Friday, December 26, 2008

Canción de Navidad

Hace 165 años Charles Dickens, el inglés autor de David Copperfield y Oliver Twist, escribió y publicó su muy conocida novela corta A Christmas Carol, título muchas veces traducido como Cuento de Navidad. Como carol – que viene de coro – significa canción popular festiva, la traducción más apropiada sería Canción de Navidad. Así como un buen cineasta logra delinear personajes y situaciones en menos de dos horas con medios audiovisuales sobre la base de un buen guión, en pocas páginas Dickens – un fino crítico social - utiliza la idea de la Navidad para resaltar y finalmente redimir a un personaje como Ebenezer Scrooge, adicto al trabajo y explotador inhumano cuyo único afán es acumular riquezas. Vaya, ¿nada nuevo bajo el sol después de un siglo y medio?

Creo detectar cuatro diferencias importantes entre este Scrooge - que es expuesto a su pasado inocente, su presente malvado y su futuro triste y solitario – y sus versiones modernas ya que el tiempo no pasa en vano y las técnicas de marketing se han desarrollado de manera muy efectiva. En primer lugar, la imagen del Scrooge contemporáneo es la de un héroe digno de imitar, un ganador cuya fortuna provendría de su trabajo e inteligencia. Segundo, no es un tacaño evidente pues comparte su fortuna de manera directa con sus colaboradores cercanos (regalos que le aseguran incondicionalidad) e indirecta mediante donaciones descontables de impuestos. Tercero, es encantador, usando la frase apropiada y el gesto preciso casi como un reflejo condicionado, asesorado por expertos en imagen. La síntesis, por último, es tan distinta: el Scrooge de Dickens se redime, cambia, se transforma en un hombre sencillo, comprensivo y generoso. Sabemos que tal cosa no es posible ya que la vida va creando formas de mirar la propia obra que justifican nuestras acciones; el Scrooge de hoy, alegre y dicharachero, se siente un creador de empleo, un emprendedor, un ejemplo a seguir. Y tal imagen será reforzada por una forma colectiva de mirar, una ideología dominante cultivada ya durante tantos años, que hace que buena parte de los pobres, alienados y explotados, lo admiren.

La versión local de las canciones de Navidad son los villancicos, que mi familia amplia – esposa, hijos, nueras, padres, hermanas, cuñados y sobrinos – interpreta en estas fechas todos los años. Nos gustan particularmente las del Cuncumén, ese grupo que integraban Silvia Urbina, Rolando Alarcón y Víctor Jara entre otros. Por eso la nochebuena llegué a la radio con mi guitarra, pues una vez finalizado el programa partí de ahí directamente a la casa de mis viejos, donde el  mismo árbol y el mismo menú – tradiciones de más de cuarenta años - me esperaban cariñosos. Luego del pavo con salsa nogada y papas duquesa, cantamos villancicos y salimos al barrio a entonar Adeste Fideles, El Temperuley, Señora Doña María, El Mensaje de los Ángeles y, por supuesto, Noche de Paz, sin apuros y sabiendo que todo es parte de la búsqueda del Bello Sino.

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Saturday, December 20, 2008

Conversaciones Atractivas

He descubierto que tengo una limitación estructural que no es fácil explicar. No puedo distinguir entre la belleza y el intelecto o, más bien, una buena conversa me desdibuja los cánones de la hermosura y de la sensualidad. Es decir, una mujer que inicialmente me podría parecer poco atractiva me empieza a gustar en un sentido estético-físico si me resulta entretenido conversar con ella un rato largo. Y a la inversa, un bombón se  me desdibuja si me aburro. Le dije que no era fácil, pero ya me metí en esto.

Al igual que la mayoría de los hombres, miro a las mujeres que me resultan atractivas ¿Qué miro? Confieso que puedo admirar partes casi independientemente del todo. Así, por ejemplo, una chica morena de ojos claros me resulta interesante desde la partida, más aun si tiene los párpados caídos, como la Romy Schneider, Dorothy Malone, Lauren Bacall o Doris Day. Pero también pueden ser las piernas que, al igual que su prolongación superior, las nalgas, me gustan más torneadas que delgadas. Prefiero mirar las piernas de Elke Sommer que las de Audrey Hepburn, aunque si usted tiene menos de treinta no tiene idea de lo que estoy hablando. Bueno, quiero decir que las extremidades inferiores de Catherine Z. Jones me resultan mas sensuales que las de Uma Thurman ¿Estamos? Ojo, que no intento establecer cánones de belleza sino más bien revelar mis preferencias. Omitiré las referencias al busto pues podría ganarme el repudio eterno de algunas auditoras; pero me gusta más bien generoso que escuálido. Ah, y la cintura precisa para el bolero es el hardware complementario del software de la docilidad para dejarse conducir en el baile.

Pero luego de una hora de conversación, risas, asombro, discusión, contrapunto, retrueque, metáforas, argumentos, comparaciones e hipérboles, de una hora que se pasa volando, los párpados se caen, las piernas se tornean, los glúteos maduran, el pecho avanza fiero y el diámetro de la cintura se ajusta al de mi brazo ¿Se da cuenta? Mi percepción de la belleza y la sensualidad pasan por la interacción verbal. Claro que hay gente que me dice que mi mujer es linda y entretenida a la vez. Y es probable que así sea, pero nunca lo sabré de manera objetiva pues me entretengo mucho con ella buscando el Bello Sino.

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Thursday, December 11, 2008

Prejuicios

Cuántas veces lo habrá escuchado o dicho: que los argentinos son creídos, que las mujeres conducen mal, o que los orientales son trabajadores. Tal tipo de creencias contienen dos elementos. Primero, de algún lado las sacamos, de algunas experiencias personales o porque nos han contado convincentemente historias que las sustentan. Segundo, tales experiencias o historias son extrapoladas a todos los individuos que pertenecen al grupo correspondiente. Hago notar que son dos elementos distintos, ya que el primero es la creación de la imagen – la asociación entre personas y sus presuntas características - y el segundo es la asignación de tales características a todas las personas de ese grupo.  Es este segundo factor el que parece estar más asociado al prejuicio propiamente tal.


 

Juzgar antes de saber – prejuzgar – es algo más común de lo que se podría pensar. Los ejemplos antes entregados asocian actitudes con pertenencia a una clase de persona, a un conjunto. Por ejemplo: A es blanco, los blancos son sucios, luego A es sucio. Impecable razonamiento… si A fuese blanco y todos los blancos fuesen sucios. Para dramatizar lo erróneo que tal inferencia podría ser, reemplace las dos primeras aseveraciones por “parece que A es blanco” y “la mayoría de los blancos…”. En estos casos la conclusión no es necesariamente cierta. Es decir, se razona haciendo una inferencia que puede no ser correcta, particularmente cuando la segunda premisa no está sustentada por los datos. Pero hay matices; le quiero contar una historia donde el prejuicioso fui yo.

 

A fines del año 1978 comenzábamos nuestros estudios en Boston y decidí que necesitábamos un equipo de música. Un amigo nos recomendó una tienda mayorista en las afueras de la ciudad donde elegimos de estos “tres en uno”, con tocadiscos, casetera y radio. Me puse en la fila para pagar mi compra; a los pocos segundos escucho una voz airada diciendo en un inglés poco académico: “yo estaba aquí primero”. Ante mi cara de sorpresa, el hombre - bajo y grueso, de camisa de franela arremangada – continuó: “¿Quién se cree que es? ¿No sabe que es por orden de llegada?”. Si bien le expliqué que no había visto a nadie detrás de mí, le pedí que por favor pasara adelante. Lo hizo refunfuñando acerca de estos extranjeros que no aprenden modales ni las reglas en su nuevo país. Fue en ese minuto que aparecieron nítidas dos escenas de películas, aquella donde los camioneros disparan a los dos hippies que van en sus motos en Busco mi Destino, y otra en la cual el modesto y limitado joven Lucienne Lacombe llega a ayudante de comisario en
la Francia colaboracionista, tomándole gusto al poder y al abuso que posibilita. Y pensé que este señor bajito y rechoncho era un obrero alienado, que culpaba a los inmigrantes de sus dificultades laborales o económicas, asociándome a mí con uno de ellos. Su prejuicio, claro. Una vez cancelada mi cuenta, debí acercarme al lugar en el subterráneo donde entregaban la mercadería. En eso estaba cuando vi nuevamente al energúmeno que se dirigía directamente a mi. “Ahora me pega” alcancé a pensar antes de que extendiera su mano y me la ofreciera diciendo “lo siento, muchacho; hoy ha sido un mal día”. Vaya, no era sino un obrero que ese día había tenido dificultades en su trabajo, o con su señora o sus hijos. Mi prejuicio, esta vez.

 

Aprovecho de acusarme de otro prejuicio. Cuando me llama o escribe un auditor o auditora que no conozco, creo que es lector, que gusta de la buena música popular y del cine. Y que es más bien buena persona, que busca un Bello Sino ¿Ingenuo o prejuicioso?

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Saturday, December 6, 2008

Bueno, bonito y barato: Marsé

No me pareció extraño que Joaquín Sabina identificase como su escritor favorito a Antonio Muñoz Molina, el de Plenilunio (magnífica), Ardor Guerrero y El Jinete Polaco. En esta última novela de inspiración autobiográfica, el autor relata el devenir de los habitantes de Mágina, alter urbe de Úbeda, ciudad andaluza en la que tanto Sabina como Muñoz Molina nacieron. Allí es descrito el policía poeta cuyo hijo emigra a Inglaterra para volver cantor y contestatario - Sabina, claro - acompañado de una rubia.

Este tipo de asociaciones o complicidades entre escritores y músicos me hizo llegar - hace ya un buen tiempo - a Juan Marsé, el escritor catalán reciente ganador del premio Cervantes, considerado el más importante de la literatura en lengua castellana. Leí alguna vez que el también catalán Joan Manuel Serrat declaraba a Marsé su escritor preferido. Tal vez por eso – no recuerdo bien la secuencia de eventos – me llamó la atención uno de sus libros en edición de bolsillo que se ofrecía muy barato en lo que entonces era la sucursal de ofertas de La Casa del Libro en Madrid, a media cuadra de la Gran Vía en la misma manzana donde se ubica la tienda central de esa hermosa librería. Se sumaron así el nombre del autor, ya ubicado en algún lugar de mi cerebro, el Premio Planeta anunciado en la portada – buen antecedente en mi experiencia - y el bajo costo, combinación que sugería una irresistiblemente alta relación calidad-precio. Así llegó a mis manos La Muchacha de la Bragas de Oro, que gocé de cabo a rabo; el libro, quiero decir.

Más adelante una nueva suma de circunstancias me llevaron a ampliar mi colección Marsé y a descubrir nuevos nexos con Serrat. La circunstancia más importante fue la liquidación de la Librería Universitaria hace algunos años donde – entre otros – llegaron a mi biblioteca Teniente Bravo – una colección de tres relatos - y Últimas Tardes con Teresa. En esta novela de 1966, una niña pija (cuica diríamos acá) pero progre se involucra con un barriobajero; pues bien, esta chica que aquí hubiese sido del Mapu universitario, se apellida… Serrat. Y entre los relatos del primer libro se incluye El Fantasma del Cine Roxy, casi el mismo título de una canción de Serrat que, una vez mirado el CD correspondiente, resultó tener letra de Marsé y Serrat: Los Fantasmas del Roxy.

Y así es que el rincón Marsé en los anaqueles de pino que constituyen la infraestructura de mi biblioteca se ha ido ampliando, empujando a Javier Marías y a Germán Marín. Me alegra que el jurado del Cervantes esté de acuerdo conmigo, esta vez. Es que el Bello Sino tiene música, literatura y ciertas complicidades.

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