Saturday, May 30, 2009

Un colihue es muy delgado

No es extraño que los campesinos no hayan tenido organizaciones sindicales en épocas feudales. Ellas habrían tenido por objeto reducir la entrega de productos agrícolas al señor feudal para reorientarlas a la subsistencia de sus propias familias, lo que habría sido mal recibido por aquel, enviando a su ejército a impedir tal desatino, haciendo ver a los campesinos que los tributos eran necesarios para mantener el castillo, a sus moradores y – por cierto – al ejército mismo que los defendería de las incursiones de otros señores en sus tierras. Tan disparatada lógica empezó a tambalear durante el siglo XIX, época en que la esclavitud disminuyera su intensidad y en que comenzara a instituirse el trabajo asalariado, provocando condiciones para la difícil pero sostenida aparición y desarrollo de sindicatos de trabajadores cuyas principales reivindicaciones han sido tres: mayor salario, mejores condiciones laborales y disminución de la jornada. Tras la instauración de elementos como la huelga y la negociación colectiva la idea central siempre ha sido muy sencilla: la unión hace la fuerza.

Cuando ocurrió el golpe de estado en Septiembre de 1973, había en Chile un gran confederación nacida veinte años antes, la Central Única de Trabajadores (CUT), que agrupaba unos 6.700 sindicatos que sumaban más de un millón de trabajadores, representando el 34% de la fuerza de trabajo activa. A fines de ese mes ya había sido disuelta a través de un decreto ley que cancelaba su personería jurídica. Treinta y tres años después los trabajadores activos se han más que duplicado alcanzando casi siete millones, pero el número de sindicados ha disminuido a algo más de setecientos mil, casi un 11% del total. Tras estas cifras, hay más sindicatos de mucho menor tamaño que el 73 y no existe una única confederación que los agrupe. Las varias centrales laborales hoy existentes tienen discrepancias públicas entre sí.

Este panorama laboral se contrapone con el del empresariado agrupado en la Confederación de la Producción y del Comercio - nacida veinte años antes que la CUT – tan sólida hoy como ayer. Ahí están las Sociedades Nacionales de Agricultura y Minería, la SOFOFA, las Cámaras de Comercio y de la Construcción, y la Asociación de Bancos. Los presidentes de estas agrupaciones y de la confederación que las une son elegidos en un clima relativamente armónico. Y sus discrepancias no trascienden a la opinión pública.

¿Por qué esta evidente asimetría entre las organizaciones laborales y patronales? No me refiero al trato diferencial recibido por parte de la dictadura de derecha que actuó de hecho durante dieciséis años y que nos heredó su legalidad por ya largos veinte años más. Fíjese que, después de todo, vivimos hoy un período de organización libre, lejos de las represiones feudales aunque no tan lejos de las que defienden el libérrimo mercado y sus infinitas flexibilidades como en la Escuela Santa María de Iquique en 1907 o en nuestro país en 1973. Me refiero más bien a las dificultades para juntar – en metáfora de Los Amerindios - esos colihues que son tan delgados solos y tan difíciles de doblar si son varios ¿O es que la unión ya no hace la fuerza? ¿O es que la hace sólo para los poderosos? Detrás de todo esto hay muchos aspectos que contribuyen a explicar tal asimetría: el poder, el dinero, el control de la prensa, la ideología del emprendedor, del exitoso, del self-made man. Pero se me ocurre que hay un factor muy poderoso no considerado: parece ser mucho más fácil unirse para defender privilegios ya adquiridos que hacerlo para defender derechos que no se poseen; más aún, derechos que muchas veces ni siquiera es posible articular de manera simple y coherente a partir de las experiencias de cada cual. Tal vez algo semejante ocurre con aquellas candidaturas presidenciales que están de alguna forma por la sustitución de las actuales reglas del juego por otras, intuidas o imaginadas de diversas maneras por los candidatos que agrupan insatisfacciones con lo que hoy ocurre, que manifiestan rechazo al actual estado de cosas; aquellos que no pretenden administrar con matices el sistema heredado de la dictadura. Son las dificultades para plasmar en acciones la búsqueda del Bello Sino.

