Saturday, March 28, 2009

La familia afgana

Como mis hijos nacieron con tres años y medio de diferencia, me tocó llevarlos a ver las mismas películas infantiles por separado. Por eso vi tres veces La Cenicienta o Pinocho: con mis padres y con cada uno de mis retoños. Tengo grabadas en la memoria las matinés en el cine Huelén durante los años ochenta, repleto de madres con sus hijos mientras un padre – yo - gozaba con el aplauso o la risa de los pequeños en las escenas alegres. Pero pronto la diferencia de edad entre nosotros tres perdió toda importancia práctica para efectos del cine. “Volver al Futuro” o “Indiana Jones” y sus secuelas son hoy parte de nuestros buenos recuerdos.


 

Claro que las experiencias cinéfilas colectivas también tuvieron puntos bajos. No recuerdo qué nos llevó a mi mujer y a mi a convencerlos para ver “Sueños” de Akira Kurosawa, hermosa pero muy críptica para un niño. Hasta hoy nos recuerdan con ironía el esfuerzo que les significó seguir el argumento mientras nosotros… dormíamos. Después de tantos años, mi hijo menor caricaturiza con humor las películas que él siente que yo apreciaría más que él; los personajes no son buenos ni malos, usualmente son miembros de una familia común y corriente en, por ejemplo, Afganistán, y se comportan con sencillez, conversan y discuten. Desde entonces nos referimos a las películas que a mi me gustarían pero que a él lo aburrirían, como de “la familia afgana”. Y allí se clasifican cosas como “El gusto de los otros” o “La decadencia del imperio americano”.

 

En estos últimos meses han llegado filmes con aureola más o menos notoria, aunque con diferente fanfarria. Desde luego “Slumdog Millionaire” y “Gran Torino” recibieron el espaldarazo de los Óscar y de la claque local de Clint Eastwood respectivamente. Pero ambas me dejaron dudoso. La buena factura en la frontera de la tragicomedia de la primera no oculta el uso de la pobreza al servicio de la anécdota; la relación inversa tan bien lograda hace unos años por “Ciudad de Dios” nos viene casi de inmediato a la memoria. Probablemente la clasificación de racista converso que la crítica hizo del anciano excombatiente en torno al cual gira “Torino”, no me permitió de inmediato una posible interpretación alternativa: no se trataría de una conversión inverosímil sino de la conquista de un viejo cascarrabias por la frescura juvenil de su vecina. Y luego de una liviana decepción con “Los héroes de la familia” (pésimamente distribuida como “Historia de amor” en Chile o “Secretos cantados” en España) donde sólo me quedó en la retina los trajes que intentaban ocultar la inexistente cintura de Catherine Deneuve, no me queda sino aceptar que serán otras las películas de este comienzo de año que retendré para futuro repaso: “El Frasco” (argentina) y “Revolutionary Road” (gringa, presentada aquí como “Sólo un sueño”). La relación – social - entre el callado chofer de buses interurbanos - de pasado nebuloso - y la sencilla profesora de un poblado en el norte de Argentina, se nos aparece tan intensa y personal que nos sentimos más voyeur que espectador. Y la pareja joven que se instala en el suburbio norteamericano de los cincuenta (en la calle que da nombre al film) intuye – sólo intuye - un futuro personal plano y superficial que pueden superar emigrando a Europa; entonces el director Sam Mendes nos muestra con qué facilidad operan los mecanismos sociales que terminan por atrapar, neutralizar y destruir todo esfuerzo liberador, todo camino revolucionario. Sólo un desquiciado joven matemático advierte el drama y es acusado de… loco.

 

Vaya. La rotura de un frasco con una muestra de orina y la supresión de una nueva vida por  un trabajo mejor pagado me llegaron más que la entretenidas historias sobre felicidad de los pobres que ganan concursos o la redención de un viejo patriotero. Debe ser que la búsqueda del Bello Sino está llena de familias afganas conversadoras, ni buenas ni malas.

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Sunday, March 15, 2009

Mostrando el Búlgaro

Recordando algún texto de Les Luthiers, no deja de ser divertido que las mujeres en Bulgaria lleven nombres como Desislava o Nadezhda pero que su capital se llame Sofía. Llegamos allí desde Estambul en un tren nocturno donde, a pesar de los trámites fronterizos, pudimos dormir bastante bien. Teníamos gran curiosidad por conocer la ciudad, sus costumbres, sus comidas. A los dos días de instalados en un céntrico departamento ya podíamos desplazarnos usando el relativamente antiguo pero muy efectivo sistema de transporte público compuesto de buses, tranvías y trolebuses. La nieve no impidió que llegáramos a todos los rincones urbanos, adivinando los parques públicos bajo el blanco manto que dos días de sol convirtieron en un barro acuoso, principal enemigo de nuestros zapatos.

 

Comimos cordero y berenjenas en varias formas, preparaciones que denotaban una evidente afinidad con la comida turca (claro; fueron parte del imperio Otomano), pero también blinis (una suerte de panqueques) y borsch (crema a base de betarragas) originarios de la cultura rusa. Visitamos gran cantidad de iglesias ortodoxas, comenzando por la imponente catedral Alexander Nevsky. Pero fue la música la que me deparó más sorpresas. Mi mujer, más audaz que yo, adquirió y me regaló un compilado de rock búlgaro que pude escuchar en nuestro bien equipado alojamiento. Para mi sorpresa, resultó ser una estupenda colección de grupos que rendían más tributo a los Beatles y a Queen que a Iron Maiden  o AC/DC. El último día, al retirar nuestras pequeñas maletas desde el edificio de apartamentos para dirigirnos a la estación, comenté al administrador – un amable joven búlgaro de inglés fluido – acerca de estos grupos locales de rock. Luego de contarme que el más importante era Shturcite – literalmente Los Grillos – el joven me preguntó acerca de mi interés por la música. Al explicarle que Bello Sino se transmitía semanalmente en Chile y que cubría todo tipo de música, me informó que su tío, el dueño del edificio, era el fundador de la primera discográfica independiente de Bulgaria.

 

El tío - que acudió al ser llamado por su sobrino – resultó ser un señor de mi edad, flaco y con pinta de rockero. Al ser informado de nuestro lado musical, se dirigió a un cuarto cercano de donde emergió con una serie de discos compactos en la mano. “Estos son artistas de nuestro sello”, me dijo, “y este es el Frank Sinatra búlgaro”, agregó, procediendo a regalármelos. Y así fue que Vassil Petrov y Los Grillos búlgaros llegaron a los auditores de la radio que piensa. El título de esta crónica resultó de una poco imaginativa elaboración de la frase que un señor le dice a su amigo, al explicarle su enorme decepción al responder a un aviso en el periódico que decía “Profesora enseña el búlgaro”. “¡Y era un idioma…! “ se quejaba.

 

Muchas veces ha sido la literatura la que ha estimulado la comunicación con diversas personas aquí y en el extranjero. Esta vez fue la música convertida en puente entre unos búlgaros, mi mujer y yo. Es que la búsqueda del Bello Sino parece no tener idioma, sólo melodía.

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