Friday, June 19, 2009

Cortázar llegó primero

Durante los 80 debí pasar con cierta frecuencia por París, y siempre me las arreglé para cumplir una rutina motivada por la lectura, la comida y la música. La cumplí incluso cuando disponía sólo de un día, camino a (o regresando desde) alguna otra ciudad francesa: Lyon, Aix en Provence o Burdeos. Cogía el Metro hasta Odeón, la estación sobre el Boulevad Saint-Germain en pleno barrio latino, y me dirigía a un boliche cercano a tomar un café con pain au chocolat. A continuación subía por la calle Monsieur le Prince hasta llegar a la librería Hispanoamericana, donde me pasaba una hora o más revisando los anaqueles con novedades de la literatura en español. Ahí adquirí, entre otras cosas, las Cartas a Laura, hermosa edición con facsímiles increíbles de las misivas que Neruda escribió a su hermana. Luego volvía a Odeón a visitar una segunda librería en castellano en alguna calle paralela al Sena.

Pasado el mediodía el destino era la atractiva Rue de Seine, donde podía elegir entre los muchos productos que ofrecían las charcuterías allí ubicadas. Provisto del buen alimento (paté de campo, moules, algún vinillo) me dirigía en el metropolitano al foro de Les Halles, donde lo saboreaba lentamente, sentado en unas amplias escaleras situadas en una iluminada plaza abierta al interior del complejo comercial, rodeado de esculturas y de gente que hacía lo mismo que yo. Luego me pasaba un buen rato en la sección de música de la Fnac, revisando la enorme colección de discos imposibles de hallar en Chile. Casi todos mis vinilos de Chico Buarque son de allí. Ocasionalmente podía deleitarme con alguna exposición.

Muchos años después, ya entrado el nuevo siglo, mi mujer y yo visitamos a nuestro hijo mayor y a su mujer mientras estudiaban en la capital francesa. Habiendo sido expuestos por ellos a muchos rincones ocultos a los ojos primerizos, debíamos decidir donde almorzar al día siguiente. Examinando la guía que solían usar para recorrer París, encontramos un restaurante tradicional, asequible en precio y muy recomendado. Así llegamos al Polidor, situado justamente en mi querida calle del Señor Príncipe. Nos encantó el ambiente - ampliado por el gran espejo de pared - vetusto, social, con mesas largas, compartidas. El boeuf bourguignon y el paté de maison regados con un tinto bordalés resultaron espléndidos. Satisfechos y alegres, no me costó convencerlos de buscar la librería; aún estaba allí, aunque remozada. El Polidor pasó a la lista de lugares recurrentes, junto a la música en Gibert Joseph, en el Boulevard Saint-Michel, la naturaleza en el parque Montsouri del barrio 14 y la ensalada de hígado de ave en el Chez Gladine en el barrio 13.

Luego de cenar en casa, le conté esta historia a un querido y prestigiado profesor de la universidad, quien debió instalarse con su familia en Francia después del golpe. Gran lector, me miró sonriente y me dijo: “¿Por qué entré en el restaurante Polidor?” y añadió, como explícita respuesta a mi implícita pregunta silenciosa: “Es la primera frase de 62/Modelo para Armar”. Subí raudo a la biblioteca, retiré el libro de marras y bajé con él para constatar que, efectivamente, el texto publicado por Julio Cortázar en 1968 comenzaba de esa manera. Y continuaba por varias páginas su narración, donde mi restaurante era el mudo protagonista. Motivado y conmovido busqué después las conexiones Cortázar-Polidor en internet, sólo para descubrir que mis librerías de los 80 habían dejado de existir. Pero – reflexioné – si Cortázar y yo llegamos y nos arranchamos en el mismo lugar con casi cuarenta años de diferencia, sería justo que lo sumara a Vázquez Montalbán, Camilleri, Mendoza, Mankel y otros a los buscadores del Bello Sino.

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Sunday, June 14, 2009

Música en el fondo

La pared al fondo de la sala de estar en mi casa está casi completamente cubierta por un enorme mueble – regalo de mi mujer – con muchas repisas y grandes puertas de vidrio en los dos tercios superiores, las que protegen del polvo buena parte de una enorme colección de discos compactos. El tercio inferior tiene puertas opacas tras las cuales están todos mis discos de vinilo, tanto los de larga duración como los de cuarenta y cinco revoluciones por minuto. Más que coleccionista soy melómano que guarda (y cuida) sus discos. Como muchas personas, los tengo en todos los géneros. Cuando era joven sólo adquiría todos los discos de Los Beatles, sin excepción, y aquella música que – habiéndola escuchado – me gustaba particularmente. Hoy la cosa es diferente.

Luego de diecinueve años en radio – siete de ellos en la Radio Que Piensa – haciendo un programa de música y comentarios, las melodías populares y sus intérpretes no sólo me atraen hoy por sus méritos estéticos; también me interesan como forma de comunicación con personas en su mayoría desconocidas para mi: los oyentes. Imagínese cuántas veces habré presentado a Gilbert Becaud cantando alguna de sus magníficas canciones y comentando que era un maestro en el escenario (cosa que comprobé sólo en programas de TV en Francia). Pues bien; si encuentro un disco de Becaud en vivo, pienso tanto en el placer de oírlo como en la posibilidad de mostrar a ustedes lo que tantas veces he aseverado. Lo mismo ocurre con las varias versiones que un bolero tiene, o con los grupos contemporáneos a los Eagles pero menos escuchados en nuestro país. Las ganas de compartir el rock búlgaro o los intérpretes españoles o franceses desconocidos aquí también provocan el crecimiento permanente de la música casera.

