Monday, April 27, 2009

Blanca y radiante

Los boleros hablan de amores imposibles, incompletos, asimétricos, desesperados, unilaterales, desengañados o engañados, enfermizos, o simplemente locos. Como género de la música popular, el bolero se lleva la medalla de oro de las canciones sufrientes. Pero ninguno de ellos alcanza el nivel dramático que Joaquín Prieto logra con su canción – hoy un clásico de la música popular - que tituló “La Novia”. Allí describe el momento en que una chica “blanca y radiante” (fáciles pero efectivas metáforas de la pureza y la felicidad) se dirige al altar (matrimonio católico, sin duda) mientras uno de los asistentes sufre intensamente pensando que todo lo que está ocurriendo es casi una pesadilla pues a quien ella quiere en realidad es a él. Hasta ahí, todo bien; o no tan mal. Podríamos estar en presencia de un amor asimétrico, variante enferma del amor correspondido (único amor de verdad).

El problema comienza para nosotros cuando Antonio - el hermano de Joaquín que interpreta a ese invitado que sufre en la primera y más hermosa versión de la canción de marras - nos cuenta (nos canta) que la novia ante el altar está ¡llorando por él! Es decir, él se desespera porque la mujer amada se casa con otro y ella llora pues su corazón está con este anónimo (para nosotros) asistente a su boda. Y es justamente esto lo que provoca nuestras dudas: ¿Por qué se casa ella con un tipo al que no ama? ¿Por qué invita la novia a su verdadero amor a la ceremonia de matrimonio? ¿Estamos ante el clásico problema del pretendiente despreciado por pobre, variante de “El Plebeyo”? ¿O se trata de un hombre casado? ¿O, ya que estamos en esto, se trata de un pariente?

Años después de “La Novia” Mike Nicholls dirigió la película “El Graduado”, donde Dustin Hoffman interrumpe desesperado la ceremonia de matrimonio de la chica que ama. Lo hace porque sabe fehacientemente que ella le corresponde pero se siente impedida de consolidar la relación, pues él ha sido nada menos que amante de la madre de la novia, razón por la cual ha sido despreciado y perseguido por la familia. Contado así suena truculento, simplemente porque ES truculento. Lo traigo a colación porque Hoffman se rebela y recupera a la chica desde el altar mismo. Pero en la historia de los Prieto el invitado incógnito permanece sentado e impasible; no lucha por su chica.

Reviso las posibles explicaciones a tan complicado puzzle y me parece que mis tres hipótesis son posibles: o el invitado es el hijo de un sirviente, o bien el marido de una amiga (o de una prima o hermana), o bien es él mismo un pariente. Si fuese lo primero, lo más probable es que ella no haya querido jugársela así es que el amor no era tanto. Si se tratase de lo segundo, el que no luciría suficientemente convencido sería él. Así es que la de-construcción de La Novia nos deja con sabor a cobardía o a cariños unilaterales, o de algún problema tabú para la época ¿Se ha preguntado usted como habrá visto el novio toda esta historia? Bueno, se encargó de hacerlo un antiguo cantautor argentino, muy divertido e ingenioso: Mario Clavel. Parafraseando musicalmente el tema original, Clavel revela las felices cavilaciones que hace el novio camino del altar, preguntándose entre otras cosas quien será ese asistente que parece impactar a su novia y emocionándose ante el llanto de su amada. Y entonces engarzo mis inquietudes con las cándidas reflexiones del novio creadas por Clavel; si ni siquiera el novio sabe ¿Cuánto podríamos llegar a saber nosotros escuchando tres minutos de una canción? Lo que importa de esta disección musical es que este tipo de dramas son, con variantes más o menos intensas, parte del camino al Bello Sino.

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Sunday, April 19, 2009

Bueno, bonito y británico

Al igual que muchas otras capitales europeas, Londres es una ciudad magnífica pero cara. O al menos esa es la imagen que tiene. Creo que todo depende del color del cristal con que la miremos y de las expectativas con que uno realice su visita. Déjeme entonces hacer una afirmación rotunda: es posible dormir decentemente, desayunar, comer, ir a museos y al teatro gastando a lo más ochenta libras diarias, es decir, no más de setenta y dos mil pesos chilenos o ciento veinte dólares norteamericanos, lo que para muchos es el precio de tan sólo una noche de hotel. Vamos viendo.

