Sunday, August 9, 2009

Besos fértiles

Para explicar algunos elementos de su gramática generativa, Noam Chomsky entregaba el ejemplo de un niño que aprendía que ese bicho de cuatro patas, hocico largo y cola se llamaba perro; más adelante, en la primera ocasión en que ve un caballo lo llama también perro. Esto que nos puede causar gracia es, en realidad, una asociación y generalización bastante normal; llamamos silla a todo artefacto de cuatro patas, una plataforma para sentarse y un respaldo, o libro a muy diversas colecciones de hojas impresas y empastadas. Somos unos campeones de las asociaciones de todo tipo: visuales, auditivas, táctiles y así. Aquí va una muestra que también fue una lección en mi papel de padre.

 

Los viajes al cine con mis hijos fueron una ceremonia repetida que jamás me cansó y que nos deparó momentos que difícilmente saldrán de la memoria. Muchos tienen que ver con la película misma, como es el caso de Victory (conocida aquí como Fuga a la Victoria) que combinaba resistencia al nazismo y fútbol. Sólo la vi con mi entonces pequeño hijo mayor.  La comentamos tantas veces que se convirtió en referencia obligada para el menor hasta que la consiguió en DVD; la volvimos a gozar. Otros momentos para mi inolvidables nacieron al calor de esas visitas, como aquella vez en que decidí aprovechar el comienzo de una película para entregar una lección de educación sexual a mi hijo menor.

 

Fue al comienzo de Look Who’s Talking Too, título que fonéticamente podría traducirse como Mira Quien Habla También, o Dos. Se trataba efectivamente de la secuela de una película en la que el narrador es el niño por nacer y el héroe es un taxista (John Travolta) que desposa a la madre. La segunda parte comienza con los escarceos amorosos de Travolta y su mujer en la cama; mientras se besan y acarician apasionadamente aparece en pantalla una animación en la cual un grupo de espermatozoides se va preparando para hacer su tarea. Los óvulos entran a escena y, finalmente, uno de ellos es fecundado. Aprovechando la magnífica representación animada de la concepción de la hermanita, le fui explicando a mi pequeño el mecanismo de la fecundación. Quedé muy satisfecho de haber aprovechado tan bien esa inesperada ayuda.

 

Una noche poco tiempo después mi mujer y yo leíamos en nuestra cama matrimonial cuando apareció el menor a preguntar algo. Por alguna razón en algún momento besé a mi mujer cariñosamente en la boca, ante lo cual el muchachito preguntó sonriente si íbamos a tener un tercer hijo. Luego agregó que no entendía bien cómo los bichitos esos llegaban desde mi boca a la guatita de la mamá. Recapitulé rápidamente y vi los besos y caricias de Travolta y su mujer superpuestos con los espermatozoides nadando veloces hacia los óvulos; la asociación no podía ser más evidente, pues ni las escenas ni mi lección incluían la forma real en que el puente entre unos y otros se establecía. Decidí corregir el asunto y completar la clase, ante lo cual el pequeño sentenció que el mecanismo le parecía muy difícil.

 

Entre los malos entendidos y las asociaciones sensatas fruto de explicaciones a medias hay poco espacio. Tal vez por eso tiendo a repetir algunas cosas en el programa, intentando coherencia y buena pronunciación; la búsqueda del Bello Sino requiere llamar pan al pan, coito al coito y democracia representativa a lo que nos gustaría tener.

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Monday, August 3, 2009

Revólver en bicicleta

Aprendí a andar en bicicleta en una calle secundaria de Ñuñoa a comienzos de los sesenta. Una compañera de curso que vivía a un par de cuadras de mi casa tenía tres hermanos, dos de los cuales se transformaron en mis compañeros de pichangas callejeras, esas donde los arcos eran montones de ropa y en las que se podía hacer la pared con la cuneta. Pasé muchas tardes en esos menesteres tan importantes a mi edad; fue ese grupo el que me motivó a montar la bicicleta de mi amiga hasta dominarla lo suficiente como para participar en las competencias locales de velocidad, donde intentábamos establecer el mínimo tiempo en una vuelta a la manzana. Al poco tiempo mis padres me regalaban una de segunda mano que se transformó en mi vehículo usual por más de diez años; luego la cambiaría por la que aún tengo y uso por más de treinta y siete años.

 

La bici me sirvió no sólo para ir al colegio y visitar a los amigos. Sobre ella hice mi primera declaración formal de amor, cargué la guitarra manejando “sin manos” y circulé raudo entre mi casa y la única tienda de discos de la comuna – Jazz 33, se llamaba – cada vez que salía un disco de los Beatles. Todo empezó con un single que contenía “I want to hold your hand” y “This boy”. Luego de escucharlo atentamente y ser capturado por este sonido nuevo, tomé el resto de mis ahorros, monté en la bici y volví con “She loves you”-“I`ll get you”. De ahí en adelante la rutina fue muy simple: en el Club de Los Beatles de la Radio Santiago siempre conseguían el disco que aparecía en el extranjero y tocaban las canciones; yo averiguaba cuándo llegaría a la tienda local y ese día aparecía con mi bici a esperar el paquete, llevándome el primer ejemplar del nuevo Long Play. El sucesor de “Beatles for Sale” y “Help” fue un disco que pensé insuperable: “Rubber Soul”. Pero a fines de 1966, un año antes de terminar el colegio, llegó el golpe musical con Revólver.

