Sunday, January 25, 2009

Obama y yo

No sólo fue la noticia de la semana en el centro del imperio; lo fue en todo el mundo: asumía el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos de Norteamérica. Y mientras yo iba camino al aeropuerto Reagan de la capital norteamericana para iniciar mi regreso al terruño, una enorme multitud se dirigía a escuchar el concierto de celebración frente al Lincoln Memorial, cuyas escaleras descienden hacia la larguísima pileta que refleja nítidamente el blanco obelisco - monumento a Washington – que emerge al otro extremo. Tan sólo un día antes había estado visitando esos lugares tan filmados, tan fotografiados, tan parte de la historia política y popular del gran país del norte.

 

Esa mañana visité la exposición que un colectivo de arte había montado en Georgetown en homenaje al presidente electo. Además de las muy interesantes obras – incluyendo un cuadro basado en la portada de Sergeant Pepper’s – me atrajo el documento que manifestaba la triple intención de la muestra: provocar un cambio de energía hacia una gran reforma en salud, los derechos de los trabajadores y una economía “verde”; me pareció una muestra de esperanza, aunque más allá de las intenciones explícitas del homenajeado. Desde allí me dirigí a la zona del memorial, donde nunca había estado. El acceso a la enorme estatua de Lincoln – inscrita en una suerte de templo griego - estaba impedido por la preparación del escenario donde cantarían al día siguiente Bruce Springsteen y Pete Seeger, entre muchos otros. Mientras sacaba fotos, pensé que estaba en el lugar del discurso liberador de Martin Luther King y frente a la pileta en que Forrest Gump abraza a su amada al volver de Vietnam luego de convertirse en héroe casual frente a la multitud. El terrible frío no impidió que sintiera buenas vibraciones, bellosinescas.

 

Luego de visitar una muestra sobre Pompeya y la simplemente inagotable colección pictórica de la Galería Nacional, caminé por las calles de Washington pensando que el entusiasmo y las expectativas superaban lo esperable del nuevo gobierno demócrata. En eso estaba cuando las puertas de un bar se abrieron y salió un hombre grande, barbudo y negro, que se paró en medio de la vereda y dijo alegre y estentóreamente: “my president is black!” Esa imagen me acompañó hasta Santiago, donde el periódico del lunes traía la crónica del concierto y un artículo sobre las preferencias literarias de Obama. Allí leí que uno de los libros que había hecho una gran impresión sobre él había sido nada menos que El Cuaderno Dorado, la gran novela de Doris Lessing ¡que yo estaba leyendo! Se trata de un documento voluminoso (ochocientas páginas) donde la autora cuenta de jóvenes verbalmente progresistas en la Rodesia racista, de los rollos de una escritora con el sexo opuesto, de los conflictos intelectuales de una comunista en el Londres de la post guerra y de las dificultades de ser mujer libre. Todo contado en forma magnífica desde el punto de vista narrativo, con un desarrollo multidimensional sólo comparable al 5.1 de los modernos sistemas de sonido.

 

Vaya; la esperanza del colectivo de arte, la identificación del grandote saliendo del bar y las lecturas de Obama me han dejado reflexionando acerca de las múltiples formas que toma la búsqueda del Bello Sino. Como no creo en dioses ni en demonios, busco señales; y las encuentro.

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Saturday, January 17, 2009

De derecha a izquierda

En algún momento de nuestra historia reciente se convirtió en un lugar común en los labios de los analistas políticos – y los propios políticos - decir que las nociones de izquierda y derecha estarían obsoletas, serían categorías superadas por la historia, reemplazadas por otras nociones nunca muy claras. Aun sin siquiera intentar definir estos conceptos me gustaría mostrarle que el modelo diestro-siniestro funciona con mucha claridad en nuestro país.