 

Aprendí hace muchos años que en Europa hay una gama continua de alojamientos en términos de calidad y precio. Hoy existen sitios de internet que se especializan en la información hotelera sobre la base de la opinión de los usuarios y la descripción objetiva de las características de cada establecimiento. Si usted cruza la información de precio con el juicio de los visitantes, puede encontrar sin mayor dificultad un lugar que entregue buen valor por su dinero. Así llegué a un hotelito en la plaza Argyle, inmediatamente al sur de la estación de Kings Cross donde, por cuarenta libras, obtuve exactamente lo que sus visitantes describían: un cuarto pequeño y limpio, con una cama cómoda, un lavatorio, una ducha, un armario, un velador y un aparato de TV con los canales locales. También se incluía conexión gratuita a internet y desayuno inglés. El WC - de uso común a cuatro habitaciones - estaba impecablemente limpio cada vez que acudí. Puede que usted no lo sepa, pero un desayuno inglés completo es casi una comida: tocino a la plancha, huevos, papas, cereales, porotos y tomate, además de jugo de fruta y café; sin límites de repetición, me dejó bien preparado para enfrentar el día.

 

Londres tiene muchos espacios accesibles, abiertos a todos y muy entretenidos. No me refiero sólo a parques y plazas como St. James o Picadilly Circus. También están los mercados que combinan con mucho gusto pequeñas tiendas establecidas con comercio ambulante. El muy visitado Camden Market, ubicado a diez minutos caminando hacia el noroeste de Kings Cross, me proporcionó tres horas de diversión antropo-sociológica entre ropas orientales, libros, cuadros, alfombras, antigüedades y artesanías. Encontré a buen precio libros de Ian McEwan, Paul Auster y Ben Elton. Aunque la tarjeta de transporte público permite circular ilimitadamente en la zona central por no más de cinco libras y fracción al día, el ambiente soleado – aunque frío – me invitó a irme caminando hacia la zona de los teatros, donde adquirí una entrada barata para ver por la noche Joseph and the Amazing Technicolor Dreamcoat, una reposición del primer musical de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice, antecedente inmediato de su Jesucristo Superestrella. Desde allí caminé hasta Trafalgar Square, donde convergen visitantes de todo el mundo y en cuya esquina noreste se yergue la iglesia de Saint Martín in the Fields, visita para mi obligada no por piadoso sino por goloso. En el subterráneo está The Crypt, un autoservicio instalado en una cripta, de buena cocina y de precio moderado donde usted no sólo elige entre sencillos pero contundentes platos ingleses sino también entre personas de diferentes edades con las que puede compartir mesa. Lo impresionante del lugar es el ambiente que proporciona su techo abovedado y el piso compuesto de antiquísimas lápidas. El almuerzo transcurrió en compañía de dos encantadoras señoras – una de ellas profesora retirada – que venían desde un pueblo en las afueras a visitar Londres por el día.

 

El complemento perfecto a tan agradable intermedio fue una visita a la National Gallery, la magnífica pinacoteca con lo mejor de la pintura universal de todos los tiempos. Gratuita, claro. Para llegar a ella sólo tuve que cruzar la calle desde The Crypt, pues ocupa toda la cuadra al norte de la plaza de Trafalgar; como está en un sitio elevado, la vista de la plaza con sus leones y la columna de Nelson obliga a detenerse un buen rato para gozar del espectáculo, como antesala de la visita a la galería. Sin darme cuenta llegó la hora de dirigirme al teatro, donde desde mi asiento barato ubiqué un sitio desocupado y mejor ubicado al que me cambié durante el intermedio. Joseph – el musical - cuenta la historia de José y sus hermanos (que fuera novelada por Thomas Mann) quienes, envidiosos, lo abandonan en el desierto desde donde llega a Egipto y termina convirtiéndose en el favorito del faraón, quien no es otro que el mismísimo Elvis Presley. Salí contento de haber cerrado mi ciclo Weber–Rice con esta, su primera colaboración realizada a fines de los sesenta.