 

Una carátula distinta (un collage en blanco y negro) y una colección de canciones que mostraban la culminación del rock de guitarras, bajo y batería, pero también el comienzo de la música que entonces simplemente  no se podía reproducir en el escenario: la psicodélica “Tomorrow never knows”, el sonido Indio de “Love you too”, las cuerdas de “Eleanor Rigby”, los vientos de “For no One” y, sobre todo, la guitarra inversa en “I`m only sleeping”. Igual me las arreglé para sacar todo de manera aproximada en mi guitarra, en una época en que no había cancioneros con posturas ni internet dónde buscar apoyo. Ese año los chicos de Liverpool dejaron de hacer presentaciones en vivo.

 

El sábado recién pasado los muchachos de The Brits recrearon fielmente la música de Revólver ante un público de todas las edades que repletó el Aula Magna del Liceo Manuel de Salas. Fue impactante en lo musical y emocionante en lo anímico. Un chico de diez años a mi lado cantó todas las canciones, incluyendo las de la segunda parte que cubrió desde el rock de los comienzos hasta las sofisticadas “I am the walrus” y “All you need is love”. Escuchar las magníficas interpretaciones de The Brits y cantar con los jóvenes de hoy, los de ayer y de antes de ayer, nos hizo bien a todos. Lo más notable fue que lo hicieron en mi viejo Liceo, a pocas cuadras de donde estaba el Jazz 33 y donde el fantasma de mi bici se confunde con la carátula de Revólver para recordarme que el Bello Sino puede estar a la vuelta de la esquina.

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Monday, July 20, 2009

Cine Íntimo

Toma tiempo conocer a las personas en sus dimensiones más íntimas, incluyendo a quienes vemos con cierta periodicidad como nuestros colegas en el trabajo o a quienes llamamos amigos. Es que el conocimiento no se nutre solamente de encuentros y conversaciones frecuentes; también se alimenta de ver a nuestros conocidos enfrentar distintas situaciones (laborales, familiares, domésticas) que permiten apreciar mejor sus reacciones, actitudes y reflejos, y que van revelando la verdadera huella de su historia, de su educación, de sus ambientes.

Hay cosas que no vemos y que es poco frecuente que aparezcan en conversaciones; cosas personales que se viven o se piensan, pero no se cuentan, constituyendo los aspectos más privados de la vida de quienes nos rodean fuera del círculo familiar. Por eso me maravillan esas películas en las que – en un lapso de entre 90 y 150 minutos – el director logra sintetizar situaciones y reacciones verosímiles que nos permiten escudriñar en el comportamiento humano y su génesis. Es más que una mirada por el ojo de la cerradura; es una visión necesariamente breve, pero cuya velocidad pasa frecuentemente desapercibida. A veces las creemos exageradas (“esas cosas no ocurren”) y nos sorprendemos cuando nos damos cuenta de que sólo lo parecen. Así, vemos al padre de la pequeña Miss Sunshine escribiendo las recetas para triunfar mientras fracasa según sus propios estándares en todo lo que hace. O al médico que se llena de honores y vive tranquilo consigo mismo habiendo inducido el asesinato de su amante en aquella película de Woody Allen donde, como en la vida real, los malos ganan. O la maravillosa narración de los avatares de una pareja en las Escenas de la Vida Conyugal de Bergman, tan fuerte, tan íntima, tan bien comunicada, que lo observado varía con la edad del espectador. La lista es interminable (El Frasco, por nombrar una reciente). Pero es cada vez más difícil acceder a esto que aquí llamamos cine arte, una de las pocas fuentes de material de análisis y discusión para quienes no somos siquiatras, pero sí observadores del comportamiento.

Cuando se instaló ese gigantesco multicine a pocas cuadras de nuestra casa, la desconfianza inicial fue superada rápidamente al recibir las buenas nuevas: cuatro de las salas estarían dedicadas permanentemente al buen cine de autor, como le llaman los españoles. El lugar se convirtió en punto de encuentro con amigos y conocidos, lo que aumentó su atractivo, generando conversas que se prolongaban, amenas, en alguna de nuestras casas. Esto se acabó hace más o menos un año. Por ahí nos enteramos de la venta del local y supusimos que los nuevos dueños estaban apuntando a la ganancia de corto plazo (el síndrome del país de hoy). Se acabaron las excursiones familiares al lugar de marras y retornamos al circuito relativamente disperso de salas que aún traen buen cine, sólo para constatar que las cosas han cambiado. Una de estas entrega las películas en formatos inadecuados, otra tiene serios problemas de sonido y una tercera descuida la luz que se filtra por el acceso. Quedan, sin embargo, un par de lugares confiables, tanto en lo técnico como en el material que muestran: el viejo Normandie y el Centro de Extensión de la U. Católica; puede que el Centro Cultural de La Moneda llegue a serlo.

Tal vez me puse demasiado cómodo. Tal vez los ganadores de la mayor cantidad de dinero en un plazo breve son los dueños del mundo y me cuesta aceptarlo. Tal vez debo encerrarme a ver cine en DVD. Tal vez me gustaba sentir que en ese multicine había buscadores del Bello Sino.