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Thursday, May 21, 2009

Lecturas Paralelas

Tengo la doble suerte de poder leer en vehículos en movimiento y que mi mujer no pueda hacerlo, lo que nos ha llevado a optimizar la división del trabajo: ella conduce y yo leo el diario. Esto me permite llegar todas las mañanas informado al trabajo, combinando la lectura con el noticiario de la Radio Que Piensa. Por eso también ando siempre con un libro más bien liviano en el portadocumentos, aprovechando los desplazamientos en bus o metro para avanzar en su lectura. Y por eso es que, desde tiempos que no podría precisar por lo lejanos, tengo permanentemente un libro más bien voluminoso – poco portable - sobre mi velador en nuestro cuarto, el que leo por las mañanas y por las noches.

Mis lecturas paralelas provocan a veces interesantes coincidencias, como la de haber tenido la autobiografía de uno de Los Prisioneros en el hogar y una novela llamada La Nostalgia del Melómano – acerca de los discos de vinilo – en el bolsón. Pero otras veces ocurren contrapuntos aún más interesantes como el que ahora le relato. Me devoré entusiasmado una novela de Ben Elton – el comediante, guionista y escritor inglés – que trata de los pormenores en las relaciones entre un grupo de jóvenes participantes de un reality show. El asunto central es que ocurre allí un asesinato frente a las cámaras que la policía demora cuatrocientas páginas en dilucidar, las mismas que el agudo autor utiliza para revelar con humor los motivos que mueven a directores, guionistas y concursantes, creando una dinámica provocada por el rating, la fama y el dinero. Todas las noches tomaba Dead Famous – que así se llama el libro, en un interesante juego de palabras en inglés – y avanzaba muchas páginas donde se develaba con amenas situaciones la implacable lógica de tales competencias en que los participantes son filmados todo el día durante el período del concurso. Mi escena favorita ocurre cuando los policías conversan con el técnico encargado del programa, quien les dice que ellos crean la imagen que quieren de cada concursante. Ante la extrañeza de sus interrogadores les hace ver que ocho cámaras trabajando 24 horas son casi doscientas horas de imágenes que se convierten en sólo una hora de emisión al público. A continuación Elton describe a una de las chicas en el primer día hablando a la cámara en la “hora de confesiones”, explicando durante cinco minutos que todos son muy simpáticos, que se ven buenos chicos, genuinos y amables, que la convivencia en un espacio tan reducido podría hacer que terminara odiándolos a todos y que, por lo tanto, hará un esfuerzo especial por desarrollar una buena convivencia. Como los organizadores han decidido que la chica de marras sea la mala del lote, por la noche sólo transmiten cinco segundos de su soliloquio, aquellos en que dice “podría terminar por odiarlos a todos”. Magnífico. Pura tele.

