Wednesday, October 21, 2009

El temor a Mercedes

De vez en cuando ocurren cosas que nos recuerdan que nuestra democracia casi representativa y la constitución que la sostiene fueron pensadas y construida por individuos que no creen en la democracia ni en la libertad. Hace poco falleció Mercedes Sosa, la voz más conmovedora del canto latinoamericano. No es necesario hacer un recuento de sus muchas interpretaciones de las obras de prácticamente todos los grandes compositores de la canción en nuestro continente. Su hermoso timbre y registro vocal elevaron letras y melodías a estadios superiores, haciéndonos sentir más profundamente lo que significa vivir aquí de manera comprometida con el futuro de nuestra gente.

A mediados de 1988 el gobierno militar prohibió la visita de Mercedes Sosa a los escenarios locales. La prohibición de ingreso se basaba en un decreto del año 1984 mediante el cual se podía negar la entrada de extranjeros a los que consideraba peligrosos para la seguridad nacional. El entonces subsecretario del Interior, firmante de la resolución que también incluía a Joan Baez, era el hoy diputado del partido del candidato Piñera, Alberto Cardemil. Consultado recientemente por esa prohibición, el diputado de la Alianza la justificó declarando que Mercedes “era una activista política ligada a la extrema izquierda”, agregando que “Si en ese momento se dictó esa orden, por algo será.”

¿Qué habrá temido realmente el gobierno del hoy diputado? Pensando que el secreto estaba en las canciones, única obra visible de la intérprete, fui a revisar mi colección. La respuesta fluyó nítida del primer tema que escuché: Si se Calla el Cantor, del paraguayo Horacio Guaraní. La letra dice:

 

Si se calla el cantor calla la vida, porque la vida misma es toda un canto.

Si se calla el cantor muere de espanto la esperanza, la luz y la alegría.

Si se calla el cantor se quedan solos los humildes gorriones de los diarios.

Los obreros del puerto se persignan, quién habrá de luchar por sus salarios.
Qué ha de ser de la vida si el que canta no levanta su voz en las tribunas
por el que sufre, por el que no hay ninguna razón que lo condene a andar sin manta.
Si se calla el cantor muere la rosa, de qué sirve la rosa sin el canto.
Debe el cantor ser luz sobre los campos, iluminando siempre a los de abajo.

 

Veo aquí la defensa de los niños de escasos recursos, de los trabajadores asalariados, de los pobres. Supongo que quienes prohibieron a su intérprete poco se preocupan de esos compatriotas que tienen poca prensa. Al impedir su ingreso al país – no sólo a Mercedes, también a Serrat, a Silvio Rodríguez y a otros - no hicieron sino revelar sus preferencias. Más aún, las declaraciones actuales del entonces subsecretario del Interior confirman que tales preferencias siguen vigentes. Lo más notable es que nadie les pide cuentas democráticas hoy para ponerlos a la cabeza de nuestras principales instituciones parlamentarias. Por supuesto que usted tiene derecho a votar por ellos, pero no va por ahí la búsqueda del Bello Sino ¿No cree Usted?

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Revoluciones por minuto

Las formas de reproducción de la música ha variado enormemente en los últimos 60 años. Alcancé a conocer - como reliquia – la vitrola, aparato diseñado a fines del siglo diecinueve para que un disco pregrabado en un surco desarrollado en espiral girase sobre una plataforma para que una gruesa aguja posada sobre él lo recorriese sin moverse, transmitiendo el sonido hacia un cono parlante. Por razones que ignoro, los primeros discos – muy frágiles – giraban a 78 revoluciones por minuto (rpm).  Si bien el diseño básico se mantuvo, el sistema evolucionó pronto en varias direcciones: el mecanismo de giro accionado manualmente – la manivela – fue reemplazado por energía eléctrica, el pesado brazo con púa de metal cedió paso otros livianísimos, los discos se hicieron más flexibles y livianos y su formato varió en diámetro y velocidad. El nombre del reproductor se hizo genérico: tocadiscos.

 

El primer tocadiscos que vi lo llevó mi padre desde Santiago al norte del país, donde vivíamos. Era un pick-up, que permitía apilar discos para reproducirlos en serie de manera automática. También trajo varios discos de formato pequeño que giraban a 45 rpm con dos canciones por lado. Entre ellos recuerdo los de Eddie Fisher, Bill Halley, Nat King Cole, Dean Martin, Kay Starr, Les Paul y Mary Ford y algunos discos infantiles. Los discos 45 se establecieron pronto como los más populares y terminaron con una canción por cara; si traían más se les llamaba extended-play. Aparecieron los discos de larga duración, los long play o LP – de mayor diámetro - que traían entre cinco y siete canciones por lado con unos 35 minutos de música; su mayor tamaño indujo una forma de arte muy atractiva: las carátulas. También me permitieron detectar el efecto del lucro sobre el diseño musical, como la conversión que las casas editoras norteamericanas hacían de los discos Parlophone de los Beatles, disminuyendo de siete a cinco el número de canciones por lado para sacar (y vender) más LP. Hago notar que los dos lados indujeron formas de referirse a las canciones de manera hoy incomprensible; por ejemplo, Good Day Sunshine era la primera canción de la cara B del LP Revolver. Hoy es la octava en el CD.