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Sunday, July 12, 2009

Original

Le debe haber pasado muchas veces: alguien plantea algo novedoso y usted siente que también lo había pensado; más aún, que se lo había dicho a esa persona. La originalidad es, en general, reconocida como un mérito tanto en el terreno de lo artístico – en todas sus expresiones - como de lo científico. Lo opuesto – el plagio, la copia – es usualmente condenado y quien lo comete cae frecuentemente en el descrédito como creador. En áreas como la música o la literatura se puede acudir a reglas o medidas para cuantificar el grado de semejanza entre una obra que se presume original y otra que le antecede; así, el número de compases o párrafos semejantes sería un indicador de un posible plagio. En el caso de la investigación científica el aporte creativo es normalmente juzgado por “pares”, escogidos de entre quienes se presume expertos en el área correspondiente, para analizar el artículo que describe la teoría o el experimento y pronunciarse acerca del grado de novedad que allí se ofrece. Sin embargo, ni ser original ni juzgar la originalidad de una obra parecen tareas sencillas.

 

Considerando que ninguno de nosotros actúa en el vacío, que todos estamos expuestos a las influencias del entorno, cabe preguntarse si una pieza completamente original es posible de concebir. Cuando George Harrison crea If I Needed Someone con el sonido de la guitarra de doce cuerdas tocada a la manera de McGuinn, poco tiempo después de que George y Paul visitaran a los Byrds (el legendario grupo de McGuinn), creo estar en presencia de una influencia evidente. Claro que no es lo mismo tener el estilo de algún músico o literato que hacer una canción o un cuento parecido a otro.

 

El asunto se pone definitivamente difícil cuando se trata de “una idea”, como el argumento básico de un libro o película que es imitado con matices, como en esa seguidilla de filmes acerca de individuos maduros e infantes que intercambian cuerpos. Más complejo es el caso de ideas que consisten en nuevas formas de mirar un problema científico o un fenómeno social, terreno en el que muchas veces se reclama originalidad donde una inspección cuidadosa revela construcciones más o menos simultáneas sobre elaboraciones previas en el mismo tema. Y qué decir de las conexiones entre varias ideas, como el consumidor consumiéndose a si mismo de Marcuse o la noción de ideología en Althusser que, si bien descansan sobre el materialismo histórico de Marx y el psicoanálisis de Freud, pareciesen exhibir aportes originales relevantes.

 

En su novela El LibroNegro, el escritor turco Orhan Pamuk explora la posibilidad de ser uno mismo, cuestión tributaria del existencialismo que había aparecido con frecuencia en la música popular y la cultura juvenil anglosajona a finales de los sesenta (“be yourself”). Pamuk sostiene ahí que cada turco en algún momento comienza a creer que ha escrito ese libro occidental que sólo él ha leído; luego inserta un personaje que enrostra a un popular cronista diciéndole que “no soy un enfermo mental, sino sólo un lector fiel” que “contribuía en esas brillantes frases que escribías, en la creación de esos acertados hallazgos e ideas”. Pamuk invierte la idea del lector-coautor en el penúltimo capítulo, donde narra la historia de un príncipe ofuscado por la incapacidad de tener ideas propias producto de sus muchas lecturas, razón por la cual destruye sus libros. Como no puede evitar que las cosas que lo han rodeado se los recuerden, las destruye también, sólo para constatar que lo aprendido no emigra de su mente; y decide leer más para restar relevancia a cada lectura aislada. Cree descubrir que el gran obstáculo para ser él mismo es la gente que lo rodea, los vulgares y los destacados. Finalmente dedica su vida a dictar historias a su secretario para agotarlas y acercarse así a su verdadero yo ¿Será por eso que escribo estas crónicas del Bello Sino?

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Sunday, July 5, 2009

El amor a la patria

Dicen que la patria es un fusil y una bandera; mi patria son mis hermanos que están labrando la tierra.” Así comienza esa canción de Chicho Sánchez Ferlosio, que – como muchos - conocí en la versión de Quilapayún. Esta visión no patriotera del cariño al terruño me sirvió para aclarar las cosas con mis compañeros extranjeros cuando estudiábamos fuera del país a fines de los setenta. Como todos los estudiantes de esa época, mi mujer y yo vivíamos en un muy modesto departamentito de un dormitorio, con nuestro entonces único hijo de dos años. Entre los pocos adornos teníamos una arpillera, que aún conservo, cuyo bordado muestra una guitarra con el perfil de Violeta Parra, y una banderita chilena con el asta inserta en un vaso. Fue ésta la que motivó, en tono amable, la acusación de chauvinismo por parte de tres de mis compañeros, amigos que aun conservo después de treinta años. Y fue entonces que usé el verso que reproduzco al comienzo de esta crónica, diciéndoles que esa bandera reemplazaba la imposible fotografía de los muchos millones de chilenos que habitaban, habían habitado y habitarían mi país, con los que no sólo compartía una historia en el sentido tradicional sino muchos años de vida cotidiana – en la casa, el barrio, el colegio, el trabajo - durante los que había sentido y entregado cariño, experiencia que probablemente había generado este compromiso con un colectivo llamado Chile que tenía rostros concretos. Agregué que, en todo caso, entendía la interpretación que ellos daban a nuestra banderita debido a tantos gobiernos dictatoriales que usaban esos símbolos patrios para limitar la libertad y democracia de los ciudadanos en nombre de una libertad y democracias abstractas. Fue la primera vez que debí denunciar, por necesidad, el uso abusivo de la forma simbólica desprovista del contenido que la originaba.