En el bolsón, simultáneamente, cargaba el último libro de Juan Pablo Cárdenas, Un Peligro para la Sociedad, donde en más de 140 páginas recorre autobiográficamente su propio “reality” desde el 11 de Septiembre de 1973 hasta la revolución pingüina del 2007. Obviamente, buena parte del libro está dedicada al nacimiento, desarrollo y destrucción de la revista Análisis - que su autor dirigiera - , exponiendo todas las dificultades y consecuencias del periodismo valiente, veraz y astuto en épocas dictatoriales. Los avatares de primicias, persecuciones, clausuras y asesinatos fluyen allí de manera para mi íntima, casi familiar, como si un pariente me estuviera contando las facetas de una vida que presencié desde otro ángulo. Como suscriptor pude maravillarme y agradecer que la revista me llegara incluso bajo censura, metamorfoseada en folleto de apariencia juvenil, mimeografiada y contundente. Fueron las editoriales de Juan Pablo y los documentados golpes noticiosos los que llevaron una y otra vez a intentar acallar ese medio tan importante que mantuvo fieles al más numeroso contingente de suscriptores en la historia de nuestro periodismo, aún sabiendo que muchos ejemplares no llegarían o serían disminuidos o cercenados. El señor que mantenía y renovaba mis suscripciones también me traía los libros de la Editorial Emisión y me enganchaba con iniciativas como el Teleanálisis. Entre los primeros tuve el privilegio de adquirir la primera edición de El Viejo que Leía Novelas de Amor, que su autor Luis Sepúlveda  hubo de comprar íntegramente cuando vendió sus derechos a la (carísima) editorial Tusquets. El Teleanálisis era el noticiario de verdad, mostrando lo que no era permitido en la TV abierta. El procedimiento era muy simple: entregaba mi cinta de video y me la devolvían con el nuevo capítulo añadido. Entre muchas otras cosas pudimos ver un reportaje a un recital de Los Prisioneros donde una chica decía que sin saber exactamente por qué le gustaban tanto “decían justo lo que ella pensaba”. Igualito que las editoriales de Juan Pablo en la revista, que recibimos incluso cuando estudiamos en el extranjero; los ejemplares circulaban entre los chilenos amigos y retornaban a nuestras manos provocando buenas conversaciones a partir de los artículos y novedades que allí leíamos.

El contrapunto entre las motivaciones de los organizadores del reality de Ben Elton y las de los valientes individuos tras la revista que mantuvo la esperanza y la información en alto en épocas negras de nuestro país, me hizo redoblar el placer de la lectura de ambos libros en paralelo. Tienen cosas en común, sin embargo. En Dead Famous se descubre a un asesino y sus motivos en medio de la farándula. En Un Peligro para la Sociedad se descubre la victoria final de la censura en nombre de la democracia, magnífico símbolo del miedo a la libertad que se empezó a imponer en los noventa, reflejo fiel de estos años que han hecho de la discrepancia entre lo que se dice y se hace una norma, de una forma de gobierno que teme al periodismo libre y lo combate de manera más efectiva que una dictadura. Buenos libros paralelos que siento aliados en la búsqueda del Bello Sino.

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Sunday, May 17, 2009

Desde la galería

Los aprontes pre-eleccionarios han estimulado mis dimensiones de espectador (el que observa) y de expectante (el que espera). Aunque recientemente ha habido algún revuelo, todo lo que ocurre me parece normal, esperable. Comencemos con esto de los candidatos “populares”. Aunque los entusiasmos que despiertan son de diversa índole, Sebastián Piñera y Marco Enríquez-Ominami atraen mayor número de votantes en los sectores jóvenes. Aunque Frei abandone la gomina y Arrate luzca pelucón, ambos parecen ser percibidos como “antiguos” por los juveniles votantes, sensibles a la imagen emprendedora de SP o díscola de MEO. No me extraña. El hastío con el discurso oficial, progresista en el verbo y derechista en la acción, parece haber cansado tanto a los jóvenes progresistas en la acción como a aquellos derechistas de corazón. Y como tanta distancia entre lo dicho y lo hecho (v g Transantiago ) termina por confundir al más pintado, emprendedores y díscolos se ponen turnios y MEO termina quitándole votos a nuestro criollo Berlusconi. Es la percepción mediática del cambio, hacia allá o hacia acá, lo que de paso contribuye a explicar la gatopardesca aparición de voceros o coordinadores muy jóvenes en otras candidaturas.

