Bueno, bonito y británico
Al igual que muchas otras capitales europeas, Londres es una ciudad magnífica pero cara. O al menos esa es la imagen que tiene. Creo que todo depende del color del cristal con que la miremos y de las expectativas con que uno realice su visita. Déjeme entonces hacer una afirmación rotunda: es posible dormir decentemente, desayunar, comer, ir a museos y al teatro gastando a lo más ochenta libras diarias, es decir, no más de setenta y dos mil pesos chilenos o ciento veinte dólares norteamericanos, lo que para muchos es el precio de tan sólo una noche de hotel. Vamos viendo.
Aprendí hace muchos años que en Europa hay una gama continua de alojamientos en términos de calidad y precio. Hoy existen sitios de internet que se especializan en la información hotelera sobre la base de la opinión de los usuarios y la descripción objetiva de las características de cada establecimiento. Si usted cruza la información de precio con el juicio de los visitantes, puede encontrar sin mayor dificultad un lugar que entregue buen valor por su dinero. Así llegué a un hotelito en la plaza Argyle, inmediatamente al sur de la estación de Kings Cross donde, por cuarenta libras, obtuve exactamente lo que sus visitantes describían: un cuarto pequeño y limpio, con una cama cómoda, un lavatorio, una ducha, un armario, un velador y un aparato de TV con los canales locales. También se incluía conexión gratuita a internet y desayuno inglés. El WC - de uso común a cuatro habitaciones - estaba impecablemente limpio cada vez que acudí. Puede que usted no lo sepa, pero un desayuno inglés completo es casi una comida: tocino a la plancha, huevos, papas, cereales, porotos y tomate, además de jugo de fruta y café; sin límites de repetición, me dejó bien preparado para enfrentar el día.
Londres tiene muchos espacios accesibles, abiertos a todos y muy entretenidos. No me refiero sólo a parques y plazas como St. James o Picadilly Circus. También están los mercados que combinan con mucho gusto pequeñas tiendas establecidas con comercio ambulante. El muy visitado Camden Market, ubicado a diez minutos caminando hacia el noroeste de Kings Cross, me proporcionó tres horas de diversión antropo-sociológica entre ropas orientales, libros, cuadros, alfombras, antigüedades y artesanías. Encontré a buen precio libros de Ian McEwan, Paul Auster y Ben Elton. Aunque la tarjeta de transporte público permite circular ilimitadamente en la zona central por no más de cinco libras y fracción al día, el ambiente soleado – aunque frío – me invitó a irme caminando hacia la zona de los teatros, donde adquirí una entrada barata para ver por la noche Joseph and the Amazing Technicolor Dreamcoat, una reposición del primer musical de Andrew Lloyd Weber y Tim Rice, antecedente inmediato de su Jesucristo Superestrella. Desde allí caminé hasta Trafalgar Square, donde convergen visitantes de todo el mundo y en cuya esquina noreste se yergue la iglesia de Saint Martín in the Fields, visita para mi obligada no por piadoso sino por goloso. En el subterráneo está The Crypt, un autoservicio instalado en una cripta, de buena cocina y de precio moderado donde usted no sólo elige entre sencillos pero contundentes platos ingleses sino también entre personas de diferentes edades con las que puede compartir mesa. Lo impresionante del lugar es el ambiente que proporciona su techo abovedado y el piso compuesto de antiquísimas lápidas. El almuerzo transcurrió en compañía de dos encantadoras señoras – una de ellas profesora retirada – que venían desde un pueblo en las afueras a visitar Londres por el día.
El complemento perfecto a tan agradable intermedio fue una visita a la National Gallery, la magnífica pinacoteca con lo mejor de la pintura universal de todos los tiempos. Gratuita, claro. Para llegar a ella sólo tuve que cruzar la calle desde The Crypt, pues ocupa toda la cuadra al norte de la plaza de Trafalgar; como está en un sitio elevado, la vista de la plaza con sus leones y la columna de Nelson obliga a detenerse un buen rato para gozar del espectáculo, como antesala de la visita a la galería. Sin darme cuenta llegó la hora de dirigirme al teatro, donde desde mi asiento barato ubiqué un sitio desocupado y mejor ubicado al que me cambié durante el intermedio. Joseph – el musical - cuenta la historia de José y sus hermanos (que fuera novelada por Thomas Mann) quienes, envidiosos, lo abandonan en el desierto desde donde llega a Egipto y termina convirtiéndose en el favorito del faraón, quien no es otro que el mismísimo Elvis Presley. Salí contento de haber cerrado mi ciclo Weber–Rice con esta, su primera colaboración realizada a fines de los sesenta.
Así es que si usted gusta de la conversación, de las manifestaciones plásticas y musicales del arte, de la variedad cultural que aporta la gente que camina con usted, y le basta una cama limpia y una comida sencilla, tiene a Londres a sus pies al alcance de su bolsillo. Aunque no le di todos los valores necesarios para el cálculo, el agradable e intenso periplo londinense que aquí le he descrito no requirió más de setenta y tantas libras, incluyendo la lectura adquirida en el Camden Market pero no los CD que compré para seguir mostrándoles música todos los días miércoles de 20 a 21 horas, para seguir buscando el Bello Sino.