza suficiente como para que me atreva a buscar el Bello Sino de manera más íntima.

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Saturday, November 22, 2008

Reclamar o morir

Quienes asisten a los estadios locales a mirar los partidos de fútbol en directo, saben que entre los espectadores hay una suerte de metalenguaje propio de esa actividad que está repleto de sinsentidos.  “No había nadie”, se queja el hincha cuando uno de los jugadores de su equipo envía un centro hacia el arco rival donde no hay ninguno de sus compañeros; pero lo dice como si fuese un evento al azar, sin pensar que tal centro pudo haber sido un error, sino en lo que podría haber pasado si hubiese habido alguien allí. Pero lo más asombroso es uno de los criterios para decidir si hubo o no falta. “Nadie reclamó”, dice el hincha del equipo presunto infractor, dando por sentado que si hubiese habido falta la única reacción posible del agredido era reclamar. Si no hay reclamo, no hay falta.

 

Actitudes o juicios como estos parecen haberse extendido a todos los ámbitos del quehacer nacional. Las jóvenes parejas que empiezan a armar su casa y han adquirido algún electrodoméstico en alguna multitienda pidiendo que se lo envíen a su domicilio, saben que nunca llegará el día solicitado, que podría llegar antes (en su ausencia) o simplemente no llegar. Y cuando llega, podría no ser lo que han pedido. Y reclamar no sólo es desagradable sino muchas veces improductivo. Sé del caso de un muchacho que, luego de un par de semanas de adquirido el producto (un regalo de cumpleaños), recibió distintas explicaciones telefónicas hasta que le dijeron que ya no estaba en stock; debió amenazar y mentir para llegar telefónicamente hasta la bodega misma, donde no descansó hasta que la encargada le dijo que su compra estaba en el camión de despacho. Pero los casos más dramáticos están en el área de la salud.

 

Luego de varias visitas al médico en un hospital público, incluyendo exámenes que se fueron acumulando lentamente, una modesta señora fue informada de la existencia de un tumor maligno que requería de una operación; para realizarla debería esperar su turno, lo que podría tomar semanas. Luego de varios meses y de muchas consultas al hospital, la señora reclamó en algún servicio centralizado. Como resultado, fue contactada telefónicamente por el médico mismo que le dijo que estaba en buena prioridad para ser atendida pero que la aparición de casos más graves modificaba su posición en la lista de espera. Preocupada por esta información que sugería que sólo sería atendida cuando estuviese grave, logró averiguar que el proceso tenía plazos que debían cumplirse y que estos eran controlados computacionalmente en el ministerio correspondiente. Grande fue su desazón cuando constató que, si bien su nombre estaba en la lista, desde el hospital no habían ingresado absolutamente nada más, ni su diagnóstico, ni sus exámenes ni las fechas. Por lo tanto no había plazos. Luego de esta averiguación, fue finalmente citada al hospital correspondiente.  Allí se dio cuenta de que lo habían hecho para … retarla por haber reclamado y dejarle traslucir informalmente que había por ahí una secretaria nueva que no cumplía su deber. Si bien quedó asustada por tan inesperado evento al que tuvo que asignar una mañana completa, quedó con la sensación de una pronta atención. ¿Es que, como en el fútbol, creen que si uno no reclama es porque se siente bien? Veremos.

 

Como reza el tango Cambalache, “el que no llora no mama y el que no mama es un gil”. Aquí parece serlo el que no reclama, lo que induce una costumbre que es una evidente fuente de angustia y que está lejos de pavimentar el camino al Bello Sino. Dejo estampado formalmente mi más enérgico reclamo.

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Friday, November 14, 2008

El paso del tiempo

Hace ya varios años decidí no instalar televisión por cable, con el afán de intentar mantener cierto control sobre el uso de mi tiempo. Tampoco adquirí aparato de video pues en esa época sólo existían las cintas, las que normalmente traían las películas en formato adaptado a la pantalla de TV, eliminando buena parte de la imagen; verlas mutiladas me parecía un insulto a sus creadores. Ver esas versiones me parecía equivalente a mirar la Gioconda en fotocopia. Hasta que llegó el DVD.