 

Así es que si usted gusta de la conversación, de las manifestaciones plásticas y musicales del arte, de la variedad cultural que aporta la gente que camina con usted, y le basta una cama limpia y una comida sencilla, tiene a Londres a sus pies al alcance de su bolsillo. Aunque no le di todos los valores necesarios para el cálculo, el agradable e intenso periplo londinense que aquí le he descrito no requirió más de setenta y tantas libras, incluyendo la lectura adquirida en el Camden Market pero no los CD que compré para seguir mostrándoles música todos los días miércoles de 20 a 21 horas, para seguir buscando el Bello Sino.

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Saturday, April 11, 2009

Cantándole a mi abuela

Aunque puedo imaginarlo, no sé cómo será esto de ser abuelo en la práctica. Hasta hace un tiempo pensaba que - en su momento -podría enseñarle a los nietos a tocar guitarra o inventarles cuentos con moraleja, tal como lo hice con mis hijos. Pero no parece apropiado privar de tales placeres a sus padres o madres quienes, además, les enseñarán a caminar y a andar en bici y les ayudarán en las tareas del colegio. La sabiduría popular dice que los padres educan y los abuelos malcrían ¿Será? Poco puedo extraer del comportamiento de los amigos que ya tienen nietos, pero al menos puedo revisar el tipo de relación que tuve con mis propios abuelos, de los cuales sólo conocí a tres. Los paternos tuvieron muchos hijos y mi padre fue de los menores; como además vivieron permanentemente en el sur del país fue poco el contacto que tuve con ellos. Lo contrario ocurrió con mi abuela materna, cercana desde mi primer día.

 

Imagínese: mi abuela materna era matrona, fui su primer nieto y ella me trajo al mundo en la casa que mis padres arrendaban en San Miguel. Además resulté ser el único varón. Mis primeros recuerdos de ella son de Antofagasta, donde viví de los cuatro a los siete años; se quedó con mis hermanas y yo durante unas vacaciones en que mis padres viajaron a la costa de Santiago. Allí me confeccionó un delantal y un gorro de cocinero que usé para ayudarla a preparar esas deliciosas masitas fritas que reciben el nombre de calzones rotos (que ella llamaba “moñitos”). Mi tarea consistía en tomar las láminas de masa con forma de rombos y hacer pasar una de las puntas por la hendidura que ella les hacía al medio; nos quedaban estupendos. Es probable que eso me haya enseñado que la cocina no era exclusiva de las mujeres.

 

De vuelta en la capital, la visitaba regularmente mientras vivió con una tía en Valparaíso. Pasé varias vacaciones con ellas. Para navidades mi abuela me hacía un pan de pascua especial a mi gusto, sin frutas confitadas ni pasas. Íbamos al cine; con ella vi la primera película para mayores de 14 años, sin haberlos cumplido aún: Motín a Bordo, de la que recuerdo poco salvo que a Marlon Brando le gustaba una chica maorí. Cuando venía a Santiago la acompañaba a visitar a sus amigas, donde aprendí de plantas curiosas y tomé muchas tazas de té. Me encantaba su risa con todo el cuerpo – era más bien gordita – cuando jugaban canasta con mis padres. Le gustaba contar que el Presidente Aguirre Cerda la había saludado desde lejos cuando ella salió al balcón a verlo pasar luciendo un clavel rojo en el pecho. También nos hablaba de sus interpretaciones al piano acompañando las películas mudas del teatro Politeama; lo ilustraba tocando una polca cuya melodía recuerdo nítidamente, probablemente debido al fuerte sonido que lograba al apretar permanentemente el pedal derecho del piano. La música fue importante en nuestra relación, así es que eso de “anda a cantarle a tu abuela” nunca me ha parecido un insulto. Muy católica, la acompañé muchas veces a escuchar las siete palabras en varias parroquias. No la recuerdo por sus regalos sino porque nos llevábamos tan bien.