 

En paralelo al desarrollo de los discos hoy conocidos como vinilos, la cinta reel-to-reel, difícil de manejar y usada más bien para grabar, tuvo su propia evolución hacia el hoy olvidado 8-track y luego la popular cassette. Como muchos, usé las cassette para crear mis propios compilados, en particular para mi viejo programa Con los Ojos del 60, evitando el riesgo de rayados y dedos grasosos en los LP originales. Pero nunca me gustó ese formato, tan útil por lo transportable, pero fea, con ruidos y de corta vida útil, aunque luego apareciesen las de cromo y otras de mayor calidad reproductiva. Si bien LP y Cassette convivieron, siempre me pareció que los LP eran mas sexy; he mantenido mis vinilos pero no mis cintas, salvo excepciones.

 

A mediados de los 80 surgió una nueva tecnología: el rayo de luz que lee digitalmente el sonido. El CD luce como un pequeño LP, lo que ha permitido mantener la estética, pero no hay contacto entre el lector y la fuente, como en el caso de agujas y surcos en el vinilo o de cinta y cabezales en las cintas; por eso duran más. Aunque siempre se hace notar que el CD suprimiría frecuencias altas que el vinilo capturaría bien, nunca he logrado detectar la diferencia. En este siglo XXI el MP3, el FLAC y otros formatos digitales de fácil transmisión vía internet han ido reemplazando al CD, lo que ha provocado el cierre de cadenas importantes de música en varias ciudades del mundo, como Virgin y Tower Records, en Nueva York, San Francisco y Londres. También cerró mi pequeña y querida Mr. CD en Londres, aunque se han mantenido HMV y las legendarias tiendas de música de primera y segunda mano como Amoeba en San Francisco y Gibert Joseph en París. La tecnología avanza hacia más portabilidad y mas almacenabilidad, pero la compresión parece inducir pérdida de sonidos. Lo importante es que la música y sus creadores siguen siendo imprescindibles en la búsqueda del Bello Sino.

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Las librerías de San Francisco

Una ciudad se vuelve amiga cuando sus librerías y disquerías me empiezan a ser familiares, cuando el cierre de alguna de ellas se siente como una pérdida importante. Mientras aquí en Santiago el circuito se ha ido ampliando (notoriamente amable en el paseo Huérfanos al poniente de Mac Iver), en otras ciudades algunos guiños incipientes con rincones literarios recientemente descubiertos son abortados por complejos fenómenos comerciales. Me ocurrió con Olsson’s en Washington, la tienda de música y libros desaparecida durante 2008 después de que iniciáramos el romance durante el 2007; pero, al igual que con los amores, los hallazgos en la cercana Second Story Books – fruto casual de mis afanes de caminante urbano - me permitieron mantener la esperanza en un mundo mejor.

 

En alguna crónica escrita hace unos tres años alabé las bellezas de San Francisco, cuyas sinuosas y empinadas calles fueran rescatadas en el nombre de alguna serie televisiva. Una nueva visita a la ciudad y sus centros urbanos cercanos me permitió comenzar una segunda etapa más intensa. Después del brunch (desayuno-almuerzo) dominical con un colega y su familia en la cercana ciudad de Berkeley, pasé la tarde en Moe’s, la muy querida librería en la calle Telegraph de donde nunca he salido con las manos vacías. No se equivoque; no gasto tanto pues allí se encuentra todo tipo de literatura en versiones de primera y segunda mano distinguibles entre si sólo por el menor precio de las segundas. Esta vez encontré un librito con la historia de un disco de los Byrds, narrada por quien resultó ser el batero de un oscuro grupo de rock cuyo único disco de hermoso nombre – Teenage Symphonies to God - está en mi colección (si; el mundo es un pañuelo).

 

De vuelta en Frisco, en la transición urbana entre los interesantísimos barrios chino e italiano, sobre la Columbus Avenue y muy cerca del bar Vesubio – punto de encuentro de los rockeros en los sesenta – se encuentra la clásica librería City Lights, ícono de la ciudad. Aquí no hay ofertas pero el surtido es muy interesante y bien dispuesto al público; incluso tienen su propia editorial donde se puede encontrar originales y traducciones con idéntico formato. En el segundo piso hay frecuentes lecturas de poesía y presentaciones de libros. Pero la que más me entusiasmó fue la Green Apple de la calle Clement, en un barrio alejado del centro – aunque accesible en bus – donde han llegado los chinos de altos ingresos que emigran del barrio tradicional. Esta librería tiene dos locales contiguos y me resultó difícil elegir entre tantos de mis autores favoritos: allí estaban Jim Thompson, Auster, Roth, Hornby y Elton con toda su obra en versiones nuevas y usadas. Escaleras y banquitos ayudan a llegar a todos los rincones.