 

Además de su mejor resolución en la pantalla, buena parte del material cinematográfico editado en DVD está disponible en formato original (Widescreen). Comencé, como muchos, rescatando algunos clásicos del cine que, en su momento, no aprecié debidamente o simplemente no vi. Pero también me hice de películas que me interesaba repasar por haber sido de mis favoritas en su momento, hace ya muchos años. Es el caso de Busco mi Destino (1969, Easy Rider en el original) y El Graduado (1967). La primera, el viaje en moto de dos hippies gringos para vender droga, no ha resistido bien el paso del tiempo. El mensaje de rebeldía llega débil en forma y fondo salvo en dos pasajes: en la brutal descripción del sistema social que entrega el abogado representado por un joven Jack Nicholson (“jamás les digas que no son libres”) y en la escena final, feroz imagen de una clase obrera alienada. Fíjese, dos asuntos absolutamente contemporáneos como la libertad y la alienación tratados hace cuarenta años desde una perspectiva generacional.

 

Si bien la estética visual de El Graduado también responde claramente a su época, la historia de la seducción del joven licenciado por la madura vecina y el conflicto producido al enamorarse él de la hija quien luego se entera del affaire materno, está sostenida por secuencias, diálogos y actitudes perfectamente digeribles en estos comienzos del siglo XXI. Pude comprobarlo al observar la reacción de mi hijo menor y su novia; les gustó tanto verla por primera vez como a mi mujer y a mi revisarla luego de tantos años.

 

También es posible apreciar el paso del tiempo en las series de televisión. Han llegado a mi colección las primeras temporadas de dos de mis series favoritas: M.A.S.H. (1972-1983) y Lazos Familiares (1982-1989). En ambas comedias hay un contrapunto entre las visiones progresista-solidaria y conservadora-mercantil de la sociedad. En la primera, ambientada en los cincuenta en plena guerra de Corea, dos estupendos y desenfadados cirujanos sirven en una unidad médica instalada en el frente de combate, conviviendo con personajes de todo tipo, incluyendo chauvinistas cuyas actitudes patrioteras y racistas provocan las puyas de los dos colegas en hilarantes diálogos. En la segunda, el conservador hijo mayor de una pareja de ex hippies entra en jocosos conflictos generacionales y políticos con sus progenitores. Por alguna razón, nuevamente la serie más reciente – la segunda – es la que parece calzar menos con la estética fílmica contemporánea, aunque el contrapunto allí planteado pueda tener plena vigencia en muchos ambientes del Chile de hoy.

 

No son los contenidos los que sufren con el paso del tiempo, son las formas que se usaron para desarrollar esos contenidos las que hacen que películas y series envejezcan mejor o peor. Por eso seguimos con la música y la conversación. Así la búsqueda del Bello Sino se hace una tarea permanente.

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Sunday, November 9, 2008

Desechables


Entre mis conocidos en el extranjero nuestro país despierta una curiosidad positiva. Muchas veces me han pedido una descripción complementaria a las imágenes construidas por la prensa. Hasta hace un tiempo, yo solía contestar que Chile era un país donde en muchos sectores de la población se lavaban los vasos desechables, lo que me permitía expandirme en dos direcciones importantes: la poco equitativa distribución del ingreso y el contrapunto entre la cultura del despilfarro imperante en el hemisferio norte y la nuestra. He moderado estos corolarios pues creo que el no desechar lo desechable tiene una componente generacional.

 

Resulta que guardo los corchos de las botellas, sin afán de usos artísticos o porque me falten. Lo hago por si alguna vez necesitara dejar una nueva botella de vino tapada y su corcho se hubiese roto. De repente me doy cuenta de la enorme cantidad recopilada en el cajón del servicio y los boto. Y empiezo a juntar de nuevo. Como me da algo de pudor exponer otras actitudes parecidas (guardo los tornillos, por ejemplo), prefiero contarle de inmediato que estoy en muy respetable compañía. El uruguayo Eduardo Galeano (si, el de Las Venas Abiertas de America Latina), escribe en una crónica que lava “los guantes de látex que eran para usar una sola vez”, que apila “como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos”, y que “los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable”. Y dice que lo hace porque lo “educaron para guardar todo”… “lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir.” Y sigue con los botones, los carretes de hilo, los tubitos de tinta, las hojas de afeitar, el papel plateado de chocolates y cigarros, las chapitas de las botellas y los frasquitos.