Pero la forma más agradable de este proceso la generan conocidos y desconocidos que, sabedores de mi afición musical y mis afanes radiales, desean contribuir a ambos aportando material que consideran valioso. Es el colega mexicano que me trae el compilado de trova yucateca, el joven español que me regala un tributo a Los Secretos, el profesor colombiano que me envía las versiones originales de las cumbias más populares, las chicas de Canarias que me introducen a Los Sabandeños y a Revólver, el amigo que consigue versiones de Adamo con letras más atrevidas, el compañero de la radio que me motiva con ese intérprete italiano desconocido, el ingeniero brasileño que me surte de las últimas novedades de su país que sabe que me gustarán, el académico libanés que me aporta todo su conocimiento de la música de Austin, Texas, y así, en una lista interminable de colaboradores invisibles de la búsqueda musical del Bello Sino. Y siempre aciertan, sin excepción, mientras yo dejo que la música fluya naturalmente, haciendo de mi un intermediario activo, emocionado, cómplice.

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Saturday, June 6, 2009

Separaciones

Un conocido comentaba que había descubierto una de las causas de la separación con su primera mujer: mientras el conducía el auto ella le daba indicaciones que ya no era posible seguir (dobla aquí, estaciónate allá). Según él, la continua tensión que eso le causaba terminó resultando insoportable ¿Serán los desencuentros domésticos la raíz del alejamiento y separación de un matrimonio? Si así fuese, un breve período de convivencia debería revelarlos, contribuyendo a decidir si queremos o no establecer algo permanente. Porque, por otra parte, la decisión de casarse lleva siempre consigo la esperanza de que sea para siempre; no conozco excepción alguna, independientemente de las creencias, posición política, nacionalidad o ingreso de cada miembro de la pareja. No digo que tal cosa sea buena o mala, fundada o infundada; simplemente es así, razón por la cual la separación se percibe subjetivamente – perdone usted la redundancia en aras del énfasis - como un fracaso.

¿Existirán condiciones estructurales que permitan evaluar la probabilidad de supervivencia de un matrimonio? Si bien el focus group que constituyen mis amigos y conocidos no permite establecer patrón alguno, creo que las hay. Alguna vez comenté cómo nace lo que podríamos llamar la cultura doméstica, que resulta de una integración creativa – no exenta de conflicto y acomodo - de los usos y costumbres que cada uno trae de su ambiente: la estructura de las comidas, la celebración de los cumpleaños, la distribución de los espacios. Pero en el largo plazo ambos deben necesariamente sentirse cómodos con el resultado; de lo contrario resultará inestable. Y eso dependerá de las culturas originales, incluyendo tanto los hábitos sociales como personales. Pero también está el entorno social, pues la familia y los amigos son parte de la historia diaria. Quiero decir que cada uno de nosotros tiene algún impacto en las vidas de las parejas amigas y en la de nuestros familiares; las podemos hacer, voluntaria o involuntariamente, más gratas o ingratas, contribuyendo a su estabilidad o inestabilidad.

Afortunadamente me di cuenta muy pronto de la relevancia de la opinión y actitud de sus amigas y amigos en las primeras etapas de acercamiento amoroso a quien hoy es mi mujer. Y creo que conquistarlos a ellos fue tan importante como a ella. No se trataba de engañar, claro, sino de darse a conocer; nunca canté ni toqué la guitarra con tantas ganas como entonces, ni cultivé la conversación con más placer. Y resultó tan bien que mantenemos la amistad con todos ellos. Más adelante tomé conciencia del impacto del ambiente familiar, aunque en este caso me tomó un tiempo darme cuenta de que aquí la cosa era unilateral, es decir, los hijos son en buena medida un reflejo de sus padres, lo que nos asigna a los mayores más responsabilidad en el carácter – amable u hostil - del ambiente que con ellos compartimos, tanto en el hogar como cuando lo dejan, o cuando arman sus propias parejas. Por supuesto que no se trata de hacer de celestinos; más bien de no contribuir a crear tensiones en la joven pareja. He conocido padres que espantan a los amigos de sus hijas y madres que presionan para que un cónyuge abandone al otro mediante expedientes brutales: o él o yo. Tales presiones no generan equilibrios armónicos en el largo plazo; aún si la pareja sobrevive el daño es profundo y permanente, pues quien es sometido a esa falsa disyuntiva termina por bloquear - inconscientemente - su contribución al crecimiento de la relación.

Vi dos veces Escenas de la Vida Conyugal, de Bergman; cuando muy joven me entretuve con una interesante historia ajena y ya madurito me pareció estar mirando a nuevos amigos por el ojo de la cerradura; debería verla una vez más. Cuando vi La Guerra de Los Roses ya había vivido lo suficiente como para apreciar la inteligente caricatura que su director logra construir a partir de un matrimonio que se desmorona, llegando a una batalla campal (Kathleen Turner está muy, muy bien). Y aunque no haya reglas, procedimientos ni condiciones claras para la estabilidad matrimonial, hablar de estas cosas es fundamental para buscar un Bello Sino.

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