Terminados nuestros grados regresamos contentos a nuestro medio, a pesar de las difíciles circunstancias locales y de los ofrecimientos laborales en prestigiosos centros del exterior. Como para tantos otros, ni siquiera fue una elección. Muchas veces me he preguntado qué es esto de la pertenencia al terruño. Parece que fuera algo parecido al cariño a los padres - probablemente las personas a las que mejor les conocemos sus virtudes y defectos - a quienes uno no quiere por lindos, buenos o dadivosos, sino simplemente por ser las personas que se preocuparon por nuestro futuro como parte de una tarea asumida al nacer nosotros. Tal vez de manera parecida la interacción con mis compañeros de colegio, mis profesores, mis amigos de pichanga y bicicleta, las formas compartidas de hacer, decir e interactuar, fueron generando una pertenencia no mafiosa a un colectivo cuyo destino hice mío. Si sumo a esto la educación pública secundaria y universitaria que recibí, o el sistema no discriminatorio de salud que alcanzamos a recibir por el sólo hecho de ser chilenos, la identificación con mis coterráneos y nuestras instituciones pareciera haber sido una cosa muy natural.

Las cosas han cambiado. Las condiciones para la identificación cariñosa y el compromiso con el futuro de nuestros compatriotas se han debilitado enormemente. Lo que manda es el dinero y las políticas de precio. Leo en la prensa nacional que los tenistas chilenos serían los que más cobran por representar a su país en la copa Davis. Tal vez. En el terreno académico se plantea la necesidad de asignar recursos cuantiosos para “recuperar a los mejores”, como si quienes viviésemos aquí lo hiciésemos por limitados, por mediocres. Simultáneamente, en los más variados medios profesionales se alaba a quienes, pudiendo optar, se quedan en el extranjero. Con esta visión dominante contribuimos a expandir al terreno intelectual nuestra dependencia económica de la inversión extranjera. Es la futbolización de nuestra sociedad: si es excelente, juega en el Ínter o el Barsa; si es bueno, en River o el Sao Paulo; y si es reguleque, en el campeonato local.  Una vez me lo dijo un colega que llegaría a ser Rector de una gran Universidad: “yo dejaría que cada académico negociara su sueldo con el Decano”. Le hice ver que, a igualdad de capacidad, formación y dedicación, quienes tuviesen más vocación por la labor académica estarían dispuestos a trabajar por menos salario, lo que parecía injusto e inestable, pues quien se quede por dinero se irá por dinero.

Esto resumida visión desde el Sur también tiene su contrapartida desde el centro del imperio. Un periodista norteamericano, ganador de los más prestigiosos premios, plantea con mucha claridad en un reciente artículo que en tiempos de crisis globalizada hay que hacer a la población más astuta e innovadora. De manera abierta afirma que su país, los Estados Unidos, tiene las características precisas para sacar ventaja a sus “competidores” en esta dimensión. Primero muestra que Rusia está desperdiciando la crisis al seguir descansando en la exportación de combustible, dos tercios de sus remesas al exterior. Luego hace notar que China prohíbe a sus ciudadanos el libre acceso a Google, concluyendo que si los jóvenes chinos quieren realmente explorar deben ir al exterior. “Ahora es cuando debemos dar visa de residencia a cualquier estudiante extranjero que logre un grado avanzado en cualquier universidad norteamericana y terminar con las restricciones a los trabajadores calificados que quieran venir”. Y concluye que “Los mejores cerebros del mundo están en liquidación ¡Compremos más!” Por supuesto; y aunque no mencione al patio trasero, debemos tener muy claro que si las condiciones locales en nuestros países generan menos compromiso y pertenencia, el dinero se transforma en el mecanismo dominador y, en ese terreno, la diferencia de diez a uno en el ingreso per capita nos tendrá de permanentes perdedores.

¿Se da cuenta del panorama? Aquí alabamos a los que eligen irse, les damos becas y facilidades para hacerlo, y en el centro del mundo se han dado cuenta de lo obvio: deben crear condiciones para llevárselos. Si además el país deja de preocuparse por los derechos básicos de la población – la salud, la educación, la previsión -  estamos sembrando al revés ¿Será que estamos gobernando para el imperio? Por otra parte uno podría también preguntarse si no podría ser positivo cambiar el amor a la patria, el compromiso con nuestros compatriotas, por el amor al planeta y la preocupación por toda la humanidad. Entonces deberíamos educar en todos los rincones para la detención de las invasiones, las guerras y los golpes de estado, el hambre y la pobreza mundiales, para que los ciudadanos del mundo tengamos una mejor distribución de la riqueza creada por todos. La globalización competitiva concentrará riquezas y cerebros en el centro dominante. La globalización cariñosa – que es otra globalización - debería generar individuos preocupados por la humanidad; así la búsqueda de un mejor destino colectivo se extendería desde el país al planeta con equidad. Dicen que la patria es una empanada y un pastel de choclo; la patria son los buscadores actuales y potenciales del Bello Sino.