 

Latinoamericano, dirá usted. Pues bien: acabo de terminar un libro del sueco Henning Mankell, donde el inspector Wallander – separado, maduro, astuto, lleno de dudas – es interrogado por su hija acerca de lo difícil de vivir en la Suecia contemporánea. “Hemos dejado de zurcir los calcetines”, dice Wallander. Le cuenta que todos lo hacían pues eran instruídos para eso y que “un día, de pronto, se terminó. Los calcetines rotos se tiraban”… “Toda la sociedad se transformó. Gastar y tirar fue la única regla…”. Pero Wallander extrapola: “Hay cada vez más personas, especialmente jóvenes como tú, que se sienten innecesarias o incluso indeseadas en su propio país…” sin saber que hubo “un tiempo en el que no se usaban y tiraban ni los calcetines ni las personas.” ¿Exagera? No está solo en esto. A miles de kilómetros de Suecia el sudamericano Galeano remata su crónica diciendo que se muere de ganas de decir que hoy “también el matrimonio y hasta la amistad es descartable…”, que “a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones.”

 

Me escribe una auditora para decirme que si bien es de la nueva generación, guarda las tuercas que encuentra, pero que lo hace por parecerle una conducta ecológica y amigable con nuestro medio ambiente, que se ve amenazado por el consumismo y la cultura de lo desechable. Le parece “poco inteligente crear un envase bonito u objetos desechables que pierdan utilidad en corto tiempo y que luego van a ir a alimentar un basural… Y el costo lo asume el consumidor y no la empresa a la que se le ocurre producir ese envase. Y la sociedad y los más pobres asumen el costo de los basurales.” Bueno, no se si debo tirar mis frasquitos, pero si se que Galeano, Mankell, mi joven auditora y yo buscamos un Bello Sino que no sea desechable.

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Saturday, November 1, 2008

Buena derivada

Me fui caminando desde La Habana Vieja hasta El Vedado por el malecón. Mi compañía era un joven mulato quien, como tantos otros cubanos durante mi primera visita a la isla, me ofrecía ron, tabaco, comida y mujeres. La caminata era larga, lo que me llevó a romper la costumbre de rechazar todo de plano; le pregunté por el precio del ron. Cinco dólares la botella, me informó. Indagué si me haría descuento por cantidad. No me entendió. Si compro cuatro cuanto me saldría, insistí. Luego de unos minutos me di cuenta de que no sabía multiplicar, pero cuando sugerí dieciséis dólares por cuatro botellas me dijo que era poco. Probablemente su profesor de matemáticas no logró entusiasmarlo con las tablas de multiplicar, pero la práctica continua de la venta de ron terminó por transmitirle las habilidades necesarias para hacerlo bien. Notable.

Esto de usar conceptos matemáticos o ingenieriles sin saberlo es más frecuente de lo que se cree. Incluso ha pasado a formar parte del lenguaje cotidiano. Es común hoy en día escuchar frases como “me cansé ene” o “fue una fiesta bacán, bailamos y comimos ene”. Evidentemente la palabra ene está siendo usada para denotar mucha cantidad, lo que proviene del uso de la letra N en las sumatorias y series matemáticas, donde los índices varían “de 1 a n”; aunque esa n en realidad representa cualquier número, se asocia a uno grande. También es cada vez más frecuente oír hablar de “un tipo X” para referirse a un individuo cualquiera. Nuevamente se está tomando prestado del lenguaje matemático la letra que normalmente representa una variable cualquiera, usualmente una incógnita a despejar en las primeras ecuaciones que se ven en el colegio.

Hace unas semanas escuché a una abogada decir que un proceso judicial tenía “buena derivada”. Interesante uso del término, pues la derivada representa el cambio de una variable ante un cambio en otra que influye a la primera. Así, por ejemplo, si en un mismo individuo el número de canas aumenta con la edad, se dice que la derivada de las primeras con respecto a los años es positiva. La aseveración de la abogada toma así matices de metáfora, pues si bien una derivada no puede ser buena ni mala, ella insinúa que las cosas están evolucionando positivamente para ella en la corte. Algo más complejo de interpretar es la respuesta que un ex presidente de la república dio a un periodista, diciendo que su pregunta involucraba una “segunda derivada” del problema en discusión, desentendiéndose del asunto. Como ese concepto representa el cambio de la primera derivada (la variación de la variación), probablemente quiso decir que no estaba para sutilezas sin importancia ¡Supiera el ex mandatario que el signo de la segunda derivada indica la concavidad o convexidad de la curva! Tal vez por eso las confusiones entre izquierda y derecha, arriba y abajo o máximo y mínimo en esta democracia mentirosa. Le hago notar que buscar el Bello Sino es confiar en un derivada positiva.

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