De película
Parte de las cosas que ocurren a nuestro alrededor superan con creces los más desatados esfuerzos imaginativos en el terreno literario, en novelas, cuentos o guiones de cine. Cuando vi La Guerra de los Roses ya era suficientemente mayor (no diré maduro para no contradecir a mi mujer) como para haber presenciado enfrentamientos tan intensos como los que Kathleen Turner y Michael Douglas - la pareja de la película - tiene a raíz de su separación, o más. Quien haya visitado el norte de Colombia, las tierras de García Márquez, habrá constatado que Cien Años de Soledad está más cerca del neo-realismo italiano que del realismo mágico: eso ES Macondo. Y quien haya estado en México se dará cuenta de que Cantinflas no es sino uno más de sus habitantes. Recientemente me ha ocurrido experimentar sensaciones parecidas en la dimensión puramente visual, es decir, ver o percibir imágenes que me han parecido dignas de estar en una película como efectivos golpes visuales al servicio de una historia. Un par de ejemplos.
Luego de dos días en Bucaramanga, Colombia, no había tenido oportunidad de visitar la ciudad misma debido a la intensidad de las tareas profesionales que allí me habían llevado. Durante la última tarde, un colega se ofreció a mostrarme algunos sitios interesantes del área urbana. Me habían hablado bien de una librería de hermoso nombre - Abrapalabra – y por ahí comenzamos, aprovechando de recorrer parte de la zona comercial adyacente. Me hice de dos libros de autores colombianos y de un CD con vallenatos, esa música caliente con sones de acordeón tan popular en ese país. Luego decidimos partir a un pueblo colonial cercano, casi un barrio de Bucaramanga: Girón. Pues bien, al subirnos al auto de mi colega noté que el espejo retrovisor estaba sucio. Al mirarlo con más atención noté que estaba rayado. Como mi amigo estaba haciendo uso de él para salir del sitio donde había estacionado, me sorprendió que no protestara, o que no lo limpiase. Al notar mi gesto, me dijo que la única forma de recordar sus deberes era escribirlos en el retrovisor, lugar que siempre estaba obligado a ver. Efectivamente en el espejo decía: “Lunes, visita a …”. Le dije que debía regalarle la idea a algún cineasta, pues nunca había visto tan ingenioso truco convertido en escena de película.
Recorrimos Girón en toda su extensión, caminando sobre el antiquísimo empedrado por su callejuelas, admirándolo todo: las hermosas casas blancas con balcones, persianas y puertas de madera café o negra, el majestuoso mercado y las dos atractivas plazas. Terminamos la visita en un pequeño hotel-restaurante cuyo dueño había sido alumno de mi amigo en la universidad. Nos contó que tenía una novia chilena con la que pronto se casaría, que había visitado nuestro país, que le gustaba el pisco y que tenía plantación de limones. Le comenté que tenía todos los ingredientes para el pisco-sour, bebida que probablemente había degustado en su visita. “Me encanta”, nos dijo, “pero no se prepararlo”. Entonces sentí que debía hacerlo: “me ofrezco a prepararle una buena cantidad” le dije. Me salto los detalles intermedios para contarle que terminé en la cocina del hotel con un delantal de cocinero frente a un medio kilo de limones de los que aquí llamamos de Pica, una botella de buen pisco chileno, azúcar, un bolsa de hielo, un exprimidor de tipo prensa y una batidora. Mientras lo preparaba - me quedó sabroso - mi amigo me dijo que lamentaba no haber traído su cámara fotográfica; entonces me di cuenta de que nuevamente estaba en una escena de una película aún no filmada, de una película dedicada a buscar un mejor destino colectivo, un Bello Sino. Salud.
Siento sana envidia por usted…yo seré como Enrique Lihn, quien tiene un verso por ahí que dice: “nunca saldré de este maldito país”
jaja
Salud y alegría!
En el sentido más estricto, yo tampoco saldré nunca, Sherezade. Parafraseando a Facundo Cabral, yo SOY de aquí, no soy de allá (aunque el aquí tenga tantas pretensiones de allá)
Saludos,
Argos.