 

Aunque se trate de una cadena, no puedo dejar de mencionar la Border`s de Union Square, amable lugar que alberga literatura y música en sus varios pisos que incluyen un buen dispuesto café y varios rincones con mullidos asientos para la revisión y selección final del material escogido. Esta vez la visita tuvo un bono inesperado, pues encontré la colección que incluye el cuento Solid Geometry que Ian McEwan escribiera inspirado por una historia de mi amigo Tomás, sucesos descritos en mi crónica anterior. Lo leí con deleite de cómplice, interiorizado de la forma en que el cuento había sido imaginado y construido por su autor. Eso ocurrió el último día en la ciudad, cerrando un ciclo que, cual anillo de Moebius, tiene sólo una cara: la de la búsqueda del Bello Sino.

 

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El amigo de mi amigo

Hace poco nos visitó el escritor británico Ian McEwan con motivo de un coloquio sobre evolución. Un centro de estudios conservador - en el estilo que hoy llaman liberal - organizó una charla literaria con McEwan de único presentador, a la cual recibí invitación. Dudé, debido a la presión de las tareas pendientes antes de un viaje ya demasiado próximo; aún así, puse en el bolsón mi ejemplar de su última novela - On Chesil Beach - para que me la firmara. Finalmente no asistí, pero esa noche recibí un correo electrónico de mi amiga Rosa, quien me re-enviaba un mail que ella había dirigido a un tal Tomás, contándole que había estado en la charla del escritor de marras – tal vez el más prestigioso de los ingleses actuales - en medio de la cual se había referido a ese amigo chileno que lo había introducido a la literatura de Borges. Más aún, que había preguntado por él con su nombre completo y que ella, curiosa, había logrado encontrar su dirección por internet. Le decía que McEwan había contado a la audiencia acerca de esa narración que él escribiera basada sobre una historia que Tomás le había contado; en el cuento, una mujer desaparecía luego de algún tipo de ejercicio. Rosa me enviaba copia de su mensaje por suponer que yo conocía a este Tomás debido a afinidades profesionales. Le contesté que había acertado, pues nos unían las muchas botellas de ron que habíamos bajado conversando.

Tomás – radicado en el extranjero - contestó a Rosa con dos mensajes; uno en el que confirmaba ser el amigo de McEwan, a quien no veía desde mediados de los setenta, y otro en el que nos contaba los sucesos a que hacía referencia el escritor. Primero nos resumía la historia que él había narrado a su entonces joven amigo, probablemente leída en algún libro de ciencia ficción. Se trataba de un encuentro de físicos que ocurría en los altos de un teatro. Uno de los participantes expone el principio de la cinta de Moebius, paradoja geométrica donde una cinta de dos caras se convierte en una de sólo una cara mediante el simple expediente de unir los extremos previa torsión de la misma. Argumenta luego que nuevas y adecuadas torsiones llevarían la cinta desde una cara a ninguna. Uno de los asistentes al encuentro acusa al expositor de charlatán; este se le acerca, lo saluda de mano, da la vuelta tras de sí, se agacha y toma la otra mano bajo las piernas de su colega y pofff… el incrédulo desaparece. El resto de los asistentes le dice al expositor que no puede dejar así las cosas, con el físico desaparecido, que debe traerlo de vuelta. El experto en dimensiones asiente, se toma un pie con la mano opuesta y tras alguna contorsión que termina con la mano libre tomando su nariz, también desaparece, quedando sólo un montón de ropa sobre el piso. Tras escuchar un estrépito en el piso inferior los físicos acuden en tropel para ver con asombro como ambos científicos han caído sobre el escenario, desnudos. Hasta ahí la historia que Tomás nos cuenta haber relatado a McEwan. Tiempo después recibió un manuscrito del escritor, con una dedicatoria por haber inspirado el cuento que le adjuntaba y que había titulado Solid Geometry.

La narración de McEwan trataba de una pareja joven que está en la cama. Él cierra el libro que lee y comienza escarceos amorosos con su mujer; le dice que ha aprendido una nueva posición que le encantará. Le toma un pie, pasa bajo ella y sigue buscando el rostro mientras ella suspira de gozo. Al completar la contorsión la joven desaparece mientras sigue sonando en la habitación el eco de sus risas y suspiros. No sé si le estoy contando las historias exactamente como mi amigo nos las describió a Rosa y a mí. Tampoco sé si sus versiones se ajustan a las originales, pero es lo que recuerdo. Lo que sí tengo muy nítido en la memoria es la última frase de Rosa en su correo tras la detallada descripción de los sucesos de hace más de treinta años atrás que nos envió Tomás. Nos dijo que tendría mucho cuidado con las posiciones en lo sucesivo. Les pedí permiso a ambos para narrar esta historia de historias, y aquí está. Les informo que la referencia de McEwan a su amigo chileno fue reportada sin mayor énfasis en la prensa y pasó casi inadvertida. A los buscadores del Bello Sino estas cosas nos suben el ánimo.

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