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Friday, June 19, 2009

Cortázar llegó primero

Durante los 80 debí pasar con cierta frecuencia por París, y siempre me las arreglé para cumplir una rutina motivada por la lectura, la comida y la música. La cumplí incluso cuando disponía sólo de un día, camino a (o regresando desde) alguna otra ciudad francesa: Lyon, Aix en Provence o Burdeos. Cogía el Metro hasta Odeón, la estación sobre el Boulevad Saint-Germain en pleno barrio latino, y me dirigía a un boliche cercano a tomar un café con pain au chocolat. A continuación subía por la calle Monsieur le Prince hasta llegar a la librería Hispanoamericana, donde me pasaba una hora o más revisando los anaqueles con novedades de la literatura en español. Ahí adquirí, entre otras cosas, las Cartas a Laura, hermosa edición con facsímiles increíbles de las misivas que Neruda escribió a su hermana. Luego volvía a Odeón a visitar una segunda librería en castellano en alguna calle paralela al Sena.

Pasado el mediodía el destino era la atractiva Rue de Seine, donde podía elegir entre los muchos productos que ofrecían las charcuterías allí ubicadas. Provisto del buen alimento (paté de campo, moules, algún vinillo) me dirigía en el metropolitano al foro de Les Halles, donde lo saboreaba lentamente, sentado en unas amplias escaleras situadas en una iluminada plaza abierta al interior del complejo comercial, rodeado de esculturas y de gente que hacía lo mismo que yo. Luego me pasaba un buen rato en la sección de música de la Fnac, revisando la enorme colección de discos imposibles de hallar en Chile. Casi todos mis vinilos de Chico Buarque son de allí. Ocasionalmente podía deleitarme con alguna exposición.

Muchos años después, ya entrado el nuevo siglo, mi mujer y yo visitamos a nuestro hijo mayor y a su mujer mientras estudiaban en la capital francesa. Habiendo sido expuestos por ellos a muchos rincones ocultos a los ojos primerizos, debíamos decidir donde almorzar al día siguiente. Examinando la guía que solían usar para recorrer París, encontramos un restaurante tradicional, asequible en precio y muy recomendado. Así llegamos al Polidor, situado justamente en mi querida calle del Señor Príncipe. Nos encantó el ambiente - ampliado por el gran espejo de pared - vetusto, social, con mesas largas, compartidas. El boeuf bourguignon y el paté de maison regados con un tinto bordalés resultaron espléndidos. Satisfechos y alegres, no me costó convencerlos de buscar la librería; aún estaba allí, aunque remozada. El Polidor pasó a la lista de lugares recurrentes, junto a la música en Gibert Joseph, en el Boulevard Saint-Michel, la naturaleza en el parque Montsouri del barrio 14 y la ensalada de hígado de ave en el Chez Gladine en el barrio 13.

Luego de cenar en casa, le conté esta historia a un querido y prestigiado profesor de la universidad, quien debió instalarse con su familia en Francia después del golpe. Gran lector, me miró sonriente y me dijo: “¿Por qué entré en el restaurante Polidor?” y añadió, como explícita respuesta a mi implícita pregunta silenciosa: “Es la primera frase de 62/Modelo para Armar”. Subí raudo a la biblioteca, retiré el libro de marras y bajé con él para constatar que, efectivamente, el texto publicado por Julio Cortázar en 1968 comenzaba de esa manera. Y continuaba por varias páginas su narración, donde mi restaurante era el mudo protagonista. Motivado y conmovido busqué después las conexiones Cortázar-Polidor en internet, sólo para descubrir que mis librerías de los 80 habían dejado de existir. Pero – reflexioné – si Cortázar y yo llegamos y nos arranchamos en el mismo lugar con casi cuarenta años de diferencia, sería justo que lo sumara a Vázquez Montalbán, Camilleri, Mendoza, Mankel y otros a los buscadores del Bello Sino.

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Sunday, June 14, 2009

Música en el fondo

La pared al fondo de la sala de estar en mi casa está casi completamente cubierta por un enorme mueble – regalo de mi mujer – con muchas repisas y grandes puertas de vidrio en los dos tercios superiores, las que protegen del polvo buena parte de una enorme colección de discos compactos. El tercio inferior tiene puertas opacas tras las cuales están todos mis discos de vinilo, tanto los de larga duración como los de cuarenta y cinco revoluciones por minuto. Más que coleccionista soy melómano que guarda (y cuida) sus discos. Como muchas personas, los tengo en todos los géneros. Cuando era joven sólo adquiría todos los discos de Los Beatles, sin excepción, y aquella música que – habiéndola escuchado – me gustaba particularmente. Hoy la cosa es diferente.