Sigamos con el senador ex ministro de Allende, preso y exiliado en los setenta, que en los noventa se convirtiera en gurú con acólitos-fanáticos emprendedores y comunicadores, admirable para unos e insoportable para otros. Muchos le critican hoy su vuelta en el aire de izquierda a derecha. Como no he percibido tal vuelta sino más bien un movimiento lateral desde el PPD, más me ha impactado que el propio objeto de sus nuevas predilecciones, el candidato de la derecha, lo reciba en su comando sin otorgar importancia a sus presuntas dotes de guía, de organizador, de referente intelectual – su nueva imagen – sino más bien a aquella parte de su historia que el senador habría superado: allendista, preso y exiliado. Qué lata ser aplaudido por ñurdo converso y no por sumo sacerdote de una nueva orden.

Por último, en una crónica reciente mostramos que la política chilena era modelable por preferencias adyacentes. Simplificando materias, una línea que va de izquierda a derecha desde el PC a la UDI, pasando por el PS, el PR, el PDC y RN, sirve para mostrar que un votante sobre esa línea preferirá los candidatos más cercanos de entre los posibles, si no tiene uno propio. Y dejé como difícil tarea ubicar el PPD sobre esa línea, ubicación que dependerá del referente que se use (Leal, Hales, Auth, Schaulson, Flores), pudiendo terminar a la izquierda del PS o a la derecha de RN. Quedan liberados de esa tarea; intentar resolverla sólo incrementaría las ganancias de los siquiatras.

Y termino como espectador expectante de esta locura por diferenciarse, por rejuvenecer estéticamente, preguntándome donde estarán los jóvenes que de verdad, en diversas épocas e instancias, pusieron las preguntas centrales e iniciaron movimientos en busca del Bello Sino. Dónde estarán Roco, Mlynarz, Guerrero, Grau, Prado… Tal vez no debería instalarme en la galería en este juego.

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Saturday, May 9, 2009

Piropos

Nunca he sentido ganas de lanzarle un piropo a una mujer en plena vía pública, pero la imaginación y el verso me florecen de manera sorprendente en ambientes más reducidos, cuando el contenido de una frase pretendidamente halagüeña está más cerca de la conversación que de la frase suelta. Al igual que en aquella historia de Kundera en El Libro de los Amores Ridículos, no me anima tanto el afán de conquista como el de provocar una genuina sonrisa placentera. Porque pocas cosas más lindas hay que una mujer riendo, cualquier mujer riendo.

He inventado buenos piropos. El que mas me gusta nació en un recital de Sabina en el Teatro Caupolicán de Santiago. Cuando salió a escena la chica que lo acompañó en segundas voces hasta hace unos años - Olga Román - le comenté al oído a mi mujer que tenía que ser definitivamente tonta. Cuando estaba a punto de retarme por prejuicioso, aclaré que una fémina tan atractiva y con tan bella voz no podía ser inteligente pues no existía la mujer perfecta, frase que convirtió el potencial reto en una sonrisa de colección. Luego he perfeccionado esta línea con distintas variantes. La usé hace poco mientras comíamos con unos estudiantes colombianos y apareció la chica que organizaba el evento y con quien habíamos estado conversando el día anterior. Cuando le dije que mi intuición me indicaba que probablemente cantaba muy mal, me miró sorprendida asintiendo. Luego de hacerme la pregunta de rigor y escuchar mi explicación – un chica hermosa e inteligente no podía tenerlo todo – llegó mi recompensa cuando ella, contenta y sonriente, me dijo que le había arreglado el día.

Hay veces en que siento que la frase galante puede ser contraproducente, que no logrará el resultado esperado. Me ocurre con aquellas mujeres que dan claras señales de su particular sensibilidad con los derechos femeninos, con quienes aflora la necesidad de igualdad en el trato para no arriesgar una ofensa. También en este terreno uno aprende. Comenté esto con una amiga, profesional de prestigio y muy conciente de sus derechos, a la que manifesté mis dudas ante posibles galanterías como retirar la silla en la mesa, ayudarle a descender de un bus, o cederle el asiento. “Me encantan esa atenciones”, me dijo, “yo también soy muy galante con mis amigos”. Obvio.

