“Dicen que la patria es un fusil y una bandera; mi patria son mis hermanos que están labrando la tierra.” Así comienza esa canción de Chicho Sánchez Ferlosio, que – como muchos - conocí en la versión de Quilapayún. Esta visión no patriotera del cariño al terruño me sirvió para aclarar las cosas con mis compañeros extranjeros cuando estudiábamos fuera del país a fines de los setenta. Como todos los estudiantes de esa época, mi mujer y yo vivíamos en un muy modesto departamentito de un dormitorio, con nuestro entonces único hijo de dos años. Entre los pocos adornos teníamos una arpillera, que aún conservo, cuyo bordado muestra una guitarra con el perfil de Violeta Parra, y una banderita chilena con el asta inserta en un vaso. Fue ésta la que motivó, en tono amable, la acusación de chauvinismo por parte de tres de mis compañeros, amigos que aun conservo después de treinta años. Y fue entonces que usé el verso que reproduzco al comienzo de esta crónica, diciéndoles que esa bandera reemplazaba la imposible fotografía de los muchos millones de chilenos que habitaban, habían habitado y habitarían mi país, con los que no sólo compartía una historia en el sentido tradicional sino muchos años de vida cotidiana – en la casa, el barrio, el colegio, el trabajo - durante los que había sentido y entregado cariño, experiencia que probablemente había generado este compromiso con un colectivo llamado Chile que tenía rostros concretos. Agregué que, en todo caso, entendía la interpretación que ellos daban a nuestra banderita debido a tantos gobiernos dictatoriales que usaban esos símbolos patrios para limitar la libertad y democracia de los ciudadanos en nombre de una libertad y democracias abstractas. Fue la primera vez que debí denunciar, por necesidad, el uso abusivo de la forma simbólica desprovista del contenido que la originaba.
Terminados nuestros grados regresamos contentos a nuestro medio, a pesar de las difíciles circunstancias locales y de los ofrecimientos laborales en prestigiosos centros del exterior. Como para tantos otros, ni siquiera fue una elección. Muchas veces me he preguntado qué es esto de la pertenencia al terruño. Parece que fuera algo parecido al cariño a los padres - probablemente las personas a las que mejor les conocemos sus virtudes y defectos - a quienes uno no quiere por lindos, buenos o dadivosos, sino simplemente por ser las personas que se preocuparon por nuestro futuro como parte de una tarea asumida al nacer nosotros. Tal vez de manera parecida la interacción con mis compañeros de colegio, mis profesores, mis amigos de pichanga y bicicleta, las formas compartidas de hacer, decir e interactuar, fueron generando una pertenencia no mafiosa a un colectivo cuyo destino hice mío. Si sumo a esto la educación pública secundaria y universitaria que recibí, o el sistema no discriminatorio de salud que alcanzamos a recibir por el sólo hecho de ser chilenos, la identificación con mis coterráneos y nuestras instituciones pareciera haber sido una cosa muy natural.
Las cosas han cambiado. Las condiciones para la identificación cariñosa y el compromiso con el futuro de nuestros compatriotas se han debilitado enormemente. Lo que manda es el dinero y las políticas de precio. Leo en la prensa nacional que los tenistas chilenos serían los que más cobran por representar a su país en la copa Davis. Tal vez. En el terreno académico se plantea la necesidad de asignar recursos cuantiosos para “recuperar a los mejores”, como si quienes viviésemos aquí lo hiciésemos por limitados, por mediocres. Simultáneamente, en los más variados medios profesionales se alaba a quienes, pudiendo optar, se quedan en el extranjero. Con esta visión dominante contribuimos a expandir al terreno intelectual nuestra dependencia económica de la inversión extranjera. Es la futbolización de nuestra sociedad: si es excelente, juega en el Ínter o el Barsa; si es bueno, en River o el Sao Paulo; y si es reguleque, en el campeonato local. Una vez me lo dijo un colega que llegaría a ser Rector de una gran Universidad: “yo dejaría que cada académico negociara su sueldo con el Decano”. Le hice ver que, a igualdad de capacidad, formación y dedicación, quienes tuviesen más vocación por la labor académica estarían dispuestos a trabajar por menos salario, lo que parecía injusto e inestable, pues quien se quede por dinero se irá por dinero.
Esto resumida visión desde el Sur también tiene su contrapartida desde el centro del imperio. Un periodista norteamericano, ganador de los más prestigiosos premios, plantea con mucha claridad en un reciente artículo que en tiempos de crisis globalizada hay que hacer a la población más astuta e innovadora. De manera abierta afirma que su país, los Estados Unidos, tiene las características precisas para sacar ventaja a sus “competidores” en esta dimensión. Primero muestra que Rusia está desperdiciando la crisis al seguir descansando en la exportación de combustible, dos tercios de sus remesas al exterior. Luego hace notar que China prohíbe a sus ciudadanos el libre acceso a Google, concluyendo que si los jóvenes chinos quieren realmente explorar deben ir al exterior. “Ahora es cuando debemos dar visa de residencia a cualquier estudiante extranjero que logre un grado avanzado en cualquier universidad norteamericana y terminar con las restricciones a los trabajadores calificados que quieran venir”. Y concluye que “Los mejores cerebros del mundo están en liquidación ¡Compremos más!” Por supuesto; y aunque no mencione al patio trasero, debemos tener muy claro que si las condiciones locales en nuestros países generan menos compromiso y pertenencia, el dinero se transforma en el mecanismo dominador y, en ese terreno, la diferencia de diez a uno en el ingreso per capita nos tendrá de permanentes perdedores.
¿Se da cuenta del panorama? Aquí alabamos a los que eligen irse, les damos becas y facilidades para hacerlo, y en el centro del mundo se han dado cuenta de lo obvio: deben crear condiciones para llevárselos. Si además el país deja de preocuparse por los derechos básicos de la población – la salud, la educación, la previsión - estamos sembrando al revés ¿Será que estamos gobernando para el imperio? Por otra parte uno podría también preguntarse si no podría ser positivo cambiar el amor a la patria, el compromiso con nuestros compatriotas, por el amor al planeta y la preocupación por toda la humanidad. Entonces deberíamos educar en todos los rincones para la detención de las invasiones, las guerras y los golpes de estado, el hambre y la pobreza mundiales, para que los ciudadanos del mundo tengamos una mejor distribución de la riqueza creada por todos. La globalización competitiva concentrará riquezas y cerebros en el centro dominante. La globalización cariñosa – que es otra globalización - debería generar individuos preocupados por la humanidad; así la búsqueda de un mejor destino colectivo se extendería desde el país al planeta con equidad. Dicen que la patria es una empanada y un pastel de choclo; la patria son los buscadores actuales y potenciales del Bello Sino.