Luego de diecinueve años en radio – siete de ellos en la Radio Que Piensa – haciendo un programa de música y comentarios, las melodías populares y sus intérpretes no sólo me atraen hoy por sus méritos estéticos; también me interesan como forma de comunicación con personas en su mayoría desconocidas para mi: los oyentes. Imagínese cuántas veces habré presentado a Gilbert Becaud cantando alguna de sus magníficas canciones y comentando que era un maestro en el escenario (cosa que comprobé sólo en programas de TV en Francia). Pues bien; si encuentro un disco de Becaud en vivo, pienso tanto en el placer de oírlo como en la posibilidad de mostrar a ustedes lo que tantas veces he aseverado. Lo mismo ocurre con las varias versiones que un bolero tiene, o con los grupos contemporáneos a los Eagles pero menos escuchados en nuestro país. Las ganas de compartir el rock búlgaro o los intérpretes españoles o franceses desconocidos aquí también provocan el crecimiento permanente de la música casera.

Pero la forma más agradable de este proceso la generan conocidos y desconocidos que, sabedores de mi afición musical y mis afanes radiales, desean contribuir a ambos aportando material que consideran valioso. Es el colega mexicano que me trae el compilado de trova yucateca, el joven español que me regala un tributo a Los Secretos, el profesor colombiano que me envía las versiones originales de las cumbias más populares, las chicas de Canarias que me introducen a Los Sabandeños y a Revólver, el amigo que consigue versiones de Adamo con letras más atrevidas, el compañero de la radio que me motiva con ese intérprete italiano desconocido, el ingeniero brasileño que me surte de las últimas novedades de su país que sabe que me gustarán, el académico libanés que me aporta todo su conocimiento de la música de Austin, Texas, y así, en una lista interminable de colaboradores invisibles de la búsqueda musical del Bello Sino. Y siempre aciertan, sin excepción, mientras yo dejo que la música fluya naturalmente, haciendo de mi un intermediario activo, emocionado, cómplice.

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Saturday, June 6, 2009

Separaciones

Un conocido comentaba que había descubierto una de las causas de la separación con su primera mujer: mientras el conducía el auto ella le daba indicaciones que ya no era posible seguir (dobla aquí, estaciónate allá). Según él, la continua tensión que eso le causaba terminó resultando insoportable ¿Serán los desencuentros domésticos la raíz del alejamiento y separación de un matrimonio? Si así fuese, un breve período de convivencia debería revelarlos, contribuyendo a decidir si queremos o no establecer algo permanente. Porque, por otra parte, la decisión de casarse lleva siempre consigo la esperanza de que sea para siempre; no conozco excepción alguna, independientemente de las creencias, posición política, nacionalidad o ingreso de cada miembro de la pareja. No digo que tal cosa sea buena o mala, fundada o infundada; simplemente es así, razón por la cual la separación se percibe subjetivamente – perdone usted la redundancia en aras del énfasis - como un fracaso.

¿Existirán condiciones estructurales que permitan evaluar la probabilidad de supervivencia de un matrimonio? Si bien el focus group que constituyen mis amigos y conocidos no permite establecer patrón alguno, creo que las hay. Alguna vez comenté cómo nace lo que podríamos llamar la cultura doméstica, que resulta de una integración creativa – no exenta de conflicto y acomodo - de los usos y costumbres que cada uno trae de su ambiente: la estructura de las comidas, la celebración de los cumpleaños, la distribución de los espacios. Pero en el largo plazo ambos deben necesariamente sentirse cómodos con el resultado; de lo contrario resultará inestable. Y eso dependerá de las culturas originales, incluyendo tanto los hábitos sociales como personales. Pero también está el entorno social, pues la familia y los amigos son parte de la historia diaria. Quiero decir que cada uno de nosotros tiene algún impacto en las vidas de las parejas amigas y en la de nuestros familiares; las podemos hacer, voluntaria o involuntariamente, más gratas o ingratas, contribuyendo a su estabilidad o inestabilidad.

Afortunadamente me di cuenta muy pronto de la relevancia de la opinión y actitud de sus amigas y amigos en las primeras etapas de acercamiento amoroso a quien hoy es mi mujer. Y creo que conquistarlos a ellos fue tan importante como a ella. No se trataba de engañar, claro, sino de darse a conocer; nunca canté ni toqué la guitarra con tantas ganas como entonces, ni cultivé la conversación con más placer. Y resultó tan bien que mantenemos la amistad con todos ellos. Más adelante tomé conciencia del impacto del ambiente familiar, aunque en este caso me tomó un tiempo darme cuenta de que aquí la cosa era unilateral, es decir, los hijos son en buena medida un reflejo de sus padres, lo que nos asigna a los mayores más responsabilidad en el carácter – amable u hostil - del ambiente que con ellos compartimos, tanto en el hogar como cuando lo dejan, o cuando arman sus propias parejas. Por supuesto que no se trata de hacer de celestinos; más bien de no contribuir a crear tensiones en la joven pareja. He conocido padres que espantan a los amigos de sus hijas y madres que presionan para que un cónyuge abandone al otro mediante expedientes brutales: o él o yo. Tales presiones no generan equilibrios armónicos en el largo plazo; aún si la pareja sobrevive el daño es profundo y permanente, pues quien es sometido a esa falsa disyuntiva termina por bloquear - inconscientemente - su contribución al crecimiento de la relación.