Así es que los piropos que fluyen naturales en medio de la conversación con jóvenes y maduras se han convertido en instrumento recolector de sonrisas, cazador de imágenes de hermosas mujeres sonriendo que me alegran, que me ayudan a creer que el Bello Sino está a la vuelta de la esquina.

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Sunday, May 3, 2009

De película

Parte de las cosas que ocurren a nuestro alrededor superan con creces los más desatados esfuerzos imaginativos en el terreno literario, en novelas, cuentos o guiones de cine. Cuando vi La Guerra de los Roses  ya era suficientemente mayor (no diré maduro para no contradecir a mi mujer) como para haber presenciado enfrentamientos tan intensos como los que Kathleen Turner y Michael Douglas - la pareja de la película - tiene a raíz de su separación, o más. Quien haya visitado el norte de Colombia, las tierras de García Márquez, habrá constatado que Cien Años de Soledad está más cerca del neo-realismo italiano que del realismo mágico: eso ES Macondo. Y quien haya estado en México se dará cuenta de que Cantinflas no es sino uno más de sus habitantes. Recientemente me ha ocurrido experimentar sensaciones parecidas en la dimensión puramente visual, es decir, ver o percibir imágenes que me han parecido dignas de estar en una película como efectivos golpes visuales al servicio de una historia. Un par de ejemplos.

Luego de dos días en Bucaramanga, Colombia, no había tenido oportunidad de visitar la ciudad misma debido a la intensidad de las tareas profesionales que allí me habían llevado. Durante la última tarde, un colega se ofreció a mostrarme algunos sitios interesantes del área urbana. Me habían hablado bien de una librería de hermoso nombre - Abrapalabra – y por ahí comenzamos, aprovechando de recorrer parte de la zona comercial adyacente. Me hice de dos libros de autores colombianos y de un CD con vallenatos, esa música caliente con sones de acordeón tan popular en ese país. Luego decidimos partir a un pueblo colonial cercano, casi un barrio de Bucaramanga: Girón. Pues bien, al subirnos al auto de mi colega noté que el espejo retrovisor estaba sucio. Al mirarlo con más atención noté que estaba rayado. Como mi amigo estaba haciendo uso de él para salir del sitio donde había estacionado, me sorprendió que no protestara, o que no lo limpiase. Al notar mi gesto, me dijo que la única forma de recordar sus deberes era escribirlos en el retrovisor, lugar que siempre estaba obligado a ver. Efectivamente en el espejo decía: “Lunes, visita a …”. Le dije que debía regalarle la idea a algún cineasta, pues nunca había visto tan ingenioso truco convertido en escena de película.

Recorrimos Girón en toda su extensión, caminando sobre el antiquísimo empedrado por su callejuelas, admirándolo todo: las hermosas casas blancas con balcones, persianas y puertas de madera café o negra, el majestuoso mercado y las dos atractivas plazas. Terminamos la visita en un pequeño hotel-restaurante cuyo dueño había sido alumno de mi amigo en la universidad. Nos contó que tenía una novia chilena con la que pronto se casaría, que había visitado nuestro país, que le gustaba el pisco y que tenía plantación de limones. Le comenté que tenía todos los ingredientes para el pisco-sour, bebida que probablemente había degustado en su visita. “Me encanta”, nos dijo, “pero no se prepararlo”. Entonces sentí que debía hacerlo: “me ofrezco a prepararle una buena cantidad” le dije. Me salto los detalles intermedios para contarle que terminé en la cocina del hotel con un delantal de cocinero frente a un medio kilo de limones de los que aquí llamamos de Pica, una botella de buen pisco chileno, azúcar, un bolsa de hielo, un exprimidor de tipo prensa y una batidora. Mientras lo preparaba - me quedó sabroso - mi amigo me dijo que lamentaba no haber traído su cámara fotográfica; entonces me di cuenta de que nuevamente estaba en una escena de una película aún no filmada, de una película dedicada a buscar un mejor destino colectivo, un Bello Sino. Salud.

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