Un colihue es muy delgado
No es extraño que los campesinos no hayan tenido organizaciones sindicales en épocas feudales. Ellas habrían tenido por objeto reducir la entrega de productos agrícolas al señor feudal para reorientarlas a la subsistencia de sus propias familias, lo que habría sido mal recibido por aquel, enviando a su ejército a impedir tal desatino, haciendo ver a los campesinos que los tributos eran necesarios para mantener el castillo, a sus moradores y – por cierto – al ejército mismo que los defendería de las incursiones de otros señores en sus tierras. Tan disparatada lógica empezó a tambalear durante el siglo XIX, época en que la esclavitud disminuyera su intensidad y en que comenzara a instituirse el trabajo asalariado, provocando condiciones para la difícil pero sostenida aparición y desarrollo de sindicatos de trabajadores cuyas principales reivindicaciones han sido tres: mayor salario, mejores condiciones laborales y disminución de la jornada. Tras la instauración de elementos como la huelga y la negociación colectiva la idea central siempre ha sido muy sencilla: la unión hace la fuerza.
Cuando ocurrió el golpe de estado en Septiembre de 1973, había en Chile un gran confederación nacida veinte años antes, la Central Única de Trabajadores (CUT), que agrupaba unos 6.700 sindicatos que sumaban más de un millón de trabajadores, representando el 34% de la fuerza de trabajo activa. A fines de ese mes ya había sido disuelta a través de un decreto ley que cancelaba su personería jurídica. Treinta y tres años después los trabajadores activos se han más que duplicado alcanzando casi siete millones, pero el número de sindicados ha disminuido a algo más de setecientos mil, casi un 11% del total. Tras estas cifras, hay más sindicatos de mucho menor tamaño que el 73 y no existe una única confederación que los agrupe. Las varias centrales laborales hoy existentes tienen discrepancias públicas entre sí.
Este panorama laboral se contrapone con el del empresariado agrupado en la Confederación de la Producción y del Comercio - nacida veinte años antes que la CUT – tan sólida hoy como ayer. Ahí están las Sociedades Nacionales de Agricultura y Minería, la SOFOFA, las Cámaras de Comercio y de la Construcción, y la Asociación de Bancos. Los presidentes de estas agrupaciones y de la confederación que las une son elegidos en un clima relativamente armónico. Y sus discrepancias no trascienden a la opinión pública.
¿Por qué esta evidente asimetría entre las organizaciones laborales y patronales? No me refiero al trato diferencial recibido por parte de la dictadura de derecha que actuó de hecho durante dieciséis años y que nos heredó su legalidad por ya largos veinte años más. Fíjese que, después de todo, vivimos hoy un período de organización libre, lejos de las represiones feudales aunque no tan lejos de las que defienden el libérrimo mercado y sus infinitas flexibilidades como en la Escuela Santa María de Iquique en 1907 o en nuestro país en 1973. Me refiero más bien a las dificultades para juntar – en metáfora de Los Amerindios - esos colihues que son tan delgados solos y tan difíciles de doblar si son varios ¿O es que la unión ya no hace la fuerza? ¿O es que la hace sólo para los poderosos? Detrás de todo esto hay muchos aspectos que contribuyen a explicar tal asimetría: el poder, el dinero, el control de la prensa, la ideología del emprendedor, del exitoso, del self-made man. Pero se me ocurre que hay un factor muy poderoso no considerado: parece ser mucho más fácil unirse para defender privilegios ya adquiridos que hacerlo para defender derechos que no se poseen; más aún, derechos que muchas veces ni siquiera es posible articular de manera simple y coherente a partir de las experiencias de cada cual. Tal vez algo semejante ocurre con aquellas candidaturas presidenciales que están de alguna forma por la sustitución de las actuales reglas del juego por otras, intuidas o imaginadas de diversas maneras por los candidatos que agrupan insatisfacciones con lo que hoy ocurre, que manifiestan rechazo al actual estado de cosas; aquellos que no pretenden administrar con matices el sistema heredado de la dictadura. Son las dificultades para plasmar en acciones la búsqueda del Bello Sino.