Vi dos veces Escenas de la Vida Conyugal, de Bergman; cuando muy joven me entretuve con una interesante historia ajena y ya madurito me pareció estar mirando a nuevos amigos por el ojo de la cerradura; debería verla una vez más. Cuando vi La Guerra de Los Roses ya había vivido lo suficiente como para apreciar la inteligente caricatura que su director logra construir a partir de un matrimonio que se desmorona, llegando a una batalla campal (Kathleen Turner está muy, muy bien). Y aunque no haya reglas, procedimientos ni condiciones claras para la estabilidad matrimonial, hablar de estas cosas es fundamental para buscar un Bello Sino.

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Saturday, May 30, 2009

Un colihue es muy delgado

No es extraño que los campesinos no hayan tenido organizaciones sindicales en épocas feudales. Ellas habrían tenido por objeto reducir la entrega de productos agrícolas al señor feudal para reorientarlas a la subsistencia de sus propias familias, lo que habría sido mal recibido por aquel, enviando a su ejército a impedir tal desatino, haciendo ver a los campesinos que los tributos eran necesarios para mantener el castillo, a sus moradores y – por cierto – al ejército mismo que los defendería de las incursiones de otros señores en sus tierras. Tan disparatada lógica empezó a tambalear durante el siglo XIX, época en que la esclavitud disminuyera su intensidad y en que comenzara a instituirse el trabajo asalariado, provocando condiciones para la difícil pero sostenida aparición y desarrollo de sindicatos de trabajadores cuyas principales reivindicaciones han sido tres: mayor salario, mejores condiciones laborales y disminución de la jornada. Tras la instauración de elementos como la huelga y la negociación colectiva la idea central siempre ha sido muy sencilla: la unión hace la fuerza.

Cuando ocurrió el golpe de estado en Septiembre de 1973, había en Chile un gran confederación nacida veinte años antes, la Central Única de Trabajadores (CUT), que agrupaba unos 6.700 sindicatos que sumaban más de un millón de trabajadores, representando el 34% de la fuerza de trabajo activa. A fines de ese mes ya había sido disuelta a través de un decreto ley que cancelaba su personería jurídica. Treinta y tres años después los trabajadores activos se han más que duplicado alcanzando casi siete millones, pero el número de sindicados ha disminuido a algo más de setecientos mil, casi un 11% del total. Tras estas cifras, hay más sindicatos de mucho menor tamaño que el 73 y no existe una única confederación que los agrupe. Las varias centrales laborales hoy existentes tienen discrepancias públicas entre sí.

Este panorama laboral se contrapone con el del empresariado agrupado en la Confederación de la Producción y del Comercio - nacida veinte años antes que la CUT – tan sólida hoy como ayer. Ahí están las Sociedades Nacionales de Agricultura y Minería, la SOFOFA, las Cámaras de Comercio y de la Construcción, y la Asociación de Bancos. Los presidentes de estas agrupaciones y de la confederación que las une son elegidos en un clima relativamente armónico. Y sus discrepancias no trascienden a la opinión pública.

¿Por qué esta evidente asimetría entre las organizaciones laborales y patronales? No me refiero al trato diferencial recibido por parte de la dictadura de derecha que actuó de hecho durante dieciséis años y que nos heredó su legalidad por ya largos veinte años más. Fíjese que, después de todo, vivimos hoy un período de organización libre, lejos de las represiones feudales aunque no tan lejos de las que defienden el libérrimo mercado y sus infinitas flexibilidades como en la Escuela Santa María de Iquique en 1907 o en nuestro país en 1973. Me refiero más bien a las dificultades para juntar – en metáfora de Los Amerindios - esos colihues que son tan delgados solos y tan difíciles de doblar si son varios ¿O es que la unión ya no hace la fuerza? ¿O es que la hace sólo para los poderosos? Detrás de todo esto hay muchos aspectos que contribuyen a explicar tal asimetría: el poder, el dinero, el control de la prensa, la ideología del emprendedor, del exitoso, del self-made man. Pero se me ocurre que hay un factor muy poderoso no considerado: parece ser mucho más fácil unirse para defender privilegios ya adquiridos que hacerlo para defender derechos que no se poseen; más aún, derechos que muchas veces ni siquiera es posible articular de manera simple y coherente a partir de las experiencias de cada cual. Tal vez algo semejante ocurre con aquellas candidaturas presidenciales que están de alguna forma por la sustitución de las actuales reglas del juego por otras, intuidas o imaginadas de diversas maneras por los candidatos que agrupan insatisfacciones con lo que hoy ocurre, que manifiestan rechazo al actual estado de cosas; aquellos que no pretenden administrar con matices el sistema heredado de la dictadura. Son las dificultades para plasmar en acciones la búsqueda del Bello Sino.

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Thursday, May 21, 2009

Lecturas Paralelas

Tengo la doble suerte de poder leer en vehículos en movimiento y que mi mujer no pueda hacerlo, lo que nos ha llevado a optimizar la división del trabajo: ella conduce y yo leo el diario. Esto me permite llegar todas las mañanas informado al trabajo, combinando la lectura con el noticiario de la Radio Que Piensa. Por eso también ando siempre con un libro más bien liviano en el portadocumentos, aprovechando los desplazamientos en bus o metro para avanzar en su lectura. Y por eso es que, desde tiempos que no podría precisar por lo lejanos, tengo permanentemente un libro más bien voluminoso – poco portable - sobre mi velador en nuestro cuarto, el que leo por las mañanas y por las noches.

Mis lecturas paralelas provocan a veces interesantes coincidencias, como la de haber tenido la autobiografía de uno de Los Prisioneros en el hogar y una novela llamada La Nostalgia del Melómano – acerca de los discos de vinilo – en el bolsón. Pero otras veces ocurren contrapuntos aún más interesantes como el que ahora le relato. Me devoré entusiasmado una novela de Ben Elton – el comediante, guionista y escritor inglés – que trata de los pormenores en las relaciones entre un grupo de jóvenes participantes de un reality show. El asunto central es que ocurre allí un asesinato frente a las cámaras que la policía demora cuatrocientas páginas en dilucidar, las mismas que el agudo autor utiliza para revelar con humor los motivos que mueven a directores, guionistas y concursantes, creando una dinámica provocada por el rating, la fama y el dinero. Todas las noches tomaba Dead Famous – que así se llama el libro, en un interesante juego de palabras en inglés – y avanzaba muchas páginas donde se develaba con amenas situaciones la implacable lógica de tales competencias en que los participantes son filmados todo el día durante el período del concurso. Mi escena favorita ocurre cuando los policías conversan con el técnico encargado del programa, quien les dice que ellos crean la imagen que quieren de cada concursante. Ante la extrañeza de sus interrogadores les hace ver que ocho cámaras trabajando 24 horas son casi doscientas horas de imágenes que se convierten en sólo una hora de emisión al público. A continuación Elton describe a una de las chicas en el primer día hablando a la cámara en la “hora de confesiones”, explicando durante cinco minutos que todos son muy simpáticos, que se ven buenos chicos, genuinos y amables, que la convivencia en un espacio tan reducido podría hacer que terminara odiándolos a todos y que, por lo tanto, hará un esfuerzo especial por desarrollar una buena convivencia. Como los organizadores han decidido que la chica de marras sea la mala del lote, por la noche sólo transmiten cinco segundos de su soliloquio, aquellos en que dice “podría terminar por odiarlos a todos”. Magnífico. Pura tele.

En el bolsón, simultáneamente, cargaba el último libro de Juan Pablo Cárdenas, Un Peligro para la Sociedad, donde en más de 140 páginas recorre autobiográficamente su propio “reality” desde el 11 de Septiembre de 1973 hasta la revolución pingüina del 2007. Obviamente, buena parte del libro está dedicada al nacimiento, desarrollo y destrucción de la revista Análisis - que su autor dirigiera - , exponiendo todas las dificultades y consecuencias del periodismo valiente, veraz y astuto en épocas dictatoriales. Los avatares de primicias, persecuciones, clausuras y asesinatos fluyen allí de manera para mi íntima, casi familiar, como si un pariente me estuviera contando las facetas de una vida que presencié desde otro ángulo. Como suscriptor pude maravillarme y agradecer que la revista me llegara incluso bajo censura, metamorfoseada en folleto de apariencia juvenil, mimeografiada y contundente. Fueron las editoriales de Juan Pablo y los documentados golpes noticiosos los que llevaron una y otra vez a intentar acallar ese medio tan importante que mantuvo fieles al más numeroso contingente de suscriptores en la historia de nuestro periodismo, aún sabiendo que muchos ejemplares no llegarían o serían disminuidos o cercenados. El señor que mantenía y renovaba mis suscripciones también me traía los libros de la Editorial Emisión y me enganchaba con iniciativas como el Teleanálisis. Entre los primeros tuve el privilegio de adquirir la primera edición de El Viejo que Leía Novelas de Amor, que su autor Luis Sepúlveda  hubo de comprar íntegramente cuando vendió sus derechos a la (carísima) editorial Tusquets. El Teleanálisis era el noticiario de verdad, mostrando lo que no era permitido en la TV abierta. El procedimiento era muy simple: entregaba mi cinta de video y me la devolvían con el nuevo capítulo añadido. Entre muchas otras cosas pudimos ver un reportaje a un recital de Los Prisioneros donde una chica decía que sin saber exactamente por qué le gustaban tanto “decían justo lo que ella pensaba”. Igualito que las editoriales de Juan Pablo en la revista, que recibimos incluso cuando estudiamos en el extranjero; los ejemplares circulaban entre los chilenos amigos y retornaban a nuestras manos provocando buenas conversaciones a partir de los artículos y novedades que allí leíamos.

El contrapunto entre las motivaciones de los organizadores del reality de Ben Elton y las de los valientes individuos tras la revista que mantuvo la esperanza y la información en alto en épocas negras de nuestro país, me hizo redoblar el placer de la lectura de ambos libros en paralelo. Tienen cosas en común, sin embargo. En Dead Famous se descubre a un asesino y sus motivos en medio de la farándula. En Un Peligro para la Sociedad se descubre la victoria final de la censura en nombre de la democracia, magnífico símbolo del miedo a la libertad que se empezó a imponer en los noventa, reflejo fiel de estos años que han hecho de la discrepancia entre lo que se dice y se hace una norma, de una forma de gobierno que teme al periodismo libre y lo combate de manera más efectiva que una dictadura. Buenos libros paralelos que siento aliados en la búsqueda del Bello Sino.

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