Tome un lápiz y un papel y trace una línea recta. En el extremo derecho dibuje un punto, nítido, grueso, y sobre él escriba UDI; deje un pequeño espacio hacia la izquierda, marque un nuevo punto sobre la línea y escriba RN. Siga el mismo procedimiento siempre hacia la izquierda, marcando sendos puntos y escribiendo sucesivamente DC, PR, PS, y finalmente JPM ¿Listo? Ahora se puede proceder a usar el diagrama, asignando las preferencias por adyacencia, cercanía o contigüidad de los puntos sobre la línea. Por ejemplo, podemos poner el lápiz sobre el punto UDI y preguntarnos cómo se comportarían en una elección quienes se sienten interpretados por los postulados de la Unión Demócrata Independiente. La respuesta sería trivial si hubiese un candidato UDI entre los posibles. Pero supongamos que no lo hay, que se trata de una elección entre dos candidatos, uno de RN y otro del PS. El modelo de cercanía muestra que el punto RN está más cerca del punto UDI que el identificado como PS. En ese caso diremos que la mayoría de simpatizantes de la UDI preferiría en general al candidato de Renovación Nacional. Lo mismo ocurriría si reemplazamos PS por DC. Fácil, pero no siempre es así. Si ponemos el lápiz sobre un punto interior (de RN a PS) habrá puntos a la izquierda y a la derecha. El modelo indica que, si no hay candidatos propios, la mayoría DC preferirá un RN a un UDI, o un PS a un JPM. Pero también muestra que habrá probable división de votos DC si se tratase de elegir entre un PS y un RN. A riesgo de herir su orgullo intelectual, le hago notar que, obviamente, un votante promedio del Juntos Podemos Más (de Nueva Izquierda o del Partido Comunista, por ejemplo) preferirá un PS, PR o DC a un RN o un UDI, en ese orden.

Use el diagrama para explicar por qué es más probable que un DC saque más votos que un PS en una elección contra un candidato de RN, o por qué los votantes del JPM apoyarían tanto a un PS como a un DC en segunda vuelta presidencial contra un candidato RN o UDI. También podría usarlo para explicar por qué Andrés Zaldívar jugó a la izquierda para derrotar a Ricardo Lagos en las primeras parlamentarias post-dictadura. Y ya que estamos en esa, haga el ejercicio de un JPM contra un UDI poniendo el lápiz sucesivamente sobre RN, DC, PR y PS ¿Qué le salió con el modelo de cercanía lineal izquierda-derecha? Otro ejercicio: ¿dónde pondría un punto PPD? El último: ¿dónde estaremos los buscadores del Bello Sino?

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Saturday, January 10, 2009

Por qué los ricos

Poco a poco se ha ido asentado una imagen que, como muchas otras, no tienen fundamento sólido en la información disponible: los colegios particulares pagados serían los que ofrecen una educación de más calidad. Tal imagen descansa sobre los  mayores puntajes promedio  en diversas pruebas que los alumnos de ese tipo de establecimientos obtienen en comparación con otros. Es lo que muestran los promedios de la prueba Simce – aplicada a los estudiantes de octavo básico – o de la PSU de selección para ingresar a la universidad. Si bien se reconoce que el estrato socio económico al que pertenece la familia del alumno también es importante, lo que queda en la retina es el puntaje por tipo de colegio al que asiste.

Hace un tiempo hice notar que era posible hacerse una idea del efecto del estrato social si se analizaban los resultados de los alumnos de cada estrato por tipo de establecimiento educacional, Mirando los resultados del Simce 2004 se observa que no todos los estratos están representados de manera significativa en todos los tipos de colegios. Así, los más pobres no aparecen en los particulares pagados ni los más ricos en los municipalizados o en algunos tipos de subvencionados. Sin embargo, hay una regularidad muy nítida en los datos: para cualquier tipo de colegio el puntaje promedio de los niños crece con el ingreso de la familia. Si bien usted dirá que eso es esperable, sorprende a muchos lo que ocurre cuando se comparan los resultados entre colegios para un mismo estrato. Esto es sólo posible para el estrato medio-alto de ingreso, único que tiene presencia significativa en todo tipo de colegio. En este estrato, son los chicos de los municipalizados los que tienen los promedios más altos en matemáticas y lenguaje y son los de particulares pagados los que muestran los promedios más bajos en ambas pruebas. Por lo tanto es imposible concluir de los puntajes de la prueba Simce que los colegios particulares pagados ofrecen la mejor educación.

La última prueba de selección universitaria  añade interesante información a lo anterior. Por ejemplo, si la muestra de estudiantes que la rindieron se divide en tres grupos según ingreso familiar mensual - menor a $ 432.000, entre esa cifra y un millón, y mayor que un millón de pesos – el porcentaje de alumnos que ingresa a las universidades así llamadas tradicionales es 22% para el estrato más pobre, 36% para el medio y 44% para el más rico. Es relevante hacer notar que el estrato de menores ingresos concentra el 72% de quienes rindieron la PSU el 2008 en tanto que los de mayor ingreso son algo menos que el 10%.

