Revólver en bicicleta
Aprendí a andar en bicicleta en una calle secundaria de Ñuñoa a comienzos de los sesenta. Una compañera de curso que vivía a un par de cuadras de mi casa tenía tres hermanos, dos de los cuales se transformaron en mis compañeros de pichangas callejeras, esas donde los arcos eran montones de ropa y en las que se podía hacer la pared con la cuneta. Pasé muchas tardes en esos menesteres tan importantes a mi edad; fue ese grupo el que me motivó a montar la bicicleta de mi amiga hasta dominarla lo suficiente como para participar en las competencias locales de velocidad, donde intentábamos establecer el mínimo tiempo en una vuelta a la manzana. Al poco tiempo mis padres me regalaban una de segunda mano que se transformó en mi vehículo usual por más de diez años; luego la cambiaría por la que aún tengo y uso por más de treinta y siete años.
La bici me sirvió no sólo para ir al colegio y visitar a los amigos. Sobre ella hice mi primera declaración formal de amor, cargué la guitarra manejando “sin manos” y circulé raudo entre mi casa y la única tienda de discos de la comuna – Jazz 33, se llamaba – cada vez que salía un disco de los Beatles. Todo empezó con un single que contenía “I want to hold your hand” y “This boy”. Luego de escucharlo atentamente y ser capturado por este sonido nuevo, tomé el resto de mis ahorros, monté en la bici y volví con “She loves you”-“I`ll get you”. De ahí en adelante la rutina fue muy simple: en el Club de Los Beatles de la Radio Santiago siempre conseguían el disco que aparecía en el extranjero y tocaban las canciones; yo averiguaba cuándo llegaría a la tienda local y ese día aparecía con mi bici a esperar el paquete, llevándome el primer ejemplar del nuevo Long Play. El sucesor de “Beatles for Sale” y “Help” fue un disco que pensé insuperable: “Rubber Soul”. Pero a fines de 1966, un año antes de terminar el colegio, llegó el golpe musical con Revólver.
Una carátula distinta (un collage en blanco y negro) y una colección de canciones que mostraban la culminación del rock de guitarras, bajo y batería, pero también el comienzo de la música que entonces simplemente no se podía reproducir en el escenario: la psicodélica “Tomorrow never knows”, el sonido Indio de “Love you too”, las cuerdas de “Eleanor Rigby”, los vientos de “For no One” y, sobre todo, la guitarra inversa en “I`m only sleeping”. Igual me las arreglé para sacar todo de manera aproximada en mi guitarra, en una época en que no había cancioneros con posturas ni internet dónde buscar apoyo. Ese año los chicos de Liverpool dejaron de hacer presentaciones en vivo.
El sábado recién pasado los muchachos de The Brits recrearon fielmente la música de Revólver ante un público de todas las edades que repletó el Aula Magna del Liceo Manuel de Salas. Fue impactante en lo musical y emocionante en lo anímico. Un chico de diez años a mi lado cantó todas las canciones, incluyendo las de la segunda parte que cubrió desde el rock de los comienzos hasta las sofisticadas “I am the walrus” y “All you need is love”. Escuchar las magníficas interpretaciones de The Brits y cantar con los jóvenes de hoy, los de ayer y de antes de ayer, nos hizo bien a todos. Lo más notable fue que lo hicieron en mi viejo Liceo, a pocas cuadras de donde estaba el Jazz 33 y donde el fantasma de mi bici se confunde con la carátula de Revólver para recordarme que el Bello Sino puede estar a la vuelta de la esquina.