 

Mi abuela murió a los 94 años, cuando su memoria ya no funcionaba. Pocos días antes de fallecer, la visité en su cuarto donde guardaba cama la mayor parte del tiempo, debido a la rotura de cadera provocada por una brusca maniobra del bus donde viajaba. Imposible olvidar lo que entonces ocurrió, pues no sólo me reconoció; conversamos largo y la hice reír como en los buenos tiempos. Yo creo que el cariño incondicional de mis viejos y de mi abuela materna me han ayudado a entender mejor los caminos a seguir para lograr un Bello Sino.

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Saturday, April 4, 2009

Compitiendo hasta morir

Leo en la prensa internacional que uno de los mejores beisbolistas de la liga norteamericana, jugador del equipo de Nueva York, ha admitido recientemente haber consumido drogas para mejorar su rendimiento en la época en que cimentaba su prestigio jugando por el equipo de Texas a comienzos de la década. Pero también entregó una explicación: “sentí una enorme cantidad de presión”… “como si tuviese todo el peso del mundo sobre mi y necesitase rendir a gran nivel todos los días”… “quería probar a todos que yo valía tanto como para ser uno de los grandes jugadores de todos los tiempos”. Otros tres jugadores igualmente famosos hoy son también sospechosos de haber usado estimulantes.


 

Cuando leemos estas noticias pensamos que estamos lejos de tales asuntos, que a lo más nos enteramos cuando algún famoso local es sorprendido en malos pasos. Pero en realidad estamos rodeados de actitudes que son perfectamente comparables a la de estos famosos jugadores, aunque no tengan que ver con el consumo de drogas. Veamos. ¿Por qué lo hacen, si son hábiles y tienen buen estado físico? Como dijo el primero que lo ha admitido, “todos lo hacen, así es que ¿porqué no experimentar con ello?” Me imagino que algo semejante ocurriría si un futbolista notase que, a pesar de su entrenamiento y habilidad, rinde menos que otro de igual capacidad pero que consume estimulantes. Y cuando entra en esta competencia ninguno de los dos puede detenerse; sería perder terreno, como el ciclista sano que ve alejarse hacia la meta al que usa esas substancias. Si otros lo hacen y él no, se queda atrás ¿Se ha preguntado usted por qué una chica linda y sexy se siente en la necesidad de intervenir su cuerpo para serlo aún más?

 

Ahora viene la parte más delicada: como nos parece un problema ajeno y lejano hacemos gala de amplitud y tolerancia para morigerar una posible crítica. Nos decimos que debemos ser más comprensivos, ya que – después de todo – los deportistas profesionales viven de su rendimiento y las modelos de su figura. Y ni usted ni yo somos lo uno o lo otro. Lamentablemente esto del “todos lo hacen” está presente en una enorme cantidad de actividades y personas. Lo está en el ya reconocido intelectual que siente que debe escribir más artículos que sus colegas, en el desprejuiciado joven que siente que debe usar lo que usan sus amigos, en la señora buena persona que quiere lo que tiene la vecina, y así. Parecer más o mejor es una actitud sin límite.

 

Lo peor de todo lo anterior es que tales actitudes son hoy normales y responden a necesidades inducidas socialmente con varios estímulos inocentes en apariencia: dinero, premios, figuración, poder. Y siempre tendremos una buena explicación para seguir en ello. Cierto: el jefe prefiere al que trabaja más y todos pensamos que el que sale en la tele es mejor. El resultado – en sus dimensiones menos graves – es la tensión, la úlcera o el colon irritable. En sus dimensiones mayores, toma forma en ataques al corazón, la dependencia de fármacos  y la pérdida de relaciones con nuestros amigos y familiares. Peor aún puesto que, cuando los resultados negativos se manifiestan, pensamos que son fruto del exceso o de problemas personales, lo que hace las delicias y las fortunas de siquiatras y predicadores. Cuando nos empecemos a dar cuenta colectivamente de los fundamentos sociales y políticos de tan desastrosa dinámica, habremos comenzado una nueva dimensión en la búsqueda del Bello Sino.

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