El tipo de información que puede extraerse de los resultados de las pruebas escolares debe interpretarse con cautela. Note que no he dicho que los colegios municipalizados tengan mejores profesores ni que si una familia se gana el premio grande de la lotería los niños de esa casa mejorarán su rendimiento escolar. Pero sin duda alguna la información disponible no permite inferir que los colegios particulares pagados sean mejores. Lo que sí sugieren los datos es que el nivel socioeconómico parece explicar mejor los resultados académicos de los alumnos que el establecimiento en que estudiaron. Parafraseando una vez más a Jorge González, “por qué, por qué los ricos tiene derecho a pasarlo tan bien si son tan imbéciles como los pobres”. Hay buenas razones para batallar por una mejor distribución del ingreso, de la producción de bienes y servicios. El acceso a información y el desarrollo de nuestra capacidad de análisis hará que aumente el número de personas que busca el Bello Sino, libertario, cooperativo, alegre.

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Saturday, January 3, 2009

Desde el Anfiteatro

Mis guitarras han sido compañeras fieles. Desde los doce años, cuando creía que toda canción podía ser interpretada con tres acordes – y lo hacía –, hasta hoy, han pasado por mis manos siete vihuelas: cuatro acústicas, una electroacústica y dos eléctricas. Las conservo todas salvo una que heredó mi hijo mayor. Han sido la mejor compañía no sólo al compartir mis lugares más íntimos – mi cuarto, en la casa de mis padres, y mi escritorio, una vez casado -   sino también al ayudarme a entablar complicidades musicales con mucha gente.

Debe haber sido en 1964 cuando trabé amistad con el hijo de la profesora de piano de mis hermanas. Yo andaba particularmente entusiasmado con Los Beatles luego del estreno de su primera película, A Hard Day’s Night, en la que el ritmo de temas como Can’t Buy Me Love o I Should Have Known Better se prestaba para acompañar muy bien el pegajoso canto con la guitarra. Pero una batería era mejor y mi nuevo amigo tenía oído y ritmo estupendos, los que mostraba en el comedor familiar manipulando cuchillos y tenedores sobre la mesa, vasos y vajilla. Pronto me empezó a acompañar en los guitarreos llevando el ritmo usando grandes lápices para golpear cajas de zapatos como tambores. A poco andar se hizo de unas baquetas y aumentó su instrumental sacrificando las tapas de las ollas de su madre para convertirlas en platillos. Se nos unió un vecino tan guitarrista como yo y, para nuestro deleite, zurdo como McCartney. Nuestras primeras y únicas presentaciones en público fueron frente a las familias, recibiendo un permanente estímulo de parte de los padres. A pesar del entusiasmo, el grupo se desvaneció durante ese mismo año, cuando comencé a cantar y guitarrear con mis compañeros del Liceo ¿Una historia como otras? Tal vez.

Treinta años más tarde mi mujer me regaló dos abonos para la temporada de conciertos en el Municipal, motivada por la inclusión del Réquiem de Verdi que pude cantar con el coro de la Universidad de Chile en 1972. Si bien comenzamos con asientos en la última fila de anfiteatro general, sucesivas renovaciones del abono nos llevaron en pocos años al centro de la primera fila, un gran valor por el precio pagado, sin duda. Pues bien: allá, al fondo del escenario, con los timbales primero, luego con bombo, platillos, gong, claves, triángulo y otros muchos instrumentos de percusión, se ubica – hasta hoy - quien fuera mi primer compañero en la artesanal e improvisada batería. Es evidente que, tal como nosotros gozamos de las diez interpretaciones anuales de la Orquesta Filarmónica ubicados en el último piso del teatro, el hijo de la profesora de piano también lo hace en el escenario, donde comparte espacio con muchos otros músicos que entregan su arte alegremente. No puedo evitar contarle que entre ellos se incluye un fagotista que fuese el primer charanguista de un grupo mítico de la música local: Barroco Andino.

Desde anfiteatro me dedico a escuchar y a mirar con mis binoculares a los intérpretes de la Filarmónica. Trato de adivinar las historias de cada uno, incluyendo a las hermosas jóvenes que inundan las primeras filas con sus violines, violas y violonchelos. Las imagino habitantes de pensiones estudiantiles luego de llegar de lejanos países del este donde se formaron en academias tan rigurosas como prestigiosas. Pero la única historia que realmente conozco en sus orígenes es la del percusionista casi calvo y de bigotes que nunca falla el golpe sobre los distintos instrumentos que debe utilizar. Pero la sonrisa en los rostros de todos ellos me sugieren que también buscan el Bello Sino, con cuerdas, vientos y tambores. Feliz 2009.

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