Desechables
Resulta que guardo los corchos de las botellas, sin afán de usos artísticos o porque me falten. Lo hago por si alguna vez necesitara dejar una nueva botella de vino tapada y su corcho se hubiese roto. De repente me doy cuenta de la enorme cantidad recopilada en el cajón del servicio y los boto. Y empiezo a juntar de nuevo. Como me da algo de pudor exponer otras actitudes parecidas (guardo los tornillos, por ejemplo), prefiero contarle de inmediato que estoy en muy respetable compañía. El uruguayo Eduardo Galeano (si, el de Las Venas Abiertas de America Latina), escribe en una crónica que lava “los guantes de látex que eran para usar una sola vez”, que apila “como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos”, y que “los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable”. Y dice que lo hace porque lo “educaron para guardar todo”… “lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir.” Y sigue con los botones, los carretes de hilo, los tubitos de tinta, las hojas de afeitar, el papel plateado de chocolates y cigarros, las chapitas de las botellas y los frasquitos.
Latinoamericano, dirá usted. Pues bien: acabo de terminar un libro del sueco Henning Mankell, donde el inspector Wallander – separado, maduro, astuto, lleno de dudas – es interrogado por su hija acerca de lo difícil de vivir en la Suecia contemporánea. “Hemos dejado de zurcir los calcetines”, dice Wallander. Le cuenta que todos lo hacían pues eran instruídos para eso y que “un día, de pronto, se terminó. Los calcetines rotos se tiraban”… “Toda la sociedad se transformó. Gastar y tirar fue la única regla…”. Pero Wallander extrapola: “Hay cada vez más personas, especialmente jóvenes como tú, que se sienten innecesarias o incluso indeseadas en su propio país…” sin saber que hubo “un tiempo en el que no se usaban y tiraban ni los calcetines ni las personas.” ¿Exagera? No está solo en esto. A miles de kilómetros de Suecia el sudamericano Galeano remata su crónica diciendo que se muere de ganas de decir que hoy “también el matrimonio y hasta la amistad es descartable…”, que “a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones.”
Me escribe una auditora para decirme que si bien es de la nueva generación, guarda las tuercas que encuentra, pero que lo hace por parecerle una conducta ecológica y amigable con nuestro medio ambiente, que se ve amenazado por el consumismo y la cultura de lo desechable. Le parece “poco inteligente crear un envase bonito u objetos desechables que pierdan utilidad en corto tiempo y que luego van a ir a alimentar un basural… Y el costo lo asume el consumidor y no la empresa a la que se le ocurre producir ese envase. Y la sociedad y los más pobres asumen el costo de los basurales.” Bueno, no se si debo tirar mis frasquitos, pero si se que Galeano, Mankell, mi joven auditora y yo buscamos un Bello Sino que no sea desechable.