Obama y yo
No sólo fue la noticia de la semana en el centro del imperio; lo fue en todo el mundo: asumía el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos de Norteamérica. Y mientras yo iba camino al aeropuerto Reagan de la capital norteamericana para iniciar mi regreso al terruño, una enorme multitud se dirigía a escuchar el concierto de celebración frente al Lincoln Memorial, cuyas escaleras descienden hacia la larguísima pileta que refleja nítidamente el blanco obelisco - monumento a Washington – que emerge al otro extremo. Tan sólo un día antes había estado visitando esos lugares tan filmados, tan fotografiados, tan parte de la historia política y popular del gran país del norte.
Esa mañana visité la exposición que un colectivo de arte había montado en Georgetown en homenaje al presidente electo. Además de las muy interesantes obras – incluyendo un cuadro basado en la portada de Sergeant Pepper’s – me atrajo el documento que manifestaba la triple intención de la muestra: provocar un cambio de energía hacia una gran reforma en salud, los derechos de los trabajadores y una economía “verde”; me pareció una muestra de esperanza, aunque más allá de las intenciones explícitas del homenajeado. Desde allí me dirigí a la zona del memorial, donde nunca había estado. El acceso a la enorme estatua de Lincoln – inscrita en una suerte de templo griego - estaba impedido por la preparación del escenario donde cantarían al día siguiente Bruce Springsteen y Pete Seeger, entre muchos otros. Mientras sacaba fotos, pensé que estaba en el lugar del discurso liberador de Martin Luther King y frente a la pileta en que Forrest Gump abraza a su amada al volver de Vietnam luego de convertirse en héroe casual frente a la multitud. El terrible frío no impidió que sintiera buenas vibraciones, bellosinescas.
Luego de visitar una muestra sobre Pompeya y la simplemente inagotable colección pictórica de la Galería Nacional, caminé por las calles de Washington pensando que el entusiasmo y las expectativas superaban lo esperable del nuevo gobierno demócrata. En eso estaba cuando las puertas de un bar se abrieron y salió un hombre grande, barbudo y negro, que se paró en medio de la vereda y dijo alegre y estentóreamente: “my president is black!” Esa imagen me acompañó hasta Santiago, donde el periódico del lunes traía la crónica del concierto y un artículo sobre las preferencias literarias de Obama. Allí leí que uno de los libros que había hecho una gran impresión sobre él había sido nada menos que El Cuaderno Dorado, la gran novela de Doris Lessing ¡que yo estaba leyendo! Se trata de un documento voluminoso (ochocientas páginas) donde la autora cuenta de jóvenes verbalmente progresistas en la Rodesia racista, de los rollos de una escritora con el sexo opuesto, de los conflictos intelectuales de una comunista en el Londres de la post guerra y de las dificultades de ser mujer libre. Todo contado en forma magnífica desde el punto de vista narrativo, con un desarrollo multidimensional sólo comparable al 5.1 de los modernos sistemas de sonido.
Vaya; la esperanza del colectivo de arte, la identificación del grandote saliendo del bar y las lecturas de Obama me han dejado reflexionando acerca de las múltiples formas que toma la búsqueda del Bello Sino. Como no creo en dioses ni en demonios, busco señales; y las encuentro.