Cortázar llegó primero
Durante los 80 debí pasar con cierta frecuencia por París, y siempre me las arreglé para cumplir una rutina motivada por la lectura, la comida y la música. La cumplí incluso cuando disponía sólo de un día, camino a (o regresando desde) alguna otra ciudad francesa: Lyon, Aix en Provence o Burdeos. Cogía el Metro hasta Odeón, la estación sobre el Boulevad Saint-Germain en pleno barrio latino, y me dirigía a un boliche cercano a tomar un café con pain au chocolat. A continuación subía por la calle Monsieur le Prince hasta llegar a la librería Hispanoamericana, donde me pasaba una hora o más revisando los anaqueles con novedades de la literatura en español. Ahí adquirí, entre otras cosas, las Cartas a Laura, hermosa edición con facsímiles increíbles de las misivas que Neruda escribió a su hermana. Luego volvía a Odeón a visitar una segunda librería en castellano en alguna calle paralela al Sena.
Pasado el mediodía el destino era la atractiva Rue de Seine, donde podía elegir entre los muchos productos que ofrecían las charcuterías allí ubicadas. Provisto del buen alimento (paté de campo, moules, algún vinillo) me dirigía en el metropolitano al foro de Les Halles, donde lo saboreaba lentamente, sentado en unas amplias escaleras situadas en una iluminada plaza abierta al interior del complejo comercial, rodeado de esculturas y de gente que hacía lo mismo que yo. Luego me pasaba un buen rato en la sección de música de la Fnac, revisando la enorme colección de discos imposibles de hallar en Chile. Casi todos mis vinilos de Chico Buarque son de allí. Ocasionalmente podía deleitarme con alguna exposición.
Muchos años después, ya entrado el nuevo siglo, mi mujer y yo visitamos a nuestro hijo mayor y a su mujer mientras estudiaban en la capital francesa. Habiendo sido expuestos por ellos a muchos rincones ocultos a los ojos primerizos, debíamos decidir donde almorzar al día siguiente. Examinando la guía que solían usar para recorrer París, encontramos un restaurante tradicional, asequible en precio y muy recomendado. Así llegamos al Polidor, situado justamente en mi querida calle del Señor Príncipe. Nos encantó el ambiente - ampliado por el gran espejo de pared - vetusto, social, con mesas largas, compartidas. El boeuf bourguignon y el paté de maison regados con un tinto bordalés resultaron espléndidos. Satisfechos y alegres, no me costó convencerlos de buscar la librería; aún estaba allí, aunque remozada. El Polidor pasó a la lista de lugares recurrentes, junto a la música en Gibert Joseph, en el Boulevard Saint-Michel, la naturaleza en el parque Montsouri del barrio 14 y la ensalada de hígado de ave en el Chez Gladine en el barrio 13.
Luego de cenar en casa, le conté esta historia a un querido y prestigiado profesor de la universidad, quien debió instalarse con su familia en Francia después del golpe. Gran lector, me miró sonriente y me dijo: “¿Por qué entré en el restaurante Polidor?” y añadió, como explícita respuesta a mi implícita pregunta silenciosa: “Es la primera frase de 62/Modelo para Armar”. Subí raudo a la biblioteca, retiré el libro de marras y bajé con él para constatar que, efectivamente, el texto publicado por Julio Cortázar en 1968 comenzaba de esa manera. Y continuaba por varias páginas su narración, donde mi restaurante era el mudo protagonista. Motivado y conmovido busqué después las conexiones Cortázar-Polidor en internet, sólo para descubrir que mis librerías de los 80 habían dejado de existir. Pero – reflexioné – si Cortázar y yo llegamos y nos arranchamos en el mismo lugar con casi cuarenta años de diferencia, sería justo que lo sumara a Vázquez Montalbán, Camilleri, Mendoza, Mankel y otros a los buscadores